1 de julio de 2015

John Adams, el padre olvidado y la independencia (II). Por Francesc Marí

II. Independence

Después de las numerosas negativas por parte de la corona y el gobierno de Inglaterra de aceptar representantes de las colonias en sala de los comunes, algo que supondría dar la ciudadanía de primera clase a los habitantes de las colonias, que hasta ahora habían sido meros segundones para la metrópolis, la élite intelectual y política de las colonias deciden reunirse para preparar un plan de actuación común frente dichas injusticias en el Congreso Continental de 1774.

Adams se enfrenta a unos de sus mayores retos, defender los intereses de Massachusetts, desde hace meses asediada por las naves y las tropas de Inglaterra, frente a los de las otras doce colonias, muchas de las cuales, al no verse bloqueadas se oponen a la resistencia contra los ingleses, y apuestan por unas medidas, según ellos, “moderadas” o “pacíficas”, siendo para los de Massachusetts completamente insuficientes. Adams comprueba que el Congreso utiliza los ataques a Boston como excusa para discutir sobre las formas políticas, las misivas al Rey, etc., algo que impide la acción directa contra la metrópolis, motivo que ha movido a los delegados de Massachusetts a reunirse en Philadelphia.

Poco después de regresar a su granja familiar, a las afueras de Boston, completamente frustrado por los fracasos que se ha encontrado en el Congreso, empiezan los primeros ataques británicos directos, dando lugar a las primeras batallas entre el ejército británico y los voluntarios de Massachusetts en Lexington y Concord, en que los hombres de la colonia consiguen hacer frente a la presión inglesa. Después de ello, Adams confiesa a su mujer: “Ahora no hay duda de la intención de los británicos”, aceptando que la guerra es inevitable.

Después de sus impresiones al ver la guerra tan cerca de él y su familia, pretende ir al segundo Congreso Continental, en 1775, a buscar ayuda para los voluntarios de Massachusetts, además de luchar cara a cara con los intereses de la metrópolis, como él mismo dice a los delegados que se oponen a la acción directa: “Para recuperar los derechos ingleses, debemos luchar por ellos”, dejando claro que aunque se desee seguir siendo inglés deberán defenderse de los propios ingleses y luchar para llegar a su mismo estatus.

La primera opción del Congreso, dominado por los moderados de Pennsylvania, Nueva York y Carolina del Sur, era la de pedir respeto por parte de los ingleses mediante cartas y peticiones, para conseguir ser súbditos representados en Londres, y para que se acabaran las presiones militares a los puertos de las colonias reveladas, como Massachusetts. Pero como los representantes de estas colonias afirman, el hecho de esperar una respuesta puede suponer unos meses de espera y de soportar la acciones de las tropas británicas. Por lo tanto se opta por formar el Ejército Continental, cuyo comandante fue George Washington (David Morse), estableciéndose alrededor de Boston, principal ciudad asediada.

En un principio, a pesar de defender sus necesidades y derechos, se declararon súbditos del monarca inglés, y reclamaban sus derechos desde esa posición. La Independencia fue el último de los recursos que tenía el Congreso. El siguiente paso fue el de intentar negociar la finalización de los ataques, pero tampoco lograron sus objetivos por las negativas de la corona. Por ello aprobaron la creación del Ejército Continental, siendo esta la primera respuesta de cierto carácter independiente por parte de los representantes de las colonias. La respuesta del Rey Jorge III ante la defensa de las colonias fue la orden que dio respecto a los “separatistas”, a los que se debería ajusticiar a menos que acepten rendirse y acatar las ordenes de la metrópolis.

Así que, convencidos por el elocuente Adams de la necesidad de tener una nación propia, y vistos los desprecios para con ellos, los miembros del Congreso decidieron tomar otro camino, el de la Independencia el 4 de julio de 1776. Pero para llegar a este punto debieron pasar por una elaborada negociación entre los diversos delegados, sobre todo con los más reticentes a la Independencia, como lo eran Pennsylvania, Carolina del Sur y Nueva York.

El primer paso fue motivar a los delegados de Virginia, la colonia más poderosa, para que instaran al Congreso a votar la Independencia. Una vez conseguida la proposición por parte de Virginia, la votación se atrasó a la espera de que los diferentes consejos coloniales les dieran a los delegados el poder de votar una decisión como aquella.

