8 de septiembre de 2016

Spielberg on Spielberg: El Puente de los Espías (Bridge of Spies, 2015)



A lo largo de este recorrido por la carrera de Steven Spielberg como director hemos podido comprobar que las vivencias personales y los recuerdos familiares han influido notablemente sobre la labor creativa del cineasta. Todo ello se aprecia no solamente en el contenido de sus películas sino incluso en la decisión de abordar determinados temas o marcos históricos. Este singular motor de proyectos es denominador común entre muchos directores pero soy de la opinión que en el caso de Spielberg es más exacerbado. Es evidente que sus recuerdos de infancia y juventud pesan muy considerablemente en su imaginario particular: la efímera vivencia de una familia unida, la ruptura matrimonial, la vida en diferentes lugares. También ha quedado patente el resentimiento inicial hacia un padre que, sin embargo, nunca estuvo reñido con una persistente admiración e incluso veneración. Para un joven de mentalidad abierta e inquieta, eternamente fascinado por las grandes historias, resultaba siempre apasionante escuchar las anécdotas y vivencias de su padre tanto en la guerra como en la vida civil, donde estuvo al frente de proyectos tecnológicos de diferente calibre. Todo ello lo hemos ido conociendo a través de la huella personal que Spielberg ha ido imprimiendo a varios de sus proyectos. En el caso que nos ocupa, la figura de Arnold Spielberg (n. 1917) vuelve a estar muy presente como acicate para impulsar la propuesta de Bridge of Spies.

"En los años 50 y 60, durante la Guerra Fría, existía un enorme recelo y miedo a Estados Unidos por parte de la Unión Soviética. También había mucha paranoia y miedo en Estados Unidos hacia la URSS. Recuerdo que mi padre había ido a Rusia en un intercambio. Enviaron ingenieros rusos a Arizona y General Electric destinó a ingenieros estadounidenses, entre ellos mi padre. Fue entonces cuando derribaron a Gary Powers. Mi padre hizo cola con otros tres compañeros porque mostraban el traje de vuelo, el casco y los restos del U-2 para que todos los rusos vieran lo que Estados Unidos había hecho. Dos militares rusos se acercaron a mi padre y a su amigo y, al pedirles el pasaporte, vieron que eran estadounidenses. Uno de ellos señaló al U-2 y dijo: mirad lo que vuestro país nos hace. Lo repitió varias veces, enfurecido, y luego le devolvió los pasaportes. Nunca olvidé esa historia."

La impronta que siempre dejan las historias de Arnold en su hijo se dejó notar cuando el guionista británico Matt Charman llegó a DreamWorks con un libreto bajo el brazo que trataba sobre los hechos que rodearon esa época. Spielberg decidió comprar los derechos sobre el material de Charman y convertirlo en uno de sus próximos proyectos. La época le apasionaba y estaba deseoso de materializar, por fin, una gran historia centrada en el clímax de la Guerra Fría.

Matt Charman había llegado al argumento definitivo de forma indirecta. Se proponía realizar una película sobre acontecimientos producidos durante la Presidencia de John F. Kennedy pero, de repente, se encontró con una figura histórica prácticamente desconocida que captó inmediatamente su atención. Kennedy había enviado al abogado James B. Donovan para negociar con los cubanos la liberación de más de 1500 personas implicadas en la fallida invasión de Bahía Cochinos (1961). Charman se preguntó por qué había sido elegido este abogado en concreto y siguió investigando en la trayectoria de Donovan. Al principio, pensaba en escribir un guión sobre la negociación con el gobierno de Fidel Castro pero de sus investigaciones surgió un caso que resultaba mucho más interesante. La historia más impactante había ocurrido unos años antes y, gracias al éxito que había obtenido en ella, Donovan fue conocido en los círculos de poder.

