9 de junio de 2017

Logan (2017)


Somos conscientes que la decrepitud y la muerte forman parte de la vida pero, con demasiada frecuencia, corremos un tupido velo sobre ello y obviamos esta verdad universal para sumergirnos en la ignorancia o más bien en la voluntaria omisión de algo inevitable. La muerte nos rodea pero vamos trivializándolo mientras no toca a nuestro círculo más cercano. Incluso nos hacemos eco constante de la muerte de personajes célebres y colaboramos, de una forma u otra, en la ascensión de esa persona a la categoría de mito.

Pero no conocemos lo que significa de verdad la muerte y las consecuencias desgarradoras que conlleva hasta que uno de nuestros allegados la sufre. Cualquier persona joven no puede llegar a hacerse a la idea de la profunda tristeza y la pena atroz que se apodera de uno cuando alguien sumamente cercano abandona este mundo. De alguna manera, la experiencia de vivir procesos como estos curte a las personas y las hace ser más conscientes de su propia finitud. 

Vivir la muerte cercana o la decrepitud propia supone caer hacia un abismo del que nadie ha vuelto. Al ser humano, por tradición, le cuesta concebir el universo infinito y, por consiguiente, sentimos pánico ante el fin de la existencia. Por todo ello, nos entregamos a la convicción de que existe otra vida, sumida en un entorno absolutamente paranormal. En esencia, se trata de un consuelo ante el mordaz temor que nos embarga al pensar que podemos dejar de existir súbitamente. 

La fuerza del amor y cariño que sentimos hacia la persona que se marcha nos ayuda a soportar el duro proceso aunque la ausencia se deja notar en el día a día como un permanente recordatorio de aquello que nunca volverá a ser igual. La crueldad de la vida se hace patente en un instante, alterando y trastocando nuestras convicciones como un auténtico vendaval de emociones sátiras. A partir de ese momento, vemos con más claridad lo que es importante en la vida y qué cosas son superfluas a pesar que les demos una trascendencia exacerbada.

Aunque pueda parecer extraño, esta introducción que bebe de una experiencia directa vivida por el que estas líneas escribe, conecta con la película de la que me he propuesto hablar en este regreso a la escritura cinéfila: Logan.

Logan nos presenta un futuro distópico en el universo Marvel de los mutantes. Corre el año 2029 y la extinción mutante es prácticamente un hecho. Hace más de 25 años que no nacen nuevos mutantes y las autoridades se han encargado de poner fin a la existencia de la mayor parte de ellos. La coexistencia pacífica terminó hace años y las suspicacias y escepticismo entorno a ellos se ha acabado apoderando del pensamiento dominante de la sociedad. Un ajado y achacoso James Howlett (Hugh Jackman), en otro tiempo conocido por los nombres de Logan y Lobezno, vive una existencia clandestina en la frontera entre Mexico y Estados Unidos. En ese páramo desértico, intenta pasar desapercibido mientras trabaja como chófer de limusina. Su objetivo es el de conseguir ingresos suficientes para tomar un barco que le aleje de un continente donde se le considera un objetivo a derribar. Pero Logan no está solo. En una antigua granja del estado de Sonora, se encuentra el que fue considerado como el más poderoso de los mutantes y antiguo líder de los X-Men: el profesor Charles Xavier (Patrick Stewart). 

El nonagenario profesor sufre la fase inicial de la enfermedad de Alzheimer y padece ataques en los que su poder telepático se desboca convirtiéndose en un peligro para él y para el resto de gente que se encuentre alrededor. Logan se encarga de cuidarle y de contener sus ataques mediante un potente aislador metálico, además de la administración de un potente fármaco. En la granja también se encuentra un mutante albino llamado Caliban (Stephen Merchant), quien tiene la habilidad de sentir la presencia de otros congéneres. Más pronto que tarde, la persecución que parecía olvidada se reactivará debido a unos experimentos genéticos que han convertido a niños indefensos en mutantes de laboratorio. Esos niños pueden ser la esperanza de un nuevo futuro siempre que consigan deshacerse del control de la empresa Alkali-Transigen. El cruel e inmisericorde proyecto del doctor Zander Rice (Richard E. Grant) cuenta con una brigada de mercenarios encabezada por Donald Pierce (Boyd Holbrook). La amenaza que suponen perseguirá al grupo de Logan en su última aventura.


