14 de julio de 2020

Johnny Cash y su versión de "Hurt"


En 1994, Trent Reznor compuso la canción "Hurt" para su grupo Nine Inch Nails. La pieza se convirtió en una de las más destacadas de la banda y encabezó el álbum "The Downward Spiral". El "Hurt" original mantiene las constantes del rock industrial de los 90: letra depresiva y ritmo fluctuante.

Ocho años después de su salida comercial, la canción llamó la atención de una leyenda viva de la música: Johnny Cash (1932-2003). El gran intérprete, nacido en Arkansas, llevaba años alejado de los escenarios pero nunca había dejado de publicar álbums de estudio. Cuando su manager le pasó una nueva lista de canciones para versionar, "Hurt" captó rápidamente la atención del artista y se decidió a convertirla en el buque insignia de su álbum "American IV: The Man Comes Around".

Los arreglos introducidos en la canción acentúan si cabe la tristeza y el sentimiento melancólico. También se realizaron pequeños cambios en la letra para sustituir las blasfemias y acomodarla al legado profundamente cristiano de Cash. Pero no nos engañemos, el ingrediente fundamental para convertir esta versión en una canción para la historia lo aportó el mismísimo cantante con su sentida y desgarrada interpretación. 

Johnny Cash llevaba casi cincuenta años de carrera cuando afrontó la grabación del single. Su ecléctica trayectoria se balanceó constantemente entre el country, el rock & roll, el folk, el rockabilly e incluso el gospel. Pero además de su probada versatilidad, Cash destacó por ser el más alternativo y oscuro del grupo de cantantes solistas que surgieron del estudio Sun Records de Memphis, que dirigía en ese momento el legendario productor Sam Phillips. A mediados de los 50, coincidieron allí futuras estrellas como Elvis Presley, Jerry Lee Lewis, Roy Orbison y Carl Perkins, entre otros. Johnny Cash compartió con ellos movidas de todo tipo, adicciones a sustancias y giras interminables por todo el país. No obstante, siempre guardó en lo más profundo de su alma unos demonios interiores, originados en el seno de su familia durante su niñez y adolescencia, que poco a poco fueron saliendo para dotar a su producción musical de un carácter sombrío y enigmático. Todo ello no estuvo reñido con el éxito puesto que Cash es uno de los cantantes más exitosos y laureados de la historia (18 premios Grammy, más de 90 millones de discos vendidos en todo el mundo). Además, también destacó como actor tanto en cine como en televisión. 

No obstante, esa dura carga emocional, siempre estuvo presente en su trayectoria. Su psique torturada se añadía a su talento natural y la voz grave inconfundible que traía de fábrica. Con el tiempo, permitió que la música y las adicciones al alcohol y a las drogas fueran su vehículo para exorcizar sentimientos reprimidos de frustración que procedían de diversos frentes: un autoritario padre, las duras condiciones de vida en el campo en plena depresión económica, y especialmente, la trágica muerte de su hermano mayor mientras trabajaba en los campos de maíz de Arkansas.

7 de julio de 2020

Recordando a Ennio Morricone: The Untouchables


Ennio Morricone ha sido uno de los grandes compositores de bandas sonoras cinematográficas de la historia. Considero que forma junto a John Williams, Jerry Goldsmith, John Barry, y Elmer Bernstein, el quinteto de los mejores del cine en el periodo 1960-2000.

El compositor italiano, nacido en 1928, ha sido el responsable de casi 500 bandas sonoras en una carrera larga y enormente prolífica. Sus composiciones han sido esenciales y estan bien presentes en la memoria colectiva de los aficionados. Ahora bien, en el artículo que nos ocupa quiero destacar una de ellas. Se trata de uno de sus mejores trabajos, Los Intocables de Elliot Ness (1987). El film que dirigió Brian de Palma y que contó con un reparto magnífico formado por Kevin Costner, Sean Connery, Andy Garcia, Charles Martin Smith, Billy Drago, y un inconmensurable Robert de Niro como Al Capone, no hubiera llegado al mismo nivel de trascendencia sin la música del gran Morricone.

El trabajo completo que realizó el compositor romano para el film es una autentica obra maestra con piezas que recorren todo el espectro emocional y que se configuran en el mejor acompañamiento posible para la potente puesta en escena del film.

Hay tres temas, en especial, que quiero reseñar:


The Strenght of the Righteous (opening theme), con un ritmo que empieza siendo intimista y que va agudizando la tensión harmónica para convertirse en una pieza que nos pone en situación. Vamos a ver un film, intenso, dramático, contundente, pero a la vez fuertemente humanista.



