14 de enero de 2020

Richard Jewell (2019)


Richard Jewell es un aspirante a policía que trabaja de guardia de seguridad. Durante las celebraciones de los Juegos Olímpicos de Atlanta 96, descubre una mochila bomba, desaloja al público y consigue salvar a cientos de personas. Sin embargo, cuando el FBI filtra a la prensa que lo están investigando porque cumple con el perfil de lobo solitario, la vida de Jewell se convierte en un circo mediático y decide pedir ayuda a su amigo Watson, un abogado poco ortodoxo.

Apenas un año después de dirigir y protagoniza Mula (2018), Clint Eastwood estrena nueva película. Richard Jewell se basa en el caso real del protagonista homónimo, cuenta con un libreto escrito por Billy Ray, artesano que ha trabajado tanto para grandes sagas (The Hunger Games) como para títulos más aclamados (Captain Phillips), e iba a ser el proyecto que reuniera a Eastwood y Leonardo DiCaprio después de la interesante J. Edgar (2011). Debido a problemas de agenda, el actor de El Renacido (The Revenant, 2015) declinó protagonizar la película y se dedicó a producirla junto a su amigo Jonah Hill.

Si bien uno de los temas que vertebra la filmografía de Eastwood tras la cámara es el conflicto generacional y las relaciones entre padres e hijos, Richard Jewell puede verse como el cierre a la trilogía que ha dedicado a revisar la figura del héroe en la Norteamérica contemporánea, si bien este tema y la preocupación por la justicia poética ya están presentes en algunos de sus trabajos previos, caso de la magistral El Jinete Pálido (Pale Rider, 1985). Dicha trilogía comenzó con El Francotirador (American Sniper, 2014) y la reconstrucción del personaje de Chris Kyle, el controvertido héroe de las guerras de Irak y Afganistán, y continuó con Sully, en la que un piloto comercial se veía acosado y debía justificar su decisión de amerizar el avión para salvar la vida de los pasajeros.


Richard Jewell es una película sencilla y sin artificios que, como apunta el título, se basa en la construcción de su protagonista, un joven obeso y bonachón que se obsesiona con el cumplimiento de la ley, un tipo noble pero simplón que colecciona armas de fuego, como es habitual en el estado de Georgia. Cuando Jewell, casi por pura casualidad, consigue evitar una masacre, los medios de comunicación lo ensalzan como si fuera el emblema del héroe estadounidense, un ciudadano anónimo “que solo hacía su trabajo y cumplía con su deber”. Sin embargo, los mismos medios no dudan en demonizarlo y acosarlo en cuanto se filtra que el FBI lo considera el principal sospechoso del atentado durante los Juegos Olímpicos, pues se ajusta al perfil de lobo solitario que quiere llamar la atención. La vida del protagonista se convierte en un infierno, pierde cualquier derecho a la intimidad (y eso que la película está ambientada casi veinte años antes de la explosión de las redes sociales) y la única opción que le queda es pedir a un amigo abogado que lo ayude a demostrar su inocencia. Así, la película se desarrolla de forma paralela a Ejecución inminente (True Crime, 1999), solo que esta vez la prensa no busca descubrir la verdad y que se haga justicia, sino difamar y condenar al protagonista.

Los antagonistas son actores secundarios que provienen del mundo televisivo, caso de Olivia Wilde (House) y Jon Hamm (Mad Men) en la piel de una reportera y del agente del FBI que se la tiene jurada a Jewell, mientras que Kathy Bates (Misery) da vida a la sufrida madre del protagonista. Quizá los dos papeles más interesantes sean la pareja de amigos que interpretan Sam Rockwell, un gran actor de reparto que por fin vio reconocido su trabajo con el Oscar por Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, 2017) y que aquí hace de abogado comprometido y agresivo, y Paul Walter Hauser. Este último es un actor secundario curtido en decenas de películas, por ejemplo Yo, Tonya (I, Tonya, 2017), y aquí interpreta al orondo protagonista, un personaje torpón y bienintencionado que se ve envuelto en un escándalo que lo supera con creces.


