18 de novembre de 2021

Asian Film Festival Barcelona (AFFBCN) - 2021



UNA MIRADA A LO DESCONOCIDO

Si miramos atrás a un certamen de renombre europeo y proyección internacional como el Festival de Cannes, podemos comprobar cómo la presencia de cine asiático es cada vez más frecuente entre su programación. De hecho, en su pasada edición, las producciones asiáticas no solo ocupaban un porcentaje importante de la parrilla, sino que además triunfaron en el palmarés final obteniendo gran parte de los premios relevantes. Gran Premio del Jurado para A Hero (Ghahreman) del director iraní Asghar Farhadi, Mejor guión y Premio FIPRESCI para Drive My Car del japonés Ryûsuke Hamaguchi, Premio del Jurado (ex aequo) para Memoria del tailandés Apichatpong Weerasethakul y para Ahed's Knee (Ha’berech) del israelí Nadav Lapid y, en el formato más breve, Palma de Oro para el cortometraje hongkonés All The Crows In The World (Tian Xia Wu Ya) de la directora Yi Tang. Y esto que ocurrió en Cannes, ha pasado en Venecia, en la Berlinale, en Sitges y en San Sebastián. No sucede cada año ni en cada certamen por igual, pero, aun cuando resulta evidente que no existen fronteras para el cine de calidad, algo acontece en Asia que nos invita a seguir expectantes, mes a mes, de su producción cinematográfica.

A este respecto, afortunados somos quienes vivimos en la ciudad condal, porque gracias al Asian Film Festival Barcelona (AFFBCN) no es necesario viajar ni a Asia ni a Cannes, ni obsesionarse con los cambios de estreno en el calendario. Cada año podemos disfrutar de la mejor cinematografía asiática y ver tanto las películas que han tenido un previo recorrido triunfal como aquellas obras hasta el momento desconocidas y no por eso menos interesantes. Y este año, en su novena edición, el AFFBCN 2021 ha vuelto a hacer de lo impensable lo posible: compactar en doce días la reciente creación fílmica del continente más extenso y poblado del planeta, consiguiendo con ello un sólido retrato de su compleja y variada realidad sociocultural. Así como lo describe Menene Gras, la directora del festival, el AFFBCN es "un mosaico de narrativas locales que permite descubrir al espectador lugares, paisajes e identidades como ningún otro medio de comunicación”. En números, más de cien películas realizadas por un total de 26 países o, mejor dicho, 26 países representados a lo largo de más de cien películas.

Así que imaginen la diversidad que, desde la butaca, ha supuesto este viaje y las opciones de aprendizaje que nos aguardan todavía. Pues los festivales empiezan y, tras el pertinente palmarés, llegan a su fin, pero el buen cine permanece. Simbólica y literalmente. En estos días se han proyectado filmes que aún perduran en nuestra memoria y que vale la pena recordar, así sea a modo de anticipación de un futuro estreno comercial, de la misericordia de Filmin (la plataforma que viene trasladando los festivales de cine al hogar) o de las incansables búsquedas por internet. Asimismo, el AFFBCN continúa en parte en la Filmoteca de Barcelona, donde una extensa retrospectiva del cineasta indio Satyajit Ray nos acompañará hasta finales de noviembre. De Ray ya hablamos largo y tendido, a raíz de Charulata, pero no hay mejor presentación que la proferida por otro cineasta asiático de renombre como Akira Kurosawa: "no haber visto el cine de Satyajit Ray es como estar en el mundo sin haber visto el sol o la luna”. Y ya saben que hay que dejarse sorprender regularmente por los astros.



EL ESPEJO DE LA OTREDAD

Afortunadamente, son varios los cineastas asiáticos de referencia, pero hay en la actualidad un nombre que suena repetidamente (y con razón): el del cineasta nipón Ryûsuke Hamaguchi, quien ha destacado con su doble participación en el AFFBCN. Puesto que Hamaguchi inauguraba el festival con La Ruleta de la Fortuna y la Fantasía (2021), película ganadora del Gran Premio del Jurado en la Berlinale, y repetía a los días en la Sección Oficial con la ya mencionada (debido a los premios del Festival de Cannes) Drive My Car (2021). Dos auténticas maravillas cinematográficas, producidas en el mismo año y galardonadas previamente, que asimismo han encontrado el aplauso local. De hecho, Drive My Car fue igualmente celebrada con una Mención Especial por el jurado del AFFBCN y La Ruleta de la Fortuna y la Fantasía continúa recibiendo críticas unánimemente positivas desde que se estrenara en los cines de la ciudad al margen del certamen. Pero vamos por partes, pues aunque ambos filmes son dramas que ofrecen un retrato similar de la condición humana, hay una evidente diferencia de tono, de ritmo y de metraje en el tratamiento del conflicto.


