30 d’octubre del 2015

Spielberg on Spielberg: La Terminal (The Terminal, 2004)


"Quería hacer una película que nos hiciese reír y llorar y sentir bien con el mundo."

La realidad supera a la ficción en muchas ocasiones. Desgraciadamente, estamos acostumbrados a ver sucesos reales que superan la imaginación de cualquier guionista que intente crear un argumento de máximo contenido dramático. Pero también hay otras historias más individuales y con una escala de eco mediático inferior que acaban formando parte de un anecdotario mucho más desconocido. Una de esas pequeñas historias es la que protagonizó el iraní Mehran Karimi Nasseri. En 1988 emprendió viaje al Reino Unido tratando de instalarse allí haciendo valer su parentivo con un ciudadano británico. Pero las autoridades de inmigración le retuvieron en Londres ya que no presentaba la documentación necesaria. Nasseri afirmó que le habían robado el pasaporte y el visado pero eso nunca pudo ser aclarado. Su segunda opción fue volar a París y tratar el caso con los funcionarios franceses. Sin embargo, el resultado fue el mismo con el agravante de que debía permanecer en la terminal de vuelos hasta que pudiera esclarecerse su caso. Nasseri se convirtió entonces en residente permanente de la Terminal 1 del aeropuerto Charles De Gaulle y allí permaneció dieciocho años porque nadie consiguió solucionar su situación, avergonzando a la Europa avanzada ante este tipo de situaciones. Nasseri solo pudo abandonar definitivamente la terminal cuando en 2006 fue trasladado a un hospital debido a una urgencia médica. Se trata del refugiado más incomprendido de la historia reciente.

El director y guionista Andrew Niccol, uno de los cineastas más innovadores y provocadores de los últimos tiempos, vio un documental en el que se hablaba de la situación de Nasseri y decidió convertirlo en un guión fílmico. Cuando tenía listo un borrador, habló con varios estudios pero solo DreamWorks mostró un interés firme por la historia. Steven Spielberg se había enterado de los planes de Niccol y quería dirigir la película. El guión fue a parar a las manos del director mientras DreamWorks ingresaba 250.000 dólares en un fondo que debía ir a parar a las manos de Nasseri cuando pudiera por fin abandonar las instalaciones del aeropuerto De Gaulle. Walter F. Parkes y Laurie MacDonald, el matrimonio que dirigía el estudio en el día a día, entró también en la producción de la película junto a Spielberg.

Spielberg contrató a Sacha Gervasi para que hiciera una revisión del guión que finalmente fue encargada a su más reciente colaborador en Catch Me If You Can: Jeff Nathanson. El director veía en este guión una oportunidad para contar una historia de incomprensión pero también de oportunidades, incorporando elementos de la comedia clásica americana que tan bien representó el cine del maestro Frank Capra. En esta línea, la aportación de Nathanson era vital para dotar a la película de ese balance entre drama y comedia que tan bien había funcionado en la película precedente. El devastador efecto que produjo el 11-S en las conciencias de los norteamericanos fue tratado, de forma dramática, por Spielberg en su siguiente proyecto pero previamente sintió que debía reconducir esos sentimientos de tristeza hacia otra dirección más esperanzadora. La Terminal es una declaración de optimismo ante la incomprensión, las trabas burocráticas y el fortalecimiento de la seguridad aeroportuaria post 11-S.
"Es una fantasía. Es como una película de Frank Capra. Siempre pensé que realizar The Terminal era sacarse el sombrero ante Capra." 
La película empieza con la llegada de Viktor Navorski al aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York. Navorski es un ciudadano de la ficticia Krakozhia, una nación del Este de Europa en la que ha estallado un conflicto civil mientras Viktor cruzaba el Atlántico. Los Estados Unidos no reconocen al nuevo Gobierno por lo que el pasaporte y el visado de Navorski no es válido mientras la situación política no se clarifique. Las trabas idiomáticas se añaden a la conmoción por lo sucedido. Tampoco ayuda la intransigencia de Frank Dixon, director de aduanas, en funciones, del aeropuerto. Ante la imposibilidad de entrar en el país y no pudiendo regresar por la inestabilidad política, el ingenuo Viktor queda recluido en la terminal de pasajeros. Lo que debía ser un breve periodo de tiempo se va alargando por la extensión del conflicto en Krakozhia. Navorski va aprendiendo el idioma y se convierte en un auténtico superviviente cuya honestidad y sencillez se acaban ganando a todo el personal del JFK excepto a Dixon, quien no cejará en su empeño de librarse de él para que no comprometa su tan ansiado ascenso. 


