16 d’octubre de 2021

Sitges 2021: Tres



RETAZOS SONOROS DE UNA VIDA EN DIFERIDO

Un artículo de Adriano Calero.


Es de noche. Mientras escribes (o lees) empieza a llover y el sonido te lleva a mirar por la ventana. El viento es intenso, pero los árboles se resisten a su fuerza. El paisaje se difumina progresivamente. De repente un fogonazo ilumina el horizonte, mientras un rayo lo abre en canal. Permaneces expectante hasta completar la acción. Tienes la imagen, te falta el sonido. El trueno irrumpe con fuerza confirmando las leyes de la física y… Hasta aquí, una posibilidad de lo cotidiano. Algo que nos recuerda cómo el sonido y la luz (y por lo tanto la imagen) viajan a diferentes velocidades. Algo que, por lo general, solo sucede cuando estamos a mucha distancia del objeto (o ante una película mal sonorizada). Algo que a nuestra protagonista le ocurre cada día. Y cada día que pasa, un poco más.

Tres (2021), hasta el momento la película en competición más profunda, lírica y original de esta edición, cuenta la historia de una diseñadora de sonido (C., según los títulos de crédito) adicta al trabajo, que no entiende (ni ella ni nosotros) por qué su cerebro ha comenzado a procesar el sonido más tarde que la imagen. No tan solo no consigue precisar sus montajes sonoros, ocasionándole graves problemas profesionales, sino que todo aquello que suena a su alrededor (incluso su propia voz) le llega con retraso. Golpea las palmas de sus manos y la palmada se toma su tiempo en hacerse escuchar. Unos segundos… Un minuto… Tal como advierte el título internacional de la película (Out of Sync), asistimos a la sucesiva desincronización de la protagonista mientras el cronómetro ofrece una cifra en aumento.

Del título original, Tres, se podría escribir mucho más. Es una denominación menos explicativa, pero acorde con el tono alegórico de la película. De alguna manera, Juanjo Giménez nos obliga a ser lectores concienzudos de su cine y dicha lectura empieza evidentemente por el título, casi a modo de acertijo. Porque resulta evidente que semejante argumento esconde otras capas bajo su apariencia fantástica. Y mucha poética. De hecho, el propio director lo deja muy claro. Hablando de la protagonista dice: “ella no está en su centro, está desequilibrada. Hay una asincronía emocional que conecta con este síndrome que padece. Hay un vínculo, por tanto, entre lo íntimo y lo sobrenatural”. Y, por si fuera necesario, nos regala un resumen con forma de titular: “la película cuenta la búsqueda de identidad de una mujer sin nombre”.


Mas es la protagonista de Tres una mujer anónima que sin embargo posee un rostro reconocible, el de la actriz Marta Nieto (Madre, Litus, Vergüenza, El camino de los ingleses…) quien ofrece en Tres una interpretación tan contenida como brillante, tan sutil como magistral. Giménez asimismo reconoce la dificultad que implicaba su papel: “Los actores están acostumbrados a trabajar con cromas o con pantallas verdes, y a imaginarse, por ejemplo, monstruos que no están allí. A Marta le pedía algo más difícil, que era viajar sonoramente en el tiempo”. Y en alguno de esos viajes aparece también el actor Miki Esparbé (El rey tuerto, Las distancias, Reyes de la noche y, recién presentada en Sitges, Historias para no dormir), quien en Tres da vida un compañero de trabajo bonachón que le ayuda en su búsqueda identitaria. Correcto, sin más.

Aquí el tandem creativo de relevancia es el de la actriz protagonista y su director, y no podía ser de otro modo tratándose de Juanjo Giménez. Un experimentado creador que, paradójicamente, firma con Tres su segundo largo de ficción (20 años después de Nos hacemos falta, su olvidada ópera prima). Hasta el momento lo suyo eran los cortometrajes y con uno de ellos, Timecode (2016), se hizo notar: premiado con un Gaudí y un Goya (el Oscar no se lo llevó, pero estuvo muy cerca), y ganador asimismo del galardón más importante en los Premios del Cine Europeo y en Cannes. Y si en Timecode proponía un diálogo con las imágenes del pasado, en Tres el diferido es sonoro. ¿Dónde hallar sino en un tiempo pretérito la solución a las cuestiones del presente?