A la espera del día de la votación, y mientras que Thomas Jefferson (Stephen Dillane), delegado de Virginia, se encargaba de la redacción del texto de la Declaración de Independencia, John Adams, Samuel Adams (Danny Huston) y Benjamin Franklin (Tom Wilkinson), entre otros, empezaron a negociar con los delegados que se negaban a la Independencia

La necesidad de unanimidad en el momento de votar la Declaración de Independencia era imprescindible, ya que sin ella dicho proceso no podría considerarse válido a pesar de que la votación fuera favorable a esta opción. Finalmente, el representante de Pennsylvania, John Dickinson (Zeljko Ivanek), no asiste a la votación, y Franklin da el sí a la proposición. Carolina del Sur acepta las opciones de la Independencia, y Nueva York se abstuvo, aunque más tarde acabaría votando a favor de la propuesta.


El 4 de julio de 1776 se aprobaba la Declaración, tras haber pasado por un atento estudio de las ideas que allí se expresaban y de las palabras utilizadas. En la serie, la corrección y recorte de la Declaración es tan solo una reunión de tres hombres, Jefferson, Adams y Franklin, pero en realidad ésta se corrigió en el Congreso entre los representantes ahí presentes.

Es interesante mencionar una afirmación de Franklin, respondiendo a John Hancock (Justin Theroux), después de la firma de la Declaración: “Sí, tenemos que, de hecho, todos permanecer juntos, o casi con total certeza, todos vamos a colgar por separado”, dando a entender que si no se mantenían unidos y salían adelante, serían acusados de traición y condenados por ello.

A parte de la faceta política que supuso el Congreso Continental para John Adams, fue muy importante el papel que jugó en su vida privada, ya que siendo padre de cuatro hijos, estuvo separado de su familia durante muchos meses, unos meses en que la guerra asoló la colonia de Boston, donde vivía junto a sus hijos y su mujer, Abigail, que jugaría un papel clave tanto en la vida privada como pública del que sería el segundo Presidente de los Estados Unidos.


III. Don’t Tread on Me

Después de su excelente papel durante el Congreso y la Declaración de Independencia, Adams es elegido para viajar a Francia y unirse a Benjamin Franklin en la misión diplomática, que pretendía conseguir el apoyo de los galos tanto a nivel diplomático como militar, para poder ganar la Guerra de Independencia que se había iniciado años atrás contra los ingleses.

Pero al llegar a París, Adams, es sorprendido por la poca tarea diplomática que ahí se ejerce, y descubre que en realidad las negociaciones son un mero entretenimiento de la vida libertina y placentera que llevan los cortesanos del rey Luis XVI (Damien Jouillerot). Este tipo de vida, al que parece que Benjamin Franklin se adaptó en seguida, chocó con la forma de pensar puritana que tenía John Adams, que no acababa de comprender ni el idioma ni el estilo de vida. Esta diferencia de formas de hacer la podemos ver en el siguiente diálogo: “Nuestra misión exige diligencia. – No, aquí en Francia debe practicar el arte de conseguir mucho, pero que parezca que consigue muy poco”. Además Adams se siente insultado por que lo confunden con su primo, Samuel Adams, mucho más popular en Francia, y se ríen de él por su mentalidad práctica y poco ociosa.

Una escena muestra a la perfección este incomprensible, a ojos de los americanos, modo de vida, en la que Adams y Franklin a medida que hablan sobre sus ideales como si estuvieran vendiendo entradas para el circo reparten banderines con la flamante bandera americana a los cortesanos franceses, con el único objetivo de ganarse su favor. “Aquí todos somos actores”, es como ve Franklin las relaciones diplomáticas en Francia, después de la magnífica escena comentada. Éste los tiene comprados, con su puesta en escena les da lo que desean. Los franceses creen que los americanos son rústicos y él se lo da, les vende una “revolución” idealizada, ya que a pesar de que les apoyan los nobles franceses no tienen nada de liberales, y para ellos esto no es más que un juego o una excentricidad cualquiera, y esta forma de actuar Franklin la resume en “París requiere cierta cantidad de incidencia, de pensamientos y de actos”.


Todo esto no hace más que sorprender a Adams, cuya paciencia se está agotando, y termina por hacerlo después de ver como el Rey lo ningunea por no saber hablar francés, y por no interesarse para nada por los problemas de los americanos, delegando todo su poder en sus ministros. Después de la audiencia, frustrado por el comportamiento del Rey, Adams se encoleriza y Franklin se enfrenta diciéndole que no sabe comportarse frente a un monarca. Además, poco después de ello, a Franklin le dan plenos poderes como único representante de Estados Unidos en Francia, convirtiendo en nada la presencia de Adams, que acaba afirmando: “Es una creencia universal que el Dr. Franklin ha llevado a cabo nuestra revolución él solo, con un sencillo movimiento de su varita eléctrica”.

