13 de octubre de 2019

Sitges 2019: Krew Boga (The Mute, 2018)



AL VAIVÉN DE LA MAREA

Un artículo de Adriano Calero.

El valor de la vida es relativo. En algunos lugares de nuestra bendita Tierra no vale más que un bocado de pan o, si nos ponemos más exigentes, de unas zapatillas deportivas recién compradas y con la marca bien visible. A tan solo unos metros de distancia y varias vallas de seguridad, el precio de la vida se puede multiplicar, bajo previo pago mensual de las pertinentes cuotas del seguro de muerte (a pesar de la vida). Y eso en el siglo del avance y la libertad… Cuando uno solamente esperaría ver desigualdades en la calidad de las películas y sangre a borbotones en el Festival de Sitges.

No obstante,  si echamos la vista atrás, a un pasado lejano, la devaluación es global. La vida era otra. La muerte, también. Y las respuestas no estaban en internet. Era la religión la que ofrecía un poco de claridad y un mucho de estupidez. En su nombre se proponía la salvación y se encontraba la aniquilación. Se cruzaban mares y océanos para ofrecer una verdad y la pluma, paradójicamente, la dejaban en casa. Era la espada el vehículo de la enseñanza y a los “infieles”, si no les quitaban el prefijo, les quitaban precisamente la vida. Aunque no siempre fue así, no todos fueron así…

Krew Boga (titulada a nivel internacional como The Mute), la nueva película del director polaco Bartosz Konopka, recupera dicho pasado y nos introduce en plena Edad Media en uno de los último enclaves paganos. Nos guían dos misioneros cristianos (los actores polacos Krzysztof Pieczyński y Karol Bernacki) que irrumpen en algún lugar de la costa báltica entre la vieja Polonia y el actual Kaliningrado. Allí donde todavía se hablaba prusiano antiguo y otros dioses se adoraban. Cuando las pieles de animal servían de ropaje y las cenizas o el barro resultaban la mejor protección cosmética. Y la conexión con la tierra. Rituales frente a la hoguera y cuevas en el hogar. El sol, la luz, el fuego, la montaña y la piedra. He aquí los elementos más preciados… Hasta que la espada lo cambió todo.

8 de octubre de 2019

Sitges 2019: Suicide Tourist (Selvmordsturisten, 2019)


A TRAVÉS DE CUYOS OJOS CREÍAMOS VER

Un artículo de Adriano Calero. 


Viajamos. Viajamos por motivos diversos. Para escapar de la rutina y conocer otras realidades, o para nutrir la nuestra de nuevas memorias al volver a casa. Para valorar la casa. Viajamos. Como método de aprendizaje… De distintas culturas y de otra mirada. Aquella que, una vez adquirida, nos permite ver y experimentar lo cotidiano como si fuera la primera vez. También, a fin de volver a nacer. Viajamos. Porque nos hemos vuelto unos adictos del movimiento y la sobreinformación no nos asusta, sino que nos define. Por una vida siempre en tránsito, buscamos. Buscamos aventuras, novedades y personas… Y a veces todo eso encontramos. Una foto de Instagram para el recuerdo y otros cientos para el vecino que nos vigila, o simplemente nos “sigue” y, precisamente por eso, no queremos que deje de hacerlo. Y alardeamos. Compartimos la mirada ajena sobre nosotros mismos y, observando de nuevo esas imágenes, volvemos a viajar. Mientras esperamos la llegada de unas nuevas vacaciones o la posibilidad de no volver a esperar. Porque estamos aletargados, deseando vivir… Pero a veces estamos vivos y deseamos morir. Y, entonces, ¿también viajamos? 

También. Suicide Tourist, el título de la nueva película del director danés Jonas Alexander Arnby, nos invita a imaginar dicha posibilidad. Su visionado la confirma. Pero en Suicide Tourist no estamos realmente ante un suicida, ni ante un turista. Tampoco frente a Jaime Lannister. Aunque al ver que el protagonista de la película es el actor (también) danés Nikolaj Coster-Waldau, será inevitable visualizar al Matarreyes de Juego de Tronos. Incluso caracterizado con gafas y un espeso bigote… Pero, no se preocupen, su personaje está en las antípodas y su interpretación es tan acertada que al finalizar la película lo recordarán como Max Isaksen, el agente de seguros a quien Coster-Waldau da vida (y muerte) en Suicide Tourist. Desde el principio, no les descubro nada. 

