6 de marzo de 2017

Manchester frente al Mar (Manchester by the Sea)



Un artículo de Mike Sanz.

Lee Chandler trabaja de conserje en Quincy, al sur de Boston, y ve cómo su rutina se desmorona cuando le avisan de que su hermano mayor, Joe, ha muerto de un infarto. Lee debe desplazarse hasta Manchester-by-the-sea, el pueblo pesquero en el que se crió, para poner en orden los asuntos de su familia y hacerse cargo de Patrick, su sobrino adolescente. Ambos intentarán adaptarse a la nueva situación y lidiarán con los fantasmas del pasado.

La producción de Manchester frente al Mar resulta, cuando menos, curiosa. Se trata de la tercera película de Kenneth Lonergan, dramaturgo estadounidense que dio el salto al cine con Puedes contar conmigo (You Can Count on Me, 2000) y trabajó con Scorsese en el guion de la visceral Gangs of New York (2002). Su segundo largometraje, Margaret, se rodó justo después de Infiltrados (The Departed, 2006), y contaba con Matt Damon y Anna Paquin de protagonistas. No vio la luz hasta 2011 por los desacuerdos entre el director y el estudio, que propiciaron dos montajes alternativos de la misma cinta. Entre tanto, Lonergan escribió su siguiente película, la que hoy nos ocupa. El propio Damon iba a protagonizarla, pero el rodaje coincidió con el de la encomiable Marte (The Martian), de Ridley Scott. Por casualidades del destino, Damon decidió producir la película y le ofreció su papel a Casey Affleck. Así, Manchester frente al Mar se estrenó a principios de 2016 en el festival de Sundance, donde los emergentes Amazon Studios compraron los derechos de distribución de la que estaba destinada a convertirse en una de las películas del año.


El tercer filme de Lonergan narra la vida de los Chandler, una familia de clase trabajadora desgarrada por la tragedia. La cuenta con una naturalidad pasmosa, que sin duda es uno de sus mayores aciertos, y juega con dos líneas temporales. Mientras los espectadores presencian cómo avanza la relación paternofilial de Lee y Patrick, también descubren el pasado que atormenta al protagonista a través de una serie de certeros flashbacks. La obra avanza con fluidez (y eso que se acerca a las dos horas y media de metraje), se aleja de los efectismos y apuesta por el costumbrismo y la cercanía, con escenas de gran carga dramática, caso de la crisis de ansiedad de Patrick o de la conversación entre Lee y su exmujer.

El trabajo de los intérpretes adquiere una dimensión especial, al igual que en las películas independientes más laureadas de las últimas temporadas de premios (Foxcatcher, Spotlight o La Habitación, por ejemplo). Michelle Williams prueba, con apenas un par de escenas, por qué es una de las actrices dramáticas más versátiles de su generación (por si alguien dudaba de ella tras ver Blue Valentine o Meek’s Cutoff), Kyle Chandler (Bloodline) sigue imparable y el joven Lucas Hedges (Moonrise Kingdom) aguanta el tipo sobremanera. Quien más sorprende es, desde luego, Casey Affleck. Lo que su hermano mayor tiene de buen director, a él le sobra de gran actor, y eso que su carrera se compone, en su mayoría, de modestos papeles secundarios, como el de El Indomable Will Hunting (Good Will Hunting, 1997). Son tres las interpretaciones que más destacan en su trayectoria: la del antihéroe de El Asesinato de Jesse James por el Cobarde Robert Ford (The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, 2007), la del detective Kenzie en Adiós, Pequeña, Adiós (Gone Baby Gone, 2007) y la que hoy nos ocupa. Su composición de Lee Chandler, un tipo normal y corriente al que le superan las circunstancias, es precisa y humana, por lo que no es descabellado aventurar que tal vez estemos ante la actuación masculina del año (y eso que ha compartido cosecha con el Viggo Mortensen de Captain Fantastic y el Ryan Gosling de La La Land). Como curiosidad, el propio Lonergan se reserva un cameo en el filme, que también cuenta con la breve aportación de Matthew Broderick, su actor fetiche.


Gracias al trabajo de los actores, la sencilla puesta en escena, la evocadora banda sonora de Lesley Barber, la naturalidad del guion y la humanidad de la historia que narra, no cuesta afirmar que estamos ante uno de los títulos de la temporada, un ejercicio de puro cine que llega directo al corazón del espectador.

7 de febrero de 2017

Comanchería (Hell or High Water)


Un artículo de Mike Sanz.

Los hermanos Howard siembran el terror en el oeste de Texas con una ola de atracos a sucursales de bancos, todas elegidos con cuidado. Marcus Hamilton, veterano agente de policía, les sigue la pista, pero no sospecha que los robos de los hermanos tienen sus buenos motivos.