Sobre esta base de enorme atractivo, la trama se consolida como un "rara avis" del subgénero de superhéroes y destaca, por derecho propio, como el film más realista que se haya rodado en los últimos años dentro de este registro. El director James Mangold (también autor del guión junto a Seth Frank y Michael Green) se propuso hacer realidad una entrega de Lobezno que cambiara completamente el panorama anterior y que fuera interesante por ello. Fue así como recurrió al arco argumental más ecléctico en la larga trayectoria de Wolverine en las viñetas. Se trataba de Old Man Logan, concebido en los cómics por Mark Millar y Steve McNiven. Sobre esa base, construyó un proyecto que debía cumplir dos propósitos: elevar el listón de calidad de las decepcionantes entregas precedentes y convertirse en el mejor homenaje para el actor que ha dado vida al personaje durante más de quince años, el fantástico intérprete australiano Hugh Jackman.

La singularidad del film es la de presentarnos a personajes superheroicos en su declive. No estamos acostumbrados a visualizar el final de sus trayectorias en pantalla. Simplemente, vemos una etapa de culmen en la que son capaces de algo asombroso. Pero ¿qué ocurre décadas después? ¿Cual es el final de estos emblemáticos personajes? Pocos autores han explorado este tipo de argumentos que siempre son catalogados de impopulares por parte del público.

Lo trascendente en el caso de Logan es que James Mangold construye un film que habla sobre la decrepitud con rotundidad pero a la vez consigue insuflar un espíritu en alza. Vemos a Logan sufrir enormemente debido a la pérdida parcial de su poder curativo. Eso conlleva que su cuerpo no pueda contrarrestar la influencia del adamantium que, de alguna manera, está envenenando su organismo. Charles Xavier, por su parte, es el peor candidato posible para sufrir la enfermedad de Alzheimer ya que la pérdida de sus facultades mentales puede provocar un auténtico caos. Ambos hombres están muy hundidos pero la oportunidad se presenta para que puedan seguir siendo útiles en una aventura muy exigente. Por todo ello, Logan combate a la impopularidad con secuencias de acción imponentes que hacen uso de un nivel de violencia descarnado (la película fue concebida para la calificación R). Se agradece ya que, de una vez por todas, una película de Lobezno contiene el nivel de brusquedad esperado. En última instancia, Logan es un gran espectáculo cinematográfico pero también nos presenta, sin tapujos, lo que supone estar al final de una trayectoria vital. Somos partícipes del sufrimiento e incluso sale a la luz la pena más mordaz. Es por ello que la cinta me ha dado pie para abrir el artículo con una introducción personal sobre el tema.

Por otra parte, la película incorpora un potente significado político y social. A la ya habitual analogía entre la exclusión mutante y el racismo que persiste en el mundo, se añade una visión de futuro poco esperanzadora. Los recursos naturales están menguando y la tensión entre los arrendatarios de explotaciones agrícolas y los dueños de tierras se recrudece. La automatización de servicios provoca que grandes camiones robóticos inunden las autopistas infundiendo mayor desnaturalización a la vida diaria y provocando accidentes de mayor calado. La película tiene tiempo para mostrarnos la evolución de la sociedad contemporánea hacia un destino imparable que lleva a la desigualdad y a la expansión de la pobreza.

