viernes, 3 de julio de 2015

Spielberg on Spielberg: El Mundo Perdido. Jurassic Park (The Lost World: Jurassic Park, 1997)


"Los primeros días de The Lost World yo estaba bastante oxidado. Pero, igual que cuando vuelves a ir en bicicleta, enseguida te acuerdas. Y entonces es cuando llega el placer y te tiras de los pelos por no haber dirigido en tres años."
Después del éxito obtenido con sus dos últimas películas, Jurassic Park y La Lista de Schindler, Steven Spielberg decidió tomarse un pequeño descanso. Llevaba tiempo con ansias de parar, de hacer un break algo más largo entre rodajes y poder dedicar más tiempo a su familia. Tras lograr el Oscar en marzo de 1994, ese momento parecía más idóneo que nunca para descansar. Sin la presión de viajes, localizaciones en lugares lejanos, y reuniones de pre-producción, Spielberg pudo centrarse más en ver crecer a sus hijos y, al mismo tiempo, rebajar el ritmo de trabajo dedicándose solo a la producción.

Por otra parte, existía una nueva iniciativa empresarial de gran calado que iba a requerir su atención. Cuando el productor Jeffrey Katzenberg se marchó de Disney tras haber relanzado la compañía, decidió emprender un proyecto audaz que podía remover los cimientos de Hollywood. Su idea era la de crear una nueva major, un estudio de producción y distribución que compitiera con las seis grandes (Fox, Warner, Universal, Paramount, Columbia, Disney). Crear un estudio desde cero representaba un proyecto de una envergadura atroz pero contaba con el respaldo económico del co-fundador de Microsoft, Paul Allen. Al mismo tiempo, Steven Spielberg y David Geffen se unieron a esta aventura empresarial como socios fundadores. Para Spielberg representaba uno de esos retos que no podía dejar escapar. Le permitiría ir más allá de Amblin disponiendo de una distribuidora propia que podría aliarse con otros estudios para llevar adelante sus proyectos futuros. Hacía décadas que no surgía un nuevo estudio en Hollywood y muchos habían fracasado en el intento pero DreamWorks nació para quedarse. Hablaremos sobre ello en el próximo capítulo.

Mientras todo ello iba cogiendo forma, Michael Crichton publicó la esperada continuación de Jurassic Park. El autor nunca había escrito secuelas y se mostraba reacio a ello pero la insistencia del público y la del propio Spielberg, le acabaron convenciendo para hacerlo. Publicado en 1995, The Lost World se convirtió en un best-seller que anticipó la llegada de una secuela fílmica. Spielberg quería hacer una continuación por el éxito comercial de la primera y también porque se lo había pasado en grande rodándola. Después de tratar una historia tan exigente como Schindler's List, deseaba regresar, aunque de forma puntual, al cine de entretenimiento masivo.

David Koepp y Steven Spielberg en Fern Canyon (Prairie Creek Redwoods State Park).

Poco después de la publicación de la novela, el guionista de la primera película, David Koepp, se puso a escribir un libreto en el que mantuvo pocos elementos del material de base. El excesivo contenido científico del libro resultaba incompatible con una propuesta que buscaba el máximo impacto visual y así fue como, más allá de los dinosaurios libres en la Isla Sorna y el protagonismo de Ian Malcolm, pocas cosas más recuerdan a la obra de Crichton.
"Una de las cosas más difíciles de una secuela es la expectación que crea, la expectación de que vas a superar la primera. Y ahí estriba toda mi ansiedad... en realidad no puedes superarte. Te limitas a contar otra historia y a esperar que el nuevo MacGuffin sea tan convincente como el viejo MacGuffin."
El guión de Koepp proponía una gran aventura, con mucho ritmo y acción. Spielberg lo encontró acertado y decidió poner toda la maquinaria en marcha para empezar a rodar en septiembre de 1996. Mantuvo el título de The Lost World porque siempre había sido fan del clásico de Arthur Conan Doyle. Aunque argumentalmente no tenía nada que ver con la inmortal novela de Doyle, Crichton recurrió a este título para subrayar el hecho de que ahora se verían dinosaurios circulando libremente, sin cercas ni alambradas.


El nuevo argumento planteado por Koepp presentaba la llamada zona B, otra isla costarricense llamada Sorna, cercana a Nublar, donde se criaban los dinosaurios para después ser trasladados a las instalaciones del parque. Tras el desafortunado accidente sufrido por la hija de una familia de clase alta que realizaba un crucero por las islas, el sobrino de John Hammond, Peter Ludlow, obtiene el elemento que necesitaba para incapacitar a su tío y tomar el control de InGen. Pero Hammond sigue teniendo recursos y decide enviar un equipo a Sorna para que documente gráficamente la existencia de los dinosaurios. Las pruebas gráficas serían utilizadas para realizar presión mediática frente a los planes de su sobrino, quien se dispone a volver a explotar comercialmente a los animales con un nuevo proyecto de parque en la ciudad de San Diego. Ian Malcolm es arrastrado de nuevo al peligro cuando se entera que su novia, la paleontóloga Sarah Harding, ya se encuentra en Sorna estudiando a los dinosaurios herbívoros.