Con un protagonista de estas características, Spielberg no dudó un segundo en volver a contar con su amigo Tom Hanks. Solo alguien como él podía empatizar con el público desde la amabilidad y los buenos valores. Él era la mejor elección por calidad interpretativa y también por el aire cotidiano que siempre transmite a sus interpretaciones. Era imprescindible ver a alguien común y sencillo que debe enfrentarse a una curiosa forma de presidio burocrático. Sin embargo, su forma de enfrentarse al problema no es la de revolucionarse y generar conflicto sino la de ayudar y convertirse en apoyo para muchas de las personas que trabajan en la terminal. Ante la incomprensión, Navorski ofrece colaboración. Frente a la intransigencia, propone concordia y entendimiento. Un mensaje claro de conciliación en tiempos difíciles. Como dato curioso, Hanks se inspiró en su suegro, de origen búlgaro, para replicar el acento del Este de Europa que debía caracterizar al personaje. 
"Tom es el hijo predilecto de Norteamérica por antonomasia. Básicamente se ha convertido en el actor más icónico que trabaja en el cine de la actualidad."
 "Francamente y con egoísmo creo que es la mejor interpretación que Tom jamás ha hecho en una película, incluidas Forrest Gump y Philadelphia por las que ganó el Oscar. Esa es mi humilde opinión, nada objetiva, pues soy el director de la película."

La Terminal supuso también la posibilidad de poder trabajar con Catherine Zeta-Jones y Stanley Tucci. Spielberg tenía mucho interés por ambos y consiguió su implicación con facilidad aunque, si bien Tucci resultó acertado en el papel de Dixon, la actriz galesa fue víctima del personaje más flojo de la trama. La azafata Amelia Warren queda desdibujado dentro del planteamiento argumental y sus apariciones puntuales en pantalla no obtienen el efecto esperado sino que resulta más bien prescindible y poco aporta a la experiencia de Navorski. El reparto lo completaron buenos intérpretes de reparto como Chi McBride y Barry Shabaka Henley, además de la presencia de la ascendente Zoë Saldana y el mexicano Diego Luna, quien ya había debutado en Hollywood de la mano de Kevin Costner en Open Range (2003). Para dar vida a Gupta, el encargado de limpieza indio de la terminal, Spielberg contrató al veterano Kumar Pallana (1918-2013). Kumar había nacido en la India pero se había asentado desde joven en Dallas, donde era propietario de un restaurante. El director Wes Anderson lo conoció allí y le dio un papel en su película Bottle Rocket (1996). Repitió con él en Rushmore (1998) y The Royal Tenenbaums (2001). Spielberg lo había visto en estos films y quiso contar con su participación aunque hubiera rebasado ampliamente los ochenta años cuando se inició el rodaje.


El reto principal de la película era el set de rodaje principal. Se pensó en utilizar alguna terminal real cerrando secciones en momentos de poca afluencia pero la posibilidad quedó descartada por el aumento de presupuesto que habría provocado al forzar el traslado de los equipos de forma constante. Era necesario recrear una terminal de pasajeros dotándola del máximo realismo y, para conseguirlo, Spielberg decidió volver a contar con el brillante Alex McDowell en el diseño de producción. Tras su experiencia conjunta en Minority Report, McDowell se enfrentaba a un nuevo desafío en su carrera. La inspiración para concebirla la encontró en el clásico Playtime (1967), de Jacques Tati. La extraordinaria puesta en escena que Tati concibió para el ultramoderno aeropuerto de Orly guió su concepción visual dotando a la terminal de mucha fluidez y cristal constante para mostrar el exterior. Debía ser un set dinámico y amplio que permitiera los movimientos de cámara y aprovechara entradas de luz natural. El proyecto se hizo realidad en un hangar de reserva del Los Angeles Palmdale Regional Airport. Para el diseño de un aeropuerto moderno, tomó ideas del aeropuerto de Düsseldorf. En su interior se instalaron tiendas de marcas reales que servían productos auténticos: Sbarro, Borders, Hugo Boss, La Perla, Brookstone, Burger King, y Dean & DeLuca, entre otras. Cuando Spielberg y Kaminski llegaron al set comprobaron que el realismo del espacio era tan contundente que podría haber sido habilitado como terminal de aeropuerto de forma instantánea. 

