12 de noviembre de 2020

Notorious conmemora el centenario de la actriz “más bella” de la historia del cine



100 años de Gene Tierney. 100 años de carisma, elegancia y fama. Éste es el motivo de ser de El universo de Gene Tierney, nueva publicación de la editorial Notorious para celebrar, este 2020, el nacimiento de la actriz hollywoodiense.

Escrito conjuntamente por distintas firmas de la crítica actual y prologado por el nieto de Tierney, Alexandre Cassini, este libro traza un detallado itinerario por toda la filmografía de la estrella norteamericana y cuenta con un diccionario final, rubricado por el experto Quim Casas, donde se abordan cuestiones clave que gravitan en torno a la vida de Tierney y su relación con personalidades de la talla de Howard Hughes y John F. Kennedy; cineastas como Fritz Lang, Ernst Lubitsch y Otto Preminger; y actores de raza como Dana Andrews, Tyrone Power y Cornel Wilde, entre tantos otros.

El libro navega entre títulos tan destacados de la etapa clásica y manierista de Hollywood como Laura (1944), Que el Cielo la Juzgue (Leave Her to Heaven, 1945), El Filo de la Navaja (The Razor’s Edge, 1946) y El Fantasma y la señora Muir (The Ghost and Mrs. Muir, 1947), aportando una serie de análisis de carácter divulgativo aderezados de pertinentes anécdotas. Como ese apodo de jerga artesanal –cuentan las leyendas de rodaje– con el que la actriz era conocida entre bambalinas bajo la expresión One-Take-Tierney. ¡Porque clavaba las tomas a la primera!

Asimismo, esta magna publicación –escrita e impresa con hojas satinadas y con todo el cariño que destilan las encuadernaciones con tapa dura– contiene material inédito de archivo. Imágenes en blanco y negro y a todo color que nos trasladan a la época dorada del cine de los grandes estudios. Sin duda, el mejor regalo literario que se puede ofrecer a cinéfilos y cinéfilas de hoy para conmemorar el centenario de Gene Tierney. Según el magnate Darryl F. Zanuck: “incuestionablemente, la mujer más bella de la historia del cine.”

6 de noviembre de 2020

Ecoterror: guía de supervivencia para un mundo en declive



Olas que ahogan. Terremotos que fracturan. Animales que desgarran. Virus que intoxican. La Tierra en su estado más convulso y violento es la gran protagonista de La Naturaleza se Rebela, el libro oficial de la edición 2020 del Festival de Terror de Molins de Rei. Un certamen que, este año, se ha llevado la peor parte por culpa de la COVID-19, dado que no se ha podido celebrar de forma presencial, pero que, al menos, ha encontrado en la plataforma Filmin su mejor alternativa para proyectar películas fantásticas y de terror de muy diversa índole hasta el 22 de noviembre.

En esta ocasión, Molins Fest habla de una naturaleza que ataca, que reacciona, que parece rendir cuentas ante tanta barbarie. Ante un cambio climático que no mitiga, sino que parece ir en aumento, espoleado por políticas de la irresponsabilidad. Hablamos de una naturaleza que se rebela, que estalla, que parece declararnos la guerra de una vez por todas. Pero también de una naturaleza que revela –sí, con “v”– y que muestra su lado oculto. Ignoto. Arcano.

Hablamos, en definitiva, de algo llamado ecoterror. En estado puro. Una etiqueta que haría las delicias de la Greta Thunberg más cinéfila. Y también una oportunidad –la de esta obra entregada a la investigación y la divulgación cinematográfica, impulsada por la editorial Hermenaute y con prólogo del periodista Álex Gorina– que aprovecha para indagar en los entresijos de nuestro entorno. De lo que nos sostiene y nos alimenta. Pero también de lo que nos abruma y aniquila. Sin piedad alguna. Sin margen de remedo ni perdón.

Abran el foco. De las pinturas románticas de catástrofes firmadas por John Martin y Francis Danby a blockbusters tan bizarros como Noé (Noah, 2014) de Darren Aronofsky. De los bosques embrujados de William Shakespeare en Macbeth a la ansiedad de Michael Shannon en Take Shelter de Jeff Nichols. O la de Kirsten Dunst en Melancolía (Melancholia, 2011) de Lars von Trier.