Por un lado, La Ruleta de la Fortuna y la Fantasía es una película inteligentemente ligera que aborda las flaquezas morales y su intento por corregirlas con cierta comicidad. Está compuesta por tres episodios independientes que en conjunto no superan las dos horas y que, al margen de su desvinculación argumental, dialogan entre sí reforzando el punto de vista de un director en estado de gracia. Un triángulo amoroso que hace peligrar la sincera relación de dos jóvenes amigas, una provocación erótico-literaria entre alumna y maestro que contradice cualquier expectativa y un encuentro entre mujeres de mediana edad que inventan una excusa inconsciente para salir de su soledad. En cada una de estas tres historias, protagonizadas significativamente por mujeres, Hamaguchi presenta el teatro de lo cotidiano determinado a mostrar la complejidad de las relaciones interpersonales, así como la poética subyacente. Son relatos que nos hablan de la otredad, de la importancia (y consiguiente peligro) de la palabra y de la fuerza del destino.

Paradójicamente, el director juega con la casualidad para recordarnos su causalidad, pues a pesar de que el azar recorre la película de principio a fin, se percibe la precisión de Hamaguchi en unos exuberantes diálogos y en un lenguaje cinematográfico tan comedido como evocador. Un plano medio recoge una confesión amorosa entre amigas en el asiento trasero de un coche, mientras las luces de la ciudad van quedando atrás, cuando la composición se fractura en primeros planos de ellas dos por separado, expresando así la discordia que se oculta tras la armoniosa conversación. Esa historia no ha hecho más que empezar, pero Hamaguchi la cerrará con un movimiento de cámara que es en sí mismo declaración de principios y final feliz: un paneo vertical pasa del caos de la metrópoli en obras a la calma de los árboles que se alzan por encima del mundanal ruido, manifestando de esta forma su preferencia por la naturaleza en contra de la urbe y, como se verá más tarde, de la tecnología. Así de sencillo (y de emotivo).



EL TEATRO DE LO COTIDIANO

No obstante, tal como veníamos diciendo, Hamaguchi ha conseguido combinar en el mismo año una apuesta cinematográfica que parece homenajear el cine de Hong Sang-soo, en brillantez, honestidad y simplicidad (también en el uso del zoom), con otra creación de índole esencialmente dramática: Drive My Car. Una película que es además una adaptación del relato homónimo de Haruki Murakami (publicado en español en el libro antológico Hombres sin mujeres) de poco más de cuarenta páginas que, sin embargo, le permiten a Hamaguchi desarrollar una hermosa obra, casi hipnótica, de tres horas de duración. Donde el director enriquece el cuento del escritor, de un modo que solo el séptimo arte puede expresar, y nos habla de la diversidad cultural, y humana en general, para enfatizar el carácter universal de cuestiones como el perdón, la autoconsciencia y la pérdida. Y así, en el terreno argumental, un director de teatro se ve obligado a aceptar los servicios de una joven chófer impuesta por el festival en el que participa. Prepara la obra teatral Tío Vania de Antón Chéjov y, gracias a las diversas nacionalidades del elenco actoral, lo hace en múltiples idiomas (incluyendo el lenguaje de signos coreano). Hay diálogos en japonés, tagalo, mandarín, indonesio, inglés, coreano o alemán, que confluyen en pantalla con las idas y venidas de ambos protagonistas en el interior de un Saab 900 de color rojo intenso. Ella al volante y él en el asiento trasero, ambos escuchando la obra de Chéjov que suena a través del radiocasete. Uno y otro inmerso en su soledad hasta que el tiempo les permita enfrentarse a un pasado traumático y, a pesar de las diferencias, o precisamente gracias a ellas, superarlo en compañía.


Resulta evidente que las heridas se curan con el paso del tiempo y con mucha determinación. Por eso el director cocina la narración a fuego lento, con tanto mimo y precisión que consigue que la ficción deje de serlo frente a la cámara. Porque, todo y que el reconocimiento de Cannes nos sugiere un guion magistral (y están en lo cierto), el filme fluye alejado de su base literaria mientras la trama y sus imágenes perfilan un mundo tan creíble como tristemente incomprensible, tan solitario como lleno de esperanza. Con todo, la palabra es importante para Hamaguchi. En Drive My Car convergen varias líneas narrativas y es tan relevante el qué como la forma en que se dice: la obra de Chéjov, la herencia narrativa de Murakami, la voz en off que suena insistentemente por el radiocasete y numerosos diálogos que van perfilando una suerte de voz colectiva. Pero, por encima de todo ello, lo visual adquiere en la película una dimensión concluyente. Como sucede con el plano detalle de dos manos (sosteniendo cada una un cigarrillo humeante a través del techo solar del vehículo) que explica de un vistazo el acercamiento entre los protagonistas. No se tocan, pero coexisten en paralelo igual que dos compañeros de viaje. La posición vertical de las manos, visibles entre destellos lumínicos nocturnos, invita a pensar en cierta conexión espiritual. Son mástiles de soledad que reclaman con sus pequeñas puntas encendidas una atención superior. Son llamadas de auxilio a la vez que manifestaciones vitales. Son todo eso y mucho más.



