26 de octubre de 2017

Sitges 2017: Errementari

Un artículo de Carles Martinez Agenjo.

HACIA UN FANTÁSTICO LIBRE DE COMPLEJOS


Numerosos son los casos en que los cortos que preceden el debut de un director cobijan el código genético que fluirá por las venas de su cine. La relación entre Errementari, ópera prima escrita y dirigida por Paul Urkijo, y los trabajos que hizo anteriormente sirven de jugoso ejemplo.

¡No sabes lo que es no tener a nadie! –le grita un abuelito a la Muerte. Ésta se gira, entristecida, y lo observa. El anciano, que se encuentra en la cama de un geriátrico, se da cuenta del error. Se trata de una escena del cortometraje Jugando con la Muerte (2010) donde un melancólico plano medio en blanco y negro integra dos miradas simétricas entre seres que empatizan antes de entregarse a su trágico destino. Uno, morir. La otra, seguir cumpliendo con las órdenes que dicta su largo pergamino. Esta correspondencia se repitió en Bajo la Cama (2012) entre un niño que es el hazmerreír del colegio, porque llega a clase con un calcetín menos, y el monstruito de otra dimensión que se los come cada noche. O los dos hermanos de El Bosque Negro (2014), caballeros andantes de una tierra sin amistad, encantados por una misma bruja: un trabajo, por cierto, aplaudido en el Cryptshow Festival de Badalona.


La soledad, podemos ver, se apodera de los relatos breves de Urkijo para atravesarlos con una afilada aguja: la de una redención que le sirve para tejer parábolas mediante un tono fantástico con el que se siente la mar de cómodo. Asimismo, este realizador alavés –amante de Spielberg, Ridley Scott y Harryhausen– deja muy claro que, para él, la otredad es antes trágica que perversa. Antes dulce que vil.

Su debut, Errementari, vuelve a la carga con el perdón y la culpa y con una otredad menos monstruosa de lo que aparenta, pero esta vez, consciente de que se estrena en la liga del largo, Urkijo no repite el esquema de aquellos personajes simétricos que sufrían un mismo pesar, que se contemplaban ante un mismo espejo, sino que opta por la distorsión del mismo. Usue, una huérfana interpretada por la también debutante Uma Bracaglia, vive marginada y apedreada por los niños de su pueblo. Como la mejor épica adolescente de los años 80, su misión consistirá en descubrir un misterio que dormita debajo de su propio contexto: ¿qué le sucedió a su madre antes de morir? La intriga le conducirá a la casa de un herrero (Kandido Uranga) también aislado -en este caso, por la superstición- que esconde enjaulado a un demonio de piel rojiza, cola retorcida y risa chirriante. Allí descubrirá que ni el herrero es tan diabólico como sospechan los vecinos, ni el demonio tan terrorífico. Todo se complicará cuando un grupo de hombres, acompañados por el cura del pueblo y un misterioso comisario del gobierno, visitan la morada del herrero y descubren a la niña y al diablillo. Será entonces cuando salgan a la luz las intenciones de cada personaje y empiecen los problemas.

Y es que los lobos parecen corderos y los héroes, ogros, en este cuento gótico que, lejos de la seriedad y la pompa, se podría resumir como un divertidísimo juego de máscaras. Asimismo, como en las mejores fábulas, la mirada que le quitará el disfraz a cada uno y destapará su verdadero yo es la de Usue. Su retina, en el fondo, es también la del propio film.


AVERNOS FOLCLÓRICOS

Errementari posee el espíritu del mejor sueño infantil, como aquella versión personalizada de King Kong firmada por Peter Jackson, pero low-cost y en versión autonómica. El debut de Paul Urkijo es un ejercicio de amor dirigido por un apasionado del terror y lo sobrenatural que, como Jackson, amplía el radio de impacto de la leyenda que le entusiasmaba de pequeño y le obsesiona de adulto. Patxi, el herrero es el cuento popular vasco que Urkijo adapta libremente para forjar un relato “sobre los prejuicios” –aseguró en rueda de prensa– y “sobre cómo vemos a la gente desde fuera hasta que accedes al interior y entiendes su infierno”.

Especial atención merecen las secuencias de inicio y cierre del film, que funcionan como formalistas portales de entrada y salida al mito favorito del director. El contrapicado del herrero golpeando el metal candente con el puño y los ojos inyectados en fuego, en los primeros minutos de la trama, así como el esfuerzo con el que arrastra una campana gigantesca para desafiar al mismísimo Satanás, en el clímax, conceden relieve a una película que combina ironía y barroquismo visual de reminiscencias paganas con la siempre rugosa textura de la serie B. Un auténtico festín de llamaradas y maquillaje intencionadamente impostado para espectadores forjados en los infiernos cuentísticos de Legend (1985) y las aventuras de múltiples estratos, como La Princesa Prometida (Princess Bride, 1987). Todo ello, eso sí, lejos de aquellas tramas románticas de aroma caballeresco. Urkijo se mueve en el terreno de lo concreto y muerde el hueso del cuento que traduce para centrarse en la heroicidad de un vasco solitario que lucha por sacar a su hijastra del averno.


Complementan la historia una serie de personajes que, por su histrionismo caricaturesco, sobrepasan en ocasiones el límite de lo prudente. Sobre todo, el diablo interpretado por Eneko Sagardoy: pura exageración teatral. Pero ahí reside, justamente, la clave de una película que reivindica el cine como experiencia juguetona sobre todo aquello que nos hace entender al otro. Y a sacrificarnos por lo que amamos. Errementari es, en suma, el film que un amante de la serie B con narrativa de serie A le dedicaría a su propio hijo: un regalo de amor envuelto por el encanto de una sala oscura.

Por todo ello, la película se antoja como una grata sorpresa que nos hace pensar en un cine de género libre de complejos e imposturas. Como si ahora, de repente, Jaume Balagueró y Paco Plaza se alejasen de su compromiso con el terror para crear juntos una tragicomedia sobre Les calderes d’en Pere Botero. Con toda la honestidad geek y el cachondeo que conllevaría semejante tarea.

Filmada en euskera antiguo y financiada por un Álex de la Iglesia que demuestra tener más olfato como productor que como director, nos encontramos ante una de las mejores y más defectuosamente entrañables muestras del cine español reciente.

En cuanto a Urkijo, un último apunte… Posee entre sus mentados cortos un trabajo que denuncia la pederastia en Camboya a través de la figura folclórica del asusta-niños. Un ejemplo más que nos lleva a pensar en él como promesa bicéfala:
- La de un generador de superproducciones absolutamente desmarcado de los senderos habituales del género.
- Y la de alguien capaz de trasladar todo su potencial fanta-alegórico a la nuestra: una actualidad infectada de injusticias.

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