Cine y pintura. Páginas y planos. Sin olvidarnos del big entertainment. Del cine de consumo. También en estado puro. Espectáculos lúdicos e intrascendentes que comprenden desde la serie B más gozosa –marca Irwin Allen, Val Guest y Andrew Marton, entre tantos otros– hasta el último mainstream fabricado por Roland Emmerich, Juan Antonio Bayona y Mimi Leder. Porque no lo olvidemos. Éste es un libro sobre cine. O, mejor aún, es un denso conglomerado sobre cine (y otros cauces). Sobre un cine que mira hacia un mundo que vomita. Que se derrumba. Que estalla. En otras palabras, de un mundo preñado de amenaza. Como un tren llegando a la Estación de Ciotat.

Ya a la venta La Naturaleza se Rebela. Disponible a través del portal web de Hermenaute. Recordad que el libro es solidario, dado que un 10% del dinero recaptado en cada compra se destina a la organización Extinction Rebellion, que, justamente, combate la actual situación de crisis climática con distintas iniciativas de carácter ecológico.

¡¡Que aproveche la lectura!! Y que el compromiso planetario nos posea de una vez por todas. Especialmente ahora… Que la contaminación crece y se multiplica hasta con las mascarillas que tiramos.

25 de octubre de 2020

Sitges 2020: Península (Train to Busan 2, 2020)



Un artículo de Carles Martinez Agenjo.


Corea de consumo

Tras visionar Península (2020) –que en este Sitges 2020 competía en la sección oficial– debe ser fácil, para el espectador beligerante, denostar la propuesta agarrando de golpe sus puntos débiles como si de un ramillete de margaritas se tratara. Especialmente los defectos que se concentran en el tramo final… Algo así como la excusa perfecta para soltar aquello, que tanto gusta decir a cierto sector del público, de que esta película –por cierto, una secuela de la aclamada Train to Busan (2016) que también compitió en Sitges– es un proyecto innecesario que no debería existir.

Y aunque el palmarés del certamen le dé la razón a este sector –la primera se llevó dos premios de justicia a Mejor dirección y Efectos especiales mientras que la segunda no se comió un rosco– no resulta descabellado identificar Península como algo más que un mero (o burdo) ejercicio de género engastado en la temática zombi. Más bien como un cruce. Una intersección entre imaginarios para asiduos a la serie B. Un producto de gran entretenimiento que, pese a reunir lo mejor y lo peor del blockbuster surcoreano, apela a un escapismo de caverna y antorcha donde confluyen y se divierten –casi a modo de utopía geek– el cinéfilo aguerrido, la crítica más curtida y el espectador de multisala en un mismo total show. Ni más ni menos.

Partimos de una trama que arranca cuatro años después de los sucesos acaecidos en aquel tren de los horrores destino Busan que atravesaba el país sorteando toda clase de sustos, mordiscos y oleadas de no muertos, de la mano de un pintoresco grupo de supervivientes que se enfrentaba, parada tras parada, a un terror en masa donde lo zombi adquiría la textura de una deformada pelota de carne y gritos que se abalanzaba sobre los protagonistas. Un reto narrativo que nunca agotaba su fórmula y al que el director y coguionista Yeon Sang-ho se entregaba con buen pulso, desplegando una serie de espectaculares secuencias de acción que se antojan, desde ya, una verdadera lección de composición y montaje. ¡Puro cine incombustible!

Ahora, la premisa es otra. Un regreso a lo poco que quedó en pie de Corea del Sur para recuperar un camión cargado de dólares americanos y dividir el botín con la mafia hongkonesa. El mejor pasaporte a la gloria para un grupo de mercenarios sin patria que malviven en una ciudad china que los tacha de infectados sin papeles y que no han sido admitidos en una Corea del Norte que mira hacia otro lado frente a la pandemia zombi. Ínfimos apuntes de actualidad política en un film más preocupado –como es natural– en el despertar de todos los males que quedaron dormitando en la devastada península asiática, a través de encontronazos nocturnos, metralleta en ristre, e interminables persecuciones metropolitanas a medio camino entre la tensión, la cursilería y el simple exceso. Todo bien enmarañado en un artefacto tan portentoso como irregular.