Concretamente, Charman quedó atraído por unos hechos que se iniciaron en 1957. El FBI detuvo al ciudadano anglo-soviético Rudolf Abel en Brooklyn bajo la acusación de espionaje al servicio de la KGB. El colegio de abogados de Nueva York nombró a James B. Donovan, conocido anteriormente por haber trabajado como investigador y negociador en los Juicios de Nuremberg (1946), para que se hiciera cargo de la defensa de Abel. Por consiguiente, se le pidió que defendiera a un espía ruso en un contexto de máxima tensión entre las dos grandes potencias y que afrontara el descrédito que recibiría por parte de una población híper-sensibilizada. Hay que tener en cuenta que hacía poco tiempo se había condenado a muerte al matrimonio Rosenberg por cargos de espionaje. La sensibilización había crecido y la importancia de los secretos transmitidos a la URSS, por parte de los Rosenberg, hizo que las fuerzas de seguridad extremaran las medidas ante nuevos casos. Solo así se explica que un modesto espía como Rudolf Abel fuera detenido con un despliegue extraordinario que rebasaba ampliamente la resonancia que pudieran tener sus actividades.


Donovan era un abogado íntegro que creía fervientemente en los principios inalienables de "Justicia para Todos" y "Toda persona importa". Aceptó el caso afrontando el descrédito público porque quería defender la integridad del sistema judicial. Quería demostrar que eran diferentes a ellos y que en Estados Unidos existían las garantías judiciales, incluso ante las peores circunstancias. La garantía jurídica debía ser defendida y mostrar al mundo que incluso un espía ruso, con notables pruebas en su contra, podía tener un juicio justo en Occidente. Estos principios deben defenderse especialmente en tiempos de crisis y así fue como Donovan le dio a Abel la mejor defensa posible. De nuevo vuelve a salir a la palestra el tema de la seguridad nacional frente a las garantías judiciales. La película se alinea en la defensa de los valores democráticos frente a aquellos que desean aprovechar las situaciones críticas para vulnerar derechos y libertades. En base a esos principios, Donovan llegó a comprometer la seguridad de su familia, víctima de algunos actos de violencia callejera por parte de exaltados. En una época de tensión máxima, con la amenaza constante de un ataque nuclear, afrontar cualquiera de estos casos suponía exponerse a la mayor de las polémicas pero eso no evitó que Donovan se volcara completamente. Abel fue condenado por todos los cargos pero el abogado obtuvo del juez una sentencia que evitaba la pena de muerte. El momento que estaban viviendo era sumamente complejo y podrían necesitarle si algún norteamericano caía en el otro bando. De todas formas, Donovan llegó hasta el Tribunal Supremo para conseguir una reducción de condena que finalmente fue denegada por el máximo organismo judicial.

Tres años después, la predicción de Donovan se cumplió cuando el piloto Francis Gary Powers, a los mandos de un avión espía Lockheed U-2, fue derribado por baterías antiaéreas soviéticas en Sverdlovsk (la actual Ekaterimburgo, en los Urales centrales) el 1 de mayo de 1960. Powers formaba parte de un escuadrón, supervisado por la CIA, que tenía la misión de fotografiar instalaciones estratégicas de la URSS. Tras el impacto, sufrió una serie de penalidades que impidieron que pudiera activar el dispositivo de autodestrucción del avión y, con muchas dificultades, consiguió la proeza de eyectarse. Mantenía las esperanzas de poder escapar una vez en tierra y por eso no usó el comprimido de veneno que llevaba consigo. Sin embargo, poco después de tocar tierra con el paracaídas, fue detenido y trasladado a la prisión moscovita de Lubyanka, donde durante tres meses fue objeto de constantes interrogatorios que incluyeron tortura psicológica. Desde septiembre de 1960 hasta el día de su liberación por intercambio (10 de febrero de 1962) fue retenido en la prisión central Vladimir, a 150 kilómetros de la capital soviética.

Así pues, se presentó la oportunidad de negociar un intercambio de prisioneros que facilitara el regreso de Powers. Hacía falta un gran negociador para un caso de enorme envergadura que incluso obligó al Presidente Dwight D. Eisenhower a reconocer públicamente la existencia de los vuelos espía sobre espacio aéreo soviético. Fue entonces cuando el director de la CIA, Allen Dulles, contactó con James Donovan para ofrecerle llevar las negociaciones en el intercambio entre Rudolf Abel y Gary Powers. No obstante, debería actuar solo porque el Gobierno estadounidense no podía verse implicado públicamente en las negociaciones. Dispondría de cierto apoyo pero formalmente sería un ciudadano individual negociando un trato de forma privada. Donovan no ocupaba ningún cargo oficial en la administración y eso le confería el perfil necesario para cumplir esta misión de máxima dificultad en el lugar más tensionado del mundo en ese momento: Berlín. Por si este panorama no era suficientemente complejo, la situación se complicó aún más con la detención del estudiante norteamericano Frederic Pryor en Berlín oriental. Desde el momento en que esto sucedió, Donovan se propuso conseguir la liberación de los dos. El abogado desoyó las advertencias de los agentes de la CIA y se dispuso a establecer una negociación dual y simultánea con los soviéticos y los alemanes del este. Convencido de que el juego de poder entre ellos podía serle beneficioso, consiguió el canje aunque para ello tuvo que provocar especialmente al fiscal de la República Democrática Alemana.

