22 de mayo de 2018

Historias de Hollywood: Barbara Stanwyck, maestra de interpretación


Barbara Stanwyck (1907-1990) es, por derecho propio, una de las mejores actrices que ha brindado el séptimo arte. Habiendo tenido que sobreponerse a toda clase de dificultades en su infancia y adolescencia, consiguió llegar al olimpo de Hollywood para convertirse en una auténtica referencia en el cine de los años 30, 40, y 50 desde un perfil de femme-fatale, de una mujer ingobernable que se enfrentaba a las restricciones de su época. Cuando las ofertas en el cine empezaron a escasear, fue pionera en alargar su carrera gracias al teatro y, especialmente, a la televisión. En el nuevo medio que congregaba cada noche a millones de familias estadounidenses ante la pequeña pantalla, Stanwyck volcó su enorme talento artístico y su aura gloriosa, insuflando calidad a producciones que se beneficiaron de su presencia para consolidarse.

Una de las producciones televisivas más relevantes en las que participó Stanwyck fue Valle de Pasiones (The Big Valley, 1965-1969). En esta serie de la ABC, Stanwyck daba vida a Victoria Barkley, la matriarca de una familia de ganaderos en la California de 1870. La actriz cambió completamente los matices de la personalidad de Victoria, apostando por hacer de ella una mujer fuerte, alejada de los convencionalismos, y capaz de liderar a la familia a partir de un coraje atroz.

The Big Valley se gestó para entrar en directa competencia con Bonanza (1959-1973), la serie estrella de la NBC. Durante los dos primeros años, pareció que la lucha podría ser titánica pero se terminó comprobando que los Cartwright seguían teniendo un aprecio colosal entre la audiencia. No obstante, Valle de Pasiones se ha mantenido en la memoria televisiva de varias generaciones y siempre se la rescata cuando se habla de la época dorada de la televisión americana en los años 60. 

Stanwyck lideraba un reparto en el que se encontraba una gran cantidad de talento joven. No en vano, la serie supuso el espaldarazo definitivo para la carrera de Lee Majors que, en los años siguientes, triunfaría con El Hombre de los Seis Millones de Dólares (The Six Million Dollar Man). Y, por supuesto, The Big Valley también fue una gran oportunidad de consolidación para la bellísima Linda Evans, quien hasta el momento había dispuesto de presencias en capítulos individuales de Los Intocables (The Untouchables), Doctor Kildare, y Caravana (Wagon Train), entre otras.


Evans interpretaba a la benjamina de la familia Barkley, Audra, y se adaptó rápidamente al rol de chica inexperta e influenciable. Sin embargo, Stanwyck la observaba y lamentaba su falta de ambición. Solía repetirle una y otra vez que necesitaba tener más presencia en pantalla. Linda Evans, por contra, no sabía reflejar ese consejo y le pidió a la veterana actriz que la asesorara. La respuesta fue: "te lo mostraré". La lección llegó rodando una escena en la que Evans entraba por una puerta. Justo antes de que las cámaras se pusiesen en marcha, Stanwyck golpeó a su hija en la ficción por detrás. Audra apareció ante la cámara de forma súbita, con una expresión en su mirada de perplejidad, una reacción ciertamente auténtica y nada impostada. Cuando el director gritó "corten", la veterana actriz le dijo sonriendo: "eso es presencia".

En la década de los 70, Stanwyck solo estuvo presente en un puñado de tv movies pero su figura se reinvidicó en los ochenta cuando apareció, como personaje regular, en series como El Pájaro Espino (The Thorn Birds, 1983), Los Colby (1985) y Dinastía (1986), donde, precisamente, volvió a coincidir con Linda Evans. 

15 de mayo de 2018

Un Lugar Tranquilo (A Quiet Place, 2018)


En un futuro cercano, una familia vive aislada en una granja. Los rodea una raza de alienígenas invasores que se guían por el sonido para cazar a los humanos. Pero ¿cómo se sobrevive sin hacer ni un ruido? ¿Y qué pueden hacer para proteger a los niños pequeños, que cada vez sienten más curiosidad por el mundo exterior?