Protagonizada por un tándem de caras bonitas y escaso magnetismo –los jóvenes Gang Dong-won y Lee Jung-hyun–, Peninsula encuentra su mayor virtud, decíamos, en el cruce de caminos. En su capacidad para aunar y moldear un cine que hibrida el universo paternal del difunto George A. Romero –recordemos que Road of the Dead, la película que no llegó a estrenar, iba a ser una suerte de carrera Nascar zombificada no exenta de adrenalina sobre asfalto– con algo más específico. Más exclusivo. Más delicioso, si cabe. Como las Calles de Fuego (Street of Fire, 1984) de Walter Hill, la también secuela 2013: Rescate en Los Ángeles (Escape from LA, 1996) de John Carpenter –irresistible no pensar en aquel Kurt Russell jugando una partida mortal de triples cuando el actor Kim Do-Yoon es lanzado a una jaula de mordisqueadores hambrientos con un número pintado en el pecho, rodeado de público vitoreante y con una inmensa cuenta atrás de números rojos a sus espaldas– y sin olvidarnos, con permiso de la saga Mad Max de George Miller, de esas cintas que todavía huelen a queroseno y muerte, sólo aptas para sibaritas del volante, como El Exterminador de la Carretera (Gli sterminatori dell'anno 3000, 1983) –sin duda, las impresionantes persecuciones posapocalípticas de Península conceden a a este cine de cloaca una merecida apariencia mainstream– y rematando este itinerario de carretera infernal con una superproducción en la que seguramente habrá reparado la cinefilia memoriosa. Hablamos de El Bueno, el Malo y el Raro (Joheunnom nabbeunnom isanghannom, 2008) y de esa gran persecución final que también apostaba por el tour de force absoluto, sólo que en aquella ocasión no se trataba de coches, furgones y ambulancias con el acelerador pisado a fondo y el freno de mano subido en cada giro, sino de un séptimo de caballería que se enfrentaba a una patulea de bandidos a caballo en una auténtica coreografía cinética. Hasta el soundtrack de guitarreo tarantiniano que se escuchaba en aquella proeza neowestern –ese Don’t let me be misunderstood de Santa Esmeralda que muchos de nosotros descubrimos en el hipnótico duelo final de Kill Bill Vol. 1 (2003)– parece invocarse con otra melodía, otra partitura, pero con el mismo espíritu dionisíaco, en las enérgicas secuencias de derrapes urbanitas y atropellos múltiples de la muy disfrutable Península.

Es justo reconocerlo. La película tiene tanto de cansina en sus ridículos pasajes melodramáticos –ya presentes en Train to Busan aunque en menor grado– como de magnética en sus resortes formales para mantener pegada la retina del espectador al neumático y al cambio de marchas. Una especie de versión hipertrofiada de aquellas producciones hollywoodienses de Jerry Bruckheimer que conquistaban la cartelera durante la década de los 90. Pero más delirante. Más virtuosa. Más surcoreana.

Insistamos. No tiene mucho sentido exigirle a la película una senda distinta a la que ha tomado. Que no es otra que ampliar generosamente el mapa dibujado en la anterior. Península parece seguir a rajatabla esa rigurosa política de las secuelas que tiene como principal objeto aumentar la ración. Multiplicar los elementos que conformaban la película original con una voluntad abiertamente wagneriana.

Más sentido tendría, quizá, acusar al director Yeon Sang-ho de haberse alejado del camino que inició en sus primeras películas. Ese anime despiadado, lacerante, sin concesiones, que revelaba en títulos como The Fake (2013) a un cineasta con voz propia. Pero también es justo reconocerlo. Guste más o guste menos, no hace falta irse a Renoir, Godard o Lubitsch –va por ti, Adriano– para darnos cuenta de que Península también es cine de autor. Aunque se vuelva lacrimógena. Aunque abuse de tópicos y los estire como un chicle. Aunque decida apostar por una Corea de consumo, la de Sang-ho es una pirotecnia de raza. Y eso siempre debería existir.

20 de octubre de 2020

Sitges 2020: The Dark and the Wicked y Honeydew

 

Un artículo de Carles Martinez Agenjo.



Madres fatales 


Pensemos en la madre como origen de vida. De nacimiento y llegada al mundo. Todo lo que una pueda tener de entidad protectora, de leona universal, de figura que –rezaba la primera imagen de la nueva Suspiria (2018)“puede sustituir a cualquiera, pero no puede ser sustituida por nadie”; la otra lanza por tierra estas palabras erigiéndose como entidad de control, de manipulación o incluso de abandono y muerte. 