Matt Charman escribió dos borradores de guión incluyendo todos los hechos históricos imprescindibles para la trama. A Spielberg le gustaba la propuesta pero creía que le hacía falta una mirada externa que pudiera, en cierto modo, contrarrestar la ineludible solemnidad y rigor que forman parte intrínseca de una historia de espías durante la Guerra Fría. Para ello, consiguió el concurso de los mismísimos hermanos Coen, quienes movieron las negociaciones al tramo final de la película y fueron capaces de infundir elegantes notas de humor al personaje de Donovan, una vez supieron que sería Tom Hanks el actor que lo encarnaría. Joel & Ethan Coen hallaron notas de diversión en las anécdotas de la historia y todo ello, unido al rigor de la investigación conducida por Matt Charman, derivó en un libreto sólido y equilibrado que permitiría a Spielberg crear un film deudor del espíritu de las novelas de John Le Carré pero revestido de una pátina de gracilidad y bondad, acorde con los hechos históricos y con la personalidad íntegra del protagonista.

En esta historia, los supuestos villanos no lo eran necesariamente ni tenían intención de serlo. La película pide implícitamente al espectador que apoye a un espía frente a la propia seguridad del país. Genera empatía hacia la figura de Rudolf Abel y es, en este punto, donde Spielberg disfruta sacando partido de un actor maravilloso: Mark Rylance.


La admiración de Spielberg hacia el actor británico viene de lejos. Tuvo oportunidad de conocerle en Londres a mediados de los 80 y no dudó en ofrecerle un papel en El Imperio del Sol (Empire of the Sun, 1987). Rylance realizó una audición extraordinaria y el director iba a concederle un rol más importante del que inicialmente tenía pensado. Pero entonces le surgió una oportunidad teatral importante en el West End y declinó amablemente la propuesta de Spielberg. El realizador no pudo conseguir lo que se proponía pero no olvidó al intérprete y siguió su carrera posterior con interés. Un año antes del inicio del rodaje tuvo la oportunidad de ver a Rylance sobre los escenarios de Broadway con la obra Twelfth Night. Y en esta ocasión tenía una carta bajo la manga puesto que le ofrecería el codiciado papel de Rudolf Abel en El Puente de los Espías. Con este papel, Rylance consigue una interpretación extraordinaria haciendo gala de una sutilidad atroz y un porte parsimonioso que le acompaña a lo largo de la película y que reproduce la particular personalidad de la figura histórica. Las reacciones de Abel ante las situaciones de tensión son exactamente las contrarias a lo habitual. Hace gala de un total estoicismo y no se expresará ni hará actos cara a la galería porque, en sus propias palabras, "¿ayudaría?".
"La última vez que un actor consiguió transmitirme tanto haciendo tan poco fue cuando Ben Kingsley interpretó a Itzhak Stern en Schindler's List."

En cuanto al protagonista, James B. Donovan, Spielberg solo tenía en mente un nombre, el de su amigo y constante colaborador Tom Hanks. El director suele definir a Hanks como el "James Stewart moderno" y este personaje de valores morales sólidos, integridad inquebrantable, y dotado de amplias cualidades de convicción no podría hallar mejor intérprete que el doble ganador del Oscar.