Kaminski dispuso de los espacios para colocar las grúas y travellings que tenían previstas y pudo aprovechar excelentemente los numerosos lugares y rincones que ofrecía el gigantesco plató. La idea siempre fue la de usar una iluminación muy neutra que reforzara la habitual frialdad de un espacio que la mayor parte de la gente solo pisa durante un breve espacio de tiempo. Esa frialdad sería un contante contrapeso a los intentos de Navorski por adaptarse y crear un ambiente cómodo donde residir. La calidez de los planos entra en marcha en los momentos más íntimos del personaje, esos instantes de recogimiento al final del día en su improvisada cama. Esa misma calidez se recupera también en la ilusión que siente al citarse con Amelia.


El rodaje dio inicio el 1 octubre de 2003 y finalizó el 12 de diciembre. Solo fueron necesarios unos pocos interiores extras que se rodaron en el Aeropuerto de Montréal-Mirabel donde también se filmaron los exteriores del supuesto JFK. El objetivo final del viaje de Navorski es cumplir el último deseo de su difunto padre: conseguir el autógrafo del saxofonista Benny Golson, el último gran músico de jazz que faltaba en su lista. Golson y su banda eran los invitados fijos del Hotel Lexington, en el centro de Manhattan. Y allí es donde se rodaron unas secuencias finales que se coronaron en Times Square
"Creo que todos nos sentimos como Viktor en algunos momentos de nuestra vida: una persona desplazada en busca de una vida."
Desde el inicio, con una introducción de créditos iniciales que utiliza el propio panel de vuelos del aeropuerto, tenemos un acercamiento al efecto post 11-S: rutina pesada en los puestos del Inmigración, con medidas de acceso más exigentes y molestas para el usuario.  Desde el principio, Spielberg nos coloca ante la realidad del día a día en un gran aeropuerto y, en este contexto, donde no hay paciencia ni tiempo para contrariedades, aparece Viktor Navorski. Él se configura, desde el inicio, como una prueba para el sistema y como un dolor de cabeza constante para el intransigente director de aduanas. 


La odisea de Navorski se configura entorno a los obstáculos: una barrera idiomática inicial que da paso a la sensación de estar perdido en un limbo legal, dentro de un mundo globalizado, cuyos muros parecen estar más altos que nunca. Esta es una de las reflexiones más interesantes de la película porque la apertura de la puerta que conduce al exterior solo es percibida por Navorski desde la lejanía, desde la imposibilidad de cruzarla. El dramatismo y la desesperación se desarrolla cuando se ve confinado en la terminal de pasajeros mientras ve por televisión como Krakozhia se desangra en una terrible guerra civil. Se produce entonces una carga emocional de deshumanización que el protagonista irá rompiendo, de forma progresiva, gracias a su buen carácter y optimismo recalcitrante. 

Decidido a cumplir la promesa hecha a su padre, esperará el tiempo que haga falta y hará de la fría terminal un hogar cálido mientras el mundo exterior, lleno de atractivos, espera a un viajero que sufre reclusión por parte de las autoridades de un país cuya tradición ha sido siempre la de acoger a personas de muy diversa procedencia. Estados Unidos está cerrada para Navorski mientras continúa encapsulado en una enorme pecera de vidrio. Esta simbología resulta muy interesante y ejemplifica la intransigencia burocrática que caracteriza a las sociedades modernas, tal y como vemos cada día.

La vida diaria en el aeropuerto queda representada de forma magnífica mientras Navorski se va convirtiendo en un referente para la gente que trabaja allí. Poco a poco se van introduciendo mayores elementos de comedia y la música de John Williams empieza a variar para hacerse más distendida. Las tramas poco interesantes se rompen cada vez que interviene Frank Dixon con sus constantes trabas burocráticas. La situación de indefinición legal de Navorski encrespa a un hombre que ha hecho de su empleo una extensión de la propiedad personal. Y la extraña situación de Viktor compromete, una y otra vez, ese orden cuadriculado al que aspira el futuro director de aduanas. La incomprensión inicial se acaba convirtiendo en la utilización del miedo para conseguir su propósito. Incluso trata de embaucar al protagonista a fin de que abandone la terminal sin permiso y sea detenido por la policía de la ciudad. Cualquier fórmula es óptima para librarse de él aunque se sorprende por la agudeza del nativo de Krakozhia, su fuerte determinación y los apoyos que va consiguiendo entre los empleados del aeropuerto.


Con el paso de los meses, el apoyo de la gente se transforma en solidaridad constante hacia Navorski y eso significa la aparición de un contrapoder para Dixon. La naturalidad y la humanidad chocan contra el aspecto funcionarial y legalmente dogmático que caracteriza a Dixon. No se trata de un esquema tan maniqueísta como podría parecer porque sabemos perfectamente que, cada día, en los aeropuertos del mundo, la demanda de ayuda y colaboración choca contra la intransigencia y la incomprensión, eternamente amparada en la necesidad de ofrecer una imagen de teórica seguridad. 