Malcolm es aquí una fuerza constructiva que hace avanzar la aventura mientras que, en la primera película, participaba como observador crítico. Ahora asume el liderazgo y eso interesó rápidamente a Jeff Goldblum para retomar su papel.
"La primera película en realidad trataba sobre el fracaso de la tecnología y el éxito de la naturaleza. Esta película trata más bien de la incapacidad de las personas de ser comedidas y del fracaso de la moralidad para proteger a estos animales."

Para interpretar a Sarah Harding, Spielberg contrató a una actriz que tenía todas las cartas para convertirse en una intérprete de referencia en los años siguientes, como así sucedió. Julianne Moore aportó brillantez y credibilidad en su papel, afrontando muchos de los retos físicos aunque no tenía experiencia previa en este tipo de secuencias. Otro actor con futuro, Vince Vaughn, fue reclutado para dar vida al documentalista gráfico Nick Van Owen. Arliss Howard, por su parte, asumió el rol de Peter Ludlow y Pete Postlethwaite se encargó de interpretar al cazador filósofo y líder de la expedición de InGen, Roland Tembo. Richard Attenborough regresó para una reducida pero trascendente aparición como John Hammond y también pudimos ver a Peter Stormare, Richard Schiff, Harvey Jason, e incluso a los nietos de Hammond en la primera película, Joseph Mazzello y Ariana Richards, en un breve cameo. Un nuevo personaje, que sufre las consecuencias de un divorcio, aparece en una película de Spielberg. En esta ocasión es Kelly, la hija de Ian Malcolm, a quien interpreta Vanessa Lee Chester.
"El drama humano en esta película lo aportaba la confrontación entre cazadores y protectores. Gente con fuertes motivaciones en ambos bandos que entran en conflicto."
El reto técnico que supuso el primer film fue superado con nota. Pero ahora había que responder a nuevas expectativas. El público ya había visto que los dinosaurios podían ser creados, de forma realista, para una película. Sin embargo, ahora pedirían más interacción y movimiento. Por consiguiente, se trataba de hacer algo más espectacular, más emotivo.


El guión de Koepp se desvió mucho del material original de Crichton y además Spielberg aportó constantemente cambiando incluso el tercer acto previsto. Ambos prepararon un storyboard animado para determinar qué cosas se podían hacer con efectos físicos y cuales con CGI. Para crear los nuevos animatrónicos, Stan Winston y Michael Lantieri investigaron a fondo las nuevas válvulas hidráulicas para poder contrarrestar el enorme peso de las creaciones y aumentar la movilidad. Winston quería dar mayor soltura a las creaciones con movimientos que resultaran más verosímiles. Mejorar la respiración también era uno de los nuevos retos así que fue imprescindible la colaboración, una vez más, del paleontólogo Jack Horner. Éste asesoró a los técnicos para conseguir mayor autenticidad en los movimientos.

Horner solía expresarse de la siguiente forma: "Cuando la gente me pregunta qué aspecto tienen los dinosaurios y dónde pueden verlos mejor, les digo que vean Jurassic Park. No les digo que vayan a mi museo. El aspecto que tenían y cómo eran está mucho mejor reflejado en la película."

Con el storyboard de Spielberg y Koepp se decidió cómo se repartiría el trabajo entre los equipos de Stan Winston y Dennis Muren. Michael Lantieri se encargaría de preparar el set para el uso de las diferentes tecnologías y trabajaría también con el diseñador de producción, Rick Carter, en la creación de los vehículos. 

El rodaje empezó el 5 de septiembre de 1996 en el Prairie Creek Redwoods State Park, cerca de Eureka (norte de California). Sus bosques frondosos y cauces de agua sirvieron para representar el interior de isla Sorna. También se rodó en Kauai (Hawaii) donde tuvo lugar la secuencia inicial y algunas tomas de contexto. Los interiores y las secuencias de acción, que exigían mayor coordinación, se rodaron en los estudios Universal. Resulta curioso como una pared anexa al parking de entrada a las instalaciones fue utilizada para rodar la secuencia en que el vehículo articulado queda suspendido en un precipicio mientras Malcolm, Harding y Van Owen tratan de salvarse. En San Diego solo se filmaron tomas de contexto puesto que las calles por las que irrumpe el T-Rex pertenecen al municipio de Burbank. Estaba previsto que la filmación durara 74 días pero Spielberg lo hizo en 69. Tenía muy claro lo que quería visualizar y eso ayudó mucho. Su promedio, durante esta película, fue de 35 a 45 tomas diarias.


Por su parte, Janusz Kaminski quería darle un aspecto más lúgubre y oscuro a la película respecto a su antecesora. Esta nueva entrega tenía niebla, lluvia y un ambiente mucho más agreste porque debía reforzar el contenido. En el primer film todo era mucho más limpio y diáfano en consonancia con un parque presuntamente seguro, con alambradas y sistemas en funcionamiento. Sin embargo, en Sorna, los animales campaban a sus anchas por la isla, viviendo por ellos mismos y adaptándose al entorno. Todo ello exigía una iluminación más tenue y una imagen más realista que la alejara de la visión habitual de un parque de atracciones.

