15 de diciembre de 2017

Feud: Bette and Joan



Tal como explicamos en un artículo anterior, el prolífico creador televisivo Ryan Murphy ha lanzado una nueva antología sobre grandes enfrentamientos personales. Empieza esta andadura con la historia de la rivalidad nunca resuelta entre dos de las mayores divas de la historia de Hollywood: Bette Davis y Joan Crawford. Fueron dos grandísimas actrices, de fuerte personalidad tanto delante como detrás de la cámara y sus brillantes trayectorias profesionales las hicieron entrar en el olimpo hollywoodiense con letras de oro. Davis tenía un carácter indomable que llegaba al público a través de su ilegible mirada y porte autoritario. Nunca se intimidaba y llenaba sus papeles de verdad y desdén arrebatador. Crawford, más bella, partía del rol tradicional para hacerlo añicos a su voluntad, elevándose hacia la interpretación de carácter desde una presencia regia y una poderosa mirada que, con los años, se convirtió en imperturbable.

Para los cinéfilos resulta incluso más interesante que su trayectoria fílmica la intrahistoria que emerge al desgranar los hechos de sus vidas. Ambas mujeres provenían de hogares rotos pero Davis dispuso de mayores comodidades y tuvo la posibilidad de formarse en el teatro neoyorkino hasta que recibió la llamada de la meca del cine a principios de los 30. Crawford, por su parte, vivió muchas más penurias económicas y tuvo que salir adelante frente a los excesos de una madre eternamente distante. Trabajó como bailarina y también como actriz en compañías de teatro vodevilesco. Su entrada en Hollywood llegó cuando su experiencia entre bambalinas ya estaba más que probada. En ese momento de su vida, un profundo sentimiento de amargura e individualismo ya había hecho mella en su conciencia.

En Hollywood se disputaron fama y reconocimiento durante más de tres décadas. Cuando las ofertas empezaron a menguar debido al sempiterno olvido que reciben las actrices maduras en la industria, Davis regresó al teatro y Crawford exprimió su aura de diva haciendo publicidad, escribiendo libros de buenos modales y sacando rédito a su participación en el accionariado de Pepsi Cola, gracias al último de sus matrimonios con el que fue presidente de la compañía en los años 50.


No obstante, ambas querían regresar desesperadamente a la gran pantalla y se presentó una oportunidad que, por primera vez, las reuniría en escena. La novela proto-gore de Henry Farrell, What Ever Happened to Baby Jane?, cautivó la atención de Crawford quien empezó a mover el texto hasta conseguir la implicación del director Robert Aldrich quien, a su vez, convenció a Jack Warner para que la distribuyera. Warner fue el primero en ver que esta historia de resentimiento y venganza entre dos hermanas era el vehículo ideal para el enfrentamiento actoral entre Bette Davis y Joan Crawford.

El proyecto pareció empezar estupendamente con buena relación entre ellas y con un director comprometido en la creación de una obra de terror que combinara la excelencia interpretativa con un arrebatador drama de fondo. Pero, con el paso de los días y las semanas, el divismo y la envidia entre ellas empezó a manifestarse en el set de rodaje. Las dos actrices estaban acostumbradas al liderazgo único y el trabajo que ambas realizaban suscitaba fricciones y hacía aflorar resentimientos encerrados durante décadas. La inquina y el odio que se gestaba entre las actrices fue aprovechado por Aldrich para dar más capas de tensión a la relación entre sus personajes en el film, Jane y Blanche Hudson. En el fondo, cada una quería prevalecer sobre la otra y brillar más para resonar con mayor fuerza en el recuerdo del espectador al salir de la sala. Este duelo narcisista quizá contribuyó a que la película resultante fuera mejor de lo esperado convirtiéndose en uno de los grandes éxitos de público y crítica de 1962. Pero la batalla entre ellas solo había empezado...

11 de diciembre de 2017

Stranger Things 2


Un artículo de Mike Sanz.


Ha pasado un año de los sucesos del demogorgon y la vida transcurre con normalidad en el pueblo de Hawkins... Al menos en apariencia, porque el joven Will Byers experimenta una serie de visiones que lo conectan con el mundo del revés, mientras el sheriff Hopper descubre una plaga que ataca las raíces de la comunidad... y todo sucede en Halloween.

La primera temporada de Stranger Things fue una de las revelaciones seriéfilas de 2016. Se estrenó en verano sin apenas promoción y no tardó en convertirse en una de las series más alabadas de Netflix, gracias al homenaje que rinde al cine popular de los ochenta y al acertado reparto de jóvenes actores. Sus creadores, los hermanos Duffer, afrontaron la difícil tarea de diseñar una segunda temporada que ofreciera un giro interesante a la trama y emulara el fenómeno que supuso la primera, ¿lo han conseguido?