Four Friends, el tema más emotivo de la composición. Ilustra a la perfección el aprecio que le cogemos a los cuatro miembros del grupo de Intocables y refleja también la tristeza que nos embarga cuando dos de ellos caen víctimas del lacayo más implacable de Capone, el despiadado Frank Nitti (Billy Drago). Una pieza maravillosa.



The Untouchables (End Title). No hay mejor manera de acabar una película que hacerlo con una pieza musical brillante, que tiene una capacidad para generar un entusiasmo catártico, mientras vemos a Elliot Ness alejandose y mezclandose con los habitantes del Chicago de 1930, tras la satisfacción del deber cumplido. Una composición que también suena en una de las grandes set pieces de la cinta, la que nos lleva a Canadá para ver en acción al grupo de Los Intocables en su primera gran redada. Morricone entendió a la perfección el film y su trabajo se ajustó a ello contribuyendo enormemente al éxito de una película que, aunque no sigue la crónica histórica de los hechos reales, es una muestra impecable de cine de acción e intriga.

 

30 de junio de 2020

North by Northwest: a film for the ages



Ante similar intro, es difícil no quedar atraído por la película desde el primer segundo. Una espléndida unión entre el talento de Saul Bass para crear presentaciones y el de Bernard Herrmann en la composición musical. North by Northwest empieza siendo una película urbana, que vibra con el ritmo incesante de la ciudad de Nueva York. Pero no nos presenta un asesinato cometido en la Gran Manzana sino que nos conducirá a una trama de conspiraciones, con diversidad de escenarios, que irá aportando multitud de elementos que configuraron las bases de lo que hoy denominaríamos "thriller de acción".

Hitchcock quería que la banda sonora marcara, desde el principio, el tono de la película. El espectador debía percibir la intriga que presidiría el argumento pero también empezar a sentir el ritmo narrativo incesante a través de los agudos acordes de la partitura de Herrmann. Visualizamos la ciudad a través del reflejo de la calle en un acristalado edificio de oficinas. Casi parece que estamos ante un tablero de juego en movimiento, justo antes de empezar a ver la aparente normalidad de una urbe en hora punta. Calles en plena ebullición y gente presionada por el tiempo que lucha dentro de las oficinas y también fuera para lograr subirse en un taxi antes que otro. Incluso el propio director no es lo suficiente rápido para subir al autobús. No hay piedad para los lentos, no hay tiempo para pensar porque, en pocos segundos, tu oportunidad de conseguir lo que quieres o probar que eres alguien distinto puede evaporarse ante tus ojos.

El fragor al que ahora estamos tan acostumbrados ya existía en las ciudades norteamericanas desde los años 30 pero este caos organizado, este equilibrio inestable, te traslada una sensación perturbadora gracias a la música. Tal como hizo Vincente Minnelli en el inicio de Como un Torrente, presentimos que algo oscuro se va a cernir sobre el protagonista principal. Se trata de un uso impecable de la narrativa del sonido.

Y hablando del protagonista, le conoceremos rápidamente. El publicista Roger Thornhill (Cary Grant) es un hombre que lo tiene todo. Sofisticado y elegante, es un dominador absoluto del espacio urbano y se cree capaz de superar cualquier escollo. Resulta, pues, muy interesante que un personaje así se vea, de repente, privado de todo y tenga que moverse por terrenos inciertos y desconocidos. La película es la crónica del crecimiento de su personaje. Acostumbrado a una vida superficial, se ve obligado a comprometerse, a ir más allá de su egocentrismo, para salvar a otra persona. Sólo cuando el personaje del Profesor (Leo G. Carroll) le confiesa que Eve Kendall (Eva Marie Saint) es una agente doble, acepta Thornhill colaborar. Le vemos vulnerable por primera vez. El rey de Madison Avenue muestra sus pies de barro.

Para explicar esta historia que contiene muchos elementos improbables, Hitchcock debe suspender la lógica y convertir el escepticismo del espectador en credulidad. Y eso lo consigue con el movimiento, la emoción incesante, y el ritmo constante de la trama. A la narrativa del sonido, el director añade una de sus marcas de clase: la narración visual. Un factor determinante que halla su clímax inmortal en la secuencia, de ocho minutos, que acontece en medio de un paraje agrario y deshabitado, cercano a Chicago (en realidad East Bakersfield, en California). En ella, Hitchcock lo deja todo en manos de la cámara y, prácticamente sin diálogos, configura una de las escenas de suspense y acción más bien logradas de la historia del cine. En base a pequeños detalles que se van insinuando, la secuencia crece exponencialmente, aumentando progresivamente la tensión y centrando la mirada en un hombre, que está fuera de su entorno habitual, y que deberá enfrentarse a lo inesperado.