El taller de Stan Winston fue capaz de crear una cría de T-Rex que funcionaba de forma autónoma y podía interactuar con los actores sin cable alguno. Los T-Rex adultos podían moverse más pero los nuevos sistemas hidráulicos aumentaban el peso. Por consiguiente, hubo que adaptar los sets a su posición ya que no podían trasladarse. Incluso llegó a construirse una pequeña cascada portátil que se iba moviendo según requería la situación y que podemos ver en la escena en que el paleontólogo Robert Burke (Thomas F. Duffy) es agarrado por las fauces de un T-Rex a través de la cascada y el agua se tiñe de rojo al ser devorado. Recordemos que el personaje de Burke sería el reflejo en la ficción de Robert Bakker, un paleontólogo cuyas teorías se oponen casi siempre a las de Jack Horner, algo que también está impreso en el guión ya que Sarah Harding trata de contradecir la tesis de Burke entorno a que el T-Rex es un descastado que abandona a sus crías. La muerte de Burke en pantalla fue una broma interna que Horner disfrutó bastante. 

Los nuevos T-Rex mecánicos fueron un auténtico hallazgo y reflejaron cómo había mejorado la tecnología en cuatro años. Podían realizar una gama más alta de movimientos y también causar más daños. Podían ser más sutiles y realistas, lo que contribuía a conseguir una presencia más dramática y contundente. Además, resistían mucho mejor el agua que su antecesor en Jurassic Park. Ahora, los tecnicos podían conseguir movimientos más precisos.

Pero el CGI seguiría siendo imprescindible en un film de estas características. El equipo de Dennis Muren en Industrial Light & Magic trabajó con los T-Rex en secuencias de cuerpo entero y también con los velociraptores. En la secuencia que tiene lugar cerca del centro de operaciones en Sorna, Jeff Goldblum consultó constantemente con Muren para conocer las reacciones del raptor y sus movimientos. Así podía mejorar su actuación y asegurarse que en post-producción todo resultaría creible. 

Spielberg decidió hacer un cambio fundamental durante el rodaje. Abandonó la idea prevista para el tercer acto y planteó algo nuevo y exigente. Estaba previsto que la película terminara con una secuencia en que los protagonistas huyen de los raptores en ala-delta pero son atacados entonces por pteranodones. Incluso los helicópteros de rescate recibirían la ofensiva de los dinosaurios alados causando numerosas bajas. Pero esta conclusión no gustaba al director, quería algo de mayor impacto y recuperó una idea que hacía tiempo que le rondaba por la cabeza: un T-Rex en las calles de una gran ciudad.


Esta idea se había descartado inicialmente porque se veía como otra película dentro The Lost World. Pero finalmente surgió la idea de cómo integrarla, utilizando la trama del traslado a unas instalaciones en construcción de San Diego cuya máxima atracción sería el T-Rex. La fuga del gigantesco depredador recordaría grandes clásicos de género como King Kong y gustaría mucho más al público que la versión inicial. Con esta propuesta, Spielberg proponía elevar el nivel de destrucción en plena ciudad afirmando también algo importante:
"Tenía claro que no dirigiría futuras entregas de Jurassic Park después de The Lost World. Hablé con la gente de Universal sobre ello y les dije que, si decidían continuar, yo les ayudaría en la producción pero como director estaría en otros proyectos. No obstante, quise plantearles algo. Ya que ésta iba a ser mi despedida quería ver a un dinosaurio en medio de la civilización. Todos quedaron atónitos pero confiaron en mí." 
El grupo de secuencias en el supuesto San Diego fue un nuevo ejemplo de integración y complementariedad entre efectos mecánicos y digitales, haciendo honor a la que había sido la gran contribución de la primera entrega. Spielberg incorporó además algunos guiños humorísticos como el paso del T-Rex al lado de las cabinas del servicio de inmigración o la presencia del propio David Koepp como uno de los transeúntes que acaba siendo devorado por el dinosaurio. También aparecen varios ejecutivos japoneses, huyendo de la amenaza, en clara alusión a la entrada de inversionistas nipones en el accionariado de Universal Pictures. En el videoclub que aparece justo antes de que Koepp sea "atrapado", podemos ver carátulas de presuntas películas a cual más risible.

El rodaje finalizó el 11 de diciembre de 1996. Spielberg y Michael Kahn se reunieron en las siguientes semanas y dejaron listo el montaje final para que los magos del CGI concluyeran el trabajo bajo la supervisión de los productores Gerald R. Molen y Colin Wilson. Spielberg pasó a ocuparse de la pre-producción de Amistad. El rodaje empezaría en el mes de febrero demostrando que, tras un tiempo de descanso, ahora quería trabajar sin parar. 

