14 de gener del 2026

Épica y humanismo: el cine de Hugh Hudson y Roland Joffé en los años 80

Un artículo de Juan Pais.


Un moderno Plutarco podría glosar las trayectorias paralelas de dos cineastas con numerosos puntos en común: Hugh Hudson y Roland Joffé. Ambos fueron muy celebrados en los 80s con los éxitos de sus dos primeras películas, yéndose sus carreras al garete con las terceras. Hudson y Joffé rodaron en aquella década lujosas producciones que generalmente abordaban hechos históricos o ficciones con trasfondo histórico. Así, David Puttnam, productor especializado en grandes proyectos, financió las óperas primas de los noveles directores: Carros de Fuego y Los Gritos del Silencio, respectivamente.

Estudiando sus filmes puede apreciarse el ascendiente del cine de David Lean en el de Hudson y en el de Joffé. En su etapa internacional, auspiciada por Sam Spiegel y Columbia, primero, y la Metro Goldwyn después, el director de Breve Encuentro asombró con una concatenación de obras maestras: El Puente sobre el Río Kwai, Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago, que combinaron satisfactoriamente la épica con el intimismo. Teniendo en cuenta el influjo de Lean puede entenderse qué tipo de cine pretendían hacer Hudson y Joffé.

Con Carros de Fuego (Chariots Of Fire, 1981) debuta en la dirección Hugh Hudson, proveniente del mundo documental y publicitario. Ambientada en las Olimpiadas de 1924, Carros de Fuego se centra en las vicisitudes de dos atletas británicos durante dicha competición. En contra de lo que podría preverse, no se incide tanto en su rivalidad como en sus motivaciones. Eric Liddell es un misionero escocés que participa en competiciones deportivas para glorificar a Dios en gratitud por otorgarle el don de la velocidad. Harold Abrahams, hijo de un financiero judío de la City, algo no muy bien visto por el establishment, pretende ser aceptado socialmente a través del éxito deportivo, además de dignificar su religión. Son dos corredores y también dos hombres atentos a su espiritualidad. Con un acabado formal espléndido y una inolvidable música de Vangelis, Carros de Fuego fue la sensación de la temporada y mereció el Oscar a la mejor película de 1980. En esta reseña también tiene cabida una información menos frívola de lo que parece: en la producción de Carros de Fuego participó relevantemente el malogrado socialité Dodi Al Fayed.


La segunda película de Hudson es Greystoke, la leyenda de Tarzán (Greystoke: The Legend Of Tarzan, Lord Of The Apes, 1984), proyecto mimado durante años por el guionista Robert Towne. Hudson no sorprendió al proponer una obra preciosista, vista su anterior película, pero provocó cierto efecto al estar muy alejada del habitual tratamiento pulp de la creación de Edgar Rice Burroughs. Greystoke narra el origen de Tarzán (aquí llamado Johnny Clayton), un niño aristócrata que nace en la selva africana tras naufragar el barco en el que viajaba junto a sus padres. Se representa el crecimiento de Johnny rodeado de simios, que lo crían, y otros animales hasta que es detectado por una expedición británica, siendo devuelto a su hogar, un concepto muy relativo para el joven. Hudson ofrece un interesante estudio antropológico del personaje, extrayéndose del mismo conclusiones filosóficas en torno a un tema, el de la confusión del hombre moderno (extraordinaria confusión en el caso de Tarzán), muy recurrido por los pensadores contemporáneos.


Finalmente, debe decirse que Hudson sale muy bien parado del desafío que supuso rodar un Tarzán tan insólito: obtiene una película fastuosa, integrando al personaje en el mito del buen salvaje. Greystoke fue celebrada por la crítica y logró un considerable éxito comercial, aunque en Europa, no en Estados Unidos. Y esto en el mundo del cine es muy relevante.

