28 de marzo de 2020

La epopeya de la Bounty


En la historia de la navegación marítima ha habido un gran número de motines pero ninguno tan conocido como el de la Bounty.

Los hechos que acontecieron a bordo del barco británico en 1789 han sido conocidos especialmente gracias a las diversas versiones cinematográficas que se han ido produciendo con los años.

Las razones reales que llevaron a parte de la tripulación a amotinarse siguen siendo confusas. Hay diversas fuentes que siguen indicando que William Bligh no era especialmente duro con sus subordinados y en muchas crónicas históricas se le describe como un hombre noble y justo. Pero está claro que hubo un fuerte enfrentamiento a bordo de ese navío y lo que aconteció cambió las vidas de todos sus protagonistas.

Tras ser adquirido por la Marina Real, el carguero Bounty fue el escogido para una importante misión que tenía por objetivo viajar a Tahití para conseguir el mayor número de ejemplares de la planta del pan. Estos frutos serían llevados a las Indias Occidentales donde se plantarían para que, con el tiempo, se convirtieran en fuente de alimento barato para los esclavos de las colonias.

El almirantazgo escogió como capitán de la misión al teniente de navío William Bligh, un oficial de 33 años que atesoraba una considerable experiencia en misiones en el Pacífico. No en vano fue miembro de la tripulación del tercer y último viaje del legendario Capitán James Cook a bordo del Resolution (1776-1779). Cuando Cook fue asesinado por los nativos de Hawai, Bligh fue uno de los oficiales que colaboró con el nuevo capitán, John Gore, hasta la conclusión de la expedición.

En los años posteriores como máximo responsable del mando de diversos buques, Bligh había demostrado una gran capacidad y contaba con la confianza de los lores del almirantazgo. No resultó extraño, pues, que se le encomendara la expedición a Tahití que empezó a prepararse en verano de 1787 partiendo del muelle de Spithead, en Hampshire (Inglaterra), el 23 de diciembre del mismo año.

Bligh conocía al joven Fletcher Christian (23 años) y ya había navegado con él. Por todo ello le recomendó para que aceptaran su inclusión en la oficialidad del barco. El itinerario previsto incluía doblar el Cabo de Hornos pero, después de pasar todo un mes intentándolo, el mal tiempo acabó persuadiendo a Bligh para cambiar la ruta y dirigirse al Cabo de Buena Esperanza. Desde allí se adentraron en el Océano Índico, atravesando Indonesia y entrando en el Pacífico hasta Tahití.

Este duro viaje puso a prueba la relación entre Bligh y el primer oficial, John Fryer. La situación llegó hasta tal punto que Bligh decidió degradar a Fryer y poner a Christian en su lugar. Curiosamente, más adelante, sería el propio Christian quien llevaría sus discrepancias con el Capitán a un punto límite.

Finalmente, tras diez meses de periplo, la Bounty llegó a Tahití el 26 de octubre de 1788. Allí empezó la tarea de recolectar las plantas del fruto del pan y empezar a trasladarlas al navío en el espacio que se había previsto para ello. Durante los cinco meses de estancia en Tahití, la tripulación trasplantó 1015 plantas. El Capitán Bligh permitió que, durante todo ese tiempo, sus hombres confraternizaran libremente con los nativos y residieran en la isla. Muchos de ellos mantuvieron relaciones con las jóvenes de la isla y el propio Fletcher Christian acabó casándose con una de ellas, cuyo nombre era Maimiti. El paraíso en el que vivió la tripulación de la Bounty durante aquellos meses causó estragos en muchos de ellos cuando vieron que tarde o temprano deberían regresar a las inclemencias de la vida en el mar. Tres de ellos decidieron cometer la imprudencia de la deserción siendo rápidamente apresados y castigados duramente. En este punto, hay que prestar una especial atención puesto que el código de la época establecía que a todos los desertores se les debía colgar. Sin embargo, William Bligh decidió que siguieran con vida y el castigo que se les aplicó fue el del azotamiento en cubierta.

Pero aquel escarmiento ante toda la tripulación fue interpretado por algunos como una humillación más que el Capitán Bligh infligía a una tripulación que había sufrido mucho desde que el barco zarpó de Inglaterra. Otros motivos más debieron confluir en ello. Seguramente a los marineros les faltaba la madurez suficiente para asumir su responsabilidad y quizá el mismo Fletcher Christian pecaba de ese mismo defecto.

