14 de febrero de 2020

Historias de Hollywood: Kirk Douglas y el nido de cuco


Al recordar Alguien Voló Sobre el Nido de Cuco (One Flew Over the Cuckoo's Nest, 1975), nos viene a la mente, de forma inmediata, la extraordinaria interpretación de Jack Nicholson en el papel del criminal sexual Randle McMurphy. Pero en Hollywood las intrahistorias son siempre interesantes. Veamos lo que ocurrió en este caso...

El legendario Kirk Douglas, mito viviente del cine a los casi 101 años, vivía una etapa de control creativo absoluto a principios de los 60. Había conseguido levantar de la nada el proyecto de Espartaco (Spartacus, 1960), enfrentándose al establishment hollywoodiense al contar con Dalton Trumbo como guionista. Superó también las dificultades sobre el alto presupuesto de la cinta y, finalmente, ofreció un nuevo ejemplo de su poder al despedir al director inicialmente previsto, Anthony Mann, sustituyéndolo por el incipiente y brillante Stanley Kubrick, con el que había trabajado en Senderos de Gloria (Path of Glory, 1957).

El éxito secundaba las acciones de riesgo que tomaba Kirk Douglas en cada momento pero quizá no esperaba que el primer revés le llegara con un proyecto del que se sentía muy seguro. Durante la temporada teatral de 1963-64, Kirk representó en Broadway la adaptación de la novela de Ken Kesey titulada One Flew Over the Cuckoo's Nest. El éxito de la pieza entre el público y la fuerza intrínseca del material le convencieron para intentar convertirla en película.

Sin embargo, los constantes esfuerzos de Kirk chocaron con la voluntad de diversos estudios que rechazaron la propuesta por la contundencia visceral del material. Ante los diversos rechazos, decidió transferir los derechos a su hijo, el joven aspirante a actor Michael Douglas. De alguna manera, pensó que su hijo podría revender los derechos si su carrera no arrancaba, por lo que tendría un cojín de seguridad en sus inicios.

No obstante, Michael no lo consideró así. A medida que fue entrando en el mundo de la televisión, se granjeó contactos, especialmente en United Artists. La compañía fundada por Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y D.W. Griffith en 1919, pasaba una época de indecisión y malos resultados. Necesitaba una película que impactase y, en el contexto en el que se encontraba, una historia desgarradora que transcurre en una siniestra institución psiquiátrica no les asustaba. Eran conscientes que solo con una película exigente saldrían del ostracismo que sufrían.


Así pues, United Artists apostó sin fisuras por una historia donde se visualizaban terapias psiquiátricas extremas como el electroshock e incluso la lobotomía. Veían a alguien de la nueva generación hollywoodiense al mando de la producción y su entusiasmo se contagió entre los ejecutivos. Además, Douglas incorporó a un productor experto como era Saul Zaentz y juntos edificaron las bases de una película que los guionistas Lawrence Hauben y Bo Goldman y el director, Milos Forman, acabaron de ensamblar.

La noticia triste para Kirk Douglas fue que, en 1974, contaba ya con cincuenta y ocho años. Era demasiado mayor para interpretar a McMurphy. Se necesitaba a alguien más joven y rompedor. Es entonces cuando entró en escena Jack Nicholson, quien fue recomendado por Hal Ashby durante la época en que éste consideró el puesto de dirección.

Michael Douglas complementó el casting con la presencia de su amigo Danny De Vito y especialmente con el fichaje de Louise Fletcher para el papel de la enfermera Ratched. El film se estrenó en 1975 y fue un éxito rotundo. La recaudación de la época ascendió a 109 millones de dólares sobre un presupuesto de 4,4.

Y en la gala de los Oscar de 1976, la película se alzó con los cinco galardones más importantes: película, dirección, interpretación masculina principal, interpretación femenina protagonista, y guión. Desde 1934 con Sucedió una Noche (It Happened One Night), no se había visto nada parecido en los Oscar.

La decepción personal de Kirk fue grande pero fue compensada por la satisfacción de ver a su hijo alzando una estatuilla y, al mismo tiempo, preparando el trampolín para su éxito como actor en los años subsiguientes.

7 de febrero de 2020

Jojo Rabbit y el ascenso de Taika Waititi


Por méritos propios, Jojo Rabbit se ha convertido en una de las películas de 2019, ha conquistado al público internacional, cuenta con seis nominaciones a los Oscar, se ha llevado el BAFTA a mejor guion adaptado y, ante todo, ha supuesto la consagración de su director, Taika Waititi.