John Williams optó por una música más aterradora y disonante, en consonancia con el tono del film. Añadió tambores para darle un aire más étnico a la composición y dejó el mítico tema principal para momentos muy puntuales. El nuevo main theme y el tema The Hunt son piezas muy destacables porque la acción que transmiten es genuina.


Spielberg se inspiró mucho en el clásico de Howard Hawks, Hatari (1962). Es fácil ver las coincidencias en la secuencia de la captura de dinosaurios en Sorna, con esos vehículos estilo safari desde los cuales se pueden inmovilizar a muchas de las criaturas. La filosofía del director en esta película estaba clara:
"Siempre tengo en cuenta al público en una película así. Sus gustos tienen prioridad sobre los míos. Yo tengo mis propios deseos secretos y haré películas para expresarlos. Pero pienso en el público cuando hago Jurassic Park, The Lost World o toda la saga de Indiana Jones. Gran parte de la película se hizo para que fuera una gran aventura para el público."
El Mundo Perdido es una secuela correcta. Quizá estamos ante una de las últimas apariciones del Spielberg más ligero. Habiendo iniciado un camino nuevo con La Lista de Schindler, que ya había apuntado con anterioridad, cada vez le resultaba más difícil regresar a los productos de entretenimiento masivo aunque eso no quiere decir que los haya abandonado por completo. The Lost World tiene una buena premisa argumental y un inicio de desarrollo interesante pero el humor que se utiliza, en ocasiones, no cuaja demasiado y las situaciones inverosímiles se ven más que en la cinta predecesora. Tenemos personajes que podrían haber dado más de sí, como es el caso de Roland Tembo. Por contra, hay otros que no consiguen interesar aunque sean importantes. El caso paradigmático que lo ilustra es el de Peter Ludlow

No obstante, el film tiene muchos momentos brillantes a nivel técnico que demuestran quien está detrás de la cámara. Tanto el ataque de los T-Rex al trailer artículado como la presencia de los procompsognathus en la secuencia de inicio y en la persecución a la que someten a Dieter Stark (Peter Stormare), resultan espléndidos. El director demuestra su maestría a la hora de crear tensión al igual que en el ataque de los raptores al grupo de Ajay (Harvey Jason), en medio de la maleza. Sin embargo, la conclusión final en San Diego no tiene la fuerza que se podía esperar y, aunque no decepciona, resulta algo rutinaria.

El Mundo Perdido es una película de contrastes, con momentos álgidos y otros de simple corrección. Nunca llega a formar un conjunto cohesionado y harmónico. 


Estrenada el 23 de mayo de 1997, la cinta fue un éxito aunque sus cifras resultaron algo más modestas de lo que se esperaba al inicio. Con un presupuesto de 73 millones de dólares, recaudó 618 a nivel mundial. Universal Pictures ha seguido colaborando con Spielberg en los años siguientes para producir nuevas secuelas. En 2001 llegó la decepcionante Jurassic Park III, dirigida por Joe Johnston, y este mismo año se ha estrenado, tras un largo proceso de decisión, Jurassic World, un auténtico fenómeno de taquilla que lleva recaudados casi 1300 millones de dólares en apenas veinte días. Spielberg eligió expresamente a Colin Trevorrow, un cineasta indie, para que se ocupara del proyecto y parece que no le ha decepcionado aunque nadie podía preveer una conexión tan masiva con el público.



Precedido por:

La Lista de Schindler (Schindler's List, 1993). Segunda parte

Continúa en:

Amistad (1997)

miércoles, 1 de julio de 2015

John Adams, el padre olvidado y la independencia (II). Por Francesc Marí

II. Independence

Después de las numerosas negativas por parte de la corona y el gobierno de Inglaterra de aceptar representantes de las colonias en sala de los comunes, algo que supondría dar la ciudadanía de primera clase a los habitantes de las colonias, que hasta ahora habían sido meros segundones para la metrópolis, la élite intelectual y política de las colonias deciden reunirse para preparar un plan de actuación común frente dichas injusticias en el Congreso Continental de 1774.

Adams se enfrenta a unos de sus mayores retos, defender los intereses de Massachusetts, desde hace meses asediada por las naves y las tropas de Inglaterra, frente a los de las otras doce colonias, muchas de las cuales, al no verse bloqueadas se oponen a la resistencia contra los ingleses, y apuestan por unas medidas, según ellos, “moderadas” o “pacíficas”, siendo para los de Massachusetts completamente insuficientes. Adams comprueba que el Congreso utiliza los ataques a Boston como excusa para discutir sobre las formas políticas, las misivas al Rey, etc., algo que impide la acción directa contra la metrópolis, motivo que ha movido a los delegados de Massachusetts a reunirse en Philadelphia.

Poco después de regresar a su granja familiar, a las afueras de Boston, completamente frustrado por los fracasos que se ha encontrado en el Congreso, empiezan los primeros ataques británicos directos, dando lugar a las primeras batallas entre el ejército británico y los voluntarios de Massachusetts en Lexington y Concord, en que los hombres de la colonia consiguen hacer frente a la presión inglesa. Después de ello, Adams confiesa a su mujer: “Ahora no hay duda de la intención de los británicos”, aceptando que la guerra es inevitable.

