21 de agosto de 2017

Dunkerque (Dunkirk, 2017)


Un artículo de Mike Sanz.

En 1940, los nazis cercan a las tropas francesas y a más de cuatrocientos mil británicos en las playas de Dunkerque. Mientras los hombres bajo su mando se debaten entre el fuego enemigo y un mar embravecido, los oficiales apuran los recursos a su disposición, tres pilotos de la RAF vuelan raudos a abatir al enemigo y los propios pescadores ingleses zarpan para rescatar a los suyos.

Dunkirk es la nueva película del reputado cineasta Christopher Nolan, quien, tras concluir la trilogía de El Caballero Oscuro en 2012, se dedica a proyectos más personales de gran presupuesto, caso de Interstellar (2014) y el filme que hoy nos ocupa. A raíz de un suceso histórico que ya ha inspirado una decena de películas, el guion de Nolan retoma algunas de las constantes de su obra, en especial los juegos temporales de las narrativas reticulares, aquellas que alternan varias historias que se desarrollan en líneas temporales diferentes, y les añade una interesante reflexión acerca de la lucha por la supervivencia en condiciones extremas.

El guionista y director vuelve a explorar el concepto de thriller temporal que pulió con Memento (2000), El Truco Final (The Prestige, 2006) y, en especial, Origen (Inception, 2010) y lo adapta a las convenciones del cine bélico. Por supuesto, se basa en los hallazgos de la película que marcó un antes y un después en el género, Salvar al Soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), si bien Dunkerque se aleja del hiperrealismo de la obra maestra de Spielberg y potencia los recursos narrativos de Nolan que trabajan para que la tensión vaya en aumento: el montaje en paralelo que alterna tres líneas temporales diferentes que acaban por confluir en el clímax, la fotografía gélida, la ecléctica banda sonora y el apabullante diseño de sonido. No es de extrañar que confíe en Hans Zimmer, su colaborador habitual, para que componga una banda sonora que incomoda gracias a un leitmotiv que recuerda al tictac de la cuenta atrás de los protagonistas. Por otra parte, la fotografía del suizo Hoyte Van Hoytema, que se ha puesto de moda los últimos años, realza los tonos gélidos del infierno azul al que se enfrentan los protagonistas.


Precisamente el tratamiento de los personajes es una de las mayores sorpresas de Dunkerque. Mientras que el enemigo es literalmente invisible y nunca le ponen rostro, tampoco hay protagonistas como tal, sino más bien varios personajes que sirven de hilo conductor de las tres historias paralelas y acentúan el tono semidocumental de la película. Esta escasez de dramatismo subraya la contundencia y angustia de Dunkerque y, al mismo tiempo, dificulta que los espectadores simpaticen con las pericias de los protagonistas. Aun así, entre el reparto coral destaca la solidez del trabajo de tres intérpretes británicos: Kenneth Branagh, Mark Rylance (a quien Spielberg rescató para el cine con El Puente de los Espías) y Tom Hardy. Los tres aportan emoción contenida a sus papeles y su trabajo brilla con fuerza, a pesar de las limitaciones técnicas (en especial las de Hardy, cuyo personaje es un piloto que no sale de la cabina practicamente en toda la película).

Dentro de los estrenos de gran presupuesto del verano, Dunkerque es un caso atípico, pues se trata del nuevo ejercicio narrativo que recupera las constantes formales y temáticas de un cineasta ya consagrado, que ahora se atreve a jugar con los clichés del género bélico. No se pierdan una de las experiencias cinematográficas de la temporada.

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