Antes de irse de París, enfadado por la forma libertina de vivir de los franceses, Adams acaba diciendo que “Francia es el lugar perfecto para la felicidad, si la felicidad se alcanza con cualquier cosa que complazca los sentidos”, dejando claro que aquella gente es de todo menos cultivadora del intelecto.

Las necesidades de Estados Unidos no se reducían al apoyo militar y diplomático, sino también al financiero, necesidad que los franceses se negaban a llegar a cumplir en su totalidad. Es entonces cuando Adams decide viajar a Holanda con la intención de conseguir préstamos de parte de los principales banqueros. Pero las negociaciones son muy duras y no consigue los resultados deseados, ya que Estados Unidos, sumido en la guerra contra los ingleses, no les ofrece a los holandeses la seguridad de que recuperarán su préstamo, y por lo tanto deciden negárselo.

El clima insalubre de La Haya hace enfermar a Adams, que rozará la muerte en la soledad de su vivienda, ya que su hijo mayor, John Quincy, que le había acompañado a Francia y Holanda, es contratado como secretario de Francis Dana, que cumplía la misma misión que Adams en la corte de la Reina Catalina II de Rusia.


IV. Reunion

Tras recuperarse de su enfermedad y saber que definitivamente los ingleses se han rendido frente a las tropas de Washington, Adams consigue el apoyo financiero de los banqueros holandeses, que le auguran un mayor futuro a los Estados Unidos, y regresa a Francia donde se reúne con Franklin, Jefferson y, poco después, con su esposa. 

Abigail es muy impetuosa y tiene muy claras las políticas que están utilizando su marido y sus compañeros. Defiende el papel de la mujer en la política, a pesar de que lo dice muy disimuladamente, Gracias a ella, Adams se acostumbra un poco a las costumbres de los galos, pero su estancia en la capital francesa es breve, ya que es nombrado embajador en Londres, para conseguir el ansiado objetivo de ser reconocido como nación independiente por su antigua metrópolis. Al mismo tiempo, Jefferson es nombrado sucesor de Franklin en el cargo de embajador en París, ya que el viejo representante de Philadelphia está enfermo y desea regresar a Estados Unidos para participar en la redacción de la Constitución de los Estados Unidos.

La nueva ciudad, Londres, y sus costumbres son de más agrado para Adams y su esposa, pero sus objetivos políticos son difíciles de conseguir, ya que una reunión con el Rey es casi imposible, y más por ser un sublevado a los ojos de todos los ingleses.


Finalmente, Adams consigue la audiencia real, después de recibir un cursillo acelerado sobre las maneras de la corte y las reverencias necesarias antes de hablar con Jorge III (Tom Hollander), pero cuando se halla cara a cara con él, tan solo mantiene una breve conversación, ya que por un lado se siente impresionado, y por el otro se dicen todo lo que se tienen que decir. Jorge III acepta la derrota y la independencia ofreciendo sin problemas la embajada de Estados Unidos en su país. Además, el monarca británico ve con buenos ojos que Adams desprecie a los franceses, tanto o más que él.

Después de varios años viajando por Europa de embajada en embajada, John Adams y su esposa, cansados de los viajes y las constantes críticas hacia él por ser mal diplomático y no saber comportarse frente a los monarcas, regresan a Estados Unidos, donde prosigue con su carrera política. Benjamin Rush, firmante en 1776 y amigo de Adams, lo insta a presentarse a las elecciones presidenciales de 1789, los primeros comicios de la joven nación. Él duda, pero su mujer afirma que su marido tan solo aceptará si como mínimo es vicepresidente. Después de las elecciones es elegido vicepresidente, por detrás de George Washington que es escogido por una abrumadora diferencia como primer presidente de los Estados Unidos, hecho que lleva a Adams a la sombra de semejante coloso político y mediático.


V. Unite or Die

A pesar de que el puesto de vicepresidente es el segundo más alto cargo de los Estados Unidos, Adams ve la inutilidad de este. Al comenzar su mandato emprende diversos proyectos de su ideario político, pero los representantes en el Congreso, nuevos políticos, le dicen que su papel es el de árbitro en sus discusiones. Es menospreciado el cargo y la persona, ya que el vicepresidente parece estar en el limbo entre los representantes de los estados y el gobierno federal.