Casi todos los años, surge una película independiente, de modesto presupuesto y nobles intenciones, que sorprende en la temporada de premios, acapara nominaciones y deslumbra a no pocos espectadores. Es el caso de Winter’s Bone (2010), Bestias del Sur Salvaje (Beasts of the Souhtern Wild, 2012), Brooklyn (2015) y la que hoy nos ocupa, Comanchería (Hell or High Water, 2016). Se trata de la nueva película de David Mackenzie, director escocés poco destacable. Se estrenó a finales del verano de 2016 y empezó a cosechar notables críticas convirtiéndose en un éxito de taquilla moderado. En España apenas tuvo distribución en su estreno, a finales de diciembre de 2016.


Buena parte del éxito de Comanchería se debe al guión de Taylor Sheridan, actor televisivo reconvertido en uno de los guionistas del momento de Hollywood gracias a su libreto para la excelente Sicario (2015), la contundente película de Denis Villeneuve acerca del narcotráfico en la frontera entre Juárez y El Paso. Tal fue el bombazo que Sheridan ya ha escrito la secuela de Sicario, Soldado, y ha rodado su propia película, Wind River, acerca de un asesinato en una reserva india. La que hoy nos ocupa, Comanchería, bebe del western crepuscular y decadente que se desarrolla en la frontera entre México y Estados Unidos, en particular de películas de Sam Peckinpah como Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969) y Pat Garrett y Billy el niño (Pat Garret and Billy the Kid, 1973), y de No es País para Viejos (No Country for Old Men, 2007), de los hermanos Coen. Traslada este subgénero a principios del siglo XXI, cuando los forajidos montan en camionetas y no a caballo, los mexicanos luchan por cruzar la frontera, los indios malviven en casinos, las armas automáticas reemplazan a los rifles y la fiebre por el petróleo sustituye a la del oro. Todo en un ambiente polvoriento y rural donde acecha la violencia. Allí es donde dos hermanos, que apenas tienen nada que perder, ponen en marcha una serie de atracos para vengarse de los bancos que les robaron en la crisis de 2008.


El reparto de esta acertada historia, que esconde más capas de las que aparenta a simple vista, lo encabezan Chris Pine y Ben Foster, dos actores jóvenes y comprometidos con el relato. Los acompañan los agentes de la ley a los que dan vida Gil Birmingham y Jeff Bridges, que sobresale con un papel a su medida, el de un astuto policía rural curtido en mil batallas, y que guarda cierto parecido con su trabajo en Valor de Ley (True Grit, 2010). El paisaje desértico y rural del oeste de Texas es otro personaje que adquiere peso propio gracias a la banda sonora de Nick Cave y Warren Ellis, quienes son expertos en el western contemporáneo gracias a sus trabajos en La Propuesta (The Proposition, 2005) y la ya clásica El Asesinato de Jesse James por el Cobarde Robert Ford (The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, 2007).

Tal vez haya pasado desapercibida por la mayor contundencia de sus competidoras en la temporada de premios, que pueden resultar más llamativas, pero Comanchería es una pequeña gran película, un western contemporáneo que retrata las contradicciones de nuestro tiempo a la vez que se sirve de las convenciones del género.

27 de enero de 2017

Hasta el Último Hombre (Hacksaw Ridge)


Un artículo de Juan Pais.

Hasta el Último Hombre llega tras unos difíciles años para Mel Gibson, cuyo crédito estaba agotándose en Hollywood debido a los múltiples conflictos en que se había visto implicado. Sin embargo, el estreno de esta película ha redimido ante crítica y público a una de las estrellas más populares de los años 80 y 90, además de un brillante director. Hacksaw Ridge no desmerece de títulos anteriores como Braveheart (1995), y previsiblemente será considerada en el futuro como un clásico del cine bélico.

De todos modos, clasificarla como película bélica es acertado, obviamente, pero también insuficiente. Hasta el Último Hombre es una película básicamente religiosa. Ya desde la escena que sirve de prólogo, con una oración en un dantesco campo de batalla, la guerra es presentada como una prueba divina, como uno de los caminos tortuosos que Dios hace atravesar a los hombres para probar su fe. Cristiano fundamentalista, Mel Gibson, propone una visión teísta de la vida. Dios es una presencia constante y permanente que pone a prueba a los hombres. Todo esto desde el punto de vista de Gibson, lógicamente.

Hasta el Último Hombre es una hiperrealista y cruda película. Como cineasta, Gibson es visceral y astuto al mismo tiempo. Visceral porque es sincero y directo a la hora de plasmar los avernales campos de batalla, pero también astuto porque sabe que no va a conmover al publico con una película de estampas religiosas sino con sangre y violencia. La propuesta del director de Apocalypto (2006) es compleja, y cuesta a veces saber si nos encontramos ante un film antibélico que utiliza la brutalidad para concienciar al público del primitivismo y sinrazón de las guerras o ante una obra belicista en la que se utiliza taimadamente a un personaje seráfico como pretexto argumental para la propaganda militar. Es más plausible pensar lo primero y para ello es mejor no ser complaciente.