Y como no, el macguffin. Nunca llegamos a conocer los datos más importantes de esta conspiración de espionaje, tampoco sabremos el contenido del ansiado microfilm que centra el plan de Philip Vandamm (James Mason). Tales datos son una excusa para precipitar los acontecimientos. Intuimos que hay una lucha entre las grandes potencias por un gran secreto estratégico pero, revelar su contenido, sólo supondría un desvío hacia lo irrelevante.

Hablando de Vandamm o "Lester Townsend", cabe resaltar también su entrada en escena. Aparece en la sala en que retienen a Thornhill y demuestra, desde el principio, que es un villano de altos vuelos. Distinguido y refinado, no pronuncia ninguna palabra mientras parece rodear a su "invitado" en el camino hacia la ventana. Corre la cortina, enciende una luz e inicia su intervención con la misma distinción que ha mostrado hasta el momento. Hitchcock utiliza el contraste de luz para mostrarnos a la réplica oscura de Thornhill. Cree estar ante George Kaplan, está convencido de ello, y no se dejará engañar por lo que él concibe como "juegos de espías". Su aparente afabilidad no está exenta de brutalidad y pronto tendremos la oportunidad de descubrirlo.


En conclusión, podemos decir que, para unir todos estos elementos tan dispersos, se requería de un gran cineasta que fuera capaz de suspender la lógica del espectador convirtiendo la película en una auténtica obra maestra del entretenimiento y el suspense.

Es indudable que Con la Muerte en los Talones marcó un canon que seguirían muchas películas de espías en los años subsiguientes. Y, obviamente, la saga Bond, que estaba a punto de iniciar su andadura en el cine, se inspiró en el clásico de Hitchcock para situar las aventuras del agente 007 interpretado por Sean Connery. Es evidente que la secuencia en la que Bond es perseguido por un helicóptero en Desde Rusia con Amor (1963), guarda numerosos parecidos con la mítica set piece del avión en North by Northwest.

Ian Fleming siempre pensó en Hitchcock como director indicado para dirigir un film de Bond y llegó a enviarle un telegrama pero el realizador británico nunca estuvo interesado en ningún proyecto de la saga y la esperanza se quedó en nada. Lo mismo ocurrió con Cary Grant, que también era el preferido por Fleming para el papel de 007. Nunca llegó a recibir una propuesta formal puesto que se veía como una opción absolutamente imposible.

Otra influencia clara es, obviamente, la que vemos cada semana en los episodios de Mad Men. El showrunner Matthew Weiner ha reconocido, en más de una ocasión, que la caracterización visual de los personajes y el ambiente general de la película, contribuyó enormemente a la hora de definir la puesta en escena de la serie.

24 de junio de 2020

La creación de un clásico del cine: Con la Muerte en los Talones (North by Northwest, 1959)


A finales de los 50, Alfred Hitchcock gozaba de su etapa más éxitosa y Metro Goldwyn Mayer ansiaba producir un proyecto que llevara su incomparable sello. Tras el estreno de Vértigo (1958), los ejecutivos de la MGM le contactaron ofreciéndole la dirección de The Wreck of the Mary Deare, un relato criminal de acción en alta mar. Para tal ocasión, Hitch decidió contratar al prestigioso guionista Ernest Lehman, que había destacado por los libretos de Sabrina, The King and I, y Sweet Smell of Success (más conocida en nuestro lares como Chantaje en Broadway).



Hitchcock y Lehman empezaron a reunirse para dar forma al guión de Mary Deare pero muy pronto vieron que no sentían demasiado interés por el material que procedía de la novela de Hammond Innes. El propio Lehman llegó a confesarle a Hitch que no se veía capaz de sacar nada bueno de ese libro. Ante tal bloqueo creativo, empezaron a hablar sobre otras posibilidades. Entre ellos había surgido una buena conexión y pasaban largos ratos charlando en las oficinas del director en Paramount studios.

Hitchcock explicó su interés por hacer una película que incluyera una escena dentro del Cuartel General de la ONU en Nueva York, y también una secuencia de persecución en el emblemático Mount Rushmore. Eso les llevó a pensar en un thriller de ritmo endiablado, con constantes cambios de escenario, y en el que pudiera complementarse el suspense y la acción con notas de sofisticación y glamour, algo que encajaría muy bien con la trama de espionaje que Lehman empezaba a vislumbrar. El guionista se propuso entonces escribir "the ultimate Hitchcock film", una película que sumara los principales valores de la obra del realizador británico llevándolo hasta el límite en términos de gran producción.