Aunque Giménez confiesa deformaciones profesionales y parece justificar con ello el origen del proyecto: “Cuando pasas mucho tiempo trabajando en un estudio de sonido, al salir a la calle te asalta la duda sobre si la gente tiene debidamente sincronizados los labios con cada una de sus palabras”. Dicha preocupación se materializa en la protagonista de Tres, a quien vemos leer los movimientos labiales de numerosos transeúntes, mientras agudiza su oído. Las confesiones que escucha recuerdan parcialmente al lamento coral que visualizan grandes obras como El Cielo sobre Berlín (Der Himmel Über Berlin, 1987) o En la Ciudad de Sylvia (2007). Con tales películas, Tres comparte su exploración de la singularidad a partir de una voz colectiva, pero, si de algún cine es deudora, es de aquel que nos dejó la maestría de Marguerite Duras. Recordada escritora que, sin embargo, supo aprovechar del séptimo arte aquello que la literatura no le podía ofrecer y que, en películas como India Song (1975) o Agatha et les lectures illimitées (1981), trabajó la disociación audiovisual como herramienta para la reconstrucción de la memoria. Individual y colectiva. De momento, Giménez, solo nos habla de C., de una única mujer. Pero como él mismo bromea, apenas acaba de empezar: “Tres es mi segundo primer largo”.


Tres es un símbolo y es también un juego. Porque muchas son las veces que la protagonista repite un trabalenguas con dicho vocablo y su aliteración. Porque asimismo confiesa, visitando un piso en alquiler, que podrían ser dos… o quizá tres. Pero, sobre todo, Tres, porque hay un desfase entre rayo y trueno cuya distancia podemos averiguar dividiendo el tiempo de dicho desfase entre el famoso número 3. Hecho que nos recuerda cómo el audiovisual, aunque se presente como un todo, contiene informaciones (sonido e imagen) que llegan por separado y que estimulan aspectos diferentes de nosotros mismos. Tres podría ser también ese espacio aparentemente imperceptible entre el primer input lumínico y el sonoro que le sigue. Y por eso Giménez concluye: “Cuando la voz va con retardo hay un instante en que todo queda detenido. Y quizá ese momento sea mucho más bonito que lo que va antes y después”. Y tras ver Tres, nosotros lo confirmamos.

15 d’octubre de 2021

Sitges 2021: Last Night in Soho



UNA LONDRES FRAGMENTÀRIA

Un article de Carles Martinez Agenjo. 


Resulta complicat retreure-li alguna cosa a la nova pel·lícula d’Edgar Wright. El seu treball de posada en escena torna a ser tan primorós i depurat –tan inquiet i canviant a l’hora de proposar solucions formals amb cada seqüència d’intriga o terror– que buscar-li les pessigolles en matèria de guió s’acaba convertint en una tasca quasi fútil. Diguem-ho ja. Última noche en el Soho (Last Night in Soho, 2021) és una pel·lícula gegant. Però si hi ha alguna cosa que no se li hauria de recriminar al director de títols tan exquisits com Baby Driver (2017), Scott Pilgrim contra el Mundo (Scott Pilgrim vs. the World, 2010) o la trilogia del Cornetto és la seva capacitat de dotar de rabiosa actualitat una narració que a més d’un espectador o espectadora li podria resultar massa previsible.

La pel·lícula –potser la menys esbojarrada i humorística del realitzador anglès– es revela com un viatge en el temps que navega atrapat dins els límits d'un mirall. Els estímuls més profunds arriben quan aquest objecte –que apareix i reapareix en nombroses ocasions– actua com una eina de projecció dual. La imatge d’Eloise –la protagonista interpretada per una esplèndida Thomasin McKenzie– es bifurca en dues direccions. D’una banda, trobem a la noia de Cornwall, tímida però il·lusionada, que arriba a la capital britànica a la recerca d’un futur desitjat. El seu reflex adopta la forma del passat. La seva imatge és també la imatge d’una figura espectral que té a veure amb la seva infància i que convé no destapar. D’altra banda, la jove estudiant –que arriba a la gran ciutat per estudiar disseny de moda a la universitat– queda empastifada de bogeria en un submón oníric governat pel caos i l’aparença confusa. El seu reflex, en aquest cas, agafa la forma d’un passat que no és el seu i que no té res a veure amb els seus records, sinó amb la imatge recuperada i detallista d’una dècada dels 60 on el títol original d’Operación Trueno (Thunderball, 1965) sobre la marquesina d’un cinema, els espectacles amb ballarina de companyia del Carnaby i l’alcohol a dojo delimitaven un espai d’atracció que acabava engreixant les pàgines de la crònica negra. És en aquest ambient –d’una Londres festiva i gens nostàlgica que Wright desmitifica sense dubtar ni un segon– on els gestos, mirades i peces musicals que interpreta una exuberant Anya Taylor-Joy completen el joc de miralls que articula la pel·lícula i –qui sap si directament o indirecta– fa d’aquesta una presa de consciència amb el nostre present.