Con Hanks y Rylance a bordo, el realizador acabó de configurar un interesante reparto en el que encontramos a Amy Ryan (Beadie Russell en The Wire), al veterano Alan Alda, a los alemanes Sebastian Koch y Burghardt Klaussner y al ruso Mikhail Gorevoy. Entre el talento joven presente en la cinta se encuentran también Austin Stowell (en el papel de Gary Powers), Jesse Plemons, Billy Magnussen y Eve Hewson. Además, podemos disfrutar de la presencia de grandes secundarios como Peter McRobbie (quien ya formó parte de Lincoln y que aquí interpreta a Allen Dulles), Michael Gaston, Domenick Lombardozzi (Herc en The Wire), Scott Shepherd y Dakin Matthews.


En términos de producción, el rodaje consumiría más de la mitad de su calendario en Alemania. Por todo ello, era necesario asociarse con una productora germana que, además de participar en la financiación, ofreciera estudios de filmación y servicios logísticos. Así fue como la prestigiosa Studio Babelsberg (fundada en 1912) se asoció con el conglomerado de empresas que formaban parte del mosaico DreamWorks: Amblin Entertainment, Participant Media y Reliance Entertainment. Junto a Fox 2000 Pictures y la productora de Marc Platt crearon la masa crítica necesaria para levantar un complejo proyecto que maximizó recursos para no rebasar un ajustado presupuesto de 40 millones de dólares. Con el acuerdo de distribución entre DreamWorks y Disney, ésta última tendría los derechos en Estados Unidos mientras que 20th Century Fox se encargaría de distribuir en el resto del mundo. 

El rodaje dio inicio el 8 de septiembre de 2014 en Brooklyn. Durante el primer mes, el equipo recorrió varias localizaciones del famoso distrito y después se desplazó al barrio de Astoria (Queens), donde se ubicó la residencia de Donovan. A principios de octubre, se desplazaron a Alemania donde filmarían interiores en los estudios Babelsberg de Potsdam. En tierras germanas tendría lugar el rodaje de las grandes secuencias que pueblan la segunda mitad del film.

Para esta película, Spielberg contaba con un nuevo diseñador de producción: Adam Stockhausen. Sus colaboraciones con Wes Anderson en Moonrise Kingdom (2012) y El Gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014) habían impresionado al director y éste no dudó en ofrecerle el puesto tras comprobar su particular habilidad para caracterizar escenarios de época. Stockhausen realizó una importante investigación previa en Berlín y comprobó que la estación Friedrichstrasse ya no presentaba la imagen deseada. Sin embargo, al continuar el camino unas paradas más, localizó un apeadero que cumplía con lo exigido para grabar el momento en que Donovan trata de acceder al Berlín oriental saltándose la cola. El aeropuerto Tempelhof fue también completamente remozado por el equipo de Stockhausen hasta dar con una imagen creíble de lo que debía ser en 1960. 

En Wroclaw (Polonia) se localizaron las secuencias más relevantes que tienen lugar en Berlín oriental. La capital alemana se ha modernizado mucho tras la caída del muro y ha modificado significativamente el rostro urbano que la caracterizó durante la Guerra Fría.  Se requería un lugar que aún conservara ese ambiente gris y mortecino, que aparece siempre al revisar material documental de la época. En Wroclaw, Spielberg halló ese aire añejo, impregnado aún en las fachadas de algunos edificios. El mítico Checkpoint Charlie se recreó en una de sus calles, al igual que también se realizó allí la secuencia en la que Frederic Pryor (Will Rogers) se dirige en bicicleta, como todos los días, a la parte oriental mientras, en paralelo y gracias a un traveling soberbio, vemos cómo los obreros levantan una sección del infame muro de Berlín desatando la tragedia sobre los habitantes de la ciudad. Para la película se construyeron 275 metros de muro que Spielberg utilizó para planificar el traveling con una cámara grúa que se apoyaba en el movimiento de una furgoneta que circulaba detrás de Will Rogers. También situó cámaras en uno de los lados y en los balcones para dotar de más puntos de vista a la secuencia. El director se propuso captar la confusión que reinaba en ese momento entre la gente y la consternación de las personas ante una construcción que plasmaba el choque entre dos grandes potencias, dividiendo barrios y separando a familias.