Este joven maorí de familia judía despuntó en 2004 con el cortometraje Two Cars, One Night, una sencilla historia de amor entre niños neozelandeses que le valió una nominación al Oscar (el corto completo puede verse aquí). En 2007, Waititi dirigió Eagle vs. Shark, una comedia concebida para el lucimiento de su amigo, el humorista Jemaine Clement, a quien volvió a dirigir en varios episodios de la serie Flight of the Concords.

En 2010 estrenó Boy, su primera película como autor completo y uno de sus títulos más personales hasta la fecha. Narra la historia de un niño que, tras la muerte de su madre, vive con sus hermanos y primos entre la pobreza de una reserva maorí. Waititi escribe, dirige y se reserva el papel del padre del protagonista, un expresidiario obsesionado con encontrar un antiguo tesoro. Boy sienta los motivos recurrentes en el cine de Waititi: niños protagonistas que se ven envueltos en circunstancias fuera de su control, padres ausentes, una sátira sobre el racismo y la exclusión social, la defensa de la cultura de los nativos neozelandeses (no en vano, la película mezcla una haka con la música de Michael Jackson) y la combinación equilibrada entre el drama y la comedia absurda, esta última heredada de exponentes británicos como los Monty Python y Rowan Atkinson. Además, Boy supone la primera colaboración entre Waititi con su actriz fetiche, la también maorí Rachel House.


La siguiente película del director kiwi se convirtió en un fenómeno viral y lo acercó al gran público. En 2014, Taika Waititi y Jemaine Clement coescribieron y codirigieron Lo que Hacemos en las Sombras (What We Do in the Shadows), que adapta un corto previo del mismo dúo. Filmada en clave de falso reportaje, la película documenta el día a día de un grupo de vampiros en la Nueva Zelanda actual, sus escapadas nocturnas, los conflictos con los hombres lobo y los problemas de convivencia. Tras pasar por multitud de festivales y muestras de ciencia ficción y terror, acabó estrenándose en el circuito comercial. Tal fue su éxito que ha generado dos series derivadas: Wellington Paranormal (2018), acerca de los policías que investigan los fenómenos sobrenaturales en la capital neozelandesa, y What We Do in the Shadows (2019), la divertida versión estadounidense del documental de vampiros para la que el propio Waititi escribe y dirige varios episodios.


Disney confió en el director kiwi para reflotar la franquicia de Thor, pero le dieron tiempo para que terminase su próxima película. A la Caza de los Ñumanos (Hunt for the Wilderpeople, 2016) cuenta la odisea de Ricky Baker, un problemático niño maorí al que adopta una pareja de granjeros. Como no consigue adaptarse a su nueva familia, Ricky se fuga, se pierde en las montañas y conoce a varios personajes pintorescos mientras le persigue una tenaz representante de los servicios sociales, a la que interpreta Rachel House. Por desgracia, esta maravilla y alocada película apenas se distribuyó en cines.


En Marvel Studios, Waititi se enfrentó a la difícil tarea de insuflar nueva vida a la saga de Thor en solitario. La primera entrega de Kenneth Branagh sentó las bases del conflicto entre el protagonista, su hermano y su padre, pero la segunda fue una película insulsa y vacía. Thor: Ragnarok (2017) adapta con libertad la etapa más celebrada de los cómics del personaje, la escrita y dibujada por Walter Simonson. Retrata a un dios del Trueno que no es más que un niño grande. Aun así, el hijo de Odín ha de afrontar la muerte de su padre y los conflictos que lo separan de sus hermanos. Además, intenta salvar a su pueblo, que se ha visto forzado a exiliarse. En un reparto plagado de caras familiares, Waititi se reserva uno de los papeles más divertidos, el del tontorrón alienígena Korg, y le guarda otro a Rachel House. Thor: Ragnarok es, sin duda, una de las películas más brillantes y personales de las que han salido de la factoría Marvel Studios.

Antes de comprometerse con más superproducciones, Taika Waititi ha adaptado y dirigido Jojo Rabbit (2019). El niño que da título a la película se alista en las juventudes hitlerianas en plena Segunda Guerra Mundial, pero pronto comienza a descubrir las muchas mentiras que el Tercer Reich cuenta sobre los judíos y las atrocidades que comete. Jojo Rabbit despliega la habitual mezcla de tragedia y comedia de las obras de Waititi, recopila los motivos que explora en toda su filmografía (padres ausentes, racismo, niños en situaciones extraordinarias…) y los pasa por el filtro de las sátiras sobre el nazismo, con especiales guiños a El Gran Dictador (The Great Dictator, 1940), Ser o no Ser (To Be or Not to Be, 1942) y Los Productores (The Producers, 1967). Con semejantes ingredientes, la película consigue acercar el estilo de este peculiar director a un público amplísimo. Además, el cineasta se rodea de dos de los mejores actores secundarios del momento, Scarlett Johansson y Sam Rockwell, y se reserva para sí mismo un papel muy especial: la versión de Adolf Hitler que se convierte en el amigo imaginario del niño protagonista.


