7 de mayo de 2020

Unorthodox: En el Yin ya no hay Yang


Inmerso en el segundo mes de confinamiento uno empieza a cuestionarse demasiado, ¿no es así? Algunos pensamientos asoman en la cabeza por primera vez y no traen nada bueno, y otros que creías tener controlados empiezan a ganarte la partida. La desesperación, la ansiedad, el aburrimiento… E incluso aquellas personas que habían recibido este encierro como una oportunidad de oro y un regalo del destino, comienzan ahora a necesitar una salida. Justo ahora, cuando la luz al final del túnel se intuye cada día más cerca…

Será eso. Todos recordamos cómo, tras recorrer sus entrañas, los túneles se abren a un nuevo paisaje y asimismo conectan con otros túneles; a veces más húmedos, más oscuros y más angostos.

Por eso resulta más que comprensible que sigamos buscando respuestas en el material cinematográfico y hallando en las series uno de nuestros mejores pasatiempos para una realidad confinada. Tal vez un largometraje se quede corto en la agenda del día y sea preferible una miniserie a modo de película. Pocos capítulos y escasos segundos entre cada proyección, no vaya a ser que te detengas a pensar. No hay tregua, Netflix lo tiene claro. Toda una serie puede ser vista en poco más tiempo de lo que le dedicaste a El Irlandés de Martin Scorsese.

De hecho, Unorthodox, la serie que hoy nos ocupa, tiene cuatro capítulos y dura solo tres minutos más que The Irishman. Lástima que, en cuanto a calidad se refiere, el símil sea inconcebible.

Sin embargo, difícil será que no hayas oído hablar de Unorthodox desde su estreno en Netflix el pasado 26 de marzo. A día de hoy sigue formando parte del Top 10 de la plataforma y de la incontinencia informativa de la red. Pero, ¿qué tiene Unorthodox que está gustando tanto? O mejor dicho, ¿qué tiene la serie que está atrayendo a tantos espectadores?

En primer lugar, el don del momento presente. Unorthodox reúne los ingredientes básicos para este confinamiento: nos ha encontrado recluidos en casa con apetito de material audiovisual para largas sesiones (y 212 minutos no están nada mal), a la vez que nos hace de espejo de un modo casi terapéutico. Porque ahora mismo no parece muy difícil empatizar con un personaje sometido, coartado y encerrado, que consigue huir, viajar y alcanzar la libertad, ¿verdad?

Conoceremos a Esty, la protagonista de Unorthodox, en la primera secuencia de la serie. En casa, con peluca y vestida con un atuendo tan clásico que nadie diría que tiene 19 años, pero los tiene. Bebe té y mira a través de la ventana. Está angustiada y parece oprimida. Con un simple cambio de foco del exterior al interior del hogar, la cámara nos hace notar, casi sentir, la gruesa barrera que hay entre las dos realidades y, acto seguido, como si fuera un pistoletazo de salida, Esty se acaba el vaso de té e inicia su huída. Y nosotros con ella, claro está.


Así es como la identificación con la protagonista de Unorthodox, aparece como la única respuesta posible en estos tiempos de inevitable solidaridad (y de manipulación cinematográfica). Aunque su falta de libertad inicial nada tenga que ver con una pandemia o con una mala gestión gubernamental, con ese título resulta evidente… Sino con la estricta interpretación de algunos preceptos religiosos por parte del judaísmo ultraortodoxo y, en concreto, de la dinastía jasídica Satmar. Una comunidad judía muy ortodoxa que curiosamente lleva décadas establecida en el barrio Hipster de Williamsburg, en Brooklyn, New York.

Allí donde ha crecido la joven Esty y la escritora en cuyo libro está basada la serie, la otrora jasídica Deborah Feldman. Allí donde llegaron los Satmar que huían de la II Guerra Mundial, abandonando definitivamente su hogar en Hungría. Y allí donde decidieron vivir (y morir), recluyéndose en ellos mismos, para evitar caer en la tentación de la modernidad y, sobre todo, para evitar impurificarse por culpa del contacto con el mundo no judío. O eso dicen. Porque los Satmar se sienten responsables del holocausto nazi, considerándolo un castigo divino, provocado, precisamente, por el incumplimiento de este precepto. Y por eso depositan todas sus fuerzas en el inmovilismo, desafiando al paso del tiempo con unas normas, unas ropas y unas tradiciones que son pretendidamente herméticas. Tanto que Feldman (y por consiguiente Esty) renunció a ellas. A las normas y a la comunidad. Y bien que hizo.

Al cabo de los años, Feldman aparecería en el mercado literario con el libro autobiográfico Unorthodox: El escandaloso rechazo de mis raíces jasídicas, y el resto ya es historia. Y ahora también ficción. Demasiada ficción. Porque la serie es una adaptación excesivamente libre de la obra de Feldman. Mientras que la escritora siguió viviendo en suelo americano durante muchos años, en Unorthodox es la ciudad de Berlín la que nos espera tras los títulos de crédito (a escasos minutos del inicio de la serie y de la huida de Esty). Eso sí, un Berlín de postal que juega a ser estandarte de la modernidad, un retrato lleno de clichés más propios de Instagram que de cualquier ciudad real.

