15 de enero de 2016

Spielberg on Spielberg: Munich (2005)


"Esta película es una oración por la paz. Era algo que siempre tuve en mente mientras la filmaba."

Juegos Olímpicos de 1972 en Munich. En la madrugada del cinco de septiembre, ocho miembros del grupo terrorista palestino Septiembre Negro se introducen en la Villa Olímpica vestidos con indumentaria deportiva. Los atletas tenían prohibido salir de noche y los accesos estaban cerrados. Se dio el caso de que en el momento de saltar la valla de acceso, los terroristas recibieron la ayuda de atletas canadienses que habían decidido pasar la noche fuera. Sin embargo, no eran deportistas díscolos que volvían a sus habitaciones sino individuos con una misión completamente diferente. Estaban bien entrenados y habían recibido ayuda logística, en la propia Alemania, por parte de grupos neo-nazis. Algunos de ellos ya habían estado en la Villa Olímpica días antes y contaban con llaves duplicadas de varios apartamentos donde se alojaba la delegación israelí. Su objetivo era convertirlos en rehenes y pedir a cambio la liberación de 234 presos palestinos, cautivos en Israel, además de dos extremistas alemanes de la Rote Armee Fraktion (RAF), también conocida como Baader-Meinhof.

Los terroristas estaban bien aprovisionados y disponían de todo tipo de armas para amedrentar a unos deportistas que, en su mayoría, estaban en pleno sueño. Tenían llaves de dos apartamentos que ocupaban cinco miembros del equipo de lucha y halterofilia, cuatro árbitros y dos entrenadores. Yossef Gutfreund, uno de los árbitros del apartamento 1, se despertó cuando oyó el ruido de la puerta abriéndose y trató de contenerlos utilizando su gran peso para bloquear la entrada. Advirtió a los demás antes de que su resistencia fuera vencida por los asaltantes y eso permitió que uno de sus compañeros escapara a través de una ventana. Otros se añadieron al forcejeo como fue el caso del entrenador Moshe Weinberg, quien recibió un disparo que le perforó la mejilla. Los terroristas forzaron a Weinberg para que les abriera el apartamento 2 pero éste los guió hasta el número 3, donde estaban los miembros del equipo de lucha. Esta estrategia, que buscaba utilizar la fuerza de los atletas, no sirvió de nada ante individuos fuertemente armados. Mientras eran trasladados hacia el apartamento 1, Weinberg volvió a atacarles y, en la confusión del momento, otro deportista logró huir utilizando una puerta adyacente que conducía al parking. Weinberg hirió a dos de los terroristas antes de ser abatido por los disparos. En esa refriega colaboró también el levantador de peso Yossef Romano, que igualmente fue herido de muerte.

A partir de entonces, empezó la cadena de acontecimientos que condujo a la masacre final. Mientras los asaltantes retenían a nueve rehenes en el apartamento 1, los ocupantes del resto del edificio empezaron a dar la alarma y muy pronto el complejo quedó sitiado por la policía alemana. Israel se negó a ceder a las demandas de los terroristas y las autoridades alemanas rechazaron el envío de fuerzas especiales desde Tel Aviv. No obstante, la gestión de la crisis por parte del canciller alemán, Willy Brandt, y el Ministro del Interior, Hans-Dietrich Genscher, tuvo muchas más sombras que luces. Mientras los asaltantes demostraban su determinación lanzando el cadáver de Weinberg desde el balcón del apartamento, las autoridades bávaras perdían tiempo ofreciendo dinero a los miembros de Septiembre Negro y proponiendo intercambios de rehenes. La respuesta siempre fue la misma: el dinero no significaba nada para ellos. Tras el fracaso de un torpe intento de asalto, los terroristas demandaron que se les facilitara la huida hacia El Cairo.


Las autoridades dispusieron dos helicópteros para trasladarlos al aeropuerto de Fürstenfeldbruck, una instalación de la OTAN donde tenían pensada una emboscada. Para llegar a los helicópteros debían caminar unos 200 metros por el parking y allí pensaron en atacarlos. Pero el líder del comando, Luttif Afif alias "Issa", comprobó el recorrido primero con la delegación negociadora (entre ellos Genscher). El ruido provocado por los policías, escondidos tras los coches, le alertó y exigió un autocar para recorrer esa distancia. Mientras viajaban en helicóptero hacia Fürstenfeldbruck, las autoridades alemanas colocaron a una serie de soldados en lugares clave y dispusieron un avión en cuya cabina habría policías escondidos. Pero los soldados  no tenían experiencia real como francotiradores y sus armas tampoco eran las más idóneas. Los agentes del Mossad, desplazados al lugar de los hechos, sólo podían actuar como observadores y su presencia incluso incomodaba a Genscher y los suyos.