Mientras cosecha elogios y premios por Jojo Rabbit, Taika Waititi no descansa. Ha dirigido el último e impresionante episodio de The Mandalorian, la primera serie de imagen real del universo Star Wars. Prepara también Thor: Love and Thunder, la adaptación de otro de los cómics más aclamados del personaje, en concreto el protagonizado por una diosa del Trueno. Por fortuna, también tiene suerte de dedicarse a proyectos más pequeños y personales, pues escribe y dirige Next Goal Wins, una película sobre el equipo de fútbol de Samoa, que cuenta con Elisabeth Moss y Michael Fassbender a la cabeza del reparto.

Los premios para Jojo Rabbit suponen el reconocimiento que este director tan peculiar se merece, pues es capaz de reflexionar acerca de temas personales en historias de todo tipo, de traspasar fronteras y dejar atrás prejuicios para buscar las emociones y experiencias que nos unen y humanizan. Es también buen momento para echar la vista atrás y recuperar las joyas que esconde la carrera de Taika Waititi. 

24 de enero de 2020

El Faro (The Lighthouse, 2019): Mitos empapados de locura



Existe en Japón un tipo de cangrejo llamado heikegani cuyo caparazón posee la impactante forma de un rostro de guerrero japonés. Un recurso tremendamente fértil para el esoterismo. Especialmente, en aquellas zonas donde, por ejemplo, un pescador piensa el mar como espacio bicéfalo. Por un lado, como la fuente de alimento que durante siglos ha dado continuidad a su existencia y a la de su comunidad. Por el otro, como origen de las más espantosas tragedias.

Habitante de las rocas costeras y tocado por extrañas rugosidades en el dorso, este extraño crustáceo saltó a la fama en 1952 a partir de un artículo del británico Julian Huxley para la revista Life, donde, precisamente, servía de base para abordar la selección artificial desde el puro temor al más allá. Una teoría que Carl Sagan recuperó en 1980, en plena era Cosmos. Según Sagan y Huxley, el imponente rostro grabado en la espalda del animal podría haber provocado en los pescadores de antaño un toque de alerta alimentado por la superstición. Y es que el nombre por el que se conoce a los heikegani remite al clan Heike y a su trágica desaparición en el siglo XII, empujado a un suicidio colectivo en las profundidades del mar de Japón tras su derrota en la Batalla de Dannoura. De ahí que, supuestamente, aquellos ejemplares cuyo caparazón presentase una mayor apariencia de guerrero y se prestase con mayor facilidad a la abstracción fantasmagórica fueran devueltos a las rocas.

Poco importa que una de las últimas relecturas sobre el cangrejito de marras venga en forma de refutación. Aunque Joel Martin presentase en 1993 un artículo para la publicación Terra donde aportaba pruebas consistentes contra la hipótesis Huxley-Sagan -las rugosidades corresponden a un tejido muscular prominente y, por su tamaño, estos cangrejos tienen más de aperitivo que de plato estrella para saciar el hambre- es difícil resistirse a la alquimia del cuento.

Nada mejor que las calmadas palabras de Irrfan Khan en el desenlace de La Vida de Pi (Life of Pi, 2012), para salir de este berenjenal: ¿qué versión preferís? ¿la que nutre la leyenda o la que nos devuelve a la realidad? ¿La que alimenta el temor de los pescadores y nos lleva a imaginar una maldición nipona donde los muertos emergen de las aguas? ¿O la que raspa tristemente toda huella de fecundación esotérica?

Segunda película dirigida por Robert Eggers, escrita al alimón con su hermano Max Eggers y producida, viento en popa, por la astuta A24 -responsable de ambiciosos ejercicios de género como A Ghost Story (2017), Under the Silver Lake (2018) y Midsommar (2019)- El Faro parece la propuesta más pertinente del año para desencallar este dilema. Y es que la postura de su director no es tanto la del investigador que analiza y conjetura, como la del pescador que sospecha, se asusta y acaba perdiendo la cabeza.