El director recordó una historia que un periodista amigo suyo le había contado sobre las identidades secretas que asumían los espías y que, en ocasiones, se convertían en señuelos para despistar al enemigo sobre la verdadera misión de los agentes infiltrados en las potencias enemigas. Con tales preceptos, Lehman escribió 65 páginas que definían la premisa del film puesto que representaban el 20% de la película. El material entusiasmó a Hitchcock y lo utilizó para convencer a los ejecutivos de la MGM sobre la conveniencia de dejar atrás la idea de Mary Deare (que acabó dirigiendo Michael Anderson, con Gary Cooper y Charlton Heston en los papeles principales) y centrarse en este interesante argumento de nueva creación.



Con el guión terminado quedó claro que el film iba a exigir mucho a nivel técnico y logístico requiriendo, por consiguiente, un gran presupuesto. El estudio no tuvo problema en asumir los tres millones de dólares (una cantidad muy relevante para la época) que pidió el director puesto que habían luchado mucho para contratarle y estaban dispuestos a satisfacer todas sus peticiones.

James Stewart, que había trabajado con Hitch en cuatro ocasiones, estaba muy interesado en el papel protagonista pero el director veía más a otro de sus actores fetiche para el papel del refinado Roger Thornhill. Y ese no era otro que Cary Grant. No resultaba difícil verle como un publicista de Madison Avenue (un colega perfecto para Don Draper), engreído y sofisticado, que se ve envuelto en una trama de conspiraciones e incontables peligros por un simple malentendido.


Hitch logró incorporar al genial James Mason para el papel del villano Philip Vandamm y consiguió sustituir a la actriz contratada por la MGM, Cyd Charisse, por otra rubia enigmática: Eva Marie Saint.

"North by Northwest", un título que queda completamente justificado al ver el recorrido que nos plantea la trama argumental. El rodaje se inició con exteriores en las tres localizaciones que configuran este trayecto, aprovechado muy hábilmente por Hitchcock, en uno de los anuncios promocionales de la película, tratando la historia como si fuera un tour turístico para viajeros con espíritu de aventura. Nueva York fue la primera parada de esta ruta incorporando las escenas rodadas en Madison Avenue y en el Hotel Plaza. Resulta curiosa la anécdota concerniente a la filmación del plano en que se ve a Cary Grant subiendo las escaleras de acceso a la sede de la ONU. Debido a la prohibición absoluta para rodar allí, Hitchcock optó por cometer una pequeña ilegalidad, rodando de incógnito desde un camión que estaba en la acera frontal.


También se visitaron diferentes ubicaciones de Long Island antes de pasar a Chicago y finalmente a Rapid City (Dakota del Sur) desde donde el equipo se desplazó a Mount Rushmore para la filmación de secuencias de entorno.


Tras esta primera fase, la producción se trasladó a los estudios de la MGM en Culver City (California) para el rodaje de interiores. Robert Boyle, diseñador de producción, ya tenía listos los decorados que reproducían las caras de los Presidentes en Mount Rushmore. Un reto importante pero absolutamente necesario para poder recrear el clímax de la cinta.

Esta fase en los sound stages también se combinó con la filmación de algunas otras escenas exteriores, destacando obviamente la famosa secuencia en la que Cary Grant es perseguido por un avión "in the middle of nowhere". La emblemática secuencia se rodó en East Bakersfield (California) aunque en el film representaba un paraje desolado de Illinois. Para evitar riesgos, se combinó el rodaje de escenas exteriores con planos grabados en el estudio en los que Cary Grant se lanzaba al suelo y reaccionaba al acoso del aeroplano.


Tras 78 días de rodaje, Hitchcock puso fin a la filmación añadiendo una imagen para la conclusión que no estaba prevista en el guión de Ernest Lehman. Caracterizado siempre por su gran astucia a la hora de engañar y burlar a la censura con recursos estilísticos imaginativos, Hitch definió una espléndida metáfora de lo que podía suceder en la noche de bodas del matrimonio Thornhill al poner el The End mientras el tren que los conduce a su luna de miel entra en un túnel. Lo dicho, la brillante ocurrencia de un genio en una época en la que no se podía enseñar y, a veces, tampoco sugerir. Así lo explicaba el director con su habitual ironía:

"There are no symbols in North by Northwest. Oh yes! One. The last shot, the train entering the tunnel after the love scene between Cary Grant and Eva Marie Saint. It's a phallic symbol. But don't tell anyone."


Ernest Lehman, por su parte, sí que se propasó en una línea de guión que tiene lugar durante la insinuadora escena en que Eve Kendall (Saint) flirtea con Thornhill (Grant). Llegó a rodarse la escena con ella diciendo lo siguiente: "I never make love on an empty stomach...". Obviamente, en postproducción, la escena fue corregida y la actriz se dobló con estas palabras: "I never discuss about love on an empty stomach".


En un próximo artículo plantearé algunas reflexiones interesantes sobre este clásico inmortal.