Como es habitual, Eastwood narra este calvario del héroe norteamericano con pulso y claridad, sin grandes trucos ni fuegos artificiales. Tan solo se apoya en las conversaciones que mantienen los protagonistas y sus reacciones al desarrollo del escándalo, y además rueda una secuencia vibrante y tensa en la recreación del atentado de Atlanta, que se beneficia de la sencilla banda sonora del cubano Arturo Sandoval (Mula). Richard Jewell cierra la trilogía que el director de San Francisco ha dedicado a revisar la figura del héroe en los Estados Unidos contemporáneos y lo hace con firmeza. Ofrece a los espectadores el retrato de un personaje humano e interesante que pasa del anonimato al infierno mediático, en una historia donde la amistad y la búsqueda de la verdad triunfan contra el sensacionalismo.

13 de diciembre de 2019

Star Wars: Los Últimos Jedi (Star Wars: The Last Jedi, 2017)

Republicación de un artículo original escrito en febrero de 2018.


Star Wars: The Last Jedi... Largo tiempo he pensado en esta esperada película desde que acudí a una sesión en el Phenomena de Barcelona a finales de diciembre. Primero pensé: "hay que escribir sobre ella inmediatamente y dar forma a una crítica que no puede faltar en el site". Sin embargo, poco después me invadió un nuevo pensamiento: "Concédete un segundo visionado, reposa las impresiones iniciales, y vuelve a la carga con los conceptos más firmes". Pues al final, ni segundo visionado ni crítica inmediata.

¿Por qué me ha ocurrido esto? Y quizá más importante, ¿por qué es relevante contarlo en un artículo? La respuesta viene dada por las sensaciones contrapuestas y sentimientos encontrados con los que salí de la sala. Es la primera vez, en toda la saga galáctica, que experimenté perplejidad tras la proyección. Rian Johnson había creado un film que no podía catalogar como óptimo ni como bodrio.

Pasado el tiempo, he decidido que no escribiré una crítica formal de la película, como sí hice con El Despertar de la Fuerza (The Force Awakens, 2015). A mi entender, The Last Jedi no ha discurrido por los cauces habituales de la franquicia y lo que me apetece es volcar una serie de comentarios desenfadados y caóticos sobre una cinta que es un cocktail de aciertos y fracasos. Su legado no se analizará dignamente hasta dentro de unos años, cuando la nueva trilogía sea ya un canon asentado y las contribuciones del film hayan ganado en contexto.

Advierto de SPOILERS si es que hay alguien que todavía no la haya visto.

6 de diciembre de 2019

El origen de la Dalia Negra


La historia que paso a explicaros no conduce a grandes momentos de brillantez fílmica ni tampoco a la crónica de alguna gran estrella del Hollywood dorado. Es todo lo contrario, porque tampoco está relacionada directamente con el cine. Su conexión con el tema central de esta bitácora corresponde al contexto geográfico y temporal en que se produjo. También es cierto que, de este trágico caso, se hizo eco la literatura y el cine pero, en su naturaleza primigenia, este es un relato verídico de un suceso criminal especialmente crudo y desagradable.

He tardado largo tiempo en decidirme a escribir sobre ello. He sopesado muchos elementos. Al final he llegado a la conclusión de reseñar únicamente la trayectoria previa al asesinato. Esta es una bitácora que incluye contenidos divulgativos de amplia difusión. Entrar en el campo de la criminología más escabrosa no corresponde al objetivo que intento lograr con este proyecto. Existen artículos en la red con profusión de datos y con crónicas muy extensas del suceso y de los principales sospechosos que llegaron a barajarse por parte de la policía de Los Angeles. Quien desee más información solo debe acudir a sites como CrimeLibrary y allí encontrará lo que busca. Pido disculpas a todos los lectores que esperaban continuar con el resto de la historia en El Cine de Hollywood. Debo reconocer que la naturaleza del suceso me ha persuadido a no continuar con la crónica.