Sea como fuere, la Bounty abandonó Tahití el 4 de abril de 1789. La tensión debió crecer enormemente durante aquellas semanas porque el 28 de abril, estando el navío a 1300 millas de Tahití (cerca de Tonga), una parte de la tripulación se amotinó y su líder no era otro que el segundo al mando, Fletcher Christian.

Hacía poco que había amanecido y Christian y sus acólitos bajaron a las dependencias del capitán, le despertaron y le condujeron a la cubierta. Cuando Bligh pidió explicaciones a Christian y le pidió que reconsiderara la decisión, éste sólo respondió: "I'm in hell, I'm in hell..."

Del total de miembros de la tripulación, 19 se unieron al motín, 2 se mantuvieron neutrales y 22 permanecieron leales al capitán. Christian ordenó que se dejara a Bligh y sus partidarios en el bote del barco donde sólo cabían 18. Hubo algunos marineros leales que tuvieron que permanecer en la Bounty a pesar de estar disconformes con el motín. Bligh contó con el apoyo del antiguo segundo de a bordo, John Fryer. Christian les facilitó un sextante para que pudieran orientarse y dirigirse a un puerto seguro.

Sin embargo, los frutos del pan fueron lanzados al mar ante la desesperada mirada del capitán derrocado, en una imagen que varios artistas han recreado a lo largo de los años sobre el lienzo.


Christian puso rumbo de nuevo a Tahití pero una vez allí su objetivo de eludir la persecución de la Marina Real cristalizó en poder encontrar una isla que no estuviera en las cartas, un paraje inexplorado donde los británicos no pudieran localizarles.



El lugar idóneo resultó ser la pequeña isla de Pitcairn, en el centro del Pacífico sur. Pitcairn estaba mal situada en las cartas de navegación y su paradero exacto distaba mucho de su localización real. Christian tuvo la suerte de localizarla en enero de 1790. Allí desembarcaron e incendiaron la Bounty para que no quedaran rastros que pudieran ser avistados por la Marina Real. Pero en Pitcairn, los amotinados y los nativos tahitianos que se añadieron a ellos no hallaron tampoco la paz. Con el tiempo, estallaron rencillas entre ellos y en 1793 se desencadenó una rebelión en la isla que acabó con la muerte de varios de los miembros de la tripulación de la extinta Bounty. Fletcher Christian fue una de las víctimas de esos enfrentamientos aunque la información sobre todo ello es muy confusa.

Lo que sí está documentado fue que en 1808 el navío Topaz llegó a Pitcairn y sólo uno de los amotinados seguía con vida, John Adams. También encontraron a Maimiti y su hijo, ocho mujeres más, y unos cuantos niños que eran hijos de los miembros de la tripulación de la Bounty que habían ido desapareciendo a lo largo del tiempo víctima de las propias disputas entre ellos. John Adams fue perdonado de sus actos e incluso la capital de la isla fue bautizada con su nombre.

En cuanto a Fletcher Christian, a pesar de que oficialmente había muerto durante los enfrentamientos de 1793, se siguieron difundiendo otras leyendas que incluso le situaban en Inglaterra donde había conseguido regresar con otra identidad. Sea lo que fuere, sus descendientes se convirtieron en una familia de referencia en Pitcairn y en las islas Norfolk donde se fueron expandiendo. Incluso hoy, hay mucha gente con el apellido Christian en aquellos parajes. El lugar donde el navío fue quemado se conoce como la Bounty Bay y sus restos fueron descubiertos en 1957 por el submarinista Luis Marden.

William Bligh, por su parte, protagonizó un épico retorno a Inglaterra sobreviviendo a una muerte casi segura en aquel bote en el que fueron abandonados en pleno Océano Pacífico. Fue capaz de encontrar la dirección correcta y navegaron más de 6000 kilómetros durante 41 días hasta llegar al puerto de Kupang (en la por entonces colonia holandesa de Timor) donde fueron recogidos y trasladados posteriormente a Inglaterra. Sólo uno de los que estaban en el bote murió en la travesía. John Norton fue apedreado hasta la muerte en un encuentro poco amigable con los nativos de Tofua.

