12 de febrero de 2019

Luz y materia gris: reflexiones acerca de Shyamalan y Glass


En una época donde algunos directores ejercen como gestores y se pasan, unos a otros, multitud de personajes y franquicias con las raíces hundidas en el mundo del tebeo –¿cuántos spidermans? ¿cuántos superhéroes reseteados? ¿cuántos tráilers de películas a modo de spoilers de otras películas? ¿cuántas secuelas, precuelas y títulos-congreso en lo que llevamos de siglo XXI?–, M. Night Shyamalan parece el único capaz de aportar una coherencia diegética a sus películas, de engendrar filmes a partir de sus propios filmes. Y sobrevivir en el intento.

Antes mago de la sorpresa que explotador de fórmulas, este cineasta de origen indio ha conseguido el perfecto pack mainstream sin la necesidad de manipular material ajeno ni caminar con pies de plomo entre los despachos de la gran industria para componer un relato superheroico por entregas. Al contrario, su obra más reciente perfila y expande libremente una mitología acuñada por él mismo a través de tres títulos imprescindibles:

a) El Protegido (Unbreakable, 2000) fue una primera y amarga carta de amor al arquetipo del superhéroe protagonizada por David Dunn, un espartano Bruce Willis. El descubrimiento de sus cualidades sobrehumanas, tras salir milagrosamente ileso de un accidente de tren, se destapaba en última instancia como bautizo maligno conjurado por Mr. Glass, terrorista y oráculo encarnado por Samuel L. Jackson. Así, pues, el poder de Willis como justiciero elegido por el destino partía, en realidad, de un acto calculadamente trágico que equilibraba los conceptos de salvación y muerte en una misma balanza: una estimulante reflexión sobre el Bien y el Mal entendidos como valores simétricos. Como un juego de antónimos que se atraen. Con todo, Shyamalan firmó este peliculón en una época donde Marvel Studios aún no había aterrizado y un blockbuster tan bizarro como Hulk (2003) presentaba unos signos de creatividad formal –trasladando el lenguaje del cómic al montaje y la composición– que sólo Spider-Man: Un Nuevo Universo (Spider-Man: Into the Spider-Verse, 2018) ha sido capaz de llevar a la excelencia.

b) Múltiple (Split, 2016), en cambio, era un cuento de terror con psychokiller incluido que versaba sobre el origen punitivo del Mal, encarnado por un poliédrico James McAvoy, y que a través de su última escena se convertía en algo más que el nuevo thriller del villano de las 1000 caras: la inesperada aparición de Willis como easter egg y cameo simultáneo estallaba en pantalla como una anagnórisis entre dos relatos que revelaba la naturaleza genealógica de los mismos. El giro final o twist ending –marca narrativa de la casa Shyamalan– adoptaba, así, una condición serial. La película mutaba, de repente, en secuela tardía de El Protegido y ofrecía una nueva cualidad al director como demiurgo de un universo fantástico necesariamente personal. No tanto en la línea de Roland Emmerich –que también recuperó recientemente su Independence Day con una interesante premisa postraumática–, sino en la de un autor capaz de ofrecer la sucesión de películas comerciales más esquinada, sesuda, inesperada y delirante de los últimos años.

c) Finalmente, Glass (2019), estrenada a comienzos de este año, ha rematado en alto el viaje aunando los tres mitos forjados hasta ahora –Willis, McAvoy y Jackson en la piel de los ahora fugitivos Dunn, The Beast y Mr. Glass– encerrados en un hospital psiquiátrico, el escenario idóneo de una película que también es carta de amor al cómic –y a sus infinitas posibilidades– y que sigue profundizando en los miedos, ambiciones y grandes facultades de su posmoderna Trinidad.

5 de febrero de 2019

The Old Man & the Gun (2018)



A comienzos de la década de 1980, nadie repara en Forrest Tucker, un anciano sonriente que se pasea por los bancos de Texas y trata con amabilidad al personal. Lo que pocos sospechan es que Tucker es un atracador minucioso, capaz de robar un banco y darse a la fuga sin disparar una sola bala. Un día, un ambicioso inspector de la policía local se ve involucrado en uno de los secuestros y decide empezar a investigar el caso. 

David Lowery pertenece a la misma generación que Jeff Nichols y Jeremy Saulnier, la de un reducido grupo de jóvenes directores independientes que escriben y dirigen sus propias historias ambientadas en el mundo rural de Estados Unidos y las contradicciones que lo pueblan. Lowery estrenó su primer largometraje en 2013, la historia de amor En un Lugar sin Ley (Ain't Them Bodies Saints), en el que conoció a su actor fetiche, el versátil Casey Affleck. En 2016 dirigió para Disney la nueva versión de Peter y el Dragón (Pete's Dragon), en la que contó con Robert Redford, y en 2017 volvió al circuito independiente con el éxito de la dura A Ghost Story. A finales de 2018 estrenó la película que hoy nos ocupa, la cual se basa en una oleada de atracos reales y supone la despedida de la interpretación de Redford, quien también produce la película. 