Francament, no queda cap rastre de l’encant de postal de Woody Allen quan aquest thriller colorista d’assassinats i falses identitats –acompanyat pel somriure carismàtic de Terence Stamp– es transforma en una altra cosa. El relat senzill de superació juvenil que s’intueix a l’inici –que evoca alguns estereotips de la comèdia romàntica dels 90– dóna pas a un bad trip terrible, impregnat de droga i psicodèlia. És llavors quan les ganivetades esquitxen un vermell intens que recorda a Dario Argento i el color saturat de les llums de neó porta el ressò de Brian De Palma. Fins i tot els zombis de rostre anònim que assetgen a la protagonista podrien recordar als podrits de George A. Romero fracturant les parets d’un escenari múltiple com si fossin de vidre. A més a més, Wright torna a mostrar-se juganer amb els gèneres –a vegades muta del thriller al drama i d’aquest al terror amb una fermesa indiscutible– i no li tremola el pols quan toca passar de la història d’iniciació d’una alumna universitària a un malson immersiu i claustrofòbic sobre les misèries de la feminitat. Un context d’abusos i desenganys que, a estones, sembla invocar l’ombra fantasmagòrica i augmentada de Harvey Weinstein.

Arribats a aquest punt convé deixar ben clara una cosa. Wright sembla que hagi volgut fer una pel·lícula pro-Me Too, però difícilment podríem parlar d’ell com un director que, de sobte, ha adoptat un compromís feminista. Ara bé, davant el nou enfocament que ha desenvolupat en contrast amb obres anteriors, la seva darrera producció no pot ser més adequada en un moment de sensibilització vers la igualtat com el que estem vivint. En aquest sentit, l’odissea monstruosa on es veu capficada McKenzie es veu compensada per una segona lectura. De la mateixa manera que els reflexos de la pel·lícula, Última Noche en el Soho exerceix una doble funció. Destaca com a itinerari retro amb playlist exquisida –on no poden faltar best hits de l’època, des de Dave and the Boys i Cilla Black fins a Dusty Springfield i Petula Clark–, però també obre la porta –insistim: qui sap si de forma intencionada?– a una problemàtica contemporània on bona part de la societat ha cridat prou i el masclisme maltractador ha provocat una resposta d’equip.


Per a tots aquells i aquelles que heu anat seguint aquest cinema d’autor per als grans públics de ben a prop –o de forma intermitent– durant les últimes dècades, l’intercanvi de rols i el trastoc d’arquetips cinematogràfics no significa cap novetat. No obstant això, en aquesta ocasió, estimula força redescobrir a Wright a través d’un relat que gira al voltant de la dona, on els monstres són pitjor que la fantasia, el psychokiller és víctima i l’heroïna, una figura de reivindicació que deixa empremta.

11 d’octubre de 2021

Sitges 2021: Mona Lisa and the Blood Moon

 BAJO EL INFLUJO DE LA LUNA

Un artículo de Adriano Calero.


El Festival avanza a paso firme y, película tras película, los días se suceden a un ritmo vertiginoso en la ciudad costera de Sitges. Un film amanece y otro clausura la noche y, mientras tanto, sueños y pesadillas iluminan la pantalla extasiando al personal. Hasta la adicción. En una repetición orgiástica que aporta y desgasta, pero que no se detiene… De momento. Pues el mañana es incierto. Pero lo importante está en el pasado inmediato, en su programa y visionado, donde los enamorados del séptimo arte seguimos encontrando suficientes recuerdos para todo un año de reflexión cinéfila. Apenas estamos situados en los primeros días de certamen, pero ya se han podido ver, dormir y disfrutar las suficientes películas como para que el pertinente análisis nos detenga en una escritura a compartir. Tal vez así consigamos poner un poco de orden y un mucho de ilusión en la gran programación de este año que, como mi colega Carles ya anticipó, llegaba con mucha fuerza post-pandémica. Y sigue apretando.