Bligh fue exonerado de su responsabilidad en la pérdida de la Bounty y se le encomendaron nuevas misiones en las que siguió probando su sobrada pericia como navegante. Tras una brillante carrera, murió en Londres en 1817, a los 63 años de edad.

Misterio, orgullo, deshonor, valentía, muchos conceptos se mezclan en esta apasionante historia. No era extraño que el cine le sacara partido en varias épocas marcando diferencias muy considerables en la aproximación a la historia. Pero eso lo trataré en el próximo artículo.

8 de marzo de 2020

La historia de Florence Lawrence (II)


Con su nombre publicitado en las pantallas, Florence Lawrence realizó 50 películas con IMP en 1910. Después se marchó a la Lubin Manufacturing Company hasta que puso en marcha su propia empresa, Victor Film Company, bajo el paraguas de la recientemente creada Universal Studios de Carl Laemmle.

Desgraciadamente, el infortunio se cebó con ella en 1915. Durante el rodaje de un incendio para Pawns of Destiny, Lawrence sufrió quemaduras graves y una dura caída que le provocó la fractura de varias vértebras. Las secuelas físicas marcaron un antes y un después en su carrera. Culpaba a su marido, el actor y director Harry Solter, de haberla empujado a realizar ella misma la peligrosa escena. La mala relación consiguiente acabó en divorcio.

Universal se negó a pagar sus facturas médicas y la necesidad de seguir trabajando topaba con sus múltiples dolencias físicas que muchas veces causaban desvanecimientos durante las filmaciones. En 1916 volvió a trabajar para Universal pero el esfuerzo realizado la sumió en una parálisis que duró cuatro meses. En esa época, el cine se estaba expandiendo extraordinariamente gracias al trabajo brillante y continuado de Charles Chaplin, Mary Pickford (a quien ella misma recomendó para que la sucediera en la IMP), Douglas Fairbanks y Buster Keaton estaban conquistando al público y las audiencias pronto empezaron a olvidar a Florence Lawrence. 

En 1921, viajó por primera vez a Hollywood puesto que toda su carrera anterior se había desarrollado en la costa Este. Desde que Cecil B. De Mille se había trasladado a la dorada California, la región de Los Angeles estaba capitalizando, cada vez más, la producción cinematográfica estadounidense. Allí había más horas de Sol, mayor diversidad paisajística y, además, un nuevo entorno mucho menos rígido que el que imperaba en la industria neoyorkina. El auténtico espíritu emprendedor ganaba enteros en Hollywood y pronto ese distrito angelino se auparía como dominador de la industria.

Sin embargo, a Florence Lawrence no le fue mejor en el Oeste. Consiguió pocos papeles, en muchas ocasiones no acreditados. Junto a su segundo marido, el vendedor de automóviles Charles Byrne Woodring, puso en marcha Hollywood Cosmetics, un negocio que pareció arrancar bien puesto que estaba orientado a la comercialización de maquillaje fílmico, además de contener una línea de productos diseñados por la propia Florence, pero tampoco acabó siendo una aventura empresarial sólida y tuvo que cerrar en 1931.

A finales de los años 20, los reveses fueron constantes para Florence. Su querida madre murió súbitamente, perdió un gran cantidad de dinero en el crack financiero de Wall Street y las cuentas negativas de la tienda de cosmética se pulieron prácticamente todo lo que había ganado durante su carrera. Además, su matrimonio con Woodring también llegó a su final.

Su vida en Los Angeles se convirtió en un constante deambular por pequeñas viviendas de alquiler que pudiera pagar con los pequeños papeles no acreditados que le ofrecían en los primeros años del sonoro. En uno de estos cambios de domicilio conoció a Henry Bolton, con el que celebró su tercera boda. Bolton era un maltratador y un alcohólico y la unión solo duró cinco meses.

A partir de 1936, Florence pudo firmar contrato con la Metro Goldwyn Mayer a cambio de un sueldo de 75 dólares a la semana. Louis B Mayer, sintiéndose caritativo, decidió contratar a viejas glorias del cine mudo a cambio de pequeños papeles de relleno en algunas de las producciones de la casa.

