13 de octubre de 2020

Sitges 2020: Last Words (2020)


Hasta que el mundo se pare 


Un artículo de Carles Martínez Agenjo.


En una memorable escena de Last Words (2020), el veterano Nick Nolte y el joven Khalifa Touray –por cierto, un actor descubierto en un campo de refugiados– llegan a un pequeño asentamiento de cabañas improvisadas que se ubica en Atenas. Allí, el último reducto de hombres y mujeres del mundo se entrega a la etapa final de nuestra especie entre los vestigios de la Grecia Clásica. Una comunidad de supervivencia que escoge los templos de antaño –el único lugar donde todavía crece la hierba y se pasea en armonía– para subsistir a base de comida enlatada y agua embotellada, cultivando unas semillas que no dan fruto y engendrando unos hijos que nacen muertos frente a un mediterráneo teñido de rojo. 

En este futuro distópico –que parece surgido de las pesadillas de Greta Thunberg–y provocado por una crisis climática de terrible actualidad, el tándem Nolte & Touray conoce a un doctor con la bata deshilachada y el rostro de Stellan Skarsgaard. Se plantan delante y Nolte extiende la mano. Él se lo queda mirando con recelo, pero finalmente consuman el apretón y éste parece que no acaba nunca. La sonrisa se dibuja en sus caras y desemboca en risa. 

It’s been a long time since someone offered me his hand… –confiesa Skarsgaard. 

Y nosotros, los espectadores, seguramente pensamos lo mismo. El buen apretón como un recuerdo no tan lejano. Como un gesto que la COVID-19 nos impide efectuar con naturalidad. Con aquel desparpajo de la vieja normalidad que tanto añoramos en estos tiempos de incerteza constante. 

Coproducida entre Francia e Italia, dirigida escrita y montada por Jonathan Nossiter como la adaptación de una novela de Santiago Amigorena, y diseñada dentro de la sección Noves Visions como una de las películas que ha dado comienzo a la que, seguramente, es la edición más excepcional del Sitges Film Festival; Last Words parece gravitar en torno a una encajada de manos. Es un film sobre la memoria. O lo que es más, sobre la necesidad de memoria. 

Nos encontramos en el año 2084 y lo mejor que le puede pasar a las pocas personas que quedan en la Tierra es dejar constancia de quienes son y de lo que han vivido ante al objetivo de una cámara. O mejor aún, ante la última cámara de cine del planeta. Una herramienta de antaño que se hace presente. Y dicho artefacto tiene necesariamente que ver con Shakespeare –así llaman al personaje que encarna Nolte– cuando lo descubrimos, cuál ermitaño, rodeado de bobinas, carteles y bidones de nitrocelulosa en las oscuras tripas de la Cineteca de una Bolonia desierta por guerras y pandemias. 

Es justo ahí, en las catacumbas de lo poco que queda del cine en un mundo devastado, donde el compás de una bicicleta estática pedaleada por Nolte activará un rudimentario proyector construido a mano y dará pie al mejor de los asombros. Que no es otro que el rostro en contrapicado de Touray, el muchacho sin nombre, identificando asustado las luces y sombras de una caja mágica por primera vez en la vida. Algo así como el rugido de un león capaz de reescribir en la retina del joven el recuerdo del primer tren filmado por los hermanos Lumière llegando a la estación de La Ciotat como si fuera a atropellar al público. Y es ahí también, en las catacumbas de Bolonia, donde maestro y aprendiz se pondrán manos a la obra para fabricar una cámara portátil de cajón y unas cuantas tiras de fotograma secadas y recortadas a mano. El perfecto kit de viaje con el que escribirán la crónica visual de los últimos días del ser humano. De cada uno de los recuerdos que lo acompañan. De los testimonios que dan sentido al cine mismo. 

Evidentemente, la película se pierde en referencias al séptimo arte. Y ahí radica la gracia. No hay voluntad de enaltecer ni trascender la cita. Nossiter se sirve de retales de distintas películas, pero también de anuncios de época –como ese humeante wok revelando en los protagonistas un signo de apetito casi sexual– que conforman un variopinto mosaico audiovisual que lleva grabada la palabra nostalgia. 

Hablamos de imágenes de un pasado sepultado donde la experiencia del cine –¡lejos de la hegemonía de las plataformas digitales!– revive como el último hogar posible en la oscuridad de una cueva enmohecida. Un hogar movible, trasladable de Bolonia a Atenas, que permitirá capturar trozos de vida mediante planos temblorosos con textura de Super 8 –esas imágenes de exterior y aroma verité que desnudan los personajes de Charlotte Rampling y Alba Rohrwacher, pero también las actrices que hay detrás– o los instantes de evasión nocturna donde la cada vez más reducida comunidad neoateniense disfruta, pese a las adversidades, de sesiones de cine a la intemperie. Sesiones que, como las de Nolte y Touray en aquella Cineteca en ruinas, también funcionan a modo de collage lúdico. Una suerte de mixtape post-apocalíptico donde el Buster Keaton de El moderno Sherlock Holmes (1924) que aprendía a vivir a través de una pantalla, la importancia de la risa en grupo que destilaban Los viajes de Sullivan (Preston Sturges, 1941), el sentido alocado de la vida según Terry Gilliam y la dulce voz de Beth Gibbons cantando el Candy Says conviven dentro de los límites de un mismo marco. 

Es justo ahí, bajo el calor de un pequeño cine del improviso que funciona a través del eterno diálogo entre la mirada que graba, que registra, y la que se proyecta sobre una tela rectangular, donde volvemos a sonreír. Y a reír. Como Nolte y Skarsgaard. Es ahí, en definitiva, donde esas últimas palabras a las que hace referencia el título son también las últimas imágenes. El mejor adiós a un mundo que termina. Como un apretón de manos bien largo. Consciente de que no habrá ninguno más. 

Disfrutad, que todavía podéis. Disfrutad de Sitges en comunidad. Disfrutad del cine hasta que el mundo se pare.

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