Pero empecemos por el principio, por la declaración de intenciones que todo festival de cine propone: la inauguración. Una obra elegida como el pistoletazo de salida que no siempre consigue irrumpir sonoramente como el disparo que se pretende. Aunque este año no ha sido el caso. Tras su paso por el Festival de Venecia, Mona Lisa and the Blood Moon inauguraba la 54ª edición de nuestro querido festival local y no sólo rugía en Sitges más allá del alcance del gorila, sino que corregía los errores del pasado. En calidad, tras la inauguración que le precede (la descafeinada Malnazidos) y en paridad, porque volvemos a celebrar que es una mujer, la directora Ana Lily Amirpour, quien ha inaugurado este certamen. No ha sido la primera, pero han tenido que pasar más de dos décadas para seguir haciendo justicia. La encargada de hacer historia fue la directora canadiense Mary Harron, quien, en el año 2000, inauguraba festival y nuevo milenio con su adaptación de American Psycho, la impactante novela de Bret Easton Ellis.


Aunque Amirpour es la primera que manifiesta su rechazo a las imposiciones del momento: “Tampoco quiero que los festivales empiecen a elegir directoras para cubrir cuota. Pero no puedo negar que me alegra la noticia; de ese modo, otras chicas jóvenes creerán en sí mismas, en su capacidad para lograrlo también”. Del mismo modo que la directora creyó en sus capacidades cuando conformó su ópera prima y el jurado de Sitges del 2014 se lo agradecía con una Mención Especial. Porque Amirpour repite en el festival por segunda vez. Tras su original aportación al género vampírico titulada Una Chica Vuelve a Casa Sola de Noche (A Girl Walks Home Alone at Night, 2014), esta cineasta de origen iraní, nacida en Inglaterra y criada en EEUU, nos ofrece mucho más que la necesidad de un cambio. Inaugura porque es buena y lo ha demostrado, pero sobre todo inaugura ya que su última película no podía ser más acertada para un festival como éste y para una edición cuyo leitmotiv es el hombre lobo.

Es este un año marcado por los aullidos en las salas y por la proyección de películas como El Hombre Lobo (George Waggner, 1941), La Bestia (Walerian Borowczyk, 1975), Un Hombre Lobo Americano en Londres (John Landis, 1981) y la más reciente actualización del mito Eight for Silver (Sean Ellis, 2021). Y así, con la licantropía como eje temático en Sitges, Mona Lisa and the Blood Moon nos ofrece la magia del fantástico, aporta originalidad y, entre otros elementos, recurre a la luna como motor de transformación. Sea de sangre o no.


NOCHES DE NEÓN, TECHNO Y CAMARADERÍA

Mona Lisa and the Blood Moon nos cuenta la historia de Mona Lisa Lee (interpretada por la actriz Jun Jong Seo, quien también repite en Sitges tras protagonizar en el 2018 la magistral Burning de Lee Chang Dong), una joven coreana cuyos superpoderes despiertan bajo el influjo de la luna. Pero ni su cuerpo se cubre de pelaje animal, ni sus extremidades acaban en garras. Son capacidades telequinéticas las que aparecen ante el satélite de la Tierra y es gracias a ellas que consigue escapar del manicomio en el que estaba inicialmente encerrada. En su huída aparece en la ciudad de Nueva Orleans, donde encuentra a otros personajes sedientos de aventura y de comprensión, a cuál más variopinto, entre los cuales destacan un camello de puerta de supermercado (como los de Kevin Smith) amante de la fluorescencia y del techno (Ed Skrein), el típico policía come rosquillas que se obsesiona con nuestra protagonista (Craig Robinson), la curtida stripper que la acoge en su casa mientras busca cómo rentabilizar sus superpoderes (Kate Hudson) y el hijo de dicha bailarina nocturna, quien, a pesar de su corta edad, fluye principalmente entre el “Sludge Metal” y los cómics eróticos, y resulta el más sensato de todos (Evan Whitten).