Desgraciadamente, pasar de la primera línea al cuasi olvido conlleva graves secuelas psicológicas en personalidades inseguras. El camino de degeneración anímica de Lawrence acabó siendo uno de los primeros "sueños rotos" de Hollywood.

Tampoco ayudó la aparición de una incipiente enfermedad ósea que agrandó su depresión. A finales de 1938, compartía una vivienda en West Hollywood con un trabajador de MGM y su hermana. El día 28 de diciembre llamó al estudio para informar que no iría a trabajar por enfermedad. En realidad, había decidido cual iba a ser su plan maestro. Dejó una nota de despedida muy cordial para su compañero de piso, Bob Brinlow, y se suicidó ingiriendo jarabe para la tos y veneno para hormigas.

Florence Lawrence fue la primera gran estrella del celuloide por su enorme desparpajo, por ser capaz de trascender la pantalla con su gran gestualidad, en una época de enorme hieratismo. Su carisma rompió la rigidez interpretativa y conectó, de forma inusitada, con un público ávido de ídolos. Su fin temprano no puede empañar el enorme legado que dejó en los orígenes del séptimo arte.


Precedido por:

- La historia de Florence Lawrence (I)

7 de marzo de 2020

La historia de Florence Lawrence (I)


Entre las célebres tumbas que pueblan el Hollywood Forever Cemetery se encuentra una lápida, a ras de hierba, en la que se puede leer: 

FLORENCE LAWRENCE
"THE BIOGRAPH GIRL"
THE FIRST MOVIE STAR
1890-1938

Hasta 1991, dicha lápida permaneció sin identificación. Fue en ese año cuando un actor británico que quiere mantener su anonimato, puso el dinero para que una nueva placa identificara los restos que allí reposan. Sin duda alguna, lo que se pretendía era reivindicar la figura de una actriz que abrió camino y sin la cual no podríamos entender la historia del cine en sus inicios ni el subsiguiente estrellato de intérpretes como Mary Pickford, Lillian Gish o Clara Bow.

Poca gente sabe que en los primeros tiempos del séptimo arte, los actores del cine mudo no eran acreditados ni al inicio ni al final de las películas. La razón, como casi siempre, era estrictamente económica. Para los productores poner el nombre de los intérpretes hubiera supuesto pagarles más y reducir, por consiguiente, las ganancias de los inversores y la consolidación de la industria.

No obstante, eso no fue un obstáculo para la primera gran estrella femenina del celuloide. Hija de una familia desestructurada, tuvo la oportunidad de seguir los pasos de su madre como actriz infantil de vodevil y, con el paso de los años, fue pasando de las ferias locales a escenarios más establecidos. 

Florence Bridgwood había nacido en Hamilton (Canadá), pero muy pronto todo se vino abajo cuando el padre abandonó el domicilio familiar, sumiéndolas en la más absoluta pobreza. Ella y su madre tuvieron que asumir una vida nómada en Estados Unidos hasta que decidieron trasladarse a Nueva York, donde crecía con fuerza la industria cinematográfica. En 1906, ya había adoptado el nombre artístico de Florence Lawrence, el mismo que distinguió a su madre durante años en el teatro de vodevil.

Su primer contrato lo obtuvo con la compañía del reputado inventor Thomas Alba Edison. Allí interpretó a la hija del explorador Daniel Boone. Posteriormente, pasó a Vitagraph Studios participando en más de 40 películas durante 1907. Su trabajo llamó la atención del estudio más importante del momento que, además, tenía en nómina a un gran pionero de la industria llamado David W. Griffith. Bajo las órdenes de Griffith, Florence interpretó un ramillete de personajes, ubicados en todas las épocas posibles, y su buen hacer despertó la admiración de un público incipiente que deseaba conocer la identidad de la bella actriz. El estudio seguía los mandatos de la industria y se negó una y otra vez a hacer público el nombre de su estrella a pesar de que sus oficinas se inundaban de cartas de fans demandando más información. Así fue como, poco a poco, se la fue conociendo como "The Biograph Girl". 


The Country Doctor (1909) fue escrita y dirigida por D. W. Griffith. Florence Lawrence y Frank Powell dan vida al matrimonio Harcourt, quienes viven una feliz existencia hasta que su hijita cae enferma. Pero el buen doctor tendrá que debatirse moralmente cuando otra niña de una casa cercana es víctima de la fatalidad. Una auténtica tragedia en la que podemos ver también a Mary Pickford, dando vida a la hermana mayor de la vecina enferma.