En la última semana de noviembre tuvo lugar el rodaje de la secuencia cumbre. "El puente de los espías" existió realmente y en él se realizaron diversos intercambios de prisioneros debido a su estratégica localización, conectando Berlín oeste con la pro-soviética República Democrática Alemana. En el puente de Glienicke se produjo el intercambio entre Powers y Abel. Tal y como era de suponer conociendo el habitual rigor de Spielberg, éste quiso ir allí para recrear el histórico momento. Además, la presencia en el enclave estuvo aderezada por la aparición de una importante dignataria. Unos días antes, Spielberg y Tom Hanks habían sido recibidos en las dependencias oficiales de la cancillera Angela Merkel. En ese encuentro, Merkel fue invitada a visitar el rodaje en Glienicke y los documentos gráficos ilustran dicha cortesía.

El puente es una gran metáfora puesto que simboliza una unión fracturada, a la que le quedan pocas vías de conexión. Además, ejemplifica el bloqueo al que se sometieron dos mundos opuestos, capaces de escenificar su enfrentamiento en suelo berlinés. Por consiguiente, la pasarela debía ser un personaje más de la película. Spielberg trabajó mucho la secuencia con Janusz Kaminski y éste se decantó por rodar los planos generales del puente justo antes del anochecer. Iluminó Glienicke como si fuera noche cerrada pero aprovechó la luz natural que quedaba para dar profundidad al cielo y que el firmamento se reflejara en el agua. Esta puesta en escena le dio al enclave un aspecto más imponente. La planificación del director hizo el resto a la hora de dotar a la secuencia de una gran tensión emocional. Los faros de los controles aduaneros, los fantasmales haces de luz de los coches que proceden de la zona comunista, el momento cumbre de los dos hombres cruzándose en el puente, ajenos a la batalla política y mediática que se libraba en esos instantes... En fin, cine con mayúsculas y narración visual sublime.


En Glienicke finalizó el rodaje en Alemania. De regreso a Estados Unidos, el equipo se trasladó a la base aérea Beale (California) donde disponen de un Lockheed U-2 como el que pilotaba Francis Gary Powers. Allí se rodaron las secuencias donde la CIA y operativos militares adiestran al escuadrón mientras explican las funcionalidades del U-2. Entre los extras que daban vida a los agentes de la CIA, se encontraba el hijo de Powers. Se trató de un detalle que quiso tener Spielberg con la familia de este valiente piloto, desaparecido en un accidente aéreo acaecido en 1977. Powers Jr. fue también asesor técnico del film y compartió varias conversaciones con el actor Austin Stowell para darle a conocer más detalles que enriquecieran su interpretación.

Posteriormente, de nuevo en estudios, se rodó la compleja secuencia del derribo al U-2 sobre espacio aéreo soviético. Se utilizó un potente brazo hidráulico para dar movimiento al fuselaje y reconstruir de forma fidedigna el suceso. El casco que debía llevar Austin Stowell incorporaba un transmisor que permitió al director darle instrucciones constantes para que éste pudiera mostrar los diferentes estados de excitación sobre la marcha, consiguiendo una mayor autenticidad. Los técnicos de efectos visuales hicieron más grande la set piece creando un fondo exterior mientras que el equipo de sonido, liderado por Gary Rydstrom, logró un gran trabajo creando estruendos, explosiones y un sinfín de efectos que confirieron a la secuencia un realismo atroz.
Francis Gary Powers protagonizó uno de los episodios importantes de la Guerra Fría y personificó aquello que distinguió a un gran número de personas en ambos bandos. Me estoy refiriendo al ideal patriótico clásico, aquel que tan bien definió John F. Kennedy en su discurso de toma de posesión como Presidente (20 de enero de 1961): "Ask not what your country can do for you, ask what you can do for your country". En el caso de Powers, éste nunca se preguntó por qué hacía lo que hacía. Su preocupación derivaba hacia lo que podía hacer para servir mejor al país. Tras casi dos años de duro cautiverio en los que nunca reveló secretos que no se conocieran a través de la prensa, tuvo que aguantar un inicial escepticismo en Estados Unidos ya que muchos creían que no había aguantado la presión y había cantado. Le costó reivindicarse pero acabó con la rumorología e incluso fue condecorado por sus servicios. Tiempo después llegó a confesar que deseó la muerte puesto que le libraría de los interrogatorios y del cautiverio. Cuando le llevaron al puente de Glienicke, tenía decidido que saltaría al agua en caso de que el intercambio fallara. Prefería afrontar una muerte segura antes que volver al presidio.