Pensemos en la madre, pues, de Las Uvas de la Ira (The Grapes of Wrath). Símbolo de esperanza y sacrificio. La madre ideal en tiempos de la Gran Depresión. La Ma Joad escrita por John Steinbeck que Jane Darwell bordó en la eterna película de John Ford. “We’re the people” –afirmaba con la mirada fija en el horizonte, sentada en la cabina de un camión que parecía comprimir todos los éxodos posibles. ¿Quién mejor que Ma Joad para afirmar tal cosa? ¿Quién mejor que ella, matriarca de matriarcas, para abanderar el esfuerzo colectivo de un país? 

Giremos el timón. Y pensemos en la madre del noir. De un Hollywood barnizado de claroscuro. Pensemos en la madre del gánster. El origen del mal en unos bajos fondos azotados por el crimen. Como Lucille La Verne en Hampa dorada (Little Caesar, 1931), una muestra de puro clasicismo norteamericano donde el malévolo mafioso interpretado por Edward G. Robinson se revelaba, en última instancia, como fruto podrido de una alargada sombra materna encarnada por La Verne, la misma actriz que, años más tarde, le pondría voz a la bruja Disney de Blancanieves y los siete enanitos (Snow White and the Seven Dwarfs, 1937). Hablamos de la madre que nos trae al mundo al peor precio. Que engendra vida para transformarla en pesadilla. 

Y, de repente, a medio camino entre una y otra declinación, destacan en el mastodóntico programa del Sitges 2020 tres propuestas que parecen desempatar la enzarzada dicotomía entre la Ma Joad fordiana y la satánica La Verne de LeRoy. Por un lado, aparece el tándem integrado por las películas The Dark and the Wicked y Honeydew, estrenadas mundialmente en el pasado Festival de Tribeca, en Nueva York, y que se han podido disfrutar en esta cincuagésimotercera edición del Festival de Sitges junto con una novedad que parece diseñada como perfecto complemento. No se trata de un film, sino de un libro. La madre terrible en el cine de terror (2020). Un estudio escrito por Javier Parra y publicado por Hermenaute –la editorial del libro oficial de este certamen– que nos brinda una sesuda investigación sobre los orígenes y la evolución del arquetipo a través de sus pasajes más oscuros y enigmáticos. Desde sus vestigios mitológicos, en una época de supersticiones y alegorías que servían para contar el mundo y los miedos que dan sentido a nuestra existencia, hasta la más rabiosa actualidad. 

Evidentemente, resuenan entre sus páginas las cuchilladas de Psicosis (Psycho, 1960), diseñadas por Saul Bass, o las voces en loop de Piper Laurie que acompañaban la mirada sangrienta de Sissy Spacek en Carrie (1976). Pura estridencia para un Sitges Film Festival la mar de desquiciado. 


El primer plato de este menú materno-terrorífico no es el mismo ahora que el primer día de certamen. The Dark and the Wicked se ha impuesto en el palmarés del pasado sábado, 17 de octubre con el premio a Mejor Fotografía por el espléndido trabajo de iluminación de Tristan Nyby y a Mejor Interpretación Femenina para Marin Ireland, una actriz considerada por el New York Times como una de las grandes reinas del drama de la escena teatral neoyorquina. 

Dirige Bryan Bertino, el mismo que entusiasmó a Stephen King con aquella angustiante propuesta de home intruders que alcanzó nuestras carteleras en 2008 bajo el título de Los extraños (The Strangers). En esta ocasión, Bertino sigue alimentando la idea de una amenaza dentro del hogar y lo hace mediante un cuento de terror escrito y filmado por él mismo que reviste la casa familiar donde creció en el núcleo de una América tan profunda, tan abandonada, tan absurdamente violenta, como lo fue la América que retrataba buena parte del cine de terror de los 70. Es dentro de este contexto, donde familia y fe han perdido todo el sentido, donde los valores tradicionales que se dinamitaban durante la era Nixon –pensemos en la mala leche que destila El Otro (The Other, 1972) y Defensa (Deliverance, 1972)– también lo hacen durante la era Trump. Pero sin entrar en metáforas ni evidencias formales. 

Ante semejante panorama, llama la atención cuando se alza, imponente, la figura de una madre. La mamá de cabellos largos y blancos interpretada por otra actriz de bagaje escénico llamada Julie Oliver-Touchstone, que recibe la visita de sus dos hijos –la mentada Marin Ireland y Michael Abbott Jr.– para arropar a su padre en el lecho de muerte de una solitaria granja de Texas. 