La idea era que cuando los líderes terroristas exploraran el avión antes de que entraran los demás, los agentes debían reducirlos mientras los tiradores acabarían con los que se hubieran quedado en los helicópteros junto a los rehenes. Sin embargo, los cálculos iniciales preveían máximo cuatro terroristas. Cuando entraron en el autobús se comprobó que el comando estaba formado por el doble de efectivos. Mientras tanto, en una decisión polémica y errática, los policías que esperaban dentro del avión decidieron abandonar la misión sin consultarlo con sus superiores. Las autoridades alemanas quedaron sobrepasadas en la gestión de la crisis y todo hacía prever un final trágico.

La masacre se inició hacia las once de la noche, cuando Issa y Yussuf Nazzal comprobaron que la cabina de mando del avión estaba completamente vacía. Mientras corrían de nuevo hacia los helicópteros, donde el resto de los secuestradores retenía a los israelíes y a los pilotos, uno de los tiradores vio la oportunidad de actuar. Pero la luz era muy tenue y el tiro que debía ser para Issa acabó hiriendo a Nazzal. Las autoridades dieron orden de abrir fuego y se desató el desastre. Dos de los terroristas fueron abatidos pero el resto se parapetó detrás de los helicópteros y devolvió el fuego mientras trataban de destruir los focos de iluminación, Uno de los policías germanos, estacionado en la torre de control, fue alcanzado por los disparos y murió. Los pilotos pudieron huir pero los rehenes estaban atados en sus asientos y siguieron estando en el centro del peligro.

Mientras las fuerzas de choque especializadas no llegaban, atrapadas en un funesto atasco de tráfico, los terroristas que habían sobrevivido se hicieron fuertes. Sin embargo, pasadas las doce de la noche llegaron los furgones. Issa y los suyos comprendieron que ya no les quedaba salida y decidieron cortar por lo sano. Uno de ellos abrió fuego contra los cuatro rehenes de uno de los helicópteros y después lanzó una granada dentro. Se produjo una brutal explosión que los medios de comunicación pudieron ver desde fuera de la instalación. Issa fue abatido poco después en un intercambio de disparos y también cayó otro de los secuestradores por disparo de francotirador. Aunque todo resultó muy confuso a partir de ese momento, se cree que uno de los terroristas disparó a los cinco israelíes del segundo helicóptero antes de caer al suelo por las heridas recibidas. La policía consiguió reducir y capturar a tres de ellos poco después. Nazzal se mantuvo huido durante más de media hora hasta que fue abatido en un parking adyacente al aeropuerto.

La operación fue un rotundo fracaso y se zanjó con los once israelíes muertos en menos de veinticuatro horas. La policía abatió a cinco terroristas y capturó a los tres restantes pero el precio fue demasiado alto teniendo en cuenta que también resultó muerto un agente alemán. La falta de transparencia de las autoridades germanas fue patente durante y después de la crisis. Los países occidentales fueron más conscientes que nunca del hecho que debían dotarse de unidades antiterroristas especializadas, dotadas del armamento adecuado y preparadas para las nuevas amenazas que representaba la violencia extremista. En cuanto a los tres miembros supervivientes del comando, fueron liberados a finales de octubre como respuesta al secuestro de un vuelo comercial de Lufthansa.


La Primera Ministra israelí, Golda Meir, se reunió con su Consejo de Seguridad y decidieron poner en marcha una respuesta contundente que se tradujo en las operaciones "Spring of Youth" y "Wrath of God". En ellas se pretendía actuar sobre los cerebros y financiadores de la operación y no sólo sobre los responsables materiales que aún seguían con vida. Estos planes no han sido desclasificados en su totalidad pero hay hechos irrefutables y sobre ellos investigó a fondo el periodista canadiense George Jonas. En 1984, publicó el libro titulado "Vengeance: The True Story of an Israeli Counter-Terrorist Team", donde realizó una potente crónica que tuvo impacto a nivel mundial. Entre los lectores que encontraron en el libro de Jonas un interés sentimental se encontraba un joven llamado Barry Mendel, norteamericano de origen judío como Spielberg. Mendel utilizó la base de Vengeance para iniciar su propia investigación personal sobre lo ocurrido ese fatídico día. A finales de los noventa, empezó a producir películas y se afianzó en la industria con varios proyectos de Wes Anderson y M. Night Shyamalan, entre ellos El Sexto Sentido (The Sixth Sense, 1999) y El Protegido (Unbreakable, 2000). Con el éxito cosechado, decidió que era el momento de convertir en realidad su ansiado proyecto sobre Munich.

