11 de diciembre de 2017

Stranger Things 2


Un artículo de Mike Sanz.


Ha pasado un año de los sucesos del demogorgon y la vida transcurre con normalidad en el pueblo de Hawkins... Al menos en apariencia, porque el joven Will Byers experimenta una serie de visiones que lo conectan con el mundo del revés, mientras el sheriff Hopper descubre una plaga que ataca las raíces de la comunidad... y todo sucede en Halloween.

La primera temporada de Stranger Things fue una de las revelaciones seriéfilas de 2016. Se estrenó en verano sin apenas promoción y no tardó en convertirse en una de las series más alabadas de Netflix, gracias al homenaje que rinde al cine popular de los ochenta y al acertado reparto de jóvenes actores. Sus creadores, los hermanos Duffer, afrontaron la difícil tarea de diseñar una segunda temporada que ofreciera un giro interesante a la trama y emulara el fenómeno que supuso la primera, ¿lo han conseguido?

La nueva entrega de Stranger Things se sirve de varios recursos para estirar los sucesos de la primera. En particular, presenta una amenaza mayor, añade nuevos personajes y separa a los viejos conocidos en varias subtramas paralelas con el fin de retrasar la resolución del conflicto. Se cumplen, en este sentido, los tópicos acerca de las segundas partes y se pierde la frescura de la entrega original, fenómeno que alcanza su máximo exponente en el vapuleado capítulo siete, que rompe con el tono de la serie y, dado su trasfondo, recuerda a los episodios más bochornosos de la fallida Héroes.


También abundan los aciertos, en especial la naturalidad de los actores (con mención especial a Noah Schnapp, el atormentado Will Byers que cobra un protagonismo inusitado), los detalles que se revelan acerca del misterioso mundo del revés, el giro que dan a personajes que quedaron desdibujados en la primera temporada, como Steve, y, por supuesto, los homenajes a las películas de los años ochenta y principios de los noventa: son varias las alusiones a títulos icónicos como Los Cazafantasmas (Ghostbusters, 1984), El Imperio Contraataca (Empire Strikes Back, 1980) y las obras de Spielberg, por ejemplo E. T. (1982)

Tras el apoteósico final, que hará las delicias de los fans y resolverá las tramas principales de forma satisfactoria y bastante espectacular para tratarse de una producción modesta, quedan varios cabos sueltos que apuntan a una inevitable tercera entrega. Aunque la secuela de Stranger Things no alcanza las cotas de frescura y emotividad de su predecesora, sigue siendo una serie de sobra entretenida en la que la nostalgia y el espíritu de aventura atrapan al espectador hasta el final.

23 de noviembre de 2017

Bette Davis y Joan Crawford


Los tiempos cambian y presuntamente el mundo evoluciona. Sin embargo, no dejan de haber acontecimientos que demuestran el anquilosamiento de ciertas estructuras políticas y sociales. La lucha por ejercer la libertad individual y la libre expresión continúa y se manifiesta de muy diversas formas. No obstante, la lucha en favor de los derechos humanos elementales y la defensa de la libertad y la justicia continúan siendo las causas más nobles por las que se puede y debe batallar. 

En el terreno cinematográfico y en el de las artes en general, aquellas personas que denotan una personalidad más acentuada suelen trascender especialmente tanto si ello conlleva que sus trayectorias luzcan más o menos debido al poder del establishment de turno. En cualquier caso, como analistas siempre debemos glosar los hechos diferenciales de aquellas personas que han dejado huella gracias a su fuerte carácter y determinación, a la profundidad de sus convicciones y a la tenacidad en la defensa del interés propio frente a una industria muy poderosa.

Este es el caso de dos de las mejores actrices de la historia: Joan Crawford (1904-1977) y Bette Davis (1908-1989). Fueron dos mujeres de extensa carrera, que marcaron época porque tenían una fuerza interpretativa inusitada que pronto las separó del rol femenino tradicional para situarlas como actrices de carácter. Crawford, Davis y Katharine Hepburn lideraron a un selecto grupo de intérpretes que ofrecían a Hollywood la ventaja de contar con protagonistas femeninas fuertes, decididas y capaces de contraponerse a sus partenaires masculinos desde la firmeza. Para damiselas en apuros ya había multitud de opciones. Ellas estaban en la industria para reivindicar el papel emergente de la mujer en la sociedad y no dudaron en batallar ante productores y ejecutivos en pos de ese reconocimiento, incluso cuando ello pudiera conllevar la pérdida de papeles y la inactividad temporal.


