9 de octubre de 2016

Sitges 2016: zombies de primera y segunda división

Un artículo de Carles Martinez Agenjo.

El martes, 8 de octubre, los astros que componen el escudo trekkie del cartel de este año se alinearon para dibujar otra cosa. El Festival reunió bajo un mismo firmamento dos películas idóneas para acompañar la ya tradicional Zombie Walk, celebrada el mismo día en las calles de Sitges. Por un lado, el Auditori del Hotel Melià proyectó, por segunda vez, Train to Busan (Yeon Sang-ho, 2016). Por otro, la cinta británica apocalíptica The Girl with All the Gifts (Colm McCarthy, 2016).

La primera es lo más parecido a una trituradora de géneros posmoderna. Comprime, al mismo tiempo, una road movie con el cine de catástrofes, las pandemias e introduce un desatado tono cómico, deudor de aquellos infectados contorsionistas de la colección manga I Am a Hero de Kenzo Hanazawa.


El viaje en tren bala de un padre con su hija para visitar a su ex mujer se convierte en un torbellino de sangre y acción provocadas por la necesidad de sobrevivir entre vagones infestados de no-muertos en una historia donde no tardarán en surgir las dudas, los miedos y el egoísmo más reprobable. Asimismo, la película tiende, como no podía ser de otra forma, a la caricatura hollywoodiense. Pero lo hace de la forma más despreocupada posible. Con la inclusión, por ejemplo, de un primer plano del protagonista embobado, sonriendo a cámara, a punto de completar su zombificación con la mirada perdida ante un recuerdo del nacimiento de su hija que parece pergeñado para un anuncio de loción corporal. Con todo, Sang-ho confecciona una obra modesta, tan trepidante en su tempo narrativo como divertida en el diseño de los pasajeros que tratan, por todos los medios, de sobrevivir al apocalipsis. Tras destacar en el ámbito de la animación, el cineasta coreano firma así un espléndido debut con reparto de carne y hueso en un año donde también presenta en Sitges otra película sobre infectados: la inquietante Seoul Station.



La inglesa The Girl with All the Gifts , en cambio, es una propuesta mucho más empeñada en sentar cátedra, que se empeña en refrescar el subgénero zombie. Autor de un maravilloso episodio de la serie Sherlock llamado The Sign of Three (2014), donde el antológico detective era el eje central entre la comedia y el drama durante la boda de su “querido Watson”, McCarthy ha demostrado, en su segundo largometraje como realizador, un gusto quizá excesivo por la ambición. Mike Carey, autor de la novela que adapta el film, se ha ocupado del guión. Parece una ventaja, a la luz de, por ejemplo, la exitosa Un Monstruo Viene a Verme (Juan Antonio Bayona, 2016), también redactada por el escritor del mismo libro que da nombre a la película. La realidad de McCarthy, sin embargo, es otra. Se aleja del gran cine. El periplo al que se somete Melanie, la más audaz entre una clase de niños controlados por el ejército, mitad zombi, mitad humanos, que reciben su educación alejados de una Londres devastada y condenada a la desaparición, no logra hacer vibrar el alma.


McCarthy y Carey disponen los estímulos suficientes –una solvente Glenn Close, la idea de los zombis-hongo, el apocalipsis como única escapatoria y un subtexto que remite a La caja de Pandora– como para destacar por su originalidad. Pero ni la lectura mitológica sorprende, por evidente y falta de sutileza, ni la inclusión de una pandilla de pequeños zombies salvajes y gritones beneficia el previsible resultado final de una película que se toma demasiado en serio a sí misma y que aminora progresivamente como un coche falto de gasolina.


Los zombies de este martes, en definitiva, destacan más por asiáticos que por europeos, por ser más desenfadados que calculados, por su capacidad de invitar a la carcajada que por sus pretensiones.

Si McCarthy es incapaz de impactar tras cuestionarse porqué debe sacrificarse una mayoría infectada en virtud de una minoría todavía humana, Sang-ho prefiere interrogarse sobre la monstruosidad del individuo en situaciones límite, pero, lo más importante, sin perder nunca el sentido del ritmo ni del humor. Train to Busan es uno de los trayectos ferroviarios a toda pastilla más alocados y divertidos de los últimos años, con permiso de la metafórica Snowpiercer (Bong Joon-ho, 2013). Y también una de las mejores películas en lo que llevamos de Sitges.

2 comentarios:

  1. Los coreanos están en plena epifanía cinematográfica desde hace años. Me pongo a la búsqueda inmediata de pasajes para el tren a Busan. Gracias por la recomendación.

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  2. "prefiere interrogarse sobre la monstruosidad del individuo en situaciones límite". Me gusta esa reflexión.

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