Mendel había producido El Sexto Sentido en asociación con la compañía de Frank Marshall y Kathleen Kennedy. Con ellos habló de la investigación que había realizado, durante ocho años, sobre los hechos acaecidos en 1972 y les propuso que le ayudaran a hacer de ello una película importante. Kennedy aceptó la propuesta sabiendo que trataría de convencer a su amigo y socio Spielberg para que la dirigiera. El realizador animó a Mendel y le sugirió que trabajara con guionistas experimentados. Había que darle lenguaje cinematográfico a un material eminentemente periodístico. Tras los atentados del 11-S, el director experimentó una fuerte conmoción que afectó, de igual manera, a gran parte del mundo creativo norteamericano. No le interesaba tratar sobre acontecimientos recientes pero sí sobre hechos del pasado que se caracterizaran por las diferentes reacciones vividas al fenomeno intrínseco del terrorismo. En La Guerra de los Mundos (War of the Worlds), había trabajado sobre el tema de la reacción emocional utilizando la metáfora de una invasión alienígena. Ahora quería complementar ese ensayo de conmoción con una historia basada en hechos reales que pudiera llegar al público desde la misma óptica sensible que había aflorado con los atentados de Nueva York. 

Mendel trabajó durante un año y medio con el guionista Eric Roth (autor de los libretos de Forrest Gump, El Dilema y Alí, entre otros) pero los resultados no eran lo satisfactorios que se esperaban. Spielberg y Kennedy decidieron apostar por otro escritor y fueron hábiles al lograr el concurso del brillante dramaturgo Tony Kushner, autor de éxito gracias a su multipremiada obra Angels in America. Kennedy le convenció al explicarle que iban a tratar sobre las consecuencias de la masacre. Allí podía haber muchos más matices puesto que se descubría la oscura historia de los asesinatos dirigidos. Eso le interesó de forma inmediata. En cuanto  a la faceta corporativa, cabe reseñar que, desde la creación de DreamWorks, Spielberg no había vuelto a trabajar con su alma mater, Universal Pictures. Ocho años después, se daba esa posibilidad porque Barry Mendel tenía un acuerdo previo de distribución con ellos.

Cuando Kushner empezó a contribuir, Spielberg sintió que trabajaba con alguien que entendía en profundidad la complejidad del tema tratado. Sabía que escribiría un guión con el que se sentiría cómodo.
"Tony tiene una opinión clara de lo que ocurrió en el 72. Y tiene tantos conocimientos, lo lee todo. Es uno de los autores más documentados con los que he trabajado. Disfruté mucho escuchándole y aprendiendo de él. Me recomendó muchas fuentes de información que no conocía al empezar este proyecto. Tony me introdujo a muchos autores y filósofos, gente de todo el espectro político y cultural. Tengo mucha preparación como judío y como alguien muy interesado en esa región; creía saber mucho del tema. Pero él me sumergió en la política y en los métodos de ambos bandos, no sólo de uno."
Por otra parte, el libro de George Jonas era una buena base para los hechos concretos porque ha sido atacado pero nunca desacreditado. La respuesta de Israel fue totalmente secreta, se sabe que existió y que se asesinó a personas determinadas pero se desonoce la naturaleza de los comandos y su composición porque esos documentos no han sido desclasificados. Allí había campo de acción para que un guionista de la talla de Tony Kushner pudiera crear personajes importantes que condujeran la trama por cauces de brillantez. Entorno a ellos, se crearía un contexto de hechos consumados: la propia masacre de Munich, la decisión de Golda Meir de perseguir a los responsables materiales e intelectuales y los asesinatos acaecidos y plenamente comprobables.