Andrew Garfield, uno de los actores jóvenes más pujantes de la actualidad, encarna estupendamente a Desmond Doss, parece nacido para hacerlo. Doss es un joven de buen carácter y nobles sentimientos que crece en un bucólico rincón de la América profunda, sólo ensombrecida por la violencia doméstica que su torturado padre (magnífico Hugo Weaving) ejerce sobre la familia. Por lo demás su vida, muy influida por la religión, se desarrolla tranquilamente, animada incluso por su noviazgo con la bella y dulce Teresa. Hasta la Segunda Guerra Mundial, en la que Doss se alista con una insólita pretensión: ser un soldado pero sin empuñar ningún tipo de arma.


Ese carácter pacifista le honra pero hay aspectos de su personalidad que habría que analizar. Es un personaje inquietante; su fe religiosa es tan intensa e indudable que es evidente que nos encontramos ante un fanático, una persona de una religiosidad tan apasionada que está dispuesto a actuar contra la razón. Es cierto que Doss actuó como sanitario (término más adecuado que el de médico que se oye en la película) y fue condecorado por salvar las vidas de muchos de sus compañeros. Pero también dicho fanatismo pudo llevarle a quitar la vida a otras personas (es muy frecuente que los fanáticos lleguen a vulnerar los preceptos religiosos en su creencia de que van a agradar a su dios de esa manera). Se diga lo que se diga, Doss no es exactamente un buen soldado. No es solidario con sus compañeros, puesto que posiblemente les hubiera ayudado más en el campo de batalla con un fusil (los sanitarios van armados); se permite el lujo de rechazar llevar arma porque sabe que otros la llevarán por él y le defenderán. A Doss le importan los otros soldados, es cierto, pero lo primordial para él es su relación con Dios.

Gibson imprime brío a la historia, destacando unas estremecedoras escenas bélicas - muy inspiradas en las de Salvar al Soldado Ryan (película destacada en lo referente al gore bélico) - en las que Doss atiende a sus compañeros heridos, poniendo a salvo a 75 de ellos, lo que le llevaría a obtener la Medalla de Honor del Congreso y el reconocimiento de sus compatriotas. La película se divide en tres partes bien diferenciadas (los primeros años de Doss, la preparación militar y la guerra), pero es esta última - localizada en la Batalla de Okinawa - la más impactante -algo lógico, por otro lado - y la que permite conocer mejor a Doss.

De todos modos, Hasta el Último Hombre no carece de defectos. El romance está metido un poco con calzador y su tratamiento es bastante cursi, como realmente cursi es el retrato que se hace de Doss, tan inmaculado. Tampoco faltan personajes estereotipados como el sargento duro y el compañero malote, aunque - nuevamente Gibson es astuto - no incide mucho en las perrerías que le hacen, dotando incluso a estos personajes de humanidad. También es un poco reiterativo al mostrarnos los problemas de Doss con su padres.

En definitiva, Hasta el Último Hombre es una película con sus virtudes y defectos, pero estos últimas no la invalidan como una excelente película.

20 de enero de 2017

Rogue One. A Star Wars Story


Un artículo de Francesc Marí.

De la mano del director que hizo renacer Godzilla en 2014 de una forma espectacular, Gareth Edwards, y que se dio a conocer con la sorprendente Monsters en 2010, llega a nosotros la primera película independiente de Star Wars: Rogue One. Con independiente nos referimos al hecho de que no sigue la numeración por episodios que inició George Lucas en 1977, y que, a pesar de algún cameo muy bien medido, todos los personajes son nuevos. Lo que no es tan nuevo es la trama. En concreto, Rogue One gira en torno a esos héroes de la rebelión que se hicieron con los planos de la primera Estrella de la Muerte, que permitieron a Luke Skywalker destruirla durante la batalla de Yavin. Y es que, si lo miramos con frialdad, el argumento de esta película se articula en cómo conseguir unos planos que parecen imposibles de obtener, basados en el simple rumor de un diseñador militar del Imperio renegado que, supuestamente, ha introducido un fallo en la seguridad de la estación espacial. 

Visto así queda más bien soso, sin embargo, lo que han hecho los guionistas, Chris Weitz, Tony Gilroy, John Knoll y Gary Whitta, es añadir el trasfondo necesario a todos los personajes para que empaticemos con ellos, cuando y cuidado spoiler, sabemos casi con total seguridad que todos acabarán muertos, ya que no aparecen en las películas posteriores. En este sentido, Rogue One nos cuenta la historia de una pequeña victoria, oculta en una gran derrota, que llevará a un gran triunfo.