Todos ellos son aparentes estereotipos que, en manos de Amirpour, resultan seres únicos, animales nocturnos familiarmente desconocidos. Individuos impelidos por la luna y por la transgresión de Nueva Orleans, otro personaje más. La película retrata la ciudad bajo el filtro de la saturación cromática, mientras la nocturnidad atraviesa la pantalla de oscuridad y amoralidad. Y de diversión… Amirpour nos presenta una ciudad húmeda y alucinada, tan festiva y caótica como peligrosa, tan llamativa como las luces de neón que salpican la imagen. Se siente la influencia de un cierto cine de aventuras propio de los 80 y los 90, del fantástico y de todo aquello que ofrecía el pulp en general, pero, a diferencia de en Una Chica Vuelve a Casa Sola de Noche, en Mona Lisa and the Blood Moon no se perciben las costuras de la amalgama de géneros y referencias que la han forjado. Hay acción, hay suspense y humor. Hay un reflejo de la vida (al borde la misma) lleno de ternura e ironía que recuerda a la mirada cargada de extrañeza del mismo Jarmusch. Y a su simpatía por los marginados. De hecho, Mona Lisa and the Blood Moon podría perfectamente suponer la sexta historia de Noche en la Tierra (Night on Earth, 1991).


De este modo, Amirpour reflexiona sobre las herramientas necesarias para sobrevivir en este mundo, estableciendo la libertad como la meta a alcanzar y la amistad como aprendizaje redentor. Pero en la película hay un elemento claramente unificador y es la música. Música fundamentalmente electrónica, que hará las delicias de los amantes del techno. Y para los más clásicos, Mona Lisa, canción escrita por Ray Evans y Jay Livingston para la película de la Paramount Capitán Carey (Captain Carey U.S.A., 1950), la cual ganaría el Premio de la Academia a mejor canción original. Mona Lisa abre (y cierra) la película y presenta la atemporalidad de nuestra protagonista. La música narra en manos de Amirpour: "a veces tengo la canción antes que la escena. Y cuando escribo un guión, a medida que investigo para cada personaje, acabo haciendo viajes musicales inesperados. Bottin y Rodion fueron capitales en el tono de la película.” He aquí un interesante diálogo musical entre un DJ italiano y un compositor ruso, que se suma al ya mencionado tándem de rock y electrónica que encarna el séquito de Mona Lisa Lee.


Para Amirpour todo vale si hay equilibrio: “cuando hago una película, espero que, por un momento, mientras sea vista, todo sea auténtico y bueno. Pasa lo mismo si juntas la música adecuada, la droga psicodélica adecuada y el lugar adecuado”. Pasa que te gusta y repites. Por eso vale la pena recordar la despedida entre Mona Lisa y el maravilloso personaje al que da vida Ed Skrein. En vez de un adiós el camello le dice “nos vemos en escena” y los subtítulos equivocan su traducción del inglés, anticipando que habrá una secuela. Aún faltaría el desenlace, pero queda claro que los volveremos a ver. Acaba la película y sentimos que la aventura tan solo acaba de empezar. La aventura de Mona Lisa. Y la del festival.

7 d’octubre de 2021

Sitges 2021: sota el signe de la bèstia





Recordeu la darrera escena d’Aullidos (The Howling, 1981)? Un dels parroquians habituals d’un bar típic de la Nord-Amèrica nocturna li preguntava a una jove que no apareixia a la pantalla: «¿Cómo la quieres, cariño?». La imatge lliscava lleugerament cap a l’esquerra i revelava a Elisabeth Brooks somrient i mirant a càmera. Ella contestava: «Poco hecha». De sobte, apareixien els crèdits finals mentre escoltàvem a Pino Donaggio i contemplàvem una hamburguesa que es cuinava sobre una planxa ben oliosa. La imatge és pura ironia postmoderna. Un acudit metalingüístic i un joc afectuós vers la memòria del gènere que –a partir d’un simple tros de carn– apel·laria directament la nostàlgia de qualsevol fan. D’altra banda, potser els amants del cinema fantàstic i el terror no coincideixin amb l’estat de cocció de la proteïna a l’hora de dinar, però està clar que, quan arriben unes dates tant assenyalades com les del Sitges Film Festival i es congreguen al voltant dels cinemes Prado i Retiro, l’auditori de l’Hotel Melià o les sales Tramuntana i Brigadoon, els fanàtics de l’ensurt i la tensió visual –en el fons, un altre tipus de parroquians– es disposen a engolir pel·lícules amb la mateixa voracitat que els homes llop de Joe Dante. Si afegim que en aquesta 54ª edició del certamen –que podrem gaudir del 7 al 17 d’octubre– la figura del licantrop vertebra la temàtica d’enguany; Sitges es converteix, de sobte, en un motiu de celebració digna d’un udol a mitja nit.

