17 de octubre de 2020

Sitges 2020: La Vampira de Barcelona (2020)



Un artículo de Adriano Calero.


REESCRIBIENDO LA HISTORIA

Cuando los turistas todavía llegaban en masa a la ciudad de Barcelona y ocupaban sus calles creando auténticas marchas, las proclamas más oídas eran Barcino, el gótico (y el neogótico), el modernismo, las Expos, el mar o la Sagrada Familia. Pero dichos visitantes no pocas veces se adentraban también, incluso más que los propios locales, en el extraordinario Barrio del Raval: nuestro maquillado Barrio Chino. Ese que antes de asiático fue el Distrito V y antes, mucho antes, el arrabal, el principal huerto de la ciudad… ¡todo un fructífero vergel! 

Aunque, de esa época, el único verde que queda es aquel que rodea al monasterio de Sant Pau del Camp o el jardín del antiguo Hospital de la Santa Creu. Y ahora, a los vestigios del pasado, la suma de la modernidad: el gato de Botero, la Rambla del Raval, la plaza del MACBA y el MACBA, claro está. Excusas no faltan. Pero si hay un motivo que trasciende a cualquier highlight visual, es la leyenda que nuestros ancestros iniciaron a principios del siglo pasado y que los guías se encargan de mantener en la actualidad: la leyenda negra de “la vampira del Raval”. 


Sin embargo, Enriqueta Martí i Ripollés (como realmente se llamaba “la vampira”), ni huía del día, ni se alimentaba de sangre, ni tenía unos colmillos prominentes para ello. El apodo le llegó por cuestiones más propias de lo terrenal y las habladurías hicieron el resto. Dicen que fue prostituta, secuestradora, proxeneta y bruja, y no por ese orden. Dicen que se dedicaba a secuestrar bebés y niños para luego exterminarlos, pues con sus huesos hacía ungüentos y brebajes que posteriormente vendía. Dicen que, cuando finalmente fue arrestada en 1912, la policía encontró los restos de algunas de sus víctimas en su casa del Raval, en el número 29 de la calle Ponent (ahora llamada Carrer de Joaquim Costa). Dicen, dicen y dicen. ¿Pero acaso es verdad todo lo que dicen? 

Difícil saberlo. Pero si lo expresan como el director Lluís Danés lo ha hecho en su película, lo difícil será no creerle. Porque ahora “la vampira del Raval” es también La Vampira de Barcelona (2020), una película que recupera la leyenda, así como la oscuridad de un tiempo muy convulso en la ciudad (fruto de la Semana Trágica y, por consiguiente, de la terrible desigualdad social que aquí se sufría), y reescribe la historia ofreciendo una verdad audiovisual que acerca al espectador a los hechos acontecidos. 

Para ello el director se sirve del periodista Sebastià Comas, un personaje en la ficción al que da vida el actor Roger Casamajor, quien sospecha de la inocencia de Enriqueta Martí y quien no descansará hasta encontrar la verdad sobre las desapariciones de niños de las que se le acusa. Recorriendo las calles del Raval y removiendo los secretos que guarda el barrio, en una investigación suicida que nos dirige una y otra vez a un prostíbulo del Carrer Valldonzella, donde la miseria económica se da la mano con la miseria moral de una élite dispuesta a ocultar sus vicios a cualquier precio. 

Así era la Barcelona de aquella época y así nos la presenta Lluís Danés. Pero el director, en su representación de la realidad, ni mucho menos renuncia a todos los componentes tonales de una historia que durante décadas ha abrazado lo fantástico, la fábula y el horror, y por eso Danés ofrece una imagen de la ciudad, principalmente en blanco y negro, que se mueve cómodamente entre las capas del tiempo y la memoria, y entre lo circense y lo onírico, como una pesadilla de la que hay que despertar. Aunque se queda a cierta distancia de un posible terror gótico catalán. 


En La Vampira de Barcelona, su primera película de ficción —tras su incursión en el telefilm con Laia (2016)—, Danés aúna su faceta como documentalista con una amplia experiencia como escenógrafo y director artístico, y recrea la Barcelona de principios de siglo XX en un plató gigantesco (una nave industrial de cinco mil metros cuadrados difícil de imaginar ante los adoquines que sostienen la escena) que resulta finalmente en pantalla un grato encuentro entre el cine y el teatro tradicional. Danés trabaja la luz y el espacio de una manera magistral, ya sea en un juego escenográfico de claroscuros impresionantes que apela a una sociedad (y a una verdad) claramente desdibujada, recurriendo también a una suerte de sombras chinescas para trabajar las transiciones narrativas por superposición, o incluso presentando un flashback, en un montaje interior al plano, con un brillante cambio de iluminación: de un blanco y negro tamizado al marcado noir de la verdad. Y el color también en lo veraz. No tan solo en la sangre, en la manzana prohibida o en el rojo expansivo de un vestido en la Ópera (provocando inevitables comparaciones con Sin City o La Lista de Schindler), sino en el prostíbulo: el único espacio mostrado íntegramente en color. Es obviamente la mejor manera de mostrar la opulencia, pero es asimismo el compromiso de un cineasta que sabe discursar con el lenguaje audiovisual. 

No obstante, así como la película manifiesta un enorme potencial visual, adolece también de un guión algo previsible. Interesante, pero mucho más convencional. Las interpretaciones asimismo están a la altura de la experiencia que acompaña a sus intérpretes: Nora Navas, Núria Prims, Bruna Cusí, Sergi López, Francesc Orella y el ya mencionado Roger Casamajor, pero la dirección de actores se queda a las puertas del atrevimiento y del genial resultado que Danés consigue con la imagen. 

Paradójicamente, eso es lo que la ha llevado a triunfar: una apuesta diferente en lo contemplativo, pero que no renuncia en la narración a la literalidad. Atrevida, sí, pero en su justa medida. Una película que prometía premios de fotografía y dirección, pero que se lleva el Gran Premio del Público a la mejor película en el Festival de Sitges. Nada de medias tintas. Esto es Sitges, un lugar donde enormes gorilas y moscas gigantes se dan la mano. Y donde “la vampira”, en palabras del propio Danés, “deja de ser un monstruo para descubrir a los monstruos de verdad”.

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