IMÁGENES MAYÚSCULAS

Pero bien está lo que bien acaba. Por algo es un dicho de uso común y por eso fue Better Days (Derek Tsang, 2019) el filme encargado de cerrar el AFFBCN. Porque Better Days ya había provocado elevadas opiniones tras su nominación a mejor película internacional en los pasados Oscar y, pese a que no ganó, muchos la creemos mejor opción que Otra ronda (Thomas Vinterberg, 2020). Además, la cinta juega a la contra de la falta de transparencia política china, cuyo gobierno intentó boicotear la proyección internacional de la misma. Pero ni pudieron impedir que la acabáramos viendo, ni que arrasara en las taquillas del país. Con razón. O mejor dicho, con más de una. De un lado, Better Days contribuye positivamente al prestigio del cine hongkonés (donde se establece la producción y el origen de su director), aunque argumentalmente aborde el acoso escolar en China. Tratándose de una problemática claramente universal, el bullying, aquí se manifiesta con base en la singularidad del contexto: la presión social que sufren los estudiantes chinos en su último año de secundaria mientras preparan el “gaokao”. El temido examen de acceso es una prueba que en muchos casos lleva a los alumnos a estudiar una media de doce horas al día, como si de ellos dependiera, no solo el futuro del país, sino la mejora económica de sus familias.


De este modo, en Better Days todo recae en unos estudiantes afectivamente abandonados (la distancia entre jóvenes y adultos, sabiamente tratada a través del fuera de campo, resulta abismal en la pantalla) quienes sufren en silencio en el arduo camino hacia la madurez y, en ocasiones más trágicas, acaban optando por la delincuencia o incluso por el suicidio. La protagonista del filme convive en su tormentosa lucha académica con las dos opciones mencionadas: presencia el suicidio de su amiga en el patio de la escuela y sortea el acoso de algunas compañeras gracias a la compañía del noble maleante de quien se enamora. Y estudia. Sufre y estudia mucho. Pero encuentra en el amor, en su versión más fraternal, una vía de escape y un plan de futuro. Así es como colegiala y delincuente acabaran sumando fuerzas para intentar superar la inclemencia de un mundo excesivamente inhóspito. Mas si esta asociación cobra vida y su lucha resulta creíble es, sobre todo, gracias al brillante tándem actoral que encarna esta pareja de rebeldes: el famoso cantante chino Jackson Yee y la joven pero consagrada actriz Zhou Dongyu (quien se inició en la interpretación con Amor bajo el Espino Blanco y quien ahora ha repetido en el AFFBCN con Fire on the Plain en otro papel memorable).

En el apartado técnico, a diferencia de Después de Lucía (Michel Franco, 2012), película que trata el bullying de un modo cruelmente directo, sin florituras formales, Better Days presenta una puesta en escena algo artificiosa pero igualmente efectista. Pues Tsang inunda la pantalla de imágenes poéticas, tan dolorosas como bellas, al ritmo de un montaje que juega a favor del suspense y de una banda sonora que insufla más emoción todavía. La historia es vibrante y el director la presenta con un lenguaje a la altura. Si bien cumple el objetivo, se echa en falta un resultado visual más acorde con la problemática que aborda, menos publicitario y más centrado en la idiosincrasia del lugar. Queda claro que Tsang ha alcanzado el éxito (desde su anterior película Soul Mate), veremos si el autor está en camino. Better Days es su cuarta creación cinematográfica y aún le queda mucho cine por recorrer.


Luego es cierto que en la búsqueda de la diferencia nos hallamos todos en equidad, pero (como hemos observado en Hamaguchi) hay una innegable autoría asiática que puede matizar nuestra existencia, así nos atraviese a todos por igual. Somos, en efecto, conscientes de lo lejos que ha quedado el trípode de Yasujirō Ozu (que emplazaba la imagen a escasos metros del suelo y nos obligaba a mirar como si estuviéramos sentados sobre nuestras rodillas), más que todo, porque en la actualidad los japoneses también compran en IKEA. Sin embargo, incluso si la uniformidad se apodera de la población global, seguirá siendo posible ver la peculiaridad a través del visor de la cámara. Y, gracias al AFFBCN, de la pantalla.

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