23 de octubre de 2018

Sitges 2018: Climax



Y DE PRONTO ANOCHECE

Un artículo de Adriano Calero.

Hay en el poder de las imágenes una fuerza superior al de cualquier palmarés (y viendo el resultado de algunos certámenes es asimismo algo que agradecer). Mientras que la lista de premiados empieza a bailar en nuestra memoria desde el mismo instante en que es pronunciada, una película, una secuencia o incluso un fotograma, puede pervivir en ella de un modo casi inesperado. En la medida en que su calidad lo permita, evidentemente. Pero también en base a la sensibilidad del espectador, casi siempre en estrecha relación con la intención manipuladora del director de la función.

El caso de Gaspar Noé y su celebrada Clímax es muy representativo de todo lo escrito hasta el momento. Ganadora en la Quincena de Realizadores de Cannes y a Mejor película en el recién pasado Festival de Sitges 2018, Clímax ya figura en el almanaque fílmico de este año. Y lo hace para la posteridad, aunque la victoria no sea la causa principal. Porque habrá quien dirá que la auténtica ganadora de este Sitges 2018 es Lazzaro Felice (Alice Rohrwacher, 2018) y que lo es en su capacidad de aunar el Premio especial del jurado, el Premio de la crítica Josep Lluís Guarner y el Premio del Jurado Joven. Desde luego, razones para la discusión no faltan (y no son solo tres). Pero, como aquí se ha dicho, los premios se diluyen en el tiempo (y acumulan polvo en los estantes de algunos hogares). Sin embargo, las imágenes poseen la facultad de perdurar entre las obsesiones del gran público.

Así lo ha manifestado el Jurado Oficial Fantástico, quien ha defendido su decisión con argumentos basados en la vivencia y en la emoción suscitada por el visionado. Según ha comentado uno de sus miembros, el escritor y periodista científico Piers Bizony, Clímax “es aquella película que me dejó frustrado, enfadado, furioso y disgustado, razón por la que aún sigue viviendo en mi cabeza”. Y en la de la actriz y productora Carolina Bang, que reconoció en Clímax “una experiencia física que me destrozó el alma”. Como si prefirieran olvidar la película, pero no hubieran podido y fuera semejante resaca fílmica un preciso garante de superioridad. Como si el jurado no necesitara pensar las películas, sino exclusivamente vivirlas.


Y la historia se repite, una y otra vez. Un grupo de bailarines (entre los que se encuentra la también actriz y modelo Sofia Boutella) se reúne en un edificio en desuso y, alejados de cualquier núcleo urbano, deciden celebrar la creación de una nueva coreografía. Conforme avanza la noche y la bebida se acaba (un ponche con receta desconocida), la conexión de los cuerpos deriva en una guerra de mentes. Y como suele suceder en el cine de Gaspar Noé, los cuerpos siguen el ejemplo de sus mentes e igualmente abrazan la guerra. Porque no es la primera vez (ni la última) que el director franco-argentino nos invita a una experiencia similar. De hecho, ¿cuando ha hecho lo contrario?

Desde su paso por el Festival en el año 1998 con Solo Contra Todos (que obtuvo el premio a Mejor guión) hasta su anterior aparición con Love en Sitges 2015, Gaspar Noé ha demostrado que es, además de un director con marcado estilo, un provocador.

Muchos recordarán de su primer largometraje la secuencia del bar de Lille donde un parroquiano le ofrecía a otro la posibilidad de reflexionar sobre la moral y la justicia. “¿Quieres ver mi moral? ¿No te irás a arrepentir?” A la vez que el personaje escondía su mano en el bolsillo… “Te vas a asustar”, insistía. Y los espectadores se asustaban cuando dicho personaje sacaba una pistola automática y ofrecía su sentencia: “Aquí está mi moral. La moral es esto”. Todo parecía indicar que la moral para Gaspar Noé era algo muy discutible.

Asimismo, difícil sería olvidar la matanza del caballo de Carne (1991), desangrado y desollado para su aprovechamiento gastronómico; o la interminable violación de Monica Belucci en Irreversible (2002). Pasado y futuro de esa primera irrupción en Sitges. Unidos a su vez por la imagen del actor Philippe Nahon y su personaje “El Carnicero”.

Mucho tiempo ha pasado y en Clímax el grupo sustituye al individuo, pero Gaspar Noé demuestra que sigue siendo el mismo. Un autor que impone, a través de una rigurosa puesta en escena, una impúdica mirada sobre la condición humana, casi siempre reducida a sus incontrolables pulsiones de vida (sexuales y yoicas) y muerte (hacia uno mismo y hacia el exterior). Lebenstriebe y Todestriebe, que diría Freud (Más allá del principio de placer, 1920). Dos caras de una misma moneda (o individuo) que encuentran en su filmografía y en Clímax, en especial, una coherente representación formal.


Por un lado, al combinar planos en continuo movimiento y de larga duración (a veces planos secuencia) con planos fijos y breves que irrumpen en pantalla casi a modo de flash. Entre rótulos afrancesados y subtítulos psicodélicos, fruto de la droga y su influencia “godardiana”. Y planos en negro… Pestañeos. O aquello que es lo mismo: la impulsiva naturaleza humana fragmentada y perdida entre el caos del espacio y el tiempo. Allí donde se desdibujan los bailarines. Allí donde Gaspar Noé ubica su cámara y la de su asiduo Director de Fotografía, Benoît Debie. Guiando al espectador a través de un descenso a los infiernos que tiñe la pantalla de rojo, pero que tiene mucho más de autorreferencial que de Dante.

En la primera secuencia de la película, un plano cenital muestra un territorio nevado. Una mujer aparece en el cuadro, corriendo, huyendo de algo. Tropieza y se hunde en la miseria. No se vuelve a mover. La cámara en cambio se eleva y empieza a girar en el sentido de las agujas del reloj, cada vez más deprisa, hasta que la imagen pierde la precisión de su contorno. “El tiempo lo destruye todo”, viene a decir Gaspar Noé. Y la comparación con Irreversible se hace inevitable. Aunque esta vez el director no necesita manifestarse a través de un rótulo. Basta con el recuerdo de esas imágenes imborrables. Entonces la secuencia que despedía la película era el principio de la historia. Aquí es el final, pero la inicia. Y, con ella, otro viaje inmersivo en otro antro contaminado por el hombre. Como en el Rectum… Porque en el cine de Gaspar Noé el tiempo no se detiene y la espiral tampoco se cierra. Infierno solo hay uno y está en la superficie.

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