La nueva entrega de Stranger Things se sirve de varios recursos para estirar los sucesos de la primera. En particular, presenta una amenaza mayor, añade nuevos personajes y separa a los viejos conocidos en varias subtramas paralelas con el fin de retrasar la resolución del conflicto. Se cumplen, en este sentido, los tópicos acerca de las segundas partes y se pierde la frescura de la entrega original, fenómeno que alcanza su máximo exponente en el vapuleado capítulo siete, que rompe con el tono de la serie y, dado su trasfondo, recuerda a los episodios más bochornosos de la fallida Héroes.


También abundan los aciertos, en especial la naturalidad de los actores (con mención especial a Noah Schnapp, el atormentado Will Byers que cobra un protagonismo inusitado), los detalles que se revelan acerca del misterioso mundo del revés, el giro que dan a personajes que quedaron desdibujados en la primera temporada, como Steve, y, por supuesto, los homenajes a las películas de los años ochenta y principios de los noventa: son varias las alusiones a títulos icónicos como Los Cazafantasmas (Ghostbusters, 1984), El Imperio Contraataca (Empire Strikes Back, 1980) y las obras de Spielberg, por ejemplo E. T. (1982)

Tras el apoteósico final, que hará las delicias de los fans y resolverá las tramas principales de forma satisfactoria y bastante espectacular para tratarse de una producción modesta, quedan varios cabos sueltos que apuntan a una inevitable tercera entrega. Aunque la secuela de Stranger Things no alcanza las cotas de frescura y emotividad de su predecesora, sigue siendo una serie de sobra entretenida en la que la nostalgia y el espíritu de aventura atrapan al espectador hasta el final.

23 de noviembre de 2017

Bette Davis y Joan Crawford


Los tiempos cambian y presuntamente el mundo evoluciona. Sin embargo, no dejan de haber acontecimientos que demuestran el anquilosamiento de ciertas estructuras políticas y sociales. La lucha por ejercer la libertad individual y la libre expresión continúa y se manifiesta de muy diversas formas. No obstante, la lucha en favor de los derechos humanos elementales y la defensa de la libertad y la justicia continúan siendo las causas más nobles por las que se puede y debe batallar. 

En el terreno cinematográfico y en el de las artes en general, aquellas personas que denotan una personalidad más acentuada suelen trascender especialmente tanto si ello conlleva que sus trayectorias luzcan más o menos debido al poder del establishment de turno. En cualquier caso, como analistas siempre debemos glosar los hechos diferenciales de aquellas personas que han dejado huella gracias a su fuerte carácter y determinación, a la profundidad de sus convicciones y a la tenacidad en la defensa del interés propio frente a una industria muy poderosa.

Este es el caso de dos de las mejores actrices de la historia: Joan Crawford (1904-1977) y Bette Davis (1908-1989). Fueron dos mujeres de extensa carrera, que marcaron época porque tenían una fuerza interpretativa inusitada que pronto las separó del rol femenino tradicional para situarlas como actrices de carácter. Crawford, Davis y Katharine Hepburn lideraron a un selecto grupo de intérpretes que ofrecían a Hollywood la ventaja de contar con protagonistas femeninas fuertes, decididas y capaces de contraponerse a sus partenaires masculinos desde la firmeza. Para damiselas en apuros ya había multitud de opciones. Ellas estaban en la industria para reivindicar el papel emergente de la mujer en la sociedad y no dudaron en batallar ante productores y ejecutivos en pos de ese reconocimiento, incluso cuando ello pudiera conllevar la pérdida de papeles y la inactividad temporal.


Con más o menos continuidad, estas mujeres brillantes se consagraron en el firmamento hollywoodiense y recibieron galardones y múltiples reconocimientos a su labor. Pero acabó llegando el momento en que sus esfuerzos tuvieron que redoblarse ante un terrible enemigo: el inexorable paso del tiempo. La denuncia de las actrices veteranas cuando se ven apartadas de las principales ofertas de trabajo, por cuestión de edad, continúa muy viva actualmente pero en la época de Crawford y Davis aún era mucho más dura. La juventud en los roles femeninos imperaba con más rotundidad en la industria y grandes leyendas se quedaban en la cuneta a una edad en la que su talento estaba por las nubes. Así fue como el fuerte temperamento del que siempre habían hecho gala tuvo que salir  a escena, con más ahínco, para seguir haciendo centellear la pantalla con sus apariciones.

Esta etapa de madurez creativa, tan valorada siempre en la trayectoria de actores y directores pero tremendamente complicada para las mujeres, resulta interesantísima a la hora de abordar proyectos que expliquen a las nuevas generaciones la edad de oro de Hollywood. Un gran número de mujeres, todas ellas grandes actrices, tuvieron que hacer frente al brutal sexismo de la época e incluso a trabas burocráticas que nunca debían superar sus colegas varones. En la defensa en favor del rol femenino en la industria, muchas estrellas tuvieron que luchar ferozmente para contravenir la máxima que seguían la mayoría de los estudios en cuanto a los papeles femeninos: "a más edad, roles secundarios u ostracismo".