Dentro de este planteamiento sumamente interesante, la presencia del personaje interpretado por Catherine Zeta-Jones supone un lastre. La línea del personaje aporta poco al relato. Solo consigue apostillar algo que ya conocemos: la tremenda humanidad de Navorski. Alguien que no hace de su situación un drama incontestable y que tampoco llama a la rebelión. No causa problemas, sino que se adapta a la injusticia con estoicidad pero, a la vez, con aprovechamiento. No en vano consigue un trabajo en la cuadrilla de albañiles que realizan reformas en varias zonas de la terminal. 

Para Dixon, esta situación en la que ambas partes poco pueden hacer hasta que el contexto político cambie, es un motivo constante de intranquilidad. Y la piedra de toque acaba siendo el problema con un ciudadano del Este de Europa que plantea un conflicto al intentar pasar un medicamento no autorizado. La mediación de Navorski consigue solucionar el conflicto pero eso no varía la actitud de su antagonista. Será el resto del personal del aeropuerto el que hará de su mano fotocopiada una reclamación gráfica en favor de la resolución de su caso. Se trata nuevamente de un modo de resistencia pacífica ante una situación de injusticia. Algo que no compromete el funcionamiento del aeropuerto pero que deja claro un potente mensaje de apoyo.


La película realiza, de forma fluida, cambios naturales entre comedia y drama aunque incorpora elementos superfluos como la relación romántica entre los personajes de Zoë Saldana y Diego Luna. En cuanto a la trama romántica de Navorski con Amelia, se trata de una historia bonita que, sin embargo, no lleva a ninguna parte. 

Con la resolución del conflicto en Krakozhia, la película inicia su conclusión con una propuesta resultona a la par que estrambótica. Pero de nuevo es concordante con el tono general de la película. Es un mensaje agradable y muy conciliador al estilo de Frank Capra. Y este era el objetivo de Spielberg en este proyecto. 

La Terminal aborda el siguiente conflicto: el cumplimiento autoritario de las normas frente al sentido de justicia moral. El tema sobre cómo las leyes deben amoldarse a las situaciones, siempre que sea posible, es una cuestión que tiene una presencia constante en la sociedad actual. Cuando el integrismo legal se impone a cualquier opción de adaptación o mano tendida para la resolución de conflictos, nos acercamos irremisiblemente a un escenario de cronificación en los problemas. La película plantea este asunto de forma ligera porque no está entre sus principios tocar esta cuestión en profundidad. Pero es evidente que nos induce a pensar un poco en esta problemática que surge de la interpretación pétrea de códigos y leyes. La evolución de la sociedad exige alternativas a este modelo excesivamente estricto e imperativo.

John Williams aprovechó la ocasión que le brindaba el tono emotivo de la película para configurar una banda sonora repleta de melodías traviesas y agradables. El objetivo era ilustrar las peripecias de Viktor desde un punto de vista amable que reflejara la inocencia del personaje y aportara pequeñas influencias de música del Este de Europa para darle una textura étnica. Para conseguirlo, la presencia del clarinete resultaba una buena opción y es por ello que el distinguido instrumento puebla la gran mayoría de las piezas. Muestra de ello es el tema principal titulado "The Tale of Viktor Navorski". No obstante, era importante añadir el sonido clásico americano que caracteriza al lugar de llegada. También se incluye alguna referencia jazzística para coincidir con el objetivo que guía la voluntad del protagonista. El tema "Jazz Autographs" ilustra ambos objetivos aunque, de forma orquestral, queda refrendado de una forma más patente en "The Fountain Scene". Un tema que, con variantes, se va diseminando a lo largo del metraje y culmina con la breve despedida gestual entre Amelia y Viktor en el exterior del aeropuerto. Como parte del anecdotario, cabe reseñar que Williams incluso llegó a componer un himno para Krakozhia que suena en un instante del film.

Estrenada el 18 de junio de 2004, La Terminal funcionó bien en taquilla recaudando 219 millones de dólares sobre un presupuesto de 60. Esta nueva "rara avis" en la carrera de Spielberg volvió a colocarle en el centro de atención pero pronto empezó a pensar en otros proyectos que le iban a llevar por muy diversos caminos.





Precedido por:

Atrápame si Puedes (Catch Me If You Can, 2002)

Continúa en:

La Guerra de los Mundos (War of the Worlds, 2005)