Con más o menos continuidad, estas mujeres brillantes se consagraron en el firmamento hollywoodiense y recibieron galardones y múltiples reconocimientos a su labor. Pero acabó llegando el momento en que sus esfuerzos tuvieron que redoblarse ante un terrible enemigo: el inexorable paso del tiempo. La denuncia de las actrices veteranas cuando se ven apartadas de las principales ofertas de trabajo, por cuestión de edad, continúa muy viva actualmente pero en la época de Crawford y Davis aún era mucho más dura. La juventud en los roles femeninos imperaba con más rotundidad en la industria y grandes leyendas se quedaban en la cuneta a una edad en la que su talento estaba por las nubes. Así fue como el fuerte temperamento del que siempre habían hecho gala tuvo que salir  a escena, con más ahínco, para seguir haciendo centellear la pantalla con sus apariciones.

Esta etapa de madurez creativa, tan valorada siempre en la trayectoria de actores y directores pero tremendamente complicada para las mujeres, resulta interesantísima a la hora de abordar proyectos que expliquen a las nuevas generaciones la edad de oro de Hollywood. Un gran número de mujeres, todas ellas grandes actrices, tuvieron que hacer frente al brutal sexismo de la época e incluso a trabas burocráticas que nunca debían superar sus colegas varones. En la defensa en favor del rol femenino en la industria, muchas estrellas tuvieron que luchar ferozmente para contravenir la máxima que seguían la mayoría de los estudios en cuanto a los papeles femeninos: "a más edad, roles secundarios u ostracismo".

En esta apuesta persistente por crear series de televisión que indaguen en el pasado para redescubrir episodios rompedores, el productor Ryan Murphy decidió poner en pie su idea de explicar algunos de los grandes enfrentamientos personales del siglo XX con la rivalidad entre dos actrices en el inicio de su senectud. Sumergirse en la intrahistoria tras la compleja relación entre Joan Crawford y Bette Davis antes, durante y después del rodaje del clásico de Robert Aldrich, What Ever Happened to Baby Jane? (1962), era la mejor forma de iniciar una memorabilia de calidad que, de paso, engrosa el lustrado atrio del metacine.

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Feud: Bette and Joan

15 de noviembre de 2017

Historias de Hollywood: Kirk Douglas y el nido de cuco


Al recordar Alguien Voló Sobre el Nido de Cuco (One Flew Over the Cuckoo's Nest, 1975), nos viene a la mente, de forma inmediata, la extraordinaria interpretación de Jack Nicholson en el papel del criminal sexual Randle McMurphy. Pero en Hollywood las intrahistorias son siempre interesantes. Veamos lo que ocurrió en este caso...

El legendario Kirk Douglas, mito viviente del cine a los casi 101 años, vivía una etapa de control creativo absoluto a principios de los 60. Había conseguido levantar de la nada el proyecto de Espartaco (Spartacus, 1960), enfrentándose al establishment hollywoodiense al contar con Dalton Trumbo como guionista. Superó también las dificultades sobre el alto presupuesto de la cinta y, finalmente, ofreció un nuevo ejemplo de su poder al despedir al director inicialmente previsto, Anthony Mann, sustituyéndolo por el incipiente y brillante Stanley Kubrick, con el que había trabajado en Senderos de Gloria (Path of Glory, 1957).

El éxito secundaba las acciones de riesgo que tomaba Kirk Douglas en cada momento pero quizá no esperaba que el primer revés le llegara con un proyecto del que se sentía muy seguro. Durante la temporada teatral de 1963-64, Kirk representó en Broadway la adaptación de la novela de Ken Kesey titulada One Flew Over the Cuckoo's Nest. El éxito de la pieza entre el público y la fuerza intrínseca del material le convencieron para intentar convertirla en película.

Sin embargo, los constantes esfuerzos de Kirk chocaron con la voluntad de diversos estudios que rechazaron la propuesta por la contundencia visceral del material. Ante los diversos rechazos, decidió transferir los derechos a su hijo, el joven aspirante a actor Michael Douglas. De alguna manera, pensó que su hijo podría revender los derechos si su carrera no arrancaba, por lo que tendría un cojín de seguridad en sus inicios.

No obstante, Michael no lo consideró así. A medida que fue entrando en el mundo de la televisión, se granjeó contactos, especialmente en United Artists. La compañía fundada por Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y D.W. Griffith en 1919, pasaba una época de indecisión y malos resultados. Necesitaba una película que impactase y, en el contexto en el que se encontraba, una historia desgarradora que transcurre en una siniestra institución psiquiátrica no les asustaba. Eran conscientes que solo con una película exigente saldrían del ostracismo que sufrían.


Así pues, United Artists apostó sin fisuras por una historia donde se visualizaban terapias psiquiátricas extremas como el electroshock e incluso la lobotomía. Veían a alguien de la nueva generación hollywoodiense al mando de la producción y su entusiasmo se contagió entre los ejecutivos. Además, Douglas incorporó a un productor experto como era Saul Zaentz y juntos edificaron las bases de una película que los guionistas Lawrence Hauben y Bo Goldman y el director, Milos Forman, acabaron de ensamblar.