Después de sus impresiones al ver la guerra tan cerca de él y su familia, pretende ir al segundo Congreso Continental, en 1775, a buscar ayuda para los voluntarios de Massachusetts, además de luchar cara a cara con los intereses de la metrópolis, como él mismo dice a los delegados que se oponen a la acción directa: “Para recuperar los derechos ingleses, debemos luchar por ellos”, dejando claro que aunque se desee seguir siendo inglés deberán defenderse de los propios ingleses y luchar para llegar a su mismo estatus.

La primera opción del Congreso, dominado por los moderados de Pennsylvania, Nueva York y Carolina del Sur, era la de pedir respeto por parte de los ingleses mediante cartas y peticiones, para conseguir ser súbditos representados en Londres, y para que se acabaran las presiones militares a los puertos de las colonias reveladas, como Massachusetts. Pero como los representantes de estas colonias afirman, el hecho de esperar una respuesta puede suponer unos meses de espera y de soportar la acciones de las tropas británicas. Por lo tanto se opta por formar el Ejército Continental, cuyo comandante fue George Washington (David Morse), estableciéndose alrededor de Boston, principal ciudad asediada.

En un principio, a pesar de defender sus necesidades y derechos, se declararon súbditos del monarca inglés, y reclamaban sus derechos desde esa posición. La Independencia fue el último de los recursos que tenía el Congreso. El siguiente paso fue el de intentar negociar la finalización de los ataques, pero tampoco lograron sus objetivos por las negativas de la corona. Por ello aprobaron la creación del Ejército Continental, siendo esta la primera respuesta de cierto carácter independiente por parte de los representantes de las colonias. La respuesta del Rey Jorge III ante la defensa de las colonias fue la orden que dio respecto a los “separatistas”, a los que se debería ajusticiar a menos que acepten rendirse y acatar las ordenes de la metrópolis.

Así que, convencidos por el elocuente Adams de la necesidad de tener una nación propia, y vistos los desprecios para con ellos, los miembros del Congreso decidieron tomar otro camino, el de la Independencia el 4 de julio de 1776. Pero para llegar a este punto debieron pasar por una elaborada negociación entre los diversos delegados, sobre todo con los más reticentes a la Independencia, como lo eran Pennsylvania, Carolina del Sur y Nueva York.

El primer paso fue motivar a los delegados de Virginia, la colonia más poderosa, para que instaran al Congreso a votar la Independencia. Una vez conseguida la proposición por parte de Virginia, la votación se atrasó a la espera de que los diferentes consejos coloniales les dieran a los delegados el poder de votar una decisión como aquella.

A la espera del día de la votación, y mientras que Thomas Jefferson (Stephen Dillane), delegado de Virginia, se encargaba de la redacción del texto de la Declaración de Independencia, John Adams, Samuel Adams (Danny Huston) y Benjamin Franklin (Tom Wilkinson), entre otros, empezaron a negociar con los delegados que se negaban a la Independencia

La necesidad de unanimidad en el momento de votar la Declaración de Independencia era imprescindible, ya que sin ella dicho proceso no podría considerarse válido a pesar de que la votación fuera favorable a esta opción. Finalmente, el representante de Pennsylvania, John Dickinson (Zeljko Ivanek), no asiste a la votación, y Franklin da el sí a la proposición. Carolina del Sur acepta las opciones de la Independencia, y Nueva York se abstuvo, aunque más tarde acabaría votando a favor de la propuesta.


El 4 de julio de 1776 se aprobaba la Declaración, tras haber pasado por un atento estudio de las ideas que allí se expresaban y de las palabras utilizadas. En la serie, la corrección y recorte de la Declaración es tan solo una reunión de tres hombres, Jefferson, Adams y Franklin, pero en realidad ésta se corrigió en el Congreso entre los representantes ahí presentes.

Es interesante mencionar una afirmación de Franklin, respondiendo a John Hancock (Justin Theroux), después de la firma de la Declaración: “Sí, tenemos que, de hecho, todos permanecer juntos, o casi con total certeza, todos vamos a colgar por separado”, dando a entender que si no se mantenían unidos y salían adelante, serían acusados de traición y condenados por ello.

A parte de la faceta política que supuso el Congreso Continental para John Adams, fue muy importante el papel que jugó en su vida privada, ya que siendo padre de cuatro hijos, estuvo separado de su familia durante muchos meses, unos meses en que la guerra asoló la colonia de Boston, donde vivía junto a sus hijos y su mujer, Abigail, que jugaría un papel clave tanto en la vida privada como pública del que sería el segundo Presidente de los Estados Unidos.


III. Don’t Tread on Me

Después de su excelente papel durante el Congreso y la Declaración de Independencia, Adams es elegido para viajar a Francia y unirse a Benjamin Franklin en la misión diplomática, que pretendía conseguir el apoyo de los galos tanto a nivel diplomático como militar, para poder ganar la Guerra de Independencia que se había iniciado años atrás contra los ingleses.