El género del terror cinematográfico está repleto de clichés y escenas ya vistas que repiten los hallazgos de los clásicos del género, por ejemplo El Exorcista, Alien, El Resplandor o Viernes 13, por mencionar algunos ejemplos, de forma que muchos estrenos solo persiguen el susto fácil. Sin embargo, más o menos una vez al año, surge un título modesto que da otra vuelta de tuerca a los mecanismos del género y consigue hacer reflexionar a los espectadores, entretenerlos y, por supuesto, aterrarlos. Es el caso de películas recientes como La Bruja, Calle Cloverfield 10, la oscarizada Déjame Salir o la que hoy nos ocupa, Un Lugar Tranquilo.

Tras un par de experimentos, esta película supone el triunfo como director de John Krasinski, actor que se dio a conocer gracias a su papel de Jim en la serie The Office. Para esta ocasión, ha contado con los guionistas Bryan Woods y Scott Beck, quienes le han ayudado a tejer una historia original, y con el productor Michael Bay, con quien trabajó en 13 Horas: Los Soldados Secretos de Bengasi. Un Lugar Tranquilo apenas alcanza la hora y media de metraje, consigue transportar a los espectadores a un futuro posapocalíptico cercano y, con un par de ingeniosas pinceladas, los pone en situación y presenta a la joven familia que vive bajo la amenaza de los alienígenas que se guían por el sonido para atrapar a sus presas. La película es prácticamente muda, los personajes se comunican mediante lengua de signos y, gracias a este recurso, el sonido es uno de los elementos que más asustan, a lo cual contribuye la banda sonora minimalista de Marco Beltrami.


El reparto también es mínimo y gracias al silencio consigue una expresividad destacable para una película de terror, que suele basarse en gritos y caras de susto. El propio Krasinski se reserva el papel protagonista y sorprende cómo sabe sacar lo mejor de sus compañeros de reparto, la niña Millicent Simmons y Emily Blunt, su esposa en la realidad. La actriz británica ha demostrado que se adapta a cualquier registro, se desenvuelve con soltura en la comedia (Eternamente Comprometidos), la acción (Al filo del Mañana) y el drama (Sicario), así que el terror tampoco iba a resistírsele.

Gracias al trabajo del reparto y a las pinceladas con las que consigue crear una atmósfera agobiante (el silencio, un campo de maíz, un sótano inundado, un clavo afilado), Un Lugar Tranquilo se alza como una de las apuestas más refrescantes dentro del género del terror (con unos cuantos homenajes al Alien de Ridley Scott), la consagración de John Krasinski como director y una película que atrapa a los espectadores y logra que disfruten mientras lo pasan mal en la oscuridad de la sala.

7 de mayo de 2018

Historias de Hollywood: la rivalidad entre Kirk y Spock en los albores de Star Trek


La emblemática franquicia de Star Trek vivió una lúcida primera etapa gracias a la tripulación del Enterprise capitaneada por James T. Kirk y su segundo al mando y oficial científico, el medio-vulcaniano Spock. 

Esa generación, forjada en televisión y consagrada en el cine, mantuvo siempre una excelente armonía fuera de cámaras. Sabemos también que William Shatner y Leonard Nimoy se hicieron grandes amigos, llevando el aprecio y la fraternidad que existía entre sus personajes a la vida diaria.

No obstante, las relaciones personales son complejas y más aún cuando éstas empiezan. En 1966, cuando la serie originaria empezó a grabarse, existía bastante rivalidad entre dos intérpretes que aún no habían tenido tiempo de conocerse. Shatner siempre ha sido un tipo adorable pero eso no excluye que su narcisismo haya podido ser difícil de sobrellevar para todos aquellos que han coincidido con él. En Star Trek, Shatner pedía una y otra vez a Gene Roddenberry que ampliara sus intervenciones porque creía que Spock siempre era el "solucionador" de problemas en las peligrosas misiones que afrontaban.