Comencem amb els homenatges. Aquest 2021, apareixen dins l’extensa programació un seguit de títols que es claven al bell mig del cor de la cinefília. Parlem de l’esbojarrada i sanguinària Un Hombre Lobo Americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981) de John Landis, la polèmica La Bestia (La bête, 1975) de Walerian Borowczyk i un clàssic de clàssics d’aquella sèrie B de drive-in i sessió doble que es diu I Was a Teenage Werewolf (1957) del poc conegut Gene Fowler Jr. Aquestes propostes –que dibuixen una sintonia perfecte amb l’hamburguesa de Dante– comparteixen calendari amb un grapat de novetats especialment atractives pel públic que demana un fantàstic d’autor. Aquesta vegada, estrenen producció a la ciutat catalana noms tan aclamats com Álex de la Iglesia, Edgar Wright, Ana Lily Amirpour, Mamoru Hosoda, Ari Folman, Paco Plaza i Ben Wheatley. Respectivament, presenten batalla a la secció oficial amb el neogiallo Veneciafrenia (2021); la divertida tornada als viatges temporals Last Night in Soho (2021); la transgressora Mona Lisa and the Blood Moon (2021); dos exercicis d’animació estilitzada –el primer japonès, el segon belga– que es titulen Belle (2021) i Where is Anne Frank? (2021); la claustrofòbica La Abuela (2021); i una producció de rabiosa actualitat que s’endinsa a les profunditats del terror víric, In The Earth (2021), i que podria dialogar perfectament amb un altre tàndem a competició –integrat per We Need to Do Something (2021) del debutant Sean King O’Grady i la britànica The Feast (2021) de Lee Haven Jones– que abraça el significat de pandèmia.


A més a més, trobem un ben retornat Banjong Pisanthanakun, el famós director tailandès d’aquella mostra de terror fotogràfic que es deia Shutter i que va generar molt bones sensacions al Sitges 2005. Ara, Pisanthanakun ens sorprèn amb un relat d’exorcismes: The Medium (2021). També opten al palmarès la satànica Luzifer (2021) de Peter Brunner, una producció austríaca del sempre pertorbador Ulrich Seidl; les tenebroses Son (2021), de l’irlandès Ivan Kavanagh, i Lamb (2021), del islandés Valdimar Jóhannsson; i un seguit de films que tracten la por com a eina de fragmentació familiar. Des de la inquietant Violation (2020) de Dusty Mancinelli i Madeleine Sims-Fewer, Coming Home in the Dark (2021) de James Ashcroft, Silent Night (2021) de Camille Griffin i She Will (2021) de Charlotte Colbert –debutants, tots ells, en el camp de la direcció de llargmetratges–; fins a la interessant Nitram (2021) de Justin Kurzel –que protagonitza Caleb Landry Jones, premiat a Cannes– i Inexorable (2021) de l’irregular Fabrice du Welz. Així mateix, destaquen força la cinta noruega The Innocents (2021) d’Eskil Vogt, la intrigant Seance (2021) de Simon Barrett, una comèdia dirigida per Fabrice Eboué que es diu Barbaque (2021) i The Deep House (2021), realitzada a quatre mans per dos sàdics membres del New French Extremity: Alexandre Bustillo y Julien Maury. D’altra banda, crida l’atenció una proposta com Eight for Silver (2021) –la nova de Sean Ellis, ambientada en un segle XIX on, fixeu-vos quina casualitat, un poble pateix els atacs d’un animal salvatge!– i l’esperadíssima Halloween Kills (2021), segona seqüela de la reactivació de la saga Myers on David Gordon Green repeteix com a realitzador després de firmar un remake molt digne de la genialitat de John Carpenter.