Pero al llegar a París, Adams, es sorprendido por la poca tarea diplomática que ahí se ejerce, y descubre que en realidad las negociaciones son un mero entretenimiento de la vida libertina y placentera que llevan los cortesanos del rey Luis XVI (Damien Jouillerot). Este tipo de vida, al que parece que Benjamin Franklin se adaptó en seguida, chocó con la forma de pensar puritana que tenía John Adams, que no acababa de comprender ni el idioma ni el estilo de vida. Esta diferencia de formas de hacer la podemos ver en el siguiente diálogo: “Nuestra misión exige diligencia. – No, aquí en Francia debe practicar el arte de conseguir mucho, pero que parezca que consigue muy poco”. Además Adams se siente insultado por que lo confunden con su primo, Samuel Adams, mucho más popular en Francia, y se ríen de él por su mentalidad práctica y poco ociosa.

Una escena muestra a la perfección este incomprensible, a ojos de los americanos, modo de vida, en la que Adams y Franklin a medida que hablan sobre sus ideales como si estuvieran vendiendo entradas para el circo reparten banderines con la flamante bandera americana a los cortesanos franceses, con el único objetivo de ganarse su favor. “Aquí todos somos actores”, es como ve Franklin las relaciones diplomáticas en Francia, después de la magnífica escena comentada. Éste los tiene comprados, con su puesta en escena les da lo que desean. Los franceses creen que los americanos son rústicos y él se lo da, les vende una “revolución” idealizada, ya que a pesar de que les apoyan los nobles franceses no tienen nada de liberales, y para ellos esto no es más que un juego o una excentricidad cualquiera, y esta forma de actuar Franklin la resume en “París requiere cierta cantidad de incidencia, de pensamientos y de actos”.


Todo esto no hace más que sorprender a Adams, cuya paciencia se está agotando, y termina por hacerlo después de ver como el Rey lo ningunea por no saber hablar francés, y por no interesarse para nada por los problemas de los americanos, delegando todo su poder en sus ministros. Después de la audiencia, frustrado por el comportamiento del Rey, Adams se encoleriza y Franklin se enfrenta diciéndole que no sabe comportarse frente a un monarca. Además, poco después de ello, a Franklin le dan plenos poderes como único representante de Estados Unidos en Francia, convirtiendo en nada la presencia de Adams, que acaba afirmando: “Es una creencia universal que el Dr. Franklin ha llevado a cabo nuestra revolución él solo, con un sencillo movimiento de su varita eléctrica”.

Antes de irse de París, enfadado por la forma libertina de vivir de los franceses, Adams acaba diciendo que “Francia es el lugar perfecto para la felicidad, si la felicidad se alcanza con cualquier cosa que complazca los sentidos”, dejando claro que aquella gente es de todo menos cultivadora del intelecto.

Las necesidades de Estados Unidos no se reducían al apoyo militar y diplomático, sino también al financiero, necesidad que los franceses se negaban a llegar a cumplir en su totalidad. Es entonces cuando Adams decide viajar a Holanda con la intención de conseguir préstamos de parte de los principales banqueros. Pero las negociaciones son muy duras y no consigue los resultados deseados, ya que Estados Unidos, sumido en la guerra contra los ingleses, no les ofrece a los holandeses la seguridad de que recuperarán su préstamo, y por lo tanto deciden negárselo.

El clima insalubre de La Haya hace enfermar a Adams, que rozará la muerte en la soledad de su vivienda, ya que su hijo mayor, John Quincy, que le había acompañado a Francia y Holanda, es contratado como secretario de Francis Dana, que cumplía la misma misión que Adams en la corte de la Reina Catalina II de Rusia.


IV. Reunion

Tras recuperarse de su enfermedad y saber que definitivamente los ingleses se han rendido frente a las tropas de Washington, Adams consigue el apoyo financiero de los banqueros holandeses, que le auguran un mayor futuro a los Estados Unidos, y regresa a Francia donde se reúne con Franklin, Jefferson y, poco después, con su esposa. 

Abigail es muy impetuosa y tiene muy claras las políticas que están utilizando su marido y sus compañeros. Defiende el papel de la mujer en la política, a pesar de que lo dice muy disimuladamente, Gracias a ella, Adams se acostumbra un poco a las costumbres de los galos, pero su estancia en la capital francesa es breve, ya que es nombrado embajador en Londres, para conseguir el ansiado objetivo de ser reconocido como nación independiente por su antigua metrópolis. Al mismo tiempo, Jefferson es nombrado sucesor de Franklin en el cargo de embajador en París, ya que el viejo representante de Philadelphia está enfermo y desea regresar a Estados Unidos para participar en la redacción de la Constitución de los Estados Unidos.

La nueva ciudad, Londres, y sus costumbres son de más agrado para Adams y su esposa, pero sus objetivos políticos son difíciles de conseguir, ya que una reunión con el Rey es casi imposible, y más por ser un sublevado a los ojos de todos los ingleses.