Para explicar todo ello, Mangold construye la película invocando el espíritu del thriller de los años 70. Viendo la cinta es inevitable pensar en clásicos como La Huida (The Getaway, 1972), Un Botín de 500.000 dólares (Thunderbolt and Lightfoot, 1974) y Ruta Suicida (The Gauntlet, 1977). Algunos de estos títulos han sido reconocidos por el propio director mientras que hay otros que cuya influencia se nota más allá de haber sido mencionados. En cualquier caso, en las conversaciones entre Mangold y Hugh Jackman quedó claro que el nuevo film debía ser diferente en forma y fondo a The Wolverine (2013). Volver a presentar al personaje debía aportar algo nuevo y potente además de cerrar honorablemente el periplo de Jackman y Stewart al frente de sus emblemáticos personajes. Así es como, además de apostar por un argumento atractivo, Mangold emplea el tono descarnado y frío como el acero que impregnaba los thrillers de los 70, donde la inocencia había dejado paso a la visualización de la violencia sin tapujos, expresada a través de antihéroes que combatían la idea del maniqueísmo clásico. En cuanto a la relación de Logan con la joven mutante X-23, Mangold admite haber pensado en un western clásico: Raíces Profundas (Shane, 1953). Aunque la debutante Dafne Keen haya irritado a algunos pseudoexpertos de fácil verborrea, es importante decir que la dinámica que se establece entre ambos y la glacial actitud de la niña, producto del trauma generado a lo largo de su corta vida, son elementos exitosos para el film.



Logan es también un drama de frontera en su primera parte y la aridez de sus paisajes, combinados con imágenes de ciudades poco apacibles, permite colocar al espectador ante un tono feroz e inclemente. El brillante trabajo de Hugh Jackman y su capacidad de adaptación hace el resto para conseguir que el film se convierte en aquello que busca: un navajazo en la yugular del público. Ya desde la secuencia de apertura comprobamos que no vamos a salir indemnes emocionalmente.

Otro aspecto interesante es cómo la película trata de hacer aún más visible la distancia que le separa del cómic original de X-Men y del tono que hemos visto en films anteriores. Mangold utiliza la presencia de unos cómics y muñecos, inspirados en las andanzas de los X-Men, que circulan a lo largo del metraje e ilustran cuán diferente puede ser la visión grandilocuente de la viñeta en contraste a la dureza inexorable que rodea al personaje de Logan. Nos encontramos con un doble nivel de ficción en la narración y eso le confiere a la película un grado más de lograda complejidad narrativa. Ni tan siquiera las palabras de un pletórico Patrick Stewart, en los momentos de lucidez de Xavier, permiten que Logan se deje llevar por esas historias glorificadoras que él nunca vivió así. Estamos ante una película que se aleja conscientemente del aura mítica para transitar por las zonas más mugrientas del universo comiquero.

Por último, no podía obviar la presencia del insigne Johnny Cash con la canción "The Man Comes Around". James Mangold es un gran admirador del genial cantante y fue el responsable del biopic Walk the Line (2005), cinta en la que Joaquin Phoenix realizó una memorable interpretación poniéndose en la piel del incomparable cantante de Arkansas. En los trailers de Logan, ya pudimos escuchar la descomunal "Hurt" y, por supuesto, no podía obviar a The Man in Black al final de una película cuyo tono encaja perfectamente con la deriva emocional que presidió gran parte de la carrera de Cash.


Dedico este artículo a mi padre. Fuiste mi referencia, un faro constante que me guió en todo momento. Te echo de menos cada día pero sé que allá donde estés disfrutas de todo lo maravilloso que has cultivado en vida. Hasta que nos volvamos a ver...

1 comentario:

  1. Me esperaba algo más en todos los aspectos, en todos salvo en lo que se refiere a las actuaciones del trío protagonista. La he seguido con interés, sí, pero no puedo decir que, salvo cierta X que sale al final, me haya despertado emociones intensas. Es precisamente el tramo final lo que menos me ha gustado. Y son los héroes mermados un plato que tengo atragantado desde la niñez. No obstante, pese a estos lamentos, buena película.

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