Shatner defendía que el capitán Kirk debía tener mayor influencia en la resolución de los conflictos y Roddenberry, atenazado por la situación, ampliaba cada vez más los diálogos para satisfacer el ego de su protagonista. Nimoy, por su parte, llevaba más tiempo que Shatner en el proyecto y había protagonizado un capítulo piloto, finalmente rechazado, en el que el capitán era Christopher Pike, interpretado por Jeffrey Hunter. Ante tal situación, el bostoniano dejó ir su abanico de recursos gestuales para, sin quererlo, generar la aguda perspicacia que acabaría siendo icónica en el personaje. Ante las intervenciones de Kirk, Spock reaccionaba moviendo una ceja u ofreciendo una mirada críptica. En ocasiones, respondía con una única palabra sentenciadora. Al final del día, Nimoy se ganaba el título de "roba-escenas" oficial al haber generado situaciones de humor desde la nada.


Sin embargo, esa situación no podía alargarse. En una ocasión, ambos actores se reunieron con Roddenberry y exigieron saber quién era la estrella de la función. El productor y alma del proyecto se los quitó de encima como pudo y dio orden al equipo de guionistas para convertir a Kirk y a Spock en colegas, evitando situaciones de contrapoder. Así fue como a partir de aquel momento empezaron a surgir referencias a su tiempo previo en la Academia Estelar. Además, pasaron a colaborar más intensamente en las misiones mientras se ayudaban mutuamente a superar las vicisitudes de la exploración espacial. Todo ello rebajó la tensión en el set y creó un entorno de liderazgo dual que pervivió durante toda la etapa posterior.

Aún así, Nimoy y Shatner sacaron tajada económica, durante los años 70, cuando se trataba de parodiar en programas de televisión esa supuesta rivalidad.

30 de abril de 2018

Vengadores: Infinity War (SIN SPOILERS)


Dos años después de los acontecimientos narrados en Civil War, la dispersión de los Vengadores tendrá que llegar a su fin. La mayor amenaza conocida hasta el momento pugna por desatarse. Quien manejó los hilos de la invasión chitauri sobre la ciudad de Nueva York, se dispone ahora a dejar su huella en el universo reuniendo las arcanas gemas del infinito. La acción conjunta de las seis gemas dota de omnipotencia absoluta. Ese poder deberá ser para aquél que se cree único merecedor de ello: Thanos, el titán loco...

Marvel Studios ha conseguido con Infinity War el crossover que estaba deseando ver la masa crítica de sus seguidores alrededor del mundo. Como lector de los cómics y habiendo crecido también con ellos a lo largo de la década de los ochenta, debo reconocer que todos los reconocimientos al film y a la trayectoria del estudio en estos diez años son extraordinariamente merecidos. Porque Infinity War es, en esencia, un sueño hecho realidad.

Han sido diez años y dieciocho exitosas películas que han forjado una epopeya global sin precedentes. Disponiendo de un background como éste, el reto que plantea un mega-proyecto de equipo, nunca visto hasta ahora, resulta más factible porque has creado fandom a través del desarrollo permanente de grandes personajes, enfrentados siempre a desafíos exigentes.

Confiar el proyecto en el grupo formado por los directores Anthony & Joe Russo y los guionistas, Christopher Markus y Stephen McFeely, fue la jugada ganadora diseñada por Kevin Feige. No en vano, todos ellos ganaron su crédito con dos de las mejores películas del MCU: The Winter Soldier y Civil War. En el caso de la segunda, se presentó un sólido argumento expresado a partir de una potente reunión de superhéroes en pantalla. Con el éxito de la cinta, demostraron que había vida más allá de Joss Whedon en cuanto a películas de equipo se refiere.