Finalmente, Adams consigue la audiencia real, después de recibir un cursillo acelerado sobre las maneras de la corte y las reverencias necesarias antes de hablar con Jorge III (Tom Hollander), pero cuando se halla cara a cara con él, tan solo mantiene una breve conversación, ya que por un lado se siente impresionado, y por el otro se dicen todo lo que se tienen que decir. Jorge III acepta la derrota y la independencia ofreciendo sin problemas la embajada de Estados Unidos en su país. Además, el monarca británico ve con buenos ojos que Adams desprecie a los franceses, tanto o más que él.

Después de varios años viajando por Europa de embajada en embajada, John Adams y su esposa, cansados de los viajes y las constantes críticas hacia él por ser mal diplomático y no saber comportarse frente a los monarcas, regresan a Estados Unidos, donde prosigue con su carrera política. Benjamin Rush, firmante en 1776 y amigo de Adams, lo insta a presentarse a las elecciones presidenciales de 1789, los primeros comicios de la joven nación. Él duda, pero su mujer afirma que su marido tan solo aceptará si como mínimo es vicepresidente. Después de las elecciones es elegido vicepresidente, por detrás de George Washington que es escogido por una abrumadora diferencia como primer presidente de los Estados Unidos, hecho que lleva a Adams a la sombra de semejante coloso político y mediático.


V. Unite or Die

A pesar de que el puesto de vicepresidente es el segundo más alto cargo de los Estados Unidos, Adams ve la inutilidad de este. Al comenzar su mandato emprende diversos proyectos de su ideario político, pero los representantes en el Congreso, nuevos políticos, le dicen que su papel es el de árbitro en sus discusiones. Es menospreciado el cargo y la persona, ya que el vicepresidente parece estar en el limbo entre los representantes de los estados y el gobierno federal.

Además, a pesar de ser amigo y estrecho colaborador de Washington, éste le aparta de su gabinete de gobierno ya que según la ley no forma parte del mismo. Finalmente, decide conformarse con que no tiene poder y peso político dentro de la nación, y más cuando Jefferson regresa de la Francia revolucionaria para formar parte del gobierno de Washington como Secretario de Estado.

A pesar de ser uno de los líderes de la Independencia y uno de los mayores representantes de los Estados Unidos en Europa, sus ideas son ninguneadas hasta el extremo, es tildado de monárquico y despreciado por los recién llegados a la política de este nuevo país. 

En este momento es cuando, debido a la Revolución Francesa, se empiezan a ver las primeras diferencias entre Adams y Jefferson. El primero es mucho más centralista mientras que Jefferson cree en la soberanía del pueblo y éste, en cada uno de los estados, debe decidir sus intereses. A la vista de Adams, Jefferson ha cambiado debido a su participación, indirecta, en la Revolución Francesa, dando consejo en la redacción de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano.


Estas diferencias se ven agudizadas cuando Francia reclama la ayuda de Estados Unidos para la guerra que tiene abierta contra Inglaterra. Pero la joven nación, con graves problemas económicos, debe preservar la neutralidad frente al conflicto anglo-francés porque no pueden hacerle frente. El problema de la Francia revolucionaria no se queda en los despachos de Philadelphia, sino que se expande por el territorio americano, sumando adeptos deseosos de ayudarles a ganar a los británicos, generando múltiples protestas en contra del gobierno. Muchas de estas protestas son generadas por uno de los nuevos partidos políticos, el Demócrata-Republicano fundado por Jefferson ---antecesor del actual Partido Demócrata---, que luchaba contra los Federalistas, liderados por Alexander Hamilton (Rufus Sewell), y cuyo principal figura es Adams, a pesar de que este último no comparte los métodos de Hamilton.

Finalmente, Adams descubre que se intrigó para que Washington consiguiera esa abrumadora victoria en 1789, a través de su amigo Rush, que también le comenta que, de no ser así, él hubiera tenido muchas probabilidades de ganar las elecciones. En 1796, tras dos mandatos completos, George Washington, muy presionado por la guerra en Europa, decide no volverse a presentar, y John Adams le sucede en el cargo como Presidente de los Estados Unidos.


VI. Unnecessary War

Adams consigue llegar a la cima de la política norteamericana ocupando el puesto de Presidente, pero su estancia allí no será tan placentera como esperaba. En primer lugar, pierde el apoyo y la amistad de Thomas Jefferson porque éste tiene los ideales políticos de su partido muy asumidos, y ve en Adams un adversario. Por otro lado, los Federalistas, más cercanos ideológicamente a él, tampoco le apoyan ya que Alexander Hamilton, su líder, está enfrentado abiertamente con el Presidente. Pero la principal fuente de preocupaciones es la guerra que aún sigue en Europa, en la que la posición de neutralidad no es válida ni para franceses ni para los seguidores de Jefferson.

Mediante emisarios a Francia intenta entablar relaciones con el gobierno del Directorio, pero es algo imposible, ya que el ministro de asuntos exteriores, Talleyrand, se niega a recibir a dichos emisarios. Ante esto, Adams insiste en que se hable con el gobierno entero, no tan solo con Talleyrand, pero el emisario le afirma: “Monsieur Talleyrand es el gobierno francés”. Antes de enviar a estos emisarios, Adams le había ofrecido este papel a Jefferson, pero éste se niega pensando que es una treta política para apartarlo del centro de poder norteamericano.