La apertura de la película es en sí misma toda una declaración de intenciones, no tan solo de Arnby, sino del protagonista: quien mirando a cámara nos explica que si estamos viendo dichas imágenes es porque él ya está muerto. Arnby nos hace partícipes del vídeo que Isaksen ha grabado, aparentemente, a modo de testamento. Y todo aquello que el protagonista omite en su discurso, Arnby lo sugiere o incluso lo evoca. El film dentro del film hace evidente las distintas capas del tiempo a las que el espectador se va a enfrentar. Porque se va a enfrentar… Como en el mejor de los thrillers, Suicide Tourist te atrapa, desde la primera secuencia para, acto seguido, ir ofreciéndote minuciosamente los motivos que han llevado al protagonista hasta allí. Sí, hasta el inicio del film. ¿A suicidarse? ¿A grabar el vídeo? 

A diferencia del controvertido y muy recomendable documental que precede a Suicide Tourist y casi iguala en nombre, The Suicide Tourist (John Zaritsky, 2007), que muestra los últimos días de vida del canadiense Craig Ewert en su viaje a Zúrich, donde la eutanasia es legal, Suicide Tourist (a secas) trata el tema de la muerte asistida como lo haría Charlie Brooker en un capítulo de Black Mirror. De un modo inquietante, gracias a una estética muy cuidada, acorde y precisa, y un discurso exento de moralina, pero de notable carga existencial. 

30 de septiembre de 2019

Joker (2019): crítica desde Hollywood


En abril de 2020 se cumplirán 80 años desde que el Joker hiciera su primera aparición en las viñetas. Y ha sido ahora, cerca de esa efeméride, cuando va a estrenarse la primera película que se centra única y exclusivamente en la figura de uno de los villanos más icónicos del cómic mundial. 

El proyecto concebido por Todd Phillips y Scott Silver era sumamente ambicioso en su planteamiento pero eso no asustó a los ejecutivos de Warner Brothers puesto que decidieron apostar por una standalone movie de calificación R, que trascendería completamente al género de adaptaciones de cómic para convertirse en un producto aplastantemente adulto, aportando dosis de violencia y crudeza que no estarían limitadas por ningún tipo de convención.

Presupuesto limitado, cierto. Pero también confianza en el proyecto y disposición a explorar nuevos territorios como estudio, quizá alentados por el éxito crítico y económico de Logan (2017). La razón por la que Todd Phillips, como director y productor, quería llevar adelante un proyecto de tal riesgo respondía a la voluntad de internarse en la psique del "príncipe payaso del crimen" de una forma original, fresca y descarnada. También quería ser libre de convenciones y no conectar con otras franquicias sino construir una película única, sin pretensión de secuelas, para poder enlazar con elementos narrativos pertenecientes a un tipo de cine adulto y sin fisuras dramáticas. El personaje de Joker permitía esto y mucho más.

Apostillano todo lo anterior, existía y existe una gran laguna en la dilatada trayectoria de este personaje esencialmente transmediático: su origen. Todos recordamos la astucia de Christopher y Jonathan Nolan al jugar con ese enigma dotando a su Joker de una capacidad inusitada para jugar con sus víctimas, explicando cada vez diferentes historias acerca de sus cicatrices faciales.

Lo cierto es que, exceptuando una novela gráfica fuera de canon, nunca se ha pretendido sondear en los orígenes de tan vil criatura. La solitaria aportación para esclarecer el misterio fue la que ofrecieron Alan Moore, Brian Bolland y John Higgins en The Killing Joke (1988). Chequear si persisten elementos de esta hipótesis de origen en la película de Todd Phillips será algo que deberemos buscar cada uno de nosotros cuando tengamos oportunidad de verla en el cine.

Alguien que ya la ha visionado hace alguna que otra semana es nuestro querido amigo Nestor Bentancor. En su crítica SIN SPOILERS nos ofrece varias claves de una cinta que cuenta quizá con una de las mejores interpretaciones de los últimos años. Según la mayor parte de las voces autorizadas, Joaquin Phoenix realiza un trabajo sobresaliente y sufre una mutación física y emocional completa para adherirse a la propuesta formal, oscura y brutalmente siniestra, que ha concebido Todd Phillips a nivel argumental y visual. El reconocimiento máximo en el Festival Internacional de Venecia puso en alerta a toda la crítica mundial, aunque parece que la película está resistiendo el envite y sigue fuerte en la recopilación de grandes valoraciones.

Os dejo con la vídeo-crítica. Estoy seguro que os interesarán sus reflexiones desde la meca del cine. Os recuerdo que Nestor Bentancor es un referente latino en cuanto a información hollywoodiense. Acumula un incipiente bagaje tanto en conocimiento de la industria como en cobertura de estrenos. Os invito también a seguirle en Facebook, Twitter y, por supuesto, en su canal de Youtube.

