22 de octubre de 2017

Sitges 2017: The Cured y Les Affamés

Un artículo de Carles Martinez Agenjo.


ZOMBIS EN QUIRÓFANO

Como si del nuevo líder de la revolución se tratase, un desconocido Eugene Clark –actor del submundo televisivo– comandaba, en La Tierra de los Muertos Vivientes (Land of the Dead, 2005) de George A. Romero, un ejército de zombis. Cansados de la humillación que sufrían por parte de los últimos supervivientes de una pandemia mundial, un grito de rabia le bastaba a Clark para que cientos de infectados dirigiesen su carne podrida hacia un asalto a las tullerías en versión irónica y sangrienta que culminaba en un centro comercial. Básicamente, Romero sustituía las cabezas cortadas de palacio por el primer plano de un caminante arrancando con los dientes el piercing umbilical de una chica que sólo quería ir de compras. La sangre inocente, parecía reírse Romero, no importa. El gamberrismo lo es todo. Siempre y cuando haya tarta para todos y el espíritu lúdico campe a sus anchas por la pantalla.


The Cured, ópera prima del prometedor David Freyre, parece una película concebida como respuesta al subgénero del que bebe, pero, sobre todo, al film de Romero. La originalidad de Freyre reside principalmente en que no se trata de una propuesta de zombis suculenta ni cachonda, sino de personas que lo fueron y han superado, gracias a un antídoto, la enfermedad que los empujaba a devorar a sus coetáneos. Ante un clima de protesta donde las familias damnificadas por una masacre zombi se manifiestan en las calles, un grupo de ‘curados’ es internado temporalmente en una zona gubernamental antes de volver a casa. El trato áspero que recibirán hará emerger la indignación entre ellos.

Producido en Irlanda, si algo arrebata en este debut es que consigue acariciar el ingenio articulando ideas que Romero, padre del zombi moderno, ya había usado, pero que Freyre manifiesta a través de tres claves la mar de jugosas: a) reduce, sin aflojar el ritmo, la dosis de violencia habitual en el subgénero, b) despliega una jerarquía entre infectados, acuñando una sutil forma de lenguaje –básicamente, reemplaza el grito chabacano que, decíamos, Clark soltaba para movilizar a una masa de podridos; por el trato jefe-súbdito manifestado en el primer plano de un zombi exhalando sobre el hombro de otro para ordenarle que elimine a un humano– y c) más brutal aún, el cineasta permite que el ‘curado’ interpretado por Sam Keeley se explique, llore y se redima ante el personaje de Ellen Page, confesándole sus peores crímenes y reconociendo que la enfermedad resultó tóxica, desde luego, pero también lúbrica, como un yonqui rehabilitado que recuerda los placeres del infierno.

Antes, estos monstruos andaban, mordían y devoraban tripas. Luego empezaron a correr atolondrados por las calles, vomitando sangre y agrediendo al personal. Visto lo visto, ya no hace falta que caminen sonámbulos por los pasillos del Caprabo para entender que son una sátira de nosotros mismos. The Cured va más allá del simple subtexto. Cierto es que la insurrección que traman los curados-humillados de la película de Freyre, a través de su líder (soberbio Tom Vaughan-Lawlor), peca en algunos personajes más planos que el costado de una hoja, pero no estropean la ambición del conjunto. Ni el resultado.

Jamás el zombi o ex zombi –¡o como demonios queramos llamarlo!– brilló tan alto y se mostró tan desnudo, tan complejo, tan abandonado: tan humano al fin y al cabo. Evidentemente, la proyección en Sitges despertó aplausos y negativas por igual. Unos, refrescados por la motivación con la que el director se ha iniciado en la liga del largometraje aportando sabia fresca a un subgénero que casi siempre ha tratado de innovar, pero con ideas a modo de apunte o nota al pie. Otros, los descontentos, incapaces –¿o demasiado conscientes?– de engullir terror sin que la ración de casquería sea generosa y abundante.

The Cured se posiciona, desde ya, dentro de esa selecta colección de títulos, a caballo entre el terror y la toxicidad que destilan los mejores cuentos de zombis, para compartir estantería con maravillas como 28 Días Después (28 Days Later, 2002), 28 Semanas Después (28 Weeks Later, 2007) y Les Revenants (2012). Salpicaduras exquisitas para relatos que saben manejar el flashback sin perder la tensión. No a través de lo fácil, no como cuenta atrás de una avalancha de infectados, sino mediante el miedo como herramienta para que el público se introduzca en la piel de los personajes con los que empatiza. Así es la película de David Freyre: la primera gran revolución pos-zombi adulta. Un film plenamente consciente de que, además de certificar que hay vida –y hambre– después de la muerte, también hay drama. También hay cine.


COMPROMISO POR LA CAUSA

Todo parte, en definitiva, de un tratamiento al universo zombi que no utiliza la violencia ni la víscera como bandera para agitar hasta la saciedad, sino que disecciona todos sus engranajes. Freyre se formula preguntas. Y las contesta con acierto. Cosa distinta sucede con el canadiense Robin Aubert, director de Les Affamés. A diferencia del anterior, su voluntad no es la del gran interrogante, sino la del humor y la bizarría como nuevas capas de maquillaje al subgénero. El beso que dio en Sitges, arrodillado sobre el escenario del auditorio del Melià antes de presentar su película al público, es la perfecta traducción real de un cine, el suyo, absolutamente apasionado y devoto.


El guión de Aubert no salta tan alto como el de Freyre y su propuesta es más discretita, menos ambiciosa, pero maneja con gusto la fórmula de siempre para llegar donde quiere. Y también lo consigue. Un grupo de individuos de lo más variopinto –integrado por una viuda de armas tomar, una pareja de ancianas ataviadas con escopeta, dos amigos que no dejan de contar chistes malos y un vecino sonado que ha vuelto del servicio militar, entre otros– sirve de excusa para formar un grupo de resistencia que se enfrentará en una zona rural del Quebec a distintas situaciones de peligro baqueteadas por la batuta del apocalipsis zombi. Una carretera, un camino en medio del bosque, un campo de hierba… Es de agradecer que Aubert se enfrente a espacios tan comunes con especial cariño por la puesta en escena y por un ritmo que, por el modo en que dosifica la intriga y abraza los puntos muertos de la trama, se acerca más a un paulatino Sergio Leone que a la mayoría de propuestas de Hollywood sobre el tema.

Asimismo, resultan especialmente magnéticos los momentos de pura bizarría caprichosa. La imagen de un coche de carreras pilotando solo por vías rurales o la de una montaña de trastos en medio del campo como lugar de reunión de un centenar de zombis inmóviles pueden resultar gratuitas en un film que no siempre juega al absurdo, pero el cineasta se las arregla para introducirnos en su atmósfera malsana, casi onírica, que perdura en la memoria.

Sintetizando, Freyre y Aubert abordan el mismo universo desde ópticas distintas, pero compensan su acercamiento al terror con idéntico compromiso. La suya, sin duda, es la mejor forma de extender el legado de Romero, un director que rellenó de denuncia las carnes podridas de un arquetipo que siempre tiene algo más que contar. Y que morder.

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