Sobre esta base y con un libreto que interrelaciona sabiamente realidad y ficción, Spielberg estaba preparado para crear un drama convincente y sólido.
"Esto no es un documental. Es una trama basada en algo que ocurrió históricamente. No intentamos mostrarlo todo y tampoco queremos una descripción precisa de lo ocurrido porque en el libro de Jonas no está todo tan claro. Lo que sí que debía preocuparnos es que fuera una película equilibrada y con matices, que no presentara una visión maniquea del conflicto. En la escala de grises es donde debíamos situarnos."
La acción de Septiembre Negro en Munich abre el film y en ella el director demuestra su maestría a la hora de recrear el hecho histórico con rotundidad e impacto. Prácticamente asistimos a un noticiario, a una crónica periodística en vivo, contada a través de escenas recreadas e imágenes reales del momento. No obstante, los hechos no terminan de explicarse en el prólogo porque esta es una película que va más allá del biopic o la crónica lineal de acontecimientos. Cuando Spielberg se pone al frente de un proyecto, transforma lo que podrían ser narraciones rutinarias en tramas con personalidad propia. Debido a ello, esa crónica mordaz de acontecimientos se reparte por el resto del metraje y se convierte en expresión de la turbación que sufre el protagonista, Avner, al ponerse al mando de un grupo que va a cometer nuevas atrocidades para responder a la barbarie inicial. Nadie puede salir indemne de ello y aquí es donde encontramos el toque de Spielberg para explicarlo.

Por otra parte, la secuencia en la que vemos como Golda Meir se reúne con sus asesores de seguridad refleja la responsabilidad, a veces funesta, del gobernante. Al mismo tiempo, se constata el peso moral que afronta la persona cuando debe tomar una decisión de este tipo. Por muchos informes y consejos que se reciban, la palabra definitiva ante cualquier decisión ejecutiva recae en el Primer Ministro o Presidente, con toda la gravedad que eso conlleva. Para ocupar esos cargos hay que tener una personalidad especial e incluso una moderada inconsciencia. Es la peor faceta de un puesto como éste y hace más que evidente la absoluta necesidad de limitar los mandatos. No se pueden dirigir los destinos de un país durante un periodo indefinido, no es saludable para nadie.

La respuesta a la masacre de Munich no se reconoció oficialmente pero existió debido a los resortes que cualquier Estado de referencia pone en liza en estos casos. Los servicios de seguridad seleccionaron a once objetivos según sus informes de inteligencia. Algunos formaban parte de redes terroristas, otros eran líderes políticos e intelectuales. La idea era demostrar al mundo que Israel no iba a dejar impune la acción de Munich. Se ideó una operación que era el puro ojo por ojo, donde un comité de diez personas decidieron qué once palestinos debían morir. Una acción de respuesta proporcional pero que debería hacernos reflexionar sobre el uso de la violencia que siempre ha caracterizado a la humanidad. Una violencia que se reconduce, se hace más taimada, pero sigue formando parte de nuestra esencia primaria.

Golda Meir era consciente que la operación de respuesta podía minar la confianza exterior y aumentar, más aún, el odio hacia Israel pero asumió toda la responsabilidad sin fisuras. Sabiendo que iban a colaborar en la escalada de la violencia, tuvo que ponerla en marcha porque la mayoría de sus compatriotas no habrían aceptado la inacción ante lo sucedido durante los Juegos Olímpicos. El círculo vicioso de la violencia y el odio siempre se retroalimenta.


En la configuración del comando israelí, Tony Kushner creó un grupo de cinco personajes muy diverso y realista. En ningún momento, se nos presenta un equipo de hombres armados sin matices personales. Son personas de carne y hueso que deben hacer frente a un reto que progresivamente les va erosionando. No son sociópatas sino personas con ideales que sufren y tienen dudas. Sin embargo, marcan distancias con el enlace de la misión, el misterioso Ephraim. Un auténtico hombre en la sombra que es el representante del Mossad y alguien que da las órdenes y espera resultados. Spielberg consiguió el concurso del australiano Geoffrey Rush, ganador del Oscar por Shine (1996), quien nos traslada siempre la visión gubernamental y desapasionada de los hechos. Exige consecuencias y no acepta dudas ni remilgos porque su posición se basa en el conocimiento de que forman parte de un marco político muy complejo, en el que Israel debe moverse con autoridad para no ser devorado. No caben otras consideraciones porque los operativos de acción van cambiando mientras él sigue los acontecimientos desde las bambalinas.