27 de septiembre de 2019

Ad Astra (2019)


En el futuro cercano, la Tierra recibe una serie de misteriosas ráfagas de rayos cósmicos que amenazan la vida en el planeta. Tras sobrevivir a uno de estos incidentes, al comandante Roy McBride le encargan la extraña misión de viajar a los límites del sistema solar para acabar con la amenaza, cuya causa no es otra que la misión que emprendió su padre, Cliff McBride. Hace décadas, este reputado astronauta abandonó la Tierra en busca de vida inteligente y hasta su propio hijo le daba por muerto.

Ad Astra supone la incursión en la ciencia ficción de James Gray, un brillante realizador norteamericano que no acaba de conquistar al público, a pesar de la originalidad y el pulso narrativo de todas sus obras. Tras su ópera prima, se alió con el joven Joaquin Phoenix para explorar los vínculos entre el crimen organizado y los sindicatos neoyorquinos en La Otra Cara del Crimen (The Yards, 2000). Sus películas siempre ahondan en los conflictos que se generan en el seno de la familia nuclear, en especial entre padres y hermanos, y estas relaciones sirvieron de telón de fondo a la excelente La Noche es Nuestra (We Own the Night, 2007), la enfermiza historia de amor de Two Lovers (2008) y al cuento sobre la inmigración en la Nueva York de principios de siglo de El Sueño de Ellis (The Immigrant, 2013), su última colaboración con Phoenix hasta la fecha. La siguiente película de Gray, Z, la Ciudad Perdida (The Lost City of Z, 2016) adaptó las expediciones del británico Percival Fawcett por el Amazonas y fue su primera colaboración con el productor Brad Pitt, que ahora protagoniza la odisea espacial que hoy nos ocupa.

Ad Astra sigue el camino marcado por la anterior película de Gray y adapta al campo de la ciencia ficción espacial el esquema narrativo de la novela de Joseph Conrad, El Corazón de las Tinieblas, que ya fue versionada por Francis Ford Coppola en su magistral Apocalypse Now (1979). Los espectadores conocen a McBride, el trasunto de Marlow que ha de recorrer distintas estaciones por un sinuoso camino hacia lo más profundo del espacio exterior, donde un reputado astronauta desapareció y, aparentemente, perdió la razón. Con semejante argumento, James Gray se basa en las pautas del 2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) de Kubrick y se vale de recursos narrativos ya expuestos en los títulos más recientes de aventuras espaciales de corte realista, es decir, la angustiosa Gravity (2013) y la brillante Marte (The Martian, 2015). Con semejantes referentes, el director neoyorkino compone una película excepcional, de ritmo pausado y centrada en el viaje emocional del astronauta protagonista, que reflexiona sobre la relación que mantiene con su padre mientras parte en su búsqueda.


El acabado formal de Ad Astra es sobrecogedor. No en vano, el director de fotografía, el suizo Hoyte Van Hoytema, ya había trabajado con la oscuridad del espacio profundo en Interstellar (2014). Hay secuencias de alta tensión, como la persecución en rover por la Luna, una especie de Mad Max en la cara oculta del satélite; y otras de amenazas misteriosas, por ejemplo, cuando el protagonista atiende a la llamada de socorro de una nave varada. Resulta sumamente interesante y sobrecogedor el panorama futuro que plantea Ad Astra, con el espacio exterior colonizado por las grandes multinacionales y convertido en un negocio, en otro destino turístico más. El compositor alemán Max Richter firma el tema principal de la banda sonora, ideal para las escenas más intimistas y que recuerda a sus trabajos para la serie Black Mirror y el western crepuscular Hostiles (2017).

El reparto se compone de pequeñas apariciones. Tommy Lee Jones da vida al desaparecido padre del protagonista y el clásico Donald Sutherland interpreta a su antiguo compañero astronauta, en lo que puede verse como un pequeño guiño a los Space Cowboys de Eastwood. Las intervenciones de Ruth Negga (Loving) y Liv Tyler son igual de breves, de modo que el protagonista absoluto de la función es el productor de Ad Astra, Brad Pitt. Con el trabajo de introspección y contención que conlleva el papel del astronauta Roy McBride, Pitt cierra la década que lo ha consagrado como un verdadero actor clásico de Hollywood, durante la cual ha interpretado papeles de gran carga dramática como el de Moneyball (2011) y el que hoy nos ocupa, junto a roles secundarios igual de loables, como los de 12 Años de Esclavitud (12 Years a Slave, 2013), La Gran Apuesta (The Big Short, 2015) y la reciente Érase una Vez… en Hollywood (Once upon a Time… in Hollywood, 2019). Además, su trabajo de productor y responsable de Plan B le ha reportado una lista de producciones de calibre medio para nada desdeñables.

Aunque el ritmo pausado y la ciencia ficción comedida de Ad Astra no logren consagrar a James Gray entre el gran público, se trata de un relato extraordinario, un viaje al espacio exterior y al interior de las relaciones humanas que no escatima en sorpresas visuales y que cuenta con un actor de lujo en plena forma.