El tándem que forman Tom Hanks y Mark Rylance cada vez que se encuentran es uno de los puntos fuertes del film. Donovan trató de defenderle lo mejor posible anteponiendo el sentido de justicia a la lógica del contexto histórico. Dejó los prejuicios aparte y llevó la causa con honradez, haciendo gala de una sorprendente tenacidad. Todo ello conmueve al personaje de Rudolf Abel quien no esperaba a alguien que luchara tanto por su causa. Con su habitual estoicismo e incluso indolencia, parecía que nada podía sacarle de su imagen de hombre taciturno y reservado. Pero entre ellos surge una conexión; el reflejo de uno hace mella en el otro y viceversa. Representan visiones e ideales opuestos pero demuestran que entre ellos pueden llegar a una conciliación más allá del enfrentamiento que mantienen sus respectivos países. La firmeza de Donovan, desde la contención formal, impacta a Rudolf Abel hasta el punto que le define como hombre firme, recordando la visión de un hombre cercano a su familia que, años atrás, resistió los golpes de un guardia partisano y se negó a arrodillarse. El epílogo de esta particular relación, llena de confianza y franqueza, se produce en el puente de los espías cuando, tras una lacónica despedida, Donovan se queda quieto viendo alejarse a los coches que se llevan a Abel. La preocupación por la seguridad de su cliente llega incluso a ese punto. Porque más allá de haber cumplido el objetivo, siempre debe prevalecer el matiz humano. Un ejemplo de que por encima de adscripciones e ideologías, las personas siempre están por delante de cualquier otra consideración. Spielberg quería lograr esta dinámica entre los personajes y fue capaz de transmitirlo a los actores para lograr episodios interpretativos potentes.


Por otra parte, El Puente de los Espías es una película donde la maestría narrativa de Steven Spielberg asciende un peldaño más. La secuencia inicial que culmina con la detención de Abel es un prodigio de narración. La tensión argumental se mantiene a lo largo del metraje. Muchas veces vemos como películas de temática judicial compleja no consiguen llegar al espectador por la torpeza de la persona que se encuentra detrás de la cámara. Spielberg siempre equilibra el contenido del guión con la traslación visual y consigue incluir los detalles técnicos de forma casi imperceptible pero efectiva. Su habilidad para buscar los diferentes focos de la historia provoca que asistamos a una catarata de acontecimientos finamente hilvanados. Al igual que el director de orquesta consigue armonizar a un gran grupo de músicos y el pintor saca partido de los diferentes elementos para poblar el lienzo de sensaciones, Spielberg hace lo propio con la cámara hasta reproducir sobre la pantalla una tormenta de emociones poblada por soberbias muestras de dominio del lenguaje cinematográfico.

La trascendencia de la historia encaja perfectamente con sus intereses como realizador y se siente cómodo contando acontecimientos contundentes. Se trata de una cinta que, estilísticamente, es heredera de las tramas urdidas por John Le Carré, pero añadiendo acontecimientos reales que nos son presentados a través de un enfoque noble. No necesita para esta película recurrir a la crudeza que exploró en Munich (2005). Esta era una época diferente donde las situaciones de tensión se vivían de otra forma. Como he explicado anteriormente, aún existía una relativa inocencia, una pátina de nobleza en las relaciones internacionales. Se podían defender las posiciones con firmeza pero existía una aparente cordialidad y elegancia que se fue perdiendo a medida que los acontecimientos en la escena pública se fueron radicalizando con la llegada de los brutales atentados terroristas, los secuestros indiscriminados, etcétera. En este contexto, Spielberg crea un fantástico thriller de Guerra Fría, un magnífico espectáculo cinematográfico cuya lista de virtudes es muy amplia.


