17 de octubre de 2016

Sitges 2016: Swiss Army Man

Un artículo de Adriano Calero.


EL BUENO, EL FEO Y EL MALO… EL PÚBLICO Y EL JURADO


En cualquier festival de cine, la elección de los premios siempre es una tarea muy complicada. Decidir si una película es mejor que otra es, en cierto modo, algo así como certificar si la vida de una persona también lo podría ser. Y lo más importante, si lo puede ser, si lo es ¿para quién y por qué? He aquí el inicio de una discusión sin conclusión. Pero todo empieza y todo acaba, y para poder continuar, el palmarés del Festival de Sitges 2016 tenía que llegar. Para alegría de unos, tristeza de otros y sorpresa de muchos. Porque los premios se otorgan por su calidad fílmica, evidentemente, pero también por la necesidad de un de consenso, donde las concesiones y el sentido de la responsabilidad pueden llegar a ser más importantes que el valor de la obra en cuestión. 

Por otro lado, en una edición del Festival en la que el nivel cinematográfico ha sido tan elevado, el impacto en el público no era el único aspecto a tener en cuenta. Que la audiencia prefería como película ganadora The Handmaiden de Park Chan-Wook ha quedado muy claro: Gran Premio del Público Sitges 2016. Lo incomprensible es por qué no ha recibido ningún otro premio por parte del jurado. Según ellos mismos, no lo necesita: “es una película tan redonda que podría ganar un Óscar. Por consiguiente, Swiss Army Man de Dan Kwan y Daniel Scheinert (Mejor Película de Sitges 2016), sí: “como apoyo en su admirable trayectoria recientemente iniciada”. Algo que se desprende de su carácter independiente y de la juventud de sus dos directores, asimismo premiados por su labor en la pasada edición de Sundance. Pero, seamos francos, no hay un ápice de “necesidad” en su frescura y originalidad, ni en su fuerza y transgresión. Y eso también lo ha valorado el jurado… Porque The Handmaiden es muy buena, casi perfecta, pero Swiss Army Man es una maravilla que quizá “representa mejor al festival”.


OTRA MAÑANA FRENTE AL MAR


Una mirada a la inmensidad del mar, a veces insondable, de aquél que ha aceptado su incapacidad para atravesarlo. La rama de un árbol, la excusa perfecta para la rendición de quien ha aceptado su incapacidad para continuar. Un renovado Robinson Crusoe que ha olvidado cómo sobrevivir. Una cuerda, la rama y el mar. La brisa y una melodía que eleve el ánimo. Qué curioso… La mente se cuelga, pero el cuerpo lucha por sobrevivir. El cuerpo pelea y la mente crea nuevas posibilidades. El mar colabora con la llegada de un nuevo náufrago. La cuerda se rompe y todo vuelve a empezar.

Así comienza Swiss Army Man, con el intento de suicidio de un náufrago (interpretado por Paul Dano) que se detiene ante la inesperada llegada de un cadáver (interpretado por Daniel Radcliffe). Pero ni el náufrago está tan vivo ni el cadáver tan muerto y, aunque el premio a la Mejor Interpretación Masculina ha sido para Radcliffe (hacer de navaja suiza tiene sus recompensas), los dos están soberbios en su actuación. Porque esta es, sin lugar a dudas, una de las parejas más hermosas e inclasificables que nos ha regalado el cine: Hank y Manny (o Maniac y Hung). Dos seres especiales que se abrazan (aunque uno tire del otro) e inician un viaje de retorno a la sociedad, subidos al vehículo de la risa y la reflexión, al que también se sube el espectador. 


En el camino, a partir de las preguntas de Manny, el cual no solo luce como un muerto, sino que no recuerda nada de su pasado, Hank hará un personal repaso de la historia de la humanidad e intentará darle un sentido al comportamiento humano. Eso sí, al son de una banda sonora plagada de aciertos musicales y de ventosidades. Porque esta oda a la amistad escarba en la naturaleza humana y hace de lo más absurdo, incluso escatológico, una fuente de saber. Con preguntas tipo: “¿si te escondes los pedos cómo puedo saber que no escondes nada más?”, los cineastas Dan Kwan y Daniel Scheinert invitan al espectador, no solo a reírse de si mismo, sino a aceptarse en su total complejidad y analizar el rumbo que ha tomado su vida en el marco social. Si es cierto que se muestra tal como es o si sigue teatralizando su realidad en compañía del otro. Porque esa falsa tendencia a exigir la verdad suena a contradicción cuando se observa de cerca. Ya sea en la gestión pudorosa de las relaciones personales o a través del diálogo imperceptible con las redes sociales, en el que la elaboración ficticia de la imagen personal supone la única búsqueda identitaria actual.

De este modo, ambos directores parten de la idea principal de la novela Robinson Crusoe de Daniel Defoe: “la inteligencia es la capacidad de adaptarse a situaciones nuevas” y le insuflan algo más de delirio y de aventura, que del orden al que apela la novela. Para ello, aprovechan su pasado como directores de vídeos musicales y, lejos de caer en el formato videoclip, llevan convenientemente la película hacia el musical y la performance, como desarrollo narrativo de los hechos. Componen, junto a Andy Hull y Robert McDowell, una banda sonora que juega con muchas capas vocales e instrumentales. Como si de la multiplicidad del tiempo y el espacio se tratase. Hay un eco sutil en las voces de los actores que recuerda a los distintos niveles de la música a capela. Envolvente, íntima y alegre. En definitiva, una música que evoca la ensoñación y el lirismo necesarios para afrontar una película que prefiere tomarse a broma, aunque habla muy en serio. Brindemos por ello. 

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