La reunión de este núcleo creativo en Infinity War colma las altísimas expectativas creadas puesto que han generado un super-crossover, regado por una épica apabullante. Además, tanto el libreto como la dirección consiguen un dinamismo y fluidez constante a lo largo del extenso metraje. Además del ritmo incesante que despliega el film, queda patente una fantástica interconexión entre personajes. La capacidad de integrar a más de treinta personajes de relevancia es sorprendente. De igual modo, hay que valorar el acierto en el reparto de tiempo para hacer que todos ellos tengan sus momentos y muchos de ellos consigan resaltar a través de la épica, la reflexión o el despliegue de sus habilidades.

Hay también dimensión humana e implicación emotiva del espectador en momentos muy diversos. Y la obligada diversidad de escenarios se maneja con una enorme fluidez. Los saltos de localización se sienten siempre como algo orgánico dentro de la película, no hay situaciones forzadas en este aspecto y siempre se mantiene la cohesión. La expresión de la acción a gran escala, con secuencias magnas en cuanto a CGI y efectos, nunca satura. No colapsa a la audiencia en ningún momento. Nuevamente, es algo que está integrado a la narración y ésta fluye con absoluta naturalidad a pesar de ser tan brutalmente espectacular.

Infinity War es una película equilibrada, dotada de un balance narrativo y de personajes que se convierte en su mejor arma para seducir. La dificultad era altísima pero también se nota que Marvel Studios la ha cuidado mucho en post-producción, ha minimizado errores, y ha presentado un producto final apabullante.

No obstante, el éxito de la fórmula no sería el mismo de no apreciarse el corazón que han puesto sus creadores. La película no derrapa porque tiene alma, se sostiene sobre un músculo emocional sólido a través del cual brota un tono oscuro, casi crepuscular, que sin estar reñido con el humor nos mantiene en constante estado de aflicción. El entretenimiento masivo se puede lograr de esta forma y es mucho más gratificante que otras apuestas en el ámbito de los blockbusters que solo pretenden acumular set-pieces de acción, sin mayor trascendencia.

Bien es cierto que es mucho más fácil conseguir la implicación del espectador cuando tienes grandes personajes de la galería Marvel que además has seguido durante años mientras evolucionaban, forjando así una empatía que deja el terreno abonado para generar esa complicidad entre película y público.

Infinity War llega a altas cotas de repercusión gracias también a la presencia estelar de uno de los villanos más poderosos de las viñetas, convertido aquí en la estrella de la función. Además de presentarse con toda su motivación personal, su objetivo nítido y sus conflictos personales, Thanos es la quintaesencia del villano imbatible cuya amenaza está imbuida en su aura, en su presencia y, gracias al excelente CGI, incluso en su expresión. Fenomenal trabajo de voz y captura de imagen a cargo de Josh Brolin.

En conclusión, la película es un éxito gracias al espléndido manejo de la diversidad. Lo que aporta en el subgénero del cine de superhéroes es la consolidación de una fórmula integradora para las películas de equipo. Y culmina esa apuesta con la maestría en las secuencias de acción, la épica atronadora y la emotividad intrínseca en los personajes y situaciones.

Mención también al brillante trabajo de los actores. Reconocimiento a los montadores Jeffrey Ford y Matthew Schmidt y también al compositor Alan Silvestri, que regresa al mundo de Los Vengadores con una partitura magna y sensible a partes iguales.

Mantengo ciertas reservas en cuanto a la extensión del humor. Aunque está bien diseminado admite algunas enmiendas. Y hay también algún que otro aspecto algo renqueante del cual no se puede hablar en una reseña sin spoilers. Aún así, las grietas que puedan observarse no son sustanciales viendo el conjunto de la película y sus múltiples virtudes.

Vengadores: Infinity War es una cinta destinada al éxito. Se incorpora al MCU y al cine de superhéroes en general como una aportación muy fresca y dinámica. En cuanto al efecto que pueda generar en el universo compartido a partir de ahora, deberemos esperar hasta el año que viene para ver lo que nos tienen preparado en la nueva entrega. De momento, quedémonos con la emoción, el entretenimiento y el éxtasis geek.