23 de noviembre de 2017

Bette Davis y Joan Crawford


Los tiempos cambian y presuntamente el mundo evoluciona. Sin embargo, no dejan de haber acontecimientos que demuestran el anquilosamiento de ciertas estructuras políticas y sociales. La lucha por ejercer la libertad individual y la libre expresión continúa y se manifiesta de muy diversas formas. No obstante, la lucha en favor de los derechos humanos elementales y la defensa de la libertad y la justicia continúan siendo las causas más nobles por las que se puede y debe batallar. 

En el terreno cinematográfico y en el de las artes en general, aquellas personas que denotan una personalidad más acentuada suelen trascender especialmente tanto si ello conlleva que sus trayectorias luzcan más o menos debido al poder del establishment de turno. En cualquier caso, como analistas siempre debemos glosar los hechos diferenciales de aquellas personas que han dejado huella gracias a su fuerte carácter y determinación, a la profundidad de sus convicciones y a la tenacidad en la defensa del interés propio frente a una industria muy poderosa.

Este es el caso de dos de las mejores actrices de la historia: Joan Crawford (1904-1977) y Bette Davis (1908-1989). Fueron dos mujeres de extensa carrera, que marcaron época porque tenían una fuerza interpretativa inusitada que pronto las separó del rol femenino tradicional para situarlas como actrices de carácter. Crawford, Davis y Katharine Hepburn lideraron a un selecto grupo de intérpretes que ofrecían a Hollywood la ventaja de contar con protagonistas femeninas fuertes, decididas y capaces de contraponerse a sus partenaires masculinos desde la firmeza. Para damiselas en apuros ya había multitud de opciones. Ellas estaban en la industria para reivindicar el papel emergente de la mujer en la sociedad y no dudaron en batallar ante productores y ejecutivos en pos de ese reconocimiento, incluso cuando ello pudiera conllevar la pérdida de papeles y la inactividad temporal.


Con más o menos continuidad, estas mujeres brillantes se consagraron en el firmamento hollywoodiense y recibieron galardones y múltiples reconocimientos a su labor. Pero acabó llegando el momento en que sus esfuerzos tuvieron que redoblarse ante un terrible enemigo: el inexorable paso del tiempo. La denuncia de las actrices veteranas cuando se ven apartadas de las principales ofertas de trabajo, por cuestión de edad, continúa muy viva actualmente pero en la época de Crawford y Davis aún era mucho más dura. La juventud en los roles femeninos imperaba con más rotundidad en la industria y grandes leyendas se quedaban en la cuneta a una edad en la que su talento estaba por las nubes. Así fue como el fuerte temperamento del que siempre habían hecho gala tuvo que salir  a escena, con más ahínco, para seguir haciendo centellear la pantalla con sus apariciones.

Esta etapa de madurez creativa, tan valorada siempre en la trayectoria de actores y directores pero tremendamente complicada para las mujeres, resulta interesantísima a la hora de abordar proyectos que expliquen a las nuevas generaciones la edad de oro de Hollywood. Un gran número de mujeres, todas ellas grandes actrices, tuvieron que hacer frente al brutal sexismo de la época e incluso a trabas burocráticas que nunca debían superar sus colegas varones. En la defensa en favor del rol femenino en la industria, muchas estrellas tuvieron que luchar ferozmente para contravenir la máxima que seguían la mayoría de los estudios en cuanto a los papeles femeninos: "a más edad, roles secundarios u ostracismo".

En esta apuesta persistente por crear series de televisión que indaguen en el pasado para redescubrir episodios rompedores, el productor Ryan Murphy decidió poner en pie su idea de explicar algunos de los grandes enfrentamientos personales del siglo XX con la rivalidad entre dos actrices en el inicio de su senectud. Sumergirse en la intrahistoria tras la compleja relación entre Joan Crawford y Bette Davis antes, durante y después del rodaje del clásico de Robert Aldrich, What Ever Happened to Baby Jane? (1962), era la mejor forma de iniciar una memorabilia de calidad que, de paso, engrosa el lustrado atrio del metacine.

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