20 de octubre de 2019

Sitges 2019: El Hoyo, Judy & Punch, Bacurau, y alegato final.

CON LOS OJOS VENDADOS

Un artículo de Adriano Calero.


El Festival de Cine de Sitges se ha despedido hasta el próximo año tras proyectar un número inabarcable de obras cinematográficas: nacionales e internacionales, muchas de ellas óperas primas, pero todas fantásticas. Aunque, como viene siendo habitual, injustamente filtradas por el embudo de un palmarés que difícilmente acierta. Porque (si acierta) lo hace a expensas de las películas que olvida y la consiguiente indignación de sus respectivos defensores. Ya se imaginan, las manos en la cabeza y el pertinente reclamo a la justicia, quien probablemente esté ocupada recibiendo agradecimientos de los vencedores. Balanza en primer término y la espada a un lado. Unos contentos e insatisfechos los otros. Que si este film no da la talla y éste, en cambio, es indudablemente mejor… Siempre hay otra opción. Y en la selección oficial del festival, hasta 34 películas más. Así que será mejor dejarlo como está. O nuevos detractores para cada reconocimiento y vuelta a empezar.

Puede que una lista de vencedores en una competición no deportiva carezca de exactitud y peque de excesiva subjetividad, pero qué sería de un certamen sin premios (y del premio sin su festival correspondiente), de la prensa, de las redes sociales, de las contiendas entre expertos (todos aquellos que respiran y hablan) y de tantos titulares… Además, los premios son solo premios: la materialización del reconocimiento que, en los mejores casos, facilita un futuro mejor a quienes la puedan alzar. Que hay mejores y peores películas resulta evidente, pero todos podemos deliberar al respecto. He aquí la gracia del cine: es de todos y todos podemos opinar. Y esta vez, nada que objetar. O, tal vez, sí.



TSUNAMI CINEMATOGRÁFICO

Gana una de esas óperas primas españolas que antes mencionábamos, El Hoyo (Galder Gaztelu-Urrutia, 2019), y lo hace por la puerta grande. Mejor película para el jurado y para el público, también. Y el premio de la crítica Citizen Kane al director revelación. Inaudito. Coinciden jurado, público y crítica, y por fin la justicia tiene menos faena. Un cuarto premio en el apartado técnico, mejores efectos especiales, en una película que lógicamente destaca en lo visual. Con un diseño de producción memorable, El Hoyo alcanza la excelencia en la elaboración conceptual del mundo distópico que presenta y en la coherencia de un tono que parece expresamente hecho para Sitges.

A medio camino entre Snowpiercer (Bong Joon-ho, 2013), pero desde otro ángulo, y Cube (Vincenzo Natali, 1997), El Hoyo sigue principalmente a un hombre (Ivan Massagué) en una suerte de centro penitenciario verticalmente interminable, donde las celdas se apilan unas encima de otras, mientras que una plataforma (de ahí su título en inglés) desciende conectándolas a todas. Un gran banquete, o lo que queda de él, se traslada de planta en planta en su camino a las profundidades, literales y metafóricas, ofreciendo tanto un sustento como la prueba de la injusticia. Todo ello en un guión que, sin traicionar el punto de vista, sabe mantener la intriga hasta el final y que perfectamente podría haber supuesto un quinto premio. Con permiso de Judy & Punch (Mirrah Foulkes, 2019)… O, más bien, gracias a Judy & Punch.


La primera película de la, hasta el momento, actriz australiana Mirrah Foulkes se lleva el premio a mejor guión en Sitges y la falta de objeción como respuesta resulta mucho más complicada. Judy & Punch es uno de esos films que se disfrutan en su visionado, rápido, efectista y mordaz, pero que se olvidan fácilmente al acabar el mismo. Ni la acertada construcción espacial, ni el impresionante trabajo actoral consiguen impactar en un guión predecible que acaba hipotecando su atrevimiento e incorrección inicial en pos de un discurso políticamente correcto y tendenciosamente actual. Por mucho que traslade la acción a un hipotético siglo XVII en un pueblo inexistente llamado Seaside.

Allí los titiriteros Judy (Mia Wasikowska) y Punch (Damon Herriman) entretienen al personal con su provocativo espectáculo de marionetas. Punch tiene la fama, pero es Judy quien carda la lana. Sin embargo, a Judy no le importa estar en la sombra, solo la tendencia de su marido al alcohol y a la violencia. Y así, entre borrachera etílica y visual, la película avanza impelida por una retórica continua hacia un presente reconocible. Una historia que traslada la épica de la venganza merecida al liderazgo de la mujer, en tantas obras olvidado. Que acierta en su crítica al fanatismo y en el miedo a la otredad, pero que naufraga al pisar el terreno de la exageración, donde los malos son tan planos y los buenos son tan nobles que el espectador indudablemente se verá reflejado en la corrección moral. Puro entretenimiento, ninguna autocrítica. Porque los malvados son siempre los otros, ¿verdad?