Además, a pesar de ser amigo y estrecho colaborador de Washington, éste le aparta de su gabinete de gobierno ya que según la ley no forma parte del mismo. Finalmente, decide conformarse con que no tiene poder y peso político dentro de la nación, y más cuando Jefferson regresa de la Francia revolucionaria para formar parte del gobierno de Washington como Secretario de Estado.

A pesar de ser uno de los líderes de la Independencia y uno de los mayores representantes de los Estados Unidos en Europa, sus ideas son ninguneadas hasta el extremo, es tildado de monárquico y despreciado por los recién llegados a la política de este nuevo país. 

En este momento es cuando, debido a la Revolución Francesa, se empiezan a ver las primeras diferencias entre Adams y Jefferson. El primero es mucho más centralista mientras que Jefferson cree en la soberanía del pueblo y éste, en cada uno de los estados, debe decidir sus intereses. A la vista de Adams, Jefferson ha cambiado debido a su participación, indirecta, en la Revolución Francesa, dando consejo en la redacción de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano.


Estas diferencias se ven agudizadas cuando Francia reclama la ayuda de Estados Unidos para la guerra que tiene abierta contra Inglaterra. Pero la joven nación, con graves problemas económicos, debe preservar la neutralidad frente al conflicto anglo-francés porque no pueden hacerle frente. El problema de la Francia revolucionaria no se queda en los despachos de Philadelphia, sino que se expande por el territorio americano, sumando adeptos deseosos de ayudarles a ganar a los británicos, generando múltiples protestas en contra del gobierno. Muchas de estas protestas son generadas por uno de los nuevos partidos políticos, el Demócrata-Republicano fundado por Jefferson ---antecesor del actual Partido Demócrata---, que luchaba contra los Federalistas, liderados por Alexander Hamilton (Rufus Sewell), y cuyo principal figura es Adams, a pesar de que este último no comparte los métodos de Hamilton.

Finalmente, Adams descubre que se intrigó para que Washington consiguiera esa abrumadora victoria en 1789, a través de su amigo Rush, que también le comenta que, de no ser así, él hubiera tenido muchas probabilidades de ganar las elecciones. En 1796, tras dos mandatos completos, George Washington, muy presionado por la guerra en Europa, decide no volverse a presentar, y John Adams le sucede en el cargo como Presidente de los Estados Unidos.


VI. Unnecessary War

Adams consigue llegar a la cima de la política norteamericana ocupando el puesto de Presidente, pero su estancia allí no será tan placentera como esperaba. En primer lugar, pierde el apoyo y la amistad de Thomas Jefferson porque éste tiene los ideales políticos de su partido muy asumidos, y ve en Adams un adversario. Por otro lado, los Federalistas, más cercanos ideológicamente a él, tampoco le apoyan ya que Alexander Hamilton, su líder, está enfrentado abiertamente con el Presidente. Pero la principal fuente de preocupaciones es la guerra que aún sigue en Europa, en la que la posición de neutralidad no es válida ni para franceses ni para los seguidores de Jefferson.

Mediante emisarios a Francia intenta entablar relaciones con el gobierno del Directorio, pero es algo imposible, ya que el ministro de asuntos exteriores, Talleyrand, se niega a recibir a dichos emisarios. Ante esto, Adams insiste en que se hable con el gobierno entero, no tan solo con Talleyrand, pero el emisario le afirma: “Monsieur Talleyrand es el gobierno francés”. Antes de enviar a estos emisarios, Adams le había ofrecido este papel a Jefferson, pero éste se niega pensando que es una treta política para apartarlo del centro de poder norteamericano.

A pesar de su fuerza para solventar todos los problemas en los que está sumida la nación, sigue siendo criticado, y lo caricaturizan como un Rey absoluto, algo muy alejado de la realidad. El ascenso al poder de Napoleón en Francia hace arrancar de nuevo las relaciones entre ambos países, y por fin los emisarios son recibidos en Europa con la intención de llegar a un acuerdo y poner fin a las malas relaciones.


Si en la vida política consigue un éxito, es en este instante cuando las desgracias en su familia se van a suceder una tras de otra. La primera de las cuales será la muerte de su tercer hijo, Charles, completamente arruinado y alcoholizado, en 1800. Será también ahora cuando se desplace de Philadelphia a la nueva ciudad de Washington, para ser el primer Presidente que vive en la Casa Blanca, cuando aún está en obras. Una vez más se trata el tema de la esclavitud, cuando Adams y su mujer ven que la casa presidencial, y toda la nueva capital, está siendo construida por esclavos negros mal alimentados, pero no deja de ser más que un comentario, y una vez más se pasa de lado en el debate esclavista, que durante la segunda mitad del siglo XIX, centrará la política norteamericana.