Para dar vida al protagonista, Spielberg eligió a otro australiano: Eric Bana. El director le eligió tras ver con sus hijos Hulk (2003). Vio en él calidez y fuerza, incluso un ápice de miedo en su mirada. Eso humaniza, en todo momento, a Avner, un judío nacido en Alemania y criado en Israel. El personaje debe cometer actos terribles pero esa humanidad que atesora ayudaría al publico a identificarse con su sufrimiento. Bana, por su parte, declaraba lo siguiente:
"Avner no sabe por qué le han elegido y desconoce qué conocimientos puede aportar al equipo, solamente sabe que le han escogido para liderar el grupo y eso le da miedo. Resulta interesante para la película que el público sepa las razones por las que han elegido a los demás pero no a él." 
El nor-irlandés Ciarán Hinds interpreta a Carl, un judío alemán experto en ocultación de pruebas. Tras cada asesinato, limpia las escenas del crimen y aporta información falsa a los primeros polícías y reporteros que llegan al lugar de los hechos. Su labor es evitar que puedan ser rastreados. Sin embargo, Carl tiene la necesidad moral de saber si están haciendo lo correcto. Quiere hacer su trabajo de un forma muy meticulosa y clarificar bien el objetivo para que no haya daños colaterales.


El alemán Hans Zischler da vida al judio danés llamado también Hans. Su especialidad es la falisificación de documentos. Eso permite al comando moverse por las fronteras sin impedimento. Su inicial imperturbabilidad se irá resquebrajando a medida que los lazos entre el grupo se hagan más intensos y los retos sean mayores.

Daniel Craig había impresionado a Spielberg con sus interpretaciones en Camino a la Perdición (Road to Perdition, 2002) y Layer Cake (2004). Con el surafricano Steve vio que tenía un personaje que Craig podía hacer suyo. Steve es el que tiene el carácter más visceral y explosivo del grupo. Su función es la de ser el conductor en las escapadas del comando, además de colaborar con Avner en las tareas más físicas. Al principio está muy motivado y demuestra que su estilo de vida es desenfrenado. Actúa de forma impetuosa y se sorprende cuando la turbulencia emocional que va sientiendo, a medida que avanza la misión, consigue afectarle. Acaba demostrando, pues, la misma vulnerabilidad que el resto.

El belga Robert completa el grupo. Él es el experto en explosivos pero no es un operativo entrenado. Es sencillamente una persona comprometida con la causa judía que está dispuesto a luchar por ella. Spielberg consiguió que el actor y director francés, Mathieu Kassovitz, aceptara encarnarlo. El cineasta galo se expresaba de la siguiente forma:
"Es una historia brillante sobre odio y venganza. No hay gloria ni grandes resultados, es pura destrucción. La película tenía vida, cada día surgía algo nuevo. Steven estaba cada día más inspirado, aportando nuevas ideas a la película. Fue espléndido verle trabajar y contemplar cómo es capaz de hacerlo todo tan magnificamente, con una rapidez y naturalidad pasmosa. Fue increible ver cómo una persona puede llevar el cine tan dentro de sí."


Se configuró un grupo muy ecléctico, que es capaz de complementarse en la pantalla sacando rendimiento de sus fuertes contrastes. Los cinco actores, con sus dispares estilos, acentos y apariencias, consiguen dar una imagen de realismo y naturalidad, además de ser creibles en sus diferentes pareceres. Desde la tranquilidad pasmosa de Hans a la explosividad de Steve, tenemos una amalagama de emociones contrapuestas ante la cámara. Son como un quinteto musical que muchas veces comparte dudas aunque, a pesar de todo, están comprometidos con la unidad del equipo.