En definitiva, ante la urgencia de un cambio inminente que de momento camina a paso lento, Judy & Punch peca de indulgente aunque se vista de revolucionaria… Y del pasado de Seaside al futuro de Bacurau (Juliano Dornelles, Kleber Mendonça Filho, 2019), pasando por la verdadera revolución. Del cine y del pueblo ficticio que aquí se representa: Bacurau. Ambas realidades bajo el mismo nombre, un premiado nombre que vuelve a suponer el acuerdo de la crítica y del jurado. Del jurado joven, también. Galardonada con el premio a la mejor dirección y, como película, por partida doble, Bacurau está tan ligada a la población que retrata que nos obliga a todos a llegar a la misma. Literalmente.


Así, el film se inicia con el desplazamiento de varias personas en una suerte de peregrinaje a tan olvidado rincón del Brasil. La matriarca del lugar, Carmelita, ha muerto a los 94 años de edad y su entierro es motivo suficiente para la vuelta al hogar de aquellos lugareños expatriados que, a partir de ese momento, ya no volverán a partir. Descubren que Bacurau está desapareciendo de los mapas y, frente a la llegada de una amenaza externa, no dudan. La comunidad debe permanecer unida.

De la tristeza en la pérdida a la felicidad del encuentro, y la festividad que merecen las honras fúnebres. En Bacurau todo es una fiesta. Rodada en formato panorámico, en Panavision, su visionado supone un viaje al pasado cinematográfico (aunque el futuro de Bacurau). Inicialmente, a modo de retrato costumbrista de la realidad rural del país. Con un pie en el realismo mágico de Macondo, Bacurau se adentra en la fábula (las cortinillas en el montaje ayudan a crear esa sensación), para luego perderse en la orgía de la matanza. De la viveza cromática del pueblo y sus habitantes, al rojo sangre. Y un metraje final que recuerda al buen hacer de nuestro querido Tarantino. Pero con otro presupuesto. Todo huele a serie B en un ejercicio de géneros cinematográficos que pasa sin inmutarse de la acción al western y del oeste a la ciencia ficción. Una aventura única no apto para todos los gustos. Para el público de Sitges, indudablemente que sí.

Si El Hoyo se apoyaba en el género para presentar su alegoría sobre las desigualdades sociales, Bacurau hace lo propio ante el peligro de un poder mal gestionado. Un poder en la distancia que poco a poco se acerca. Violencia e invasión, ¿Bolsonaro? Lo mismo valdrían Trump que el gobierno español.



LA REALIDAD Y LA FICCIÓN

Lamentablemente, hay otra clase de veredicto que, siendo igual de subjetivo, tiene el poder (y la intención) de castigar (y de humillar). Olviden de inmediato los premios y aquello de poder deliberar. Si no llevan toga, les obligarán a permanecer entre el miedo y el arrepentimiento, y verán como su libertad empieza a menguar. Valoren la respuesta a ofrecer. Un poco de convicción y otro tanto de determinación, que la ira y el odio ya vienen con la sentencia. Piénsenlo bien. Pero, sobre todo, no discutan con su homólogo. La libertad que desaparece no es del otro, es la de todos.

Aunque suene a sinopsis de película premiada, ya lo saben, la realidad supera la ficción. O incluso, como estos días se puede leer en la red, “castiga la ficción”. Desde luego, Sitges la premia. Y así un sábado sobre el escenario hubo espacio para la alegría (y la decepción) y un lunes, con el festival recién finalizado, de nuevo el terror. El festival emitía un comunicado donde mostraba su solidaridad y apoyo con los condenados. Y en respuesta al comunicado, un merecido y generalizado aplauso… Pero también la incomprensión de algunos que para justificar su desacuerdo cuestionaban la relación entre el cine y la política. Será eso, la falta de comprensión. Porque, ¿desde cuándo cine y política no van de la mano?

La política lo es todo y ese todo también somos nosotros. La política rige el cine, el arte y la cultura en general. Políticos son los festivales y los premios que se otorgan, tantas veces reflejo de la necesidad social del momento. Lo vemos cada año en los Oscar, en la Berlinale, en Cannes… Y en Sitges, lo acabamos de ver.

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