The Old Man and the Gun es una película sencilla, pequeña y modesta, pero no desdeñable, más bien lo contrario. Recurre a un estilo de dirección clásico, sin grandes artificios, con una marcada influencia del cine de Clint Eastwood y del propio Redford, y narra una historia agridulce, la de un ladrón de guante blanco con sus contradicciones y virtudes, un ser humano. Para retratar a este personaje, que al comienzo del filme resulta bastante enigmático, la película se nutre de los puntos de vista de aquellos que trataron con él, ya fueran su amante, sus compañeros de fechorías, su hija o el policía que intentó capturarlo. Las persecuciones se alternan con escenas más calmadas que, poco a poco, van desvelando los demonios que pueblan la vida de este truhan y el resultado es una película breve, simpática y de regusto clásico. 

1 de febrero de 2019

Green Book (2018)


Con el retraso que caracteriza a las distribuidoras españolas, hemos tenido que esperar hasta hoy para ver estrenada una de las películas más potentes de 2018: Green Book. Nominada a cinco premios de la Academia y con un gran apoyo por parte de la crítica, esta película dirigida por el otrora escatológico Peter Farrelly es un título de referencia en cuanto a calidad argumental e interpretativa.

El dúo Viggo Mortensen - Mahershala Ali está también nominado y se considera prácticamente segura la victoria del segundo en la categoría de mejor actor de reparto. Puede ser su segunda estatuilla tras la que obtuvo por Moonlight (2016). Esta historia acerca de dos hombres que cruzan sus destinos a lo largo de un viaje por el sur segregacionista de los Estados Unidos en los 60, con las dificultades que ello conlleva para el músico al que da vida Mahershala, promete infundir una buena dosis de fe en la conciliación social. Algo muy necesario en el presente que estamos viviendo, donde resurgen con fuerza movimientos políticos que abogan por recuperar viejas recetas de racismo y xenofobia, agitando el odio hacia la diversidad.

Nuestro amigo y colega Nestor Bentancor tuvo ocasión de ver la película hace ya varios meses y refleja en su vídeo-crítica la trascendencia dual de la película: calidad cinematográfica y valor social.

Os dejo con el vídeo. Estoy seguro que os interesarán sus reflexiones desde la meca del cine. Os recuerdo que Nestor Bentancor es un referente latino en cuanto a información hollywoodiense. Acumula un incipiente bagaje tanto en conocimiento de la industria como en cobertura de estrenos. Os invito también a seguirle en Facebook, Twitter y, por supuesto, en su canal de Youtube.

25 de enero de 2019

El impulso de Warren Beatty en Rojos (Reds, 1981)


Para sacar adelante Rojos (Reds, 1981), Warren Beatty debió pasar por un tour de force que quizá le sirvió para tomar más conciencia de la intensa lucha que su alterego en la pantalla, John Reed, debió librar en su contienda por levantar el Partido Comunista Americano

Adaptar en la gran pantalla la historia de John Reed conllevaba múltiples dificultades. En un país como Estados Unidos, donde el comunismo es una ideología política que abomina a todos los estamentos sociales y políticos, resultaba muy valiente tratar de explorar una trama que requería múltiples recursos y gran presupuesto. Solamente alguien que estuviera en la cresta de la ola, a nivel de éxitos y aprecio del público, podía atreverse a impulsar un proyecto semejante. Forzosamente, uno de los grandes estudios debía implicarse en una auténtica jugada de riesgo. ¿Qué cantidad de público podría ser atraída por un material de este tipo en Estados Unidos?

El retorno económico preocupaba a Beatty, pero eso no evitó que pusiera todo su empeño en la consecución de un objetivo que, según su criterio, ampliaba el espectro ideológico de Hollywood y lo hacía más abierto. Desde finales de los 60, la nueva ola de creadores ya había roto muchas barreras en la industria y Beatty creía que había llegado la época para que la historia de John Reed se presentara en un proyecto a gran escala. 

Beatty contaba con varias bazas a su favor. Era un actor de éxito y disfrutaba de una condición de sex-symbol que le garantizaba una base de aprecio hacia sus proyectos. Había destacado como intérprete y también como director, acumulando múltiples reconocimientos artísticos. Además, venía de conseguir un gran éxito con su última película: El Cielo Puede Esperar (Heaven Can Wait, 1978). Esta adaptación de una pieza teatral de 1938, había sido interpretada, co-escrita y co-dirigida por Beatty. Se trataba de una comedia trascendente que consiguió conectar emocionalmente con el público, haciendo feliz también a Paramount Pictures. Valiéndose de este éxito, Beatty demandó un aval de confianza a los ejecutivos de Paramount para llevar adelante un proyecto aún más personal.