A pesar de su fuerza para solventar todos los problemas en los que está sumida la nación, sigue siendo criticado, y lo caricaturizan como un Rey absoluto, algo muy alejado de la realidad. El ascenso al poder de Napoleón en Francia hace arrancar de nuevo las relaciones entre ambos países, y por fin los emisarios son recibidos en Europa con la intención de llegar a un acuerdo y poner fin a las malas relaciones.


Si en la vida política consigue un éxito, es en este instante cuando las desgracias en su familia se van a suceder una tras de otra. La primera de las cuales será la muerte de su tercer hijo, Charles, completamente arruinado y alcoholizado, en 1800. Será también ahora cuando se desplace de Philadelphia a la nueva ciudad de Washington, para ser el primer Presidente que vive en la Casa Blanca, cuando aún está en obras. Una vez más se trata el tema de la esclavitud, cuando Adams y su mujer ven que la casa presidencial, y toda la nueva capital, está siendo construida por esclavos negros mal alimentados, pero no deja de ser más que un comentario, y una vez más se pasa de lado en el debate esclavista, que durante la segunda mitad del siglo XIX, centrará la política norteamericana.

Su estancia en un lugar inhóspito como era la ciudad de Washington a principios del siglo XIX, duró poco, ya que en las elecciones de 1800, completamente separado de los Federalistas y de los Demócrata-Republicanos, Adams pierde el puesto contra su antiguo amigo Thomas Jefferson. Sus principales apoyos que estaban en Nueva Inglaterra, se perdieron a favor de un candidato Federalista de Nueva York, Aaron Burr, que sería el vicepresidente durante el gobierno de Thomas Jefferson.

Cuando aún se estaba votando para decidir quien sería el Presidente, si Jefferson o Burr, Adams ya sabía que él se había quedado fuera del juego político, y su único interés en los últimos días de su Presidencia era cerrar los acuerdos de paz entre Estados Unidos y Francia. A finales de 1800, se firmó el Tratado de Mortefontaine, finalizando las malas relaciones entre ambos países.

John Adams, a pesar de ser uno de los protagonistas de la Independencia, salió de la política como había empezado años atrás en Francia, criticado y menospreciado, ya que sus ideas políticas nunca fueron aceptadas y tuvo muchos más enemigos que amigos. Una vez muerto George Washington, tan solo tenía el apoyo de Jefferson, pero éste ya había entrado en el juego de los partidos políticos, y se apartó de él.


VII. Peacefield

En este episodio, el último de la serie, John Adams, después de una desmoralizadora vice-presidencia y una durísima presidencia, con numerosas presiones internas, se retira a su residencia, Peacefield, donde pretende descansar como un hombre de campo. Pero sus inquietudes intelectuales le impiden dedicarse tan solo al descanso, y vuelve a sus escritos sobre política.

A pesar de haber vivido toda una vida dedicada a la causa política de su nación, haber estado separado de sus hijos y su mujer durante años, será ahora cuando recibirá más golpes en la vida personal. Después de enterrar a su hijo menor, deberá ver como su hija mayor muere de cáncer en 1813, y como su esposa y confidente, Abigail, muere en sus brazos en 1818, obligándole a vivir solo, conviviendo con sus nietos y su nuera, ya que su prometedor hijo John Quincy Adams, ha empezado su carrera política. Se dice que detrás de todo hombre hay una gran mujer, pues éste es el caso de Adams, ya que sin su mujer apoyándole y ayudándole en los momentos más duros de su carrera, no hubiera llegado a sus éxitos políticos. Además, a pesar de que se acusa a Jefferson de tener relaciones con una esclava, Sally Hemmings, Adams sigue siendo duramente criticado por la prensa.

Será después de la muerte de su esposa, en la soledad de su vida, cuando volverá a recuperar la relación con su antiguo amigo, Thomas Jefferson, retirado también de la vida política activa, intercambiando cartas en las que se cuentan todas sus ideas y pensamientos. Esta reconciliación fue gracias a la intervención del amigo de ambos, Benjamin Rush, que les motivó a los dos, viudos y sin muchas alegrías, a que se enviaran cartas para volver a recuperar la amistad que había llevado a los Estados Unidos a la Independencia.


Con su hijo elegido Presidente, Adams tuvo la posibilidad de ver la inmortalización del momento de la firma de la Declaración de Independencia, finalizada en 1826 por John Trumbull. El pintor orgulloso de su obra es duramente criticado por Adams que no acepta ninguna licencia histórica para retratar los hechos que el había vivido cincuenta años atrás. Es en este momento cuando Adams dice “todos muertos, excepto Thomas y yo”, refiriéndose a que todos los firmantes estaban muertos, un hecho falso ya que el último de los firmantes que murió fue Charles Carroll, en 1832.

El destino quiso que ambos personajes, clave durante la independencia y posterior formación de los Estados Unidos, pