27 de enero de 2017

Hasta el Último Hombre (Hacksaw Ridge)


Un artículo de Juan Pais.

Hasta el Último Hombre llega tras unos difíciles años para Mel Gibson, cuyo crédito estaba agotándose en Hollywood debido a los múltiples conflictos en que se había visto implicado. Sin embargo, el estreno de esta película ha redimido ante crítica y público a una de las estrellas más populares de los años 80 y 90, además de un brillante director. Hacksaw Ridge no desmerece de títulos anteriores como Braveheart (1995), y previsiblemente será considerada en el futuro como un clásico del cine bélico.

De todos modos, clasificarla como película bélica es acertado, obviamente, pero también insuficiente. Hasta el Último Hombre es una película básicamente religiosa. Ya desde la escena que sirve de prólogo, con una oración en un dantesco campo de batalla, la guerra es presentada como una prueba divina, como uno de los caminos tortuosos que Dios hace atravesar a los hombres para probar su fe. Cristiano fundamentalista, Mel Gibson, propone una visión teísta de la vida. Dios es una presencia constante y permanente que pone a prueba a los hombres. Todo esto desde el punto de vista de Gibson, lógicamente.

Hasta el Último Hombre es una hiperrealista y cruda película. Como cineasta, Gibson es visceral y astuto al mismo tiempo. Visceral porque es sincero y directo a la hora de plasmar los avernales campos de batalla, pero también astuto porque sabe que no va a conmover al publico con una película de estampas religiosas sino con sangre y violencia. La propuesta del director de Apocalypto (2006) es compleja, y cuesta a veces saber si nos encontramos ante un film antibélico que utiliza la brutalidad para concienciar al público del primitivismo y sinrazón de las guerras o ante una obra belicista en la que se utiliza taimadamente a un personaje seráfico como pretexto argumental para la propaganda militar. Es más plausible pensar lo primero y para ello es mejor no ser complaciente.

Andrew Garfield, uno de los actores jóvenes más pujantes de la actualidad, encarna estupendamente a Desmond Doss, parece nacido para hacerlo. Doss es un joven de buen carácter y nobles sentimientos que crece en un bucólico rincón de la América profunda, sólo ensombrecida por la violencia doméstica que su torturado padre (magnífico Hugo Weaving) ejerce sobre la familia. Por lo demás su vida, muy influida por la religión, se desarrolla tranquilamente, animada incluso por su noviazgo con la bella y dulce Teresa. Hasta la Segunda Guerra Mundial, en la que Doss se alista con una insólita pretensión: ser un soldado pero sin empuñar ningún tipo de arma.


Ese carácter pacifista le honra pero hay aspectos de su personalidad que habría que analizar. Es un personaje inquietante; su fe religiosa es tan intensa e indudable que es evidente que nos encontramos ante un fanático, una persona de una religiosidad tan apasionada que está dispuesto a actuar contra la razón. Es cierto que Doss actuó como sanitario (término más adecuado que el de médico que se oye en la película) y fue condecorado por salvar las vidas de muchos de sus compañeros. Pero también dicho fanatismo pudo llevarle a quitar la vida a otras personas (es muy frecuente que los fanáticos lleguen a vulnerar los preceptos religiosos en su creencia de que van a agradar a su dios de esa manera). Se diga lo que se diga, Doss no es exactamente un buen soldado. No es solidario con sus compañeros, puesto que posiblemente les hubiera ayudado más en el campo de batalla con un fusil (los sanitarios van armados); se permite el lujo de rechazar llevar arma porque sabe que otros la llevarán por él y le defenderán. A Doss le importan los otros soldados, es cierto, pero lo primordial para él es su relación con Dios.

Gibson imprime brío a la historia, destacando unas estremecedoras escenas bélicas - muy inspiradas en las de Salvar al Soldado Ryan (película destacada en lo referente al gore bélico) - en las que Doss atiende a sus compañeros heridos, poniendo a salvo a 75 de ellos, lo que le llevaría a obtener la Medalla de Honor del Congreso y el reconocimiento de sus compatriotas. La película se divide en tres partes bien diferenciadas (los primeros años de Doss, la preparación militar y la guerra), pero es esta última - localizada en la Batalla de Okinawa - la más impactante -algo lógico, por otro lado - y la que permite conocer mejor a Doss.

De todos modos, Hasta el Último Hombre no carece de defectos. El romance está metido un poco con calzador y su tratamiento es bastante cursi, como realmente cursi es el retrato que se hace de Doss, tan inmaculado. Tampoco faltan personajes estereotipados como el sargento duro y el compañero malote, aunque - nuevamente Gibson es astuto - no incide mucho en las perrerías que le hacen, dotando incluso a estos personajes de humanidad. También es un poco reiterativo al mostrarnos los problemas de Doss con su padres.

En definitiva, Hasta el Último Hombre es una película con sus virtudes y defectos, pero estos últimas no la invalidan como una excelente película.

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