11 de octubre de 2016

Sitges 2016: Blair Witch

Un artículo de Carles Martinez Agenjo.



Café con nervios

Hay jornadas en las que, como bien le ocurre a quien suscribe, el descafeinado se convierte en el mejor brebaje para nerviosos incontrolables que se encierran en un pase matutino de terror. Luego hay pases en los que el café se convierte directamente en la película. Y no hace falta que contenga alucinógenos… Sólo es necesario que el film en cuestión adquiera más la consistencia del agua turbia, del trago suave, irrelevante y olvidable, que del puñetazo en el vientre, la angustia y la herida en la retina.

Inside de Miguel Ángel Vivas, película inaugural de este Sitges, es un gran descafeinado. The Wailing de Na Hong-jin, una de las mejores propuestas en lo que llevamos de Festival, deja el poso de los mejores cafés italianos. Ante estos polos opuestos, la gran propuesta del pasado lunes, 10 de octubre, Blair Witch de Adam Wingard, ocuparía un lugar intermedio. Su gran baza es adoptar la forma de las aromas intensas. Su gran problema, que Wingard haya preparado un aperitivo en vez de un ágape.

La película narra el via crucis de un grupo de estudiantes que, ataviados con material audiovisual de última generación y acompañados por dos amantes del metal y el esoterismo, se adentran en los bosques de Maryland para grabar un documental sobre la desaparición de la hermana de uno de ellos. Como el respetable podrá intuir, se trata de una secuela estrictamente fiel sobre The Blair Witch Project (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), una pieza clave del found footage para entender la tendencia arty y el espíritu de Youtube que los mockumentaries de terror han adquirido durante la última década.

La nueva obra de Wingard consigue a) incrementar las posibilidades de registro del film original, mapeando el terror que impregna cada recoveco de los bosques malditos mediante un dron, una microcámara y la visión selfie y b) se erige como ejercicio de síntesis formal que no duda en absorber los mejores momentos de aquellos títulos que han marcado un punto y aparte dentro del subgénero de películas sobre metraje encontrado. Resulta inevitable pensar en la niña Medeiros de la saga [REC·] de Jaume Balagueró y Paco Plaza, cuando la bruja aparece, por fin, como engendro escuálido que recorre pasillos y habitaciones de un hogar dominado por el mal. Tampoco se le escapará al espectador más atento alguna que otra referencia a la magnífica Megan is missing (Michael Goi, 2011), cuando una de las protagonistas es encerrada en un agujero tapiado.


Igualmente brillante es la capacidad de Wingard para ampliar significados. El director de The Guest (2012) apuesta por subvertir las leyes físicas en una película que reivindica el ingreso absoluto en las tinieblas mediante un relato circular imposible donde la última secuencia a tiempo real se corresponde con la primera, descubierta en Internet desde una apacible vivienda. Y los símbolos arbóreos que los protagonistas encontraban al despertarse en la cinta original se convierten ahora en inesperados muñecos de ritual vudú capaces de doblar el cuerpo de una joven como si de un jersey se tratara.

Sí, Wingard ha realizado una película en absoluto rutinaria y su esfuerzo por diseccionar un film tan icónico y convertirlo en experiencia palpable es innegable. Lo más sorprendente para este crítico, sin embargo, es su incapacidad para remover el alma. A diferencia de You’re Next (2011), su película más desatada y poderosa hasta la fecha, no hay trascendencia en esta reescritura sobre el calvario en los bosques de Blair. Y un terreno como éste bien lo merecía.

La gran pregunta que queda por formular es la siguiente. De haber caído este material en manos de, por ejemplo, Matt Reeves, exponente capital del found footage desde que estrenó la inmensa Cloverfield (2008), ¿le habría quedado mejor? Todavía queda Sitges por descubrir y café para saborear.

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