Esto, que perfectamente podría encajar dentro de un melodrama de secretos, reencuentros y redenciones, sirve a Bertino para hundir su relato dentro del terror más macabro. Más sobrecogedor. Hablamos de una oscuridad que lo inunda todo. De una casa que se convierte en averno. De una madre que salpica sobre nuestra retina imágenes que destruyen todo lo que sentíamos como cercano. Reconocible. La de esta película es una madre que aparece y reaparece, una y otra vez, como gran fecundadora del horror. Como una anfitriona tenebrosa que abre la puerta al mal para triturar todo lo que dábamos por seguro. 

Y de nuevo, como sucedía con Psicosis y Carrie, vuelven las estridencias. Sonidos del frío y de la noche que escuchamos a través de la piel. Y es que, aunque la película esté plagada de numerosas apariciones espectrales y de innecesarios jumpscares que Bertino casi parece emplear y repetir como irónica marca de estilo, The dark and the wicked empieza con el tintineo repentino de unas botellas de vidrio dispuestas sobre la verja de una granja. Pero lo que se intuye en un primer instante como un animal salvaje hambriento de ovejas, se acaba descubriendo como una presencia en fuera de campo que nunca alcanzamos ver. Porque no queda forma alguna por ver. Sólo ruido. Sólo frío. Una catábasis sin billete de vuelta. 

La gran virtud del film radica aquí. En la capacidad del director de construir una atmósfera a partir de la excéntrica banda sonora de Tom Schraeder y la encomiable mezcla de sonido de Lance Hoffman. Una auténtica sinfonía del abismo tocada a golpe de sierra y violín, donde las visitas de lo ignoto durante los peores días de una familia cercana al duelo consiguen encerrar los gritos y sobresaltos de cada víctima de esta tragedia rural en una suerte de celda mortuoria. Un camino sin salida. Una noche que se traga la luz. 


El otro gran plato a degustar es, sin duda, Honeydew. La enésima ópera prima presentada durante esta edición, que ha sido dirigida y escrita por el debutante norteamericano Devereux Milburn. Asimismo, protagoniza la trama Sawyer Spielberg en su primer papel como actor principal. Y no les quepa duda. Es hijo del maestro que rubricó obras maestras de la talla de Tiburón (Jaws, 1975), La Lista de Schindler (Schindler's List, 1993) y Munich (2005). Nuevamente, frente a una América profunda. Nuevamente, frente a una madre que esconde la peor de las torturas y –claro está– estridencias que, más que la piel, arañan la retina. Directamente. 

Honeydew narra las desventuras de una joven pareja, integrada por Spielberg Jr. y la actriz Malin Barr, que con la idea de disfrutar de una escapadita por el country estadounidense terminan atrapados bajo las garras de una familia que parece proyectar sobre la pantalla –de nuevo, por enésima vez– el espíritu alocado y bizarro de La Matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974). 

Dicho de otro modo, Milburn se entrega a una estructura, una narración y un género del que se ha abusado tanto y de formas tan similares que ya no tiene sentido rastrear la propuesta para detectar los tópicos y lugares comunes que la estropean, sino saborear aquellos detalles que la distinguen del resto. 


Dejemos clara una cosa. Honeydew no es una película más sobre crímenes salvajes perpetrados en el interior de EEUU, sino una historia capaz de plantear en la sobreprotección maternal y el cultivo de un campo de trigo envenenado el peor de los horrores. Especialmente inquietante es la madre terrible de este cuento de terror, interpretada por Barbara Kingsley en uno de los papeles más perturbadores de su carrera. El de una madre obsesionada en cuidar. En alimentar. En mimar a sus criaturas, como bien anuncia el título –recordemos que Honeydew significa melada o gotas de miel–, pero también es una madre dispuesta a estirar la infancia. A distorsionarla. A convertir la madurez en un estado alterado. A transmutar a sus hijos e hijas en verdaderos esclavos de la dependencia. Algo así como la líder de una nueva monster family para estos tiempos de inmersión virtual y avatares hiperconectados. 

Pero tranquilos… Tranquilas… No le busquen mayor sentido a todo esto. En el fondo, es cine tal y como suena. Lo oscuro y lo malvado. Las gotas de miel. La madre terrible y sus vericuetos. Tan abominable, tan absurdo, tan febril, que no queda otra que rendirse. Dejarse llevar. Y si no pueden, no se preocupen. Piensen en la madre. La madre de verdad. La que da sentido a todas las demás.