Lo curioso es que las dos creadoras de la serie, Anna Winger y Alexa Karolinski, viven en Berlín. Y la escritora del libro Deborah Feldman, actualmente, también. De hecho, Feldman hace un cameo en el cuarto capítulo de la serie y aparece junto a Esty en una perfumería berlinesa. Feldman y Winger son originariamente de EEUU, pero Karolinski ha nacido en la capital alemana. Por eso aún resulta más incomprensible el retrato tan poco sincero que ha hecho de su propia ciudad. No obstante, en una entrevista para 'The Times of Israel' la misma Karolinski decía:

"Llevamos a Esty a Berlín para poder hablar de cómo una judía jasídica vive en el país donde se originó el Holocausto, y reflejar así cómo Berlín se ha construido sobre el trauma y cómo la Historia está patente allí todo el tiempo”

Y uno pensaría que tal vez haya un quinto capítulo en Berlín que aún no se han decidido a mostrar… Porque en los cuatro capítulos vistos, aparentemente concluyentes, solo en Williamsburg junto a los Satmar se reflexiona sobre la incidencia del pasado en nuestro presente. Ellos sí que han basado toda su vida en la tradición previa al trauma del holocausto y así se nos muestran.

Por suerte para el espectador más exigente, la cámara va y viene de una ciudad a otra a lo largo de toda la serie. De Berlín a NY, y de un tiempo presente a un pasado que el espectador necesita conocer para comprender la decisión de Esty. Y si bien es cierto que la historia de liberación en Berlín juega en exceso con la fe del espectador (y con su ilusión), el tratamiento que se hace del pasado de la protagonista, de su vida en Williamsburg dentro de la comunidad, antes y después de su boda concertada, es muy preciso.

Todo ello: lengua, imagen, costumbres… Y se lo debemos en parte a Eli Rosen quien, además de interpretar al rabino Satmar, se ha encargado tras las cámaras de asesorar a todo el equipo. A la directora de Unorthodox, la alemana Maria Schrader (Stefan Zweig: Adiós a Europa), a la actriz que da vida a Esty, la israelí Shira Haas (Broken Mirrors), y al resto de actores o extras que debían hablar en una lengua o comportarse de una manera que no suelen enseñar en las escuelas de interpretación.

Porque en Unorthodox las escenas entre jasídicos se oyen tal como se escucharían en la realidad, es decir, en Yiddish: la lengua resultante de la diáspora judía de aquellos que se ubicaron en la Europa Central. Un idioma que suena a alemán y carga alguna palabra en inglés (al menos en el Brooklyn actual), pero que se escribe íntegramente en hebreo.

Y al son de las palabras y los cánticos religiosos una procesión de rostros y vestimentas desfilan provocando una credibilidad total…


En los hombres vemos los mismos abrigos negros y largos, coronados por sombreros de diferentes tipos y significados, cada uno más llamativo que el otro. Barbas espesas y muy largas también (cuanto más larga es la barba, más fuerte es la conexión que creen establecer con Dios), y a ambos lados, casi a modo de adorno, los míticos mechones o tirabuzones, o como ellos mismos los llaman: los payot.

Y en ellas la modestia exagerada: ropajes clásicos y discretos, faldas por debajo de la rodilla, medias incluso en verano y jerséis o chaquetas con mangas hasta la muñeca. Una sencillez tan extrema y anticuada que paradójicamente llama mucho la atención. Y los sheitel, pelucas que suelen tener un mismo corte y estilo, y que toda mujer casada debe llevar para no mostrar su cabello natural. Tal como Esty ha sido presentada. No hace falta que volvamos a empezar.

En definitiva, Unorthodox ha conseguido mostrar una realidad desconocida para muchos, precisamente por lo impenetrable de la comunidad Satmar, retratando a dicha comunidad con cierta asepsia moral, centrándose en el detalle y en una precisión formal admirable. Pero que desmerece en el diálogo visual, forzado por el montaje, al enfrentar el barrio de Williamsburg (quizá más gris de lo normal para ser un barrio que está sufriendo la gentrificación) con un Berlín (excesivamente soleado) representación de la tolerancia, la liberación, la multiculturalidad, el amor, la sinceridad y el deseo… Una realidad que desgraciadamente coexiste en la ciudad junto al egoísmo, la soledad, la insolidaridad, la competencia y el consumo desmedido, pero que en el Berlín de Unorthodox no conseguimos ver.

Si ya de por sí una comunidad tan arcaica resulta del todo incomprensible en el siglo XXI, la licencia creativa que se permite Unorthodox (al ficcionar sin prejuicios la historia original de Feldman), debería ofrecer, si realmente quiere aportar, una comparativa más propia de la filosofía oriental como el típico yin yang, que nos recuerda que siempre hay algo bueno en lo malo, y viceversa.

De lo contrario, uno pensaría al ver Unorthodox que los buenos solo somos nosotros: los de la libertad y el progreso, los de la globalización, los que preferimos un mundo bien homogéneo… Pero, una pregunta, ¿desde dónde me lees?

Pues eso. Algo nosotros también estaremos haciendo mal.

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