Su estancia en un lugar inhóspito como era la ciudad de Washington a principios del siglo XIX, duró poco, ya que en las elecciones de 1800, completamente separado de los Federalistas y de los Demócrata-Republicanos, Adams pierde el puesto contra su antiguo amigo Thomas Jefferson. Sus principales apoyos que estaban en Nueva Inglaterra, se perdieron a favor de un candidato Federalista de Nueva York, Aaron Burr, que sería el vicepresidente durante el gobierno de Thomas Jefferson.

Cuando aún se estaba votando para decidir quien sería el Presidente, si Jefferson o Burr, Adams ya sabía que él se había quedado fuera del juego político, y su único interés en los últimos días de su Presidencia era cerrar los acuerdos de paz entre Estados Unidos y Francia. A finales de 1800, se firmó el Tratado de Mortefontaine, finalizando las malas relaciones entre ambos países.

John Adams, a pesar de ser uno de los protagonistas de la Independencia, salió de la política como había empezado años atrás en Francia, criticado y menospreciado, ya que sus ideas políticas nunca fueron aceptadas y tuvo muchos más enemigos que amigos. Una vez muerto George Washington, tan solo tenía el apoyo de Jefferson, pero éste ya había entrado en el juego de los partidos políticos, y se apartó de él.


VII. Peacefield

En este episodio, el último de la serie, John Adams, después de una desmoralizadora vice-presidencia y una durísima presidencia, con numerosas presiones internas, se retira a su residencia, Peacefield, donde pretende descansar como un hombre de campo. Pero sus inquietudes intelectuales le impiden dedicarse tan solo al descanso, y vuelve a sus escritos sobre política.

A pesar de haber vivido toda una vida dedicada a la causa política de su nación, haber estado separado de sus hijos y su mujer durante años, será ahora cuando recibirá más golpes en la vida personal. Después de enterrar a su hijo menor, deberá ver como su hija mayor muere de cáncer en 1813, y como su esposa y confidente, Abigail, muere en sus brazos en 1818, obligándole a vivir solo, conviviendo con sus nietos y su nuera, ya que su prometedor hijo John Quincy Adams, ha empezado su carrera política. Se dice que detrás de todo hombre hay una gran mujer, pues éste es el caso de Adams, ya que sin su mujer apoyándole y ayudándole en los momentos más duros de su carrera, no hubiera llegado a sus éxitos políticos. Además, a pesar de que se acusa a Jefferson de tener relaciones con una esclava, Sally Hemmings, Adams sigue siendo duramente criticado por la prensa.

Será después de la muerte de su esposa, en la soledad de su vida, cuando volverá a recuperar la relación con su antiguo amigo, Thomas Jefferson, retirado también de la vida política activa, intercambiando cartas en las que se cuentan todas sus ideas y pensamientos. Esta reconciliación fue gracias a la intervención del amigo de ambos, Benjamin Rush, que les motivó a los dos, viudos y sin muchas alegrías, a que se enviaran cartas para volver a recuperar la amistad que había llevado a los Estados Unidos a la Independencia.


Con su hijo elegido Presidente, Adams tuvo la posibilidad de ver la inmortalización del momento de la firma de la Declaración de Independencia, finalizada en 1826 por John Trumbull. El pintor orgulloso de su obra es duramente criticado por Adams que no acepta ninguna licencia histórica para retratar los hechos que el había vivido cincuenta años atrás. Es en este momento cuando Adams dice “todos muertos, excepto Thomas y yo”, refiriéndose a que todos los firmantes estaban muertos, un hecho falso ya que el último de los firmantes que murió fue Charles Carroll, en 1832.

El destino quiso que ambos personajes, clave durante la independencia y posterior formación de los Estados Unidos, pudieran vivir, aunque agonizando, hasta el día que la joven nación celebraba sus cincuenta años, muriendo primero Jefferson y pocas horas después Adams. Según cuenta la historia, ya que habitualmente este episodio tan íntimo de la vida de una persona es difícil de verificar, las últimas palabras de John Adams, que no sabía que su amigo había muerto unas horas antes, fueron para Thomas Jefferson, diciendo “aún sobrevive, aún sobrevive”.

Precedido por:

John Adams (2008), el padre olvidado y la independencia (I)

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