En 1984 Roland Joffé, procedente de la televisión, rodó The Killing Fields, filme que transcurre en Camboya durante el levantamiento de Pol Pot y sus jemeres rojos, que instauraron una de las dictaduras más crueles de las que se tiene noticia, que ya es decir. Un reportero norteamericano, Sydney Schanberg ha de abandonar el país precipitadamente sin poder ser acompañado por su guía Dith Pran. La película se centra en la odisea de Pran sobreviviendo en la despiadada Camboya de Pot mientras un impotente Schanberg no ve la manera de ayudarle desde Estados Unidos. The Killing Fields nos horroriza con la brutalidad de los jemeres rojos pero emociona con la amistad entre Schanberg y Pran, con el genuino vínculo que los une. El inolvidable crítico Roger Ebert escribió en el Chicago Sun Times: "La película es un logro magistral en todos los niveles técnicos; hace un trabajo especialmente bueno para convencernos con sus ubicaciones asiáticas, pero los mejores momentos son los humanos, las conversaciones, los intercambios de confianza, la espera, el miedo repentino, los rápidos estallidos de violencia, la desesperación ".​ 

En España The Killing Fields se tituló Los Gritos del Silencio, sin que se sepa muy bien por qué.


La Misión (The Mission, 1986) es otro triunfo de Joffé. Transcurre en las reducciones jesuíticas del Paraguay en 1750. El peso de la trama recae sobre dos personajes, el padre Gabriel y el capitán Mendoza. El primero es un entregado sacerdote a cargo de una misión en la turbulenta frontera entre Paraguay, Argentina y Brasil. El segundo, un mercenario y traficante de esclavos que, después de una tragedia familiar de la que es culpable, se une a los misioneros, transformándose totalmente su vida: de perseguidor a protector de los indios guaraníes. La película se centra en la relación entre ambos, incidiendo en la espectacular evolución de Mendoza. El conflicto surge cuando las autoridades eclesiásticas deciden, por motivos políticos, clausurar las misiones, lo que es rechazado por los nativos. Gabriel y Mendoza deben enfrentarse a la situación, pero su actitud será muy distinta: la conciencia de ambos guiará sus pasos.


La Misión, escrita por Robert Bolt, colaborador de David Lean, narra un triste capítulo de la conquista de América y se trata de una película de excepcional belleza. A ello contribuye la fotografía de Chris Menges, que capta la grandiosidad de las cataratas de Iguazú y otros escenarios naturales, y la banda sonora de Ennio Morricone, de las más celebradas del ya entonces legendario compositor. Nunca la melodía de un oboe fue tan conmovedora.

Como hemos visto, las dos primeras películas de Hugh Hudson y Roland Joffé son estupendas. El talento que respectivamente demostraron con Carros de fuego y The Killing Fields fue confirmado con Greystoke y La Misión. Entonces ¿qué pasó con Revolución y Creadores de Sombra?

Revolución tenía todos los elementos para repetir el éxito de las películas anteriores de Hugh Hudson, y sin embargo, el resultado es una película caótica, agria y fea en la que nada funciona. El argumento sigue a un nativo que intenta proteger a su hijo durante la rebelión de los colonos que provoca la Guerra de Independencia. El protagonista es Al Pacino, tan perdido como su personaje, y al igual que Hudson, tardó cuatro años en volver a rodar otra película, tan negativa fue la recepción de Revolución.


Creadores de Sombra, en cambio, es mejor que Revolución, pero es una película fallida. Para empezar, parte de un handicap: aborda un tema incómodo. La construcción de la bomba atómica no es el primer asunto en que debería pensarse para una historia épica. También yerra en el tratamiento superficial: da la sensación de ser un melodrama sobre las relaciones entre los personajes con el tema de la bomba atómica como telón de fondo. Por tanto se hurta al espectador del conflicto íntimo que viven los implicados en el aquel difícil, en todos los aspectos, proyecto. Eso sí, se trata de una película con una esmerada ambientación y puesta en escena, muy representativa del buen hacer de Joffé en la realización.


Cuando, al inicio de la década de los 80s, alcanzaron el éxito Hugh Hudson y Roland Joffé eran dos desconocidos; al iniciarse los 90 sus estrellas se habían apagado. Continuaron haciendo cine, pero ninguna de sus películas posteriores tuvo ni de lejos la repercusión de las citadas, aunque trataron de recuperar perdidos laureles llegando a recurrir a temas realmente inesperados (Josemaría Escrivá de Balaguer, en el caso de Joffé, y las cuevas de Altamira, en el de Hudson). Pero no fue lo mismo. Hudson ya ha fallecido, pero Joffé sigue vivo y en activo. A ambos les agradecemos los buenos momentos disfrutados con sus (dos primeras) películas.