La noticia triste para Kirk Douglas fue que, en 1974, contaba ya con cincuenta y ocho años. Era demasiado mayor para interpretar a McMurphy. Se necesitaba a alguien más joven y rompedor. Es entonces cuando entró en escena Jack Nicholson, quien fue recomendado por Hal Ashby durante la época en que éste consideró el puesto de dirección.

Michael Douglas complementó el casting con la presencia de su amigo Danny De Vito y especialmente con el fichaje de Louise Fletcher para el papel de la enfermera Ratched. El film se estrenó en 1975 y fue un éxito rotundo. La recaudación de la época ascendió a 109 millones de dólares sobre un presupuesto de 4,4.

Y en la gala de los Oscar de 1976, la película se alzó con los cinco galardones más importantes: película, dirección, interpretación masculina principal, interpretación femenina protagonista, y guión. Desde 1934 con Sucedió una Noche (It Happened One Night), no se había visto nada parecido en los Oscar.

La decepción personal de Kirk fue grande pero fue compensada por la satisfacción de ver a su hijo alzando una estatuilla y, al mismo tiempo, preparando el trampolín para su éxito como actor en los años subsiguientes.

9 de noviembre de 2017

The Deuce: Las crónicas de Times Square


Un artículo de Mike Sanz.

El Times Square de la Nueva York de principios de los setenta no tenía nada que ver con la actual aglomeración de turistas que fotografían las luces resplandecientes de los anuncios. La conocida plaza era uno de los puntos clave en el que las prostitutas y los chulos que las controlaban buscaban a sus clientes potenciales. La nueva apuesta de la HBO narra las vidas de los personajes que se movían en este mundo, en particular de los trabajadores relacionados con el sexo que frecuentaban la manzana conocida como “The Deuce”, y retrata el paso de las actividades callejeras de las prostitutas y los chulos al auge de la industria del cine porno.

The Deuce era una de las apuestas más esperadas de la nueva temporada de la ficción televisiva estadounidense, pues se trata de la tercera colaboración de los reputados guionistas George Pelecanos y David Simon, quienes trabajaron en Treme y la emblemática The Wire. Simon es, asimismo, artífice de miniseries indispensables que reflexionan acerca del panorama social estadounidense actual, caso de Generation Kill y de Show Me a Hero, que abordan la guerra de Irak y la discriminación racial a nivel institucional, respectivamente. 


Los responsables de The Deuce llevan a los espectadores al lado menos glamuroso de Nueva York, el mismo que retrataron películas del Nuevo Hollywood como Taxi Driver, y dejan de lado los grandes héroes de mundos de fantasía para centrarse en una historia coral de personas ordinarias, de gente de a pie que vive en los márgenes de la sociedad. Con esta premisa, la serie presenta a los ambiciosos gemelos Martino, a mafiosos de medio pelo como Rudy Pipilo; a Candy, una meretriz independiente, policías corruptos, periodistas entrometidas, veteranos de Vietnam y a un elenco de prostitutas y chulos que huyen de los estereotipos de la blaxploitation y representan a personas de carne y hueso con sueños, aspiraciones y conflictos familiares. De ritmo pausado, escenas costumbristas y secuencias explícitas (pero no gratuitas), The Deuce exige que los espectadores mantengan la atención (al igual que The Wire, prescinde de los resúmenes previos a los capítulos para recordar qué pasó la semana anterior), mima la ambientación y el vestuario, recurre a una envidiable selección de música diegética setentera y ofrece un retrato interesante y diverso de cómo la explotación de la noche y el sexo se convierte en la lucrativa industria del cine pornográfico.

El reparto de este drama coral es rico e incluye a viejos colaboradores de Simon que resurgen de los tiempos de The Wire, por ejemplo a Lawrence Gillard Jr., que da vida al único policía honrado en un mundo de corrupción e intereses económicos ocultos. La pareja protagonista de la serie, que también ejerce labores de producción, es la formada por Maggie Gyllenhaal y James Franco. La primera hace un papel magistral y muy exigente al interpretar a Candy, que lleva una doble vida y tiene dotes para el cine; mientras que el actor de 127 Horas (127 Hours, 2010) suma un nuevo capítulo a la buena racha que inició con 23.11.63 y ahora se pone en la piel de dos gemelos, un buscavidas y un trabajador que huye de su pasado.


Esta primera entrega, de tan solo ocho capítulos, concluye en un momento clave (el inminente estreno de Garganta Profunda) y aborda temas contemporáneos a la trama principal en los que seguir indagando en las próximas entregas, como son la corrupción urbanística, la situación de exclusión de los veteranos de Vietnam o el auge del movimiento por los derechos LGTBQ (son varias las menciones a las revueltas del Stonewall). Desde luego, si The Deuce sigue por el camino que ha marcado la primera temporada, que funciona a modo de prólogo, puede que consiga ocupar un lugar de honor junto a los trabajos previos de Pelecanos y Simon.