14 de febrero de 2020

Historias de Hollywood: Kirk Douglas y el nido de cuco


Al recordar Alguien Voló Sobre el Nido de Cuco (One Flew Over the Cuckoo's Nest, 1975), nos viene a la mente, de forma inmediata, la extraordinaria interpretación de Jack Nicholson en el papel del criminal sexual Randle McMurphy. Pero en Hollywood las intrahistorias son siempre interesantes. Veamos lo que ocurrió en este caso...

El legendario Kirk Douglas, mito viviente del cine a los casi 101 años, vivía una etapa de control creativo absoluto a principios de los 60. Había conseguido levantar de la nada el proyecto de Espartaco (Spartacus, 1960), enfrentándose al establishment hollywoodiense al contar con Dalton Trumbo como guionista. Superó también las dificultades sobre el alto presupuesto de la cinta y, finalmente, ofreció un nuevo ejemplo de su poder al despedir al director inicialmente previsto, Anthony Mann, sustituyéndolo por el incipiente y brillante Stanley Kubrick, con el que había trabajado en Senderos de Gloria (Path of Glory, 1957).

El éxito secundaba las acciones de riesgo que tomaba Kirk Douglas en cada momento pero quizá no esperaba que el primer revés le llegara con un proyecto del que se sentía muy seguro. Durante la temporada teatral de 1963-64, Kirk representó en Broadway la adaptación de la novela de Ken Kesey titulada One Flew Over the Cuckoo's Nest. El éxito de la pieza entre el público y la fuerza intrínseca del material le convencieron para intentar convertirla en película.

Sin embargo, los constantes esfuerzos de Kirk chocaron con la voluntad de diversos estudios que rechazaron la propuesta por la contundencia visceral del material. Ante los diversos rechazos, decidió transferir los derechos a su hijo, el joven aspirante a actor Michael Douglas. De alguna manera, pensó que su hijo podría revender los derechos si su carrera no arrancaba, por lo que tendría un cojín de seguridad en sus inicios.

No obstante, Michael no lo consideró así. A medida que fue entrando en el mundo de la televisión, se granjeó contactos, especialmente en United Artists. La compañía fundada por Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y D.W. Griffith en 1919, pasaba una época de indecisión y malos resultados. Necesitaba una película que impactase y, en el contexto en el que se encontraba, una historia desgarradora que transcurre en una siniestra institución psiquiátrica no les asustaba. Eran conscientes que solo con una película exigente saldrían del ostracismo que sufrían.


Así pues, United Artists apostó sin fisuras por una historia donde se visualizaban terapias psiquiátricas extremas como el electroshock e incluso la lobotomía. Veían a alguien de la nueva generación hollywoodiense al mando de la producción y su entusiasmo se contagió entre los ejecutivos. Además, Douglas incorporó a un productor experto como era Saul Zaentz y juntos edificaron las bases de una película que los guionistas Lawrence Hauben y Bo Goldman y el director, Milos Forman, acabaron de ensamblar.

La noticia triste para Kirk Douglas fue que, en 1974, contaba ya con cincuenta y ocho años. Era demasiado mayor para interpretar a McMurphy. Se necesitaba a alguien más joven y rompedor. Es entonces cuando entró en escena Jack Nicholson, quien fue recomendado por Hal Ashby durante la época en que éste consideró el puesto de dirección.

Michael Douglas complementó el casting con la presencia de su amigo Danny De Vito y especialmente con el fichaje de Louise Fletcher para el papel de la enfermera Ratched. El film se estrenó en 1975 y fue un éxito rotundo. La recaudación de la época ascendió a 109 millones de dólares sobre un presupuesto de 4,4.

Y en la gala de los Oscar de 1976, la película se alzó con los cinco galardones más importantes: película, dirección, interpretación masculina principal, interpretación femenina protagonista, y guión. Desde 1934 con Sucedió una Noche (It Happened One Night), no se había visto nada parecido en los Oscar.

La decepción personal de Kirk fue grande pero fue compensada por la satisfacción de ver a su hijo alzando una estatuilla y, al mismo tiempo, preparando el trampolín para su éxito como actor en los años subsiguientes.