Seguidament, il·lusiona descobrir que han aparegut noves cares que debuten dins el terreny de la ficció ibèrica. David Casademunt proposa amb El Páramo (2021) un terror de context rural protagonitzat per Inma Cuesta, Roberto Álamo y Asier Flores. A la segona posició, Juanjo Giménez arrenca amb la singular Tres (2021), un thriller intel·ligent sobre una noia que treballa com a dissenyadora de so –que interpreta la Marta Nieto– i que, de sobte, comença a escoltar les coses després de veure-les. Aquest malson es veu reforçat per la intriga d’Alberto Evangelio, Visitante (2021), que recupera la pila de cintes sobre fenòmens paranormals en una història que, de ben segur, farà les delícies d’en Sebastià d’Arbó. No obstant, hi ha d’altres realitzadors que, encara que no formin part de la secció oficial d’enguany, també compten dins aquesta mena d’onada de noves promeses del cinema fantàstic i de terror produït a Espanya. Parlem, per exemple, de Jacinto (2021) –una altra mostra de terror dirigida per Javi Camino–, La Pasajera (2021) de Fernando González y Raúl Cerezo –l’autor que un servidor va descobrir fa nou anys en un festival de Múrcia que es diu Cine de Alcantarilla, on va presentar 8 (2011), un curt deliciós– i la diabòlica Y Todos Arderán (2021) de David Hebrero. El documental Sanjulian, el Poder de la Ilustración (2021) del company de trinxera David García Sariñena mereix una menció especial. És un estudi de rigor que fa justícia, ja què parla sobre l’exquisit treball pictòric de Manuel Sanjulián: el Frank Frazetta hispà. Remata aquest ventall d’opcions la reposició d’obres de culte com El Día de la Bestia (1995) d’Álex de la Iglesia, La Bañera (1989) de Jesús Garay i El Extraño Viaje (1964) de Fernando Fernán Gómez.

Finalment, acaben d’arrodonir la llista The Blazing World (2021) de Carlson Young, l’stop-motion de Phil Tippet a Mad God (2021), la nova de Sion Sono –Prisoners of the Ghostland (2021)– que protagonitza la llegenda de Sitges, Nicolas Cage; la còsmica After Blue (2021) de Bertrand Mandico; la vuitantera òpera prima de Prano Bailey-Bond, Censor (2021); la fallida Demonic (2021) de Neill Blomkamp; una versió barata i excessiva de la lliga dels homes extraordinaris que es coneix com Freaks Out (2021) de Gabriele Mainetti; la postapocalíptica Tides (2021) de Tim Fehlbaum i el neo-noir hongkonès Limbo (2021), dirigit per Soi Cheang. Totes aquestes trobaran dins l’èpica medieval de The Green Knight (2021) la cirereta d’enguany: una proposta d’alçada que arriba sota la batuta del mestre David Lowery i gràcies a la molt honorable distribuïdora A24.


Està clar que Sitges torna a Sitges. Tant monstruós com sempre. És pràcticament impossible abraçar-lo tot, però tant o més difícil resistir-se a la pulsió de clavar les dents sobre més propostes de les quals hom pot digerir d’una tongada. En qualsevol cas, s’erigeixen en mig de la tempesta títols i esdeveniments que tenen la capacitat d’impregnar el certamen des d’una òptica necessària i compromesa. El fet que les primeres pel·lícules que obrin aquest Sitges siguin la nova de Lily Amirpour –com a pel·lícula inaugural– i l’estrident Titane (2021) de la prometedora Julia Ducornau –que recentment ha rebut la Palma d’Or a Cannes– s’entén com un gest a favor de la igualtat de gènere. Complementa aquesta decisió el programa WomanInFan, una injecció de suport al sector femení per augmentar el seu impacte a escala internacional. Aquest any, Sitges dóna una beca a les creadores Anna Moragriega (Ni oblit ni perdó, 2019), Irene Moray (Suc de Síndria, 2019) i Laura Ferrés (Los Desheredados, 2017). Una aposta claríssima vers l’empoderament que circula paral·lelament a l’exhibició de títols d’un fantàstic on les directores –exceptuant casos com el d’Alice Lowe (Prevenge, 2016), Karyn Kusama (La Invitación, 2015) o Coralie Fargeat (Revenge, 2017)– són minoria. Davant la càmera, les reines del crit seguiran atraient als parroquians de la por i arquetips com la víctima heroica, la venjadora diabòlica i la mare terrible no moriran mai. Però Sitges està facilitant l’equilibri de sexes en un territori principalment dominat pels homes.

Potser la pròxima vegada que gaudim de la sensual Elisabeth Brooks demanant una hamburguesa poc feta, descobrim a continuació una proposta dirigida per una dona capaç de trencar estereotips del fantàstic i el terror sense perdre ni un gram de qualitat.

Feliç Sitges i bon profit a totes i tots!