En esta apuesta persistente por crear series de televisión que indaguen en el pasado para redescubrir episodios rompedores, el productor Ryan Murphy decidió poner en pie su idea de explicar algunos de los grandes enfrentamientos personales del siglo XX con la rivalidad entre dos actrices en el inicio de su senectud. Sumergirse en la intrahistoria tras la compleja relación entre Joan Crawford y Bette Davis antes, durante y después del rodaje del clásico de Robert Aldrich, What Ever Happened to Baby Jane? (1962), era la mejor forma de iniciar una memorabilia de calidad que, de paso, engrosa el lustrado atrio del metacine.

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15 de noviembre de 2017

Historias de Hollywood: Kirk Douglas y el nido de cuco


Al recordar Alguien Voló Sobre el Nido de Cuco (One Flew Over the Cuckoo's Nest, 1975), nos viene a la mente, de forma inmediata, la extraordinaria interpretación de Jack Nicholson en el papel del criminal sexual Randle McMurphy. Pero en Hollywood las intrahistorias son siempre interesantes. Veamos lo que ocurrió en este caso...

El legendario Kirk Douglas, mito viviente del cine a los casi 101 años, vivía una etapa de control creativo absoluto a principios de los 60. Había conseguido levantar de la nada el proyecto de Espartaco (Spartacus, 1960), enfrentándose al establishment hollywoodiense al contar con Dalton Trumbo como guionista. Superó también las dificultades sobre el alto presupuesto de la cinta y, finalmente, ofreció un nuevo ejemplo de su poder al despedir al director inicialmente previsto, Anthony Mann, sustituyéndolo por el incipiente y brillante Stanley Kubrick, con el que había trabajado en Senderos de Gloria (Path of Glory, 1957).

El éxito secundaba las acciones de riesgo que tomaba Kirk Douglas en cada momento pero quizá no esperaba que el primer revés le llegara con un proyecto del que se sentía muy seguro. Durante la temporada teatral de 1963-64, Kirk representó en Broadway la adaptación de la novela de Ken Kesey titulada One Flew Over the Cuckoo's Nest. El éxito de la pieza entre el público y la fuerza intrínseca del material le convencieron para intentar convertirla en película.

Sin embargo, los constantes esfuerzos de Kirk chocaron con la voluntad de diversos estudios que rechazaron la propuesta por la contundencia visceral del material. Ante los diversos rechazos, decidió transferir los derechos a su hijo, el joven aspirante a actor Michael Douglas. De alguna manera, pensó que su hijo podría revender los derechos si su carrera no arrancaba, por lo que tendría un cojín de seguridad en sus inicios.

No obstante, Michael no lo consideró así. A medida que fue entrando en el mundo de la televisión, se granjeó contactos, especialmente en United Artists. La compañía fundada por Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y D.W. Griffith en 1919, pasaba una época de indecisión y malos resultados. Necesitaba una película que impactase y, en el contexto en el que se encontraba, una historia desgarradora que transcurre en una siniestra institución psiquiátrica no les asustaba. Eran conscientes que solo con una película exigente saldrían del ostracismo que sufrían.


Así pues, United Artists apostó sin fisuras por una historia donde se visualizaban terapias psiquiátricas extremas como el electroshock e incluso la lobotomía. Veían a alguien de la nueva generación hollywoodiense al mando de la producción y su entusiasmo se contagió entre los ejecutivos. Además, Douglas incorporó a un productor experto como era Saul Zaentz y juntos edificaron las bases de una película que los guionistas Lawrence Hauben y Bo Goldman y el director, Milos Forman, acabaron de ensamblar.

La noticia triste para Kirk Douglas fue que, en 1974, contaba ya con cincuenta y ocho años. Era demasiado mayor para interpretar a McMurphy. Se necesitaba a alguien más joven y rompedor. Es entonces cuando entró en escena Jack Nicholson, quien fue recomendado por Hal Ashby durante la época en que éste consideró el puesto de dirección.

Michael Douglas complementó el casting con la presencia de su amigo Danny De Vito y especialmente con el fichaje de Louise Fletcher para el papel de la enfermera Ratched. El film se estrenó en 1975 y fue un éxito rotundo. La recaudación de la época ascendió a 109 millones de dólares sobre un presupuesto de 4,4.

Y en la gala de los Oscar de 1976, la película se alzó con los cinco galardones más importantes: película, dirección, interpretación masculina principal, interpretación femenina protagonista, y guión. Desde 1934 con Sucedió una Noche (It Happened One Night), no se había visto nada parecido en los Oscar.

La decepción personal de Kirk fue grande pero fue compensada por la satisfacción de ver a su hijo alzando una estatuilla y, al mismo tiempo, preparando el trampolín para su éxito como actor en los años subsiguientes.