Cabe destacar que la última secuencia de la película, con Donovan viajando en metro por Brooklyn reinsertado a su vida normal, no terminaba del modo que finalmente vimos en pantalla. La versión final se rodó a sugerencia del propio Tom Hanks. Hacia la mitad del film, vemos a Donovan viajando en tren por Berlín y observando como al pasar por el muro tres personas son abatidas cuando intentaban pasar a la zona occidental. A Hanks se le ocurrió la idea de que Donovan viera a unos chicos saltando verjas y eso le hiciera recordar el horror que se estaba viviendo en la ciudad germana. La presunta intrascendencia que suponen unos chicos saltando verjas tienen en Donovan una gran repercusión. Le conectan sentimentalmente con unos hechos de máxima gravedad y le recuerdan que vivimos en un mundo complejo, donde nuestra esfera de seguridad se circunscribe al entorno próximo. Hanks se lo sugirió a Spielberg y éste coincidió al parecerle una evocadora forma de poner fin a la película.

En más de cuarenta años de carrera como director, Spielberg siempre había podido contar con las composiciones de John Williams salvo una única excepción: El Color Púrpura (The Color Purple, 1985). En esa ocasión, los derechos estaban en poder de Quincy Jones y el legendario productor musical se aseguró que la partitura debía ser creada por él. Por consiguiente, la alianza creativa entre Spielberg y Williams solo se había interrumpido cuando había existido una limitación de tipo contractual. No obstante, cuando llegó el momento de empezar a componer la banda sonora de El Puente de los Espías, el maestro Williams estaba aquejado de unos problemas de salud que le impedían trabajar temporalmente. Ante la necesidad de cubrir el calendario, el propio Williams recomendó a Thomas Newman como su sustituto. Newman es uno de los mejores compositores cinematográficos del panorama reciente. Su padre fue el legendario Alfred Newman, ganador de nueve Oscar de la Academia en el apartado musical. Thomas ha seguido su estela de calidad y lleva treinta años trabajando en el cine, de forma continuada, creando grandes temas para películas como Esencia de Mujer (Scent of a Woman, 1992), Cadena Perpetua (The Shawshank Redemption, 1994), American Beauty (1999), La Milla Verde (The Green Mile, 1999), Erin Brockovich (2000), Camino a la Perdición (Road to Perdition, 2002), Buscando a Nemo (Finding Nemo, 2003), Cinderella Man (2005), Juegos Secretos (Little Children, 2006), WALL-E (2008), Revolutionary Road (2008), Criadas y Señoras (The Help, 2011), Skyfall (2012), Spectre (2015), y Buscando a Dory (Finding Dory, 2016). Desgraciadamente, no ha podido llegar a conquistar a los académicos como sí hizo su progenitor. Hasta el momento, ha obtenido trece nominaciones pero ninguna estatuilla.

Spielberg contactó con él mientras el músico daba los últimos retoques a la banda sonora de Al Encuentro de Mr. Banks (Saving Mr. Banks, 2014). Newman quedó anonadado ante la oferta y se dispuso a crear una banda sonora que mantuviera el estilo de Williams pero que incorporara sonoridades propias con las que el realizador pudiera sentirse a gusto. El resultado fue espléndido ya que Newman recorre una gran variedad de tempos musicales que hallan respaldo en las poderosas imágenes del film. La mejor muestra de su trabajo es, sin duda, el Bridge of Spies (End Title). 


La premiere de la película se realizó el 4 de octubre de 2015 en el marco del New York Film Festival. El 16 de octubre tuvo su estreno general en las pantallas estadounidenses. La crítica se deshizo en elogios hacia la nueva cinta de Spielberg y el público reaccionó positivamente logrando una recaudación final de 165 millones de dólares, bastante más de lo que sus implicados habían previsto. En los Oscar obtuvo seis nominaciones, incluida la de mejor película. Mark Rylance había sido nominado como intérprete de reparto en todos los premios precedentes y acababa de adjudicarse el BAFTA de la Academia británica. Había dudas sobre su victoria en el Dolby Theatre pero finalmente se volvió a citar su nombre desde el escenario y el brillante actor británico recogió el Oscar de manos de Patricia Arquette. Sin duda alguna, fue un gran reconocimiento para un auténtico animal de teatro que finalmente tuvo la oportunidad de trabajar a las órdenes de un director que llevaba décadas pensando en un gran personaje para él. La complicidad y entendimiento entre ellos ha llegado a ser tan grande que el director ha contado con él en Mi Amigo el Gigante (The BFG, 2016) y en sus dos próximos proyectos: Ready Player One y The Kidnapping of Edgardo Mortara.



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