La película tiene grandísimos momentos que Spielberg reproduce variando su técnica hacia el cine hiper-realista de los setenta. Junto a Janusz Kaminski creó una expresión visual dura y contundente, de tonos agrestes y alejada de artificiosidades. Por su parte, Rick Carter generó y caracterizó un entorno áspero en los interiores y tosco en los exteriores mientras Joanna Johnston realizó un viaje a los 70 para volver con los clásicos pantalones de pernera ancha, camisas estrechas, etcétera.
"Verdaderamente intenté darle un estilo de Hollywood de principios de los setenta, un estilo cinema verité, con objetivos zoom y herramientas que utilizábamos para hacer esas películas. Una de mis preferidas es Chacal (The Day of the Jackal)." 
Los sucesivos atentados están rodados de una forma brillante y desgarradora. Cada uno fue perpetrado de diferentes formas y eso ofrece una posibilidad al director para expresar su dominio de la planificación en espacios cerrados y abiertos. El asesinato de Wael Zwaiter en Roma es sólo la antesala a la brillante puesta en escena en el caso de Mahmoud Hamshari. El macabro compás de espera en las calles de París y la dificultad que se les presenta cuando la hija pequeña del objetivo vuelve a hacer aparición, nos sitúa ante la enorme gravedad y repercusión de este tipo de actos. En Chipre, se ahonda en la dimensión humana cuando el propio Avner se ve obligado a charlar con el próximo hombre marcado, Hussein Al Bashir, desde los balcones de un hotel. Posteriormente, parece que el artefacto explosivo de Robert, adosado a la cama del objetivo, no acaba de funcionar. Sin embargo, cuando llega la detonación el impacto es cruento y tremendamente realista. Hay también oportunidad para crear brillantes secuencias de acción como la que se desarrolla durante el ataque a una instalación de la Organización para la Liberación de Palestina en Beirut. Las fuerzas de seguridad israelíes dirigen una operación a la que se incorporan Avner y Steve. 


Así pues, resulta fascinante comprobar como la película combina diferentes tipos de narración, manteniendo siempre la coherencia y la unidad formal. Además, se nos presenta también la figura del informador poderoso. El francés Mathieu Amalric interpreta a Louis, cuya aura siniestra oculta una enorme influencia dentro del submundo terrorista. Lo suyo es sacar enorme beneficio en el tráfico de información pero también veremos cómo puede llegar a reaccionar si, en algún momento, el trato no le satisface o se siente traicionado. Vemos un ejemplo de ello cuando el comando llega a Atenas y se encuentra compartiendo piso franco con miembros de la OLP. Lo que sucede en ese momento y el día después, nos traslada la terrible sensación de lo que representa estar metido en algo tan ilícito. A pesar de lo que creíamos, Louis no está al frente del negocio sino que el liderazgo lo lleva aún su padre, un veterano del contra-espionaje que decidió utilizar su agenda para negocios más prósperos. La cínica honradez de este personaje, interpretado por Michael Lonsdale, redondea la visión que teníamos acerca del papel del informante y aunque lo humaniza no pierde la sensación de peligro latente. Trabajar con esta gente exige convivir con el balanceo constante entre la fiabilidad y la engaño. Un ejemplo de ello es que la información de Louis les conduce hasta el paradero de la asesina a sueldo responsable de la muerte de Carl. Sin embargo, poco después, la operación final para eliminar al cerebro principal del atentado en Munich, Ali Hassan Salameh, fracasa porque los palestinos habían sido advertidos de su llegada.

La misión tiene costes importantes y varios miembros del comando acaban siendo eliminados en respuesta a los actos perpetrados. El peso de la responsabilidad hace mella en Avner quien finaliza el trabajo aquejado de estrés post-traumático. Se reúne con su familia en Brooklyn y trata de empezar allí una nueva vida. Sin embargo, los demonios le persiguen y esto se visualiza en imágenes cuando Spielberg recupera los acontecimientos finales de Munich. El pasado y el presente vuelven a mezclarse hábilmente para expresar la turbulencia emocional que sufre el protagonista de forma irreversible.

La secuencia final ante el East River, y con Manhattan al fondo, es absolutamente decisiva en la configuración del mensaje del film. Ephraim contacta con Avner para asegurarle que nunca le harán daño ni a él ni a su familia a pesar de no estar de acuerdo con su exilio voluntario. Mantienen la confianza en él pero han querido asustarle un poco para que no revele los secretos de la misión. Sin embargo, Ephraim quiere ir más allá y le pide a Avner que regrese a Israel. La conversación deriva hacia lo que ha supuesto la misión y la carencia de resultados palpables. Para un operativo decente como Avner, todo aquello en lo que ha estado implicado no tiene sentido porque tras eliminar a siete hombres, han aparecido otros nuevos quizá peores. Descubrir que has estado formando parte de un juego de equilibrios macabro entre israelíes y palestinos no es agradable y manifiesta la ingenuidad e inocencia que aún se mantiene entre aquellas personas que, por patriotismo, están dispuesta a llevar a cabo actos de suprema crueldad a las órdenes de gente cuyo nivel de cinismo ha llegado al paroxismo. Ephraim representa este último concepto, él es un miembro activo del círculo vicioso de muerte y venganza, eternamente cubierto por la opacidad. Su discurso es el de acción-reacción en beneficio de una supuesta seguridad. La paz es imposible bajo estos términos pero también es cierto que, sin operaciones de respuesta, el panorama subsiguiente podría haber sido incluso peor. Avner no compra este discurso porque se sigue moviendo en el terreno de la dignidad y la justicia, algo muy alejado del pragmatismo gélido que impera entre las personas que están al mando. Este choque se pone de manifiesto en una conversación que termina con la simbólica negativa de Ephraim a la hospitalidad recibida. Mientras el protagonista abandona la escena, vemos una panorámica en la que se divisan las torres del World Trade Center a lo lejos. Una poderosa referencia al hecho de que el fenómeno terrorista representa una amenaza global que los Estados Unidos acabarían sufriendo en su propio territorio de la forma más cruenta posible. Spielberg conecta, en el último plano, con la motivación originaria que guió su interés por rodar la película.