Como no podía ser de otro modo en esta nueva etapa que Disney ha abierto para la saga galáctica, el reparto ha sido escogido con lupa para que, además de llamar la atención del público, se ponga a la altura de tantos personajes icónicos que ha dado al cine. Sin embargo, a duras penas llegan, y ahora me explicaré antes de que os echéis a mi yugular. Los personajes interpretados por Felicity Jones, Diego Luna, Alan Tudyk, Donnie Yen, Wen Jiang, Riz Ahmed y Mads Mikkelsen, aunque están muy bien construidos, y se les ha dado un fondo digno de los mejores, quedan rápidamente reducidos —por muy atractivos que sean para el público, sobre todo el monje jedi Chirrut Îmwe de Yen y el androide K-2SO de Tudyk— a la mitad cuando en pantalla aparecen personajes como Willhuff Tarkin, Leia, Darth Vader e, incluso, Mon Mothma o Bail Organa. En este sentido, cuando Ben Mendelsohn aparece como el director Krennic, el villano principal de la cinta, vemos a un digno rival de la crueldad de Tarkin, que no veíamos desde el Episodio IV, pero, cuando ambos están juntos en pantalla, Krennic se ve muy superado por Tarkin, y eso que no está interpretado por Peter Cushing. Y es justo aquí dónde reside una de las virtudes de Rogue One, en recuperar personajes. Mientras que Jimmy Smits y Genevieve O’Reilly retoman los personajes que interpretaron en las precuelas, para recrear a Tarkin y Leia se han utilizado otros medios. Gracias al CGI y la captura de movimientos faciales, los actores Guy Henry e Ingvild Deila han podido traer de vuelta a estos personajes. El caso de Tarkin es en el que más se ha trabajado, por ser un personaje secundario con mucho peso en el argumento, y, realmente, podemos llegar a creer que Cushing ha regresado para volver a ser Tarkin, tanto por el excelente trabajo digital, como por la acurada interpretación de Guy Henry que le da esa solemnidad solo al alcance de los grandes. 

Finalmente, está el personaje de Saw Gerrera, interpretado por Forest Whitaker que, personalmente, es para darle de comer a parte, ya que no puede ser más innecesario para la trama, y en muchas ocasiones se nota que está puesto, simplemente, para adornar un poco más este universo galáctico. 

Una de las virtudes de esta película hace referencia al hecho que, a medida que avanzamos en la historia, vamos sintiendo cómo nos acercamos a los hechos del Episodio IV, y es que, cuidado otro spoiler, la cinta termina minutos o, incluso, segundos antes del principio de Una Nueva Esperanza.


Otro de los elementos que destacan son los grandes planos que tan bien domina Gareth Edwards. Si en Godzilla conseguía darnos la sensación de estar bajo las patas de la criatura japonesa, en este caso es similar, ya que la grandiosidad de los escenarios y de la maquinaria imperial son transmitidos de tal forma que nos vemos sumergidos en los combates de una forma extremadamente real y vívida. Sin embargo, aunque como vemos tiene cosas buenas, una de las grandes ausencias son los Jedi y la Fuerza. En este sentido no haría falta una gran demostración, simplemente que nos hubieran dado un atisbo de que, aunque ocultos, los Jedi seguían ahí. El ejemplo más claro de esta sensación es el personaje interpretado por Donnie Yen. Durante toda la película está repitiendo un mantra sobre la Fuerza, mientras lleva un misterioso bastón, pero al final no sucede nada. Simplemente con que el bastón hubiera revelado la empuñadura de un sable, o que en un momento crucial del final, hubiera movido una palanquita con la Fuerza, hubiera sido suficiente para saber que el lado luminoso seguía ahí, a pesar del Imperio. 

Personalmente, Rogue One me ha gustado. Al igual que me pasó con el Episodio VII, no me ha entusiasmado, pero la disfrutas mucho en el cine y, sin duda, acabará en mis estanterías, pero sigo creyendo que aunque con este nuevo plan Lucasfilm y Disney harán mucha caja, también se está perdiendo un poco la filosofía que tenía el Universo Star Wars, en el que unas pocas películas daban material suficiente para hacer correr la imaginación de miles de personas que la plasmaban en cómics, novelas y fan fictions. Ahora parecen obcecados en rellenar esos huecos en los que tanto nos gustaba preguntarnos: «¿Y que pasó entre el Episodio III y el IV?». Sin embargo, esperemos que sigan los planes establecidos, y dentro de un par de años se anuncie Rogue Two resucitando a la mitad de los personajes… ¡Ups! Otro spoiler.