2 de diciembre de 2019

La Criatura de la Laguna Negra (Creature from the Black Lagoon, 1954)


Más de veinte años después del estreno de Drácula de Bela Lugosi y treinta de El Fantasma de la Ópera de Lon Chaney, la Universal parecía decidida a seguir produciendo pelis de terror, aunque ya se notaba que esta franquicia —como ahora la llamaríamos— estaba dando sus últimos coletazos. Mientras que Drácula, El Doctor Frankenstein y El Hombre Invisible ya tenían la etiqueta de clásicos del género, otras pelis habían pasado al olvido, como las diferentes secuelas y remakes, el estudio seguía buscando en el fondo del cajón de sastre de los cuentos de terror del mundo entero, cuando se topó con esta: una vieja leyenda suramericana dice que en el Amazonas vive una criatura que ataca a las jóvenes de las aldeas cercanas. Como un cazador que se cierne sobre su presa, Universal no lo dejó escapar y creó la historia que tenemos entre manos, dando lugar a una de las mayores cintas de terror de la historia… además de ser una de las más originales al no tratarse de una historia basada en alguna novela clásica.

Titulada originalmente como Creature from the Black Lagoon —algo que se tradujo aquí con dos cojones como La mujer y el monstruo… título rápido e innecesario al leer la sinopsis, seguro—, la historia transcurre en los sitios más desconocidos del Amazonas, donde el profesor Carl Maia —interpretado por el español Antonio Moreno— descubre el resto de lo que parece un anfibio no clasificado; con la ayuda de David Reed, Kay Lawrence y Mark Williams, regresará al lugar para encontrar más restos del especímen que le puedan ayudar a comprender su origen. Lo que no espera ninguno de ellos es que ese «resto» tiene un igual que sigue viviendo en las profundidades de una laguna que es su hogar y, cuando se ve amenazado por esos forasteros, no dudará en hacer cualquier cosa para protegerla… incluso matar.

Con esta premisa arranca Creature form the Black Lagoon, y es a partir de este punto que todo gira alrededor de ese grupo de hombres que deben enfrentarse a lo desconocido, ya que la única información que tienen del monstruo es de las leyendas que les explican los tripulantes de la embarcación con la que han remontado el río.

A pesar del discreto presupuesto —es desconocido pero se nota que no hay grandes dispendios— y las limitaciones tecnológicas para crear a la criatura —que fue interpretada por dos actores, Ben Champman, de casi dos metros, para las secuencias de tierra y Ricou Browning, un experto nadador y submarinista, para las que tienen lugar bajo el agua—, Jack Arnold —director de otras cintas de culto como It Came from Outer Space, Tarantula!, The Incredible Shrinking Man y Monster on the Campus— consiguió captar la fantasía del relato y el tipo de película que tenía entre las manos para dar vida a una que, inmediatamente después de su estreno, se situó a la altura de sus grandes predecesoras. Al igual que estas, sufre del mismo defecto que ellas, que no ha envejecido lo suficientemente bien como para que nos siga aterrorizando —que aquí deberíamos reflexionar sobre si es la peli la que ha envejecido mal, o es que hoy en día ya estamos curados de espanto—, sin embargo, su historia sigue enganchando tanto como en los años cincuenta; además su producción fue innovadora, con las escenas subacuáticas, el hecho de ser rodada en 3D, o, por ejemplo, con los movimientos de las branquias de la criatura en sus primeros planos.

Sin embargo, lo más importante de todo es el impacto cultural que tuvo la criatura —conocida como The Gill Man—, tanto en el cine, como en la literatura, como en los videojuegos, el mundo del cómic o en muchos más ámbitos; por ejemplo, la manera de matar de Pennywise de It, el personaje de Abe Sapien en Hellboy y, sobre todo, la criatura de La Forma del Agua (The Shape of Water), que el propio Guillermo del Toro ha afirmado que era lo que él soñaba ver si el monstruo y el personaje de Julie Adams se enamoraran.

Sin buscarlo demasiado, Universal consiguió crear un monstruo original —no una adaptación como Drácula o La Momia— que se unió al imaginario terrorífico del público, que enseguida lo identifica junto a vampiros, hombres lobo y demás criaturas espeluznantes.