14 de noviembre de 2018

El día que conocí a Stan Lee


En la fría primavera de 2014, vivía en un pueblecito del Medio Oeste. A finales de abril pedí un día libre en el trabajo y viajé a Chicago para asistir a la C2E2 (Chicago Comic and Entertainment Expo). Dejé atrás los campos de maíz y la nieve y acudí a la inauguración de la convención el viernes, donde reinaba un ambiente de celebración y miles de personas de distinta procedencia, raza y religión nos reuníamos para festejar nuestra pasión común por la cultura popular.


Nada más acceder al recinto, fui directo al puesto de la editorial Marvel, donde sorteaban firmas de Stan Lee, el famoso guionista y editor de cómics, aquel héroe de la infancia que me hablaba en sus tebeos. Decidí probar suerte y participar en el sorteo (de lo contrario, las firmas de Stan costaban 80 dólares), metí la mano en una caja y saqué una papeleta.

¡Tenemos un ganador! —anunció uno de los responsables de Marvel.

No me lo podía creer. En la papeleta que saqué figuraba una imagen de Mary Jane Watson con las famosas palabras que pronunció en su primera aparición en los cómics: «Te acaba de tocar la lotería, tigre».

Di una vuelta por el pabellón y a mediodía volví al puesto de Marvel, donde los afortunados esperaban en fila a que llegase Stan. Las normas de la sesión de firmas eran estrictas, solo podías llevar un cómic para que te lo firmase y no podías hacerte fotos ni selfies con el autor. Ante tal situación, elegí que me firmase un ejemplar del 365 de The Amazing Spider-Man, número que celebra los treinta primeros años del personaje y que incluye una reflexión sobre este período y una historia breve escrita por Lee (este mismo ejemplar me lo había firmado antes el dibujante Mark Bagley, que fue bastante arisco en el trato con los fans). Hubo quien optó por llevar el martillo de Thor o un Funko del propio autor para que se los firmase.

Pasé el control de seguridad y esperé con paciencia a que llegara mi turno. Subí al escenario y allí estaba Stan Lee, un anciano afable y lleno de energía que bromeaba con que se había afeitado su característico bigote aquella mañana. Me firmó el cómic de Spider-Man y le tendí la mano, que me estrechó con fuerza.

Muchas gracias por todo, Stan —le dije.

Gracias —me contestó con una sonrisa.

Bajé del escenario, me sequé las lágrimas de la emoción y contemplé el final de la sesión de firmas. Cuando hubo terminado, Lee se puso de pie y posó ante las cámaras del público, se puso a hacer el gesto de Spider-Man cuando lanza las telarañas y se despidió gritando «¡Excelsior!» a pleno pulmón.

Las fotos que le hice salieron borrosas y movidas, puede que por los nervios, mi escasa pericia o por la baja calidad de la cámara digital, aunque prefiero creer que fue porque resulta imposible capturar la esencia de una leyenda en una simple instantánea.

Hasta siempre y, de nuevo, muchas gracias por todo.


13 de noviembre de 2018

Adiós al gran Stan Lee (1922-2018)


Stanley Martin Lieber. Poco puedo decir que no se haya dicho ya. En un mundo en el que el comic book, la novela gráfica o el tebeo en general es un entretenimiento para niños, "The Man" Lee consiguió que estos dejasen de considerarse como tal al dotarlos de personalidad y problemas "humanos".

Stan "The Man" Lee consiguió dar una vuelta al concepto de "superhéroe". Si el Superman de Shuster y Siegel era la quintaesencia del superhéroe, valiente, fuerte, infalible, Lee dotó de humanidad al superhéroe.

Stan Lee dio voz a los marginados, a los raros, a los empollones, a los rechazados. Sus héroes (Spider-Man, The X-Men) no eran populares, no eran aclamados, no eran los mejores. Eran marginados, eran temidos y odiados por ser diferentes. Pero no por ello dejaron de luchar. Los superhéroes de Stan Lee eran poderosos, sí, pero conscientes de su poder. Conscientes de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

A continuación, hemos recopilado algunas de las reacciones que se han producido tras conocerse el fallecimiento del maestro:

9 de noviembre de 2018

Millenium: Lo que no te Mata te Hace Más Fuerte (The Girl in the Spider's Web, 2018)


A ver, antes de empezar, tenemos que centrarnos un poco, porque si no el que no esté al día en la saga Millennium va a perderse. En su momento, Stieg Larsson se sacó un trilogía de libros protagonizados por Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist que hizo que el mundo se centrara en la novela policíaca nórdica —aunque ya había algunos que hacía años que funcionaban—, por lo que irremediablemente fueron llevadas al cine siendo todo un bombazo, aún siendo una producción sueca. Y es entonces cuando los dólares entraron en juego e hicieron la cosa más estúpida del cine —solo al alcance de unos pocos—, hacer un remake americano solo un par de años después de que se estrenaran las originales. ¿Por qué? Quién lo sabe. Aunque en el proyecto había nombres propios como David Fincher o Daniel Craig, la cosa no cuajó porque, además de no ser tan buena como la primera película —porque solo se hizo una, cosa de la taquilla—, el público ya había tenido su dosis de Millennium. Ahora, casi una década después del estreno de las tres películas suecas, y con nuevas historias firmadas por David Lagercrantz, las productoras americanas, para no perder los derechos sobre las adaptaciones, han optado por saltarse las tres primeras historias en un reboot innecesario, y adaptar la cuarta, en algo que también era innecesario. Pero dejemos de preámbulos y metámonos de lleno en Millennium: Lo que no te mata te hace más fuerte… la traducción más lógica de The Girl in the Spider’s Web, a la vez la traducción más sensata del original sueco Det som inte dödar oss, algo así como Lo que no nos mata… ¿Lo habremos hecho bien por una vez?

Tras unos años desaparecida, aunque haciendo de las suyas como justiciera, Lisbeth Salander regresa al mundo real cuando se ve involucrada en una trama de espionaje internacional. Un ingeniero sueco le pide que robe del sistema de la NSA americana, un programa que les estaba haciendo para poder controlar todos los silos de misiles del mundo; pero, cuando los tiene en su poder, se los roba una organización mafiosa, que no duda en acabar con el ingeniero y hacerse con su hijo, la única clave para resolver el código de acceso. Será entonces cuando Lisbeth deberá hacer lo que esté en sus manos para salvar al chico e impedir la fin del mundo, como tener que enfrentarse a fantasmas del pasado.

Antes de ahondar en una historia más propia de un argumento de James Bond, fijaos que en ningún momento he mencionado a Mikael Blomkvist, simplemente porque su personaje aparece pero no juega ningún papel en la trama, pero ninguno, ninguno, vamos que si no sale ni te enteras. Además, el actor que le da vida, Sverrir Gudnason, parece no tener sangre en las venas o tenerla muy fría —perdón por la broma «nórdica»—, pero comparado con Michael Nyqvist, es una broma de mal gusto.

Algo parecido sucede con Claire Foy y su Lisbeth. A pesar de bordar su papel de joven reina Elizabeth II en la serie The Crown. No es que lo haga mal, pero su interpretación, comparada con la de Noomi Rapace, no es ni comprable. Es como si le faltara algo, tan solo está formada por postureo, cara de mala hostia y muchos piercings.


8 de noviembre de 2018

Overlord (2018)


El 6 de junio de 1944 se llevó a cabo la que se conoció como la Operación Overlord, o lo que es lo mismo, la invasión más grande jamás vista en la historia, formada por aviones, barcos, soldados, paracaidistas, etcétera. Todo para acabar con el dominio de Hitler y el nazismo sobre Europa y terminar con la amenaza que suponían. Sin embargo, lo que no sabía el alto mando de los Aliados era que, tras líneas enemigas, se escondían otras amenazas mucho más peligrosas, no solo para estadounidenses, británicos y franceses, sino para la raza humana.

Una compañía de paracaidistas, cuya misión consiste en derribar una torre de comunicaciones, después de perder la mayoría de sus efectivos, llegan al pequeño pueblo en el que se encuentra su objetivo. Pero, para su sorpresa, descubren que las paredes de la vieja iglesia que sirve como base de operaciones a un destacamento alemán, esconden unos experimentos científicos que pretenden dar vida a los soldados perfectos para el Reich de los Mil Años… unos soldados sobrenaturales.

Para no ahondar más en detalles la idea de partida es esta, en los experimentos nazis con elementos sobrenaturales. La idea, aunque muy tópica, es lo suficientemente potente como para dar de si una película, incluso una serie de Netflix —no es que esté dando ideas, pero como ejemplo me viene que ni pintado—; sin embargo, cuando nos fijamos un poco en lo que hay tras la idea descubrimos que es un telón que no esconde escenario tras él —como algunas series de Netflix, que tienen más relleno que el pavo de Acción de Gracias—. Si quitamos toda la parafernalia —es decir una ambientación que cojea un poco, como veremos más adelante—, y los momentos de tensión provocados por los jumpscares y la música ambiental, realmente tenemos la historia más tonta y cogida con pinzas que he visto en una buena temporada, al menos en una producción internacional dirigida a cautivar el público en las grandes salas. Con esto no quiero decir que no se puedan hacer pelis con estas premisas y tramas simples, pero es que en este caso no están vendiendo una peli de serie B —como aquellas que todos recuerdan con cariño de finales de los 80 y los 90—, como si hubieran descubierto el fuego. Para explicarme mejor, a pesar de que descubren un lugar maligno —muy propio de los videojuegos como los de Wolfenstein, porque el parecido no se puede negar—, todo el rato los soldados parecen tener entre ceja y ceja el hecho de que solo deben cumplir su misión, pero, al mismo tiempo, hacen todo lo posible para que no nos los creamos, infiltrándose en la base secreta, toqueteando lo que no tienen que tocar, y liarla parda con unos experimentos que ni tan siquiera los «malos» saben que suponen. Solo cuando quedan veinte minutos de peli nos recuerdan que deben derribar la torre de comunicaciones antes de que llegue el resto del desembarco… dentro de veinte minutos, mira tú que casualidad.

Otra de las patas de la que cojea Overlord es el terror, no existe. Es decir, sí que es una historia de miedo, sin embargo parece que nos preparen para los sustos, como si quisieran evitárnoslos, manteniendo la cámara en un lugar en el que sabemos que saldrá algo que nos hará saltar, por lo que si ya se ha visto alguna que otra peli del estilo, lo más probable es que nos digamos: «ahora saldrá un monstruo», y va y sale… Menuda sorpresa.