La película trata de ejemplificar varias aristas de una historia desconocida de venganza. En mi opinión, ostenta la virtud de trasladarnos a un entorno tétrico y mordaz, ejemplo de un conflicto virtualmente irresoluble. Y lo hace desde una profundidad emocional que se palpa en cada instante. El objetivo es despertar conciencias y avivar el debate. Esta es la labor principal del cine político.
"No estoy atacando a Israel con esta película, nada más lejos de la verdad. Es un tema muy duro y hemos decidido abordarlo honesta y mordazmente. Esta película trata de ahondar en la política que Israel comparte con el resto del mundo y de entender por qué un país cree que su mejor defensa, contra cierto tipo de violencia, es responder con violencia. Como cineastas tratamos de entenderlo con empatía. A través de la empatía se puede entender qué motiva a la gente."
"Esta película no defiende la no respuesta. Al contrario, lo que muestra es que una respuesta, aunque sea la adecuada, te enfrenta a asuntos muy complicados. Para responder al terrorismo hoy en día es importante llevar a cabo un proceso muy concienzudo. Para no paralizarnos, para poder actuar pero también para poder asegurar que los resultados son los que realmente buscamos. Me refiero a los resultados no intencionados que son probablemente los peores y los que nos van a atormentar."
"Esta película no trata de responder a la pregunta de si debe haber asesinatos dirigidos. Lo que hago con la película es destacar algunos dilemas y algunos temas que se deben debatir. No intento dar respuestas. La película, aparte de ser un drama humano que explora la experiencia de estos hombres, espero que provoque ese debate." 

Munich se rodó entre el 29 de junio y el 29 de septiembre de 2005, con la intención de estrenarla antes de fin de año y entrar en la temporada de premios. Michael Kahn y los equipos de postproducción trabajaron a fondo para tener lista la cinta de cara a su estreno el 23 de diciembre. Sobre un presupuesto de 70 millones de dólares, recaudó 130 a nivel mundial. Varias localizaciones húngaras sirvieron para ilustrar Munich y Londres. Malta, por su parte, albergó las secuencias en Chipre, Israel, Atenas y Roma. Tras el rodaje en París, el equipo de desplazó a Nueva York para ubicar las secuencias finales, concretamente en Brooklyn y Queens.

La partitura musical compuesta por John Williams recupera trazos étnicos para ilustrar la historia con ritmos muy sentidos, haciendo un uso muy grande de la sección de cuerda para remarcar la dignidad ante la tragedia. Además, contó con la cantante Lisbeth Scott para poner voz a algunos de los temas y resaltar así el tono emocional de una partitura que enaltece los sentimientos desde la más rotunda elegancia. En un año en el que fue especialmente demandado, Williams demostró su capacidad de adaptación ante retos muy diversos: Star Wars Revenge of the Sith, Memoirs of a Geisha, War of the Worlds y Munich. 

Fue nominada a cinco premios Oscar, entre ellos película y dirección, pero su mayoritaria aclamación entre la crítica no quedó retribuida en la gala donde no obtuvo estatuillas. De forma genérica, se considera una de las películas más potentes de la filmografía reciente del director. Estoy de acuerdo con esta apreciación aunque quiero destacar que tanto Lincoln como El Puente de los Espías me parecen ejercicios brillantes de estilo y películas de referencia absoluta.




Precedido por:

La Guerra de los Mundos (War of the Worlds, 2005)

Continúa en:

Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, 2008)

No hay comentarios:

Publicar un comentario