14 de enero de 2020

Richard Jewell (2019)


Richard Jewell es un aspirante a policía que trabaja de guardia de seguridad. Durante las celebraciones de los Juegos Olímpicos de Atlanta 96, descubre una mochila bomba, desaloja al público y consigue salvar a cientos de personas. Sin embargo, cuando el FBI filtra a la prensa que lo están investigando porque cumple con el perfil de lobo solitario, la vida de Jewell se convierte en un circo mediático y decide pedir ayuda a su amigo Watson, un abogado poco ortodoxo.

Apenas un año después de dirigir y protagoniza Mula (2018), Clint Eastwood estrena nueva película. Richard Jewell se basa en el caso real del protagonista homónimo, cuenta con un libreto escrito por Billy Ray, artesano que ha trabajado tanto para grandes sagas (The Hunger Games) como para títulos más aclamados (Captain Phillips), e iba a ser el proyecto que reuniera a Eastwood y Leonardo DiCaprio después de la interesante J. Edgar (2011). Debido a problemas de agenda, el actor de El Renacido (The Revenant, 2015) declinó protagonizar la película y se dedicó a producirla junto a su amigo Jonah Hill.

Si bien uno de los temas que vertebra la filmografía de Eastwood tras la cámara es el conflicto generacional y las relaciones entre padres e hijos, Richard Jewell puede verse como el cierre a la trilogía que ha dedicado a revisar la figura del héroe en la Norteamérica contemporánea, si bien este tema y la preocupación por la justicia poética ya están presentes en algunos de sus trabajos previos, caso de la magistral El Jinete Pálido (Pale Rider, 1985). Dicha trilogía comenzó con El Francotirador (American Sniper, 2014) y la reconstrucción del personaje de Chris Kyle, el controvertido héroe de las guerras de Irak y Afganistán, y continuó con Sully, en la que un piloto comercial se veía acosado y debía justificar su decisión de amerizar el avión para salvar la vida de los pasajeros.


Richard Jewell es una película sencilla y sin artificios que, como apunta el título, se basa en la construcción de su protagonista, un joven obeso y bonachón que se obsesiona con el cumplimiento de la ley, un tipo noble pero simplón que colecciona armas de fuego, como es habitual en el estado de Georgia. Cuando Jewell, casi por pura casualidad, consigue evitar una masacre, los medios de comunicación lo ensalzan como si fuera el emblema del héroe estadounidense, un ciudadano anónimo “que solo hacía su trabajo y cumplía con su deber”. Sin embargo, los mismos medios no dudan en demonizarlo y acosarlo en cuanto se filtra que el FBI lo considera el principal sospechoso del atentado durante los Juegos Olímpicos, pues se ajusta al perfil de lobo solitario que quiere llamar la atención. La vida del protagonista se convierte en un infierno, pierde cualquier derecho a la intimidad (y eso que la película está ambientada casi veinte años antes de la explosión de las redes sociales) y la única opción que le queda es pedir a un amigo abogado que lo ayude a demostrar su inocencia. Así, la película se desarrolla de forma paralela a Ejecución inminente (True Crime, 1999), solo que esta vez la prensa no busca descubrir la verdad y que se haga justicia, sino difamar y condenar al protagonista.

Los antagonistas son actores secundarios que provienen del mundo televisivo, caso de Olivia Wilde (House) y Jon Hamm (Mad Men) en la piel de una reportera y del agente del FBI que se la tiene jurada a Jewell, mientras que Kathy Bates (Misery) da vida a la sufrida madre del protagonista. Quizá los dos papeles más interesantes sean la pareja de amigos que interpretan Sam Rockwell, un gran actor de reparto que por fin vio reconocido su trabajo con el Oscar por Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, 2017) y que aquí hace de abogado comprometido y agresivo, y Paul Walter Hauser. Este último es un actor secundario curtido en decenas de películas, por ejemplo Yo, Tonya (I, Tonya, 2017), y aquí interpreta al orondo protagonista, un personaje torpón y bienintencionado que se ve envuelto en un escándalo que lo supera con creces.


Como es habitual, Eastwood narra este calvario del héroe norteamericano con pulso y claridad, sin grandes trucos ni fuegos artificiales. Tan solo se apoya en las conversaciones que mantienen los protagonistas y sus reacciones al desarrollo del escándalo, y además rueda una secuencia vibrante y tensa en la recreación del atentado de Atlanta, que se beneficia de la sencilla banda sonora del cubano Arturo Sandoval (Mula). Richard Jewell cierra la trilogía que el director de San Francisco ha dedicado a revisar la figura del héroe en los Estados Unidos contemporáneos y lo hace con firmeza. Ofrece a los espectadores el retrato de un personaje humano e interesante que pasa del anonimato al infierno mediático, en una historia donde la amistad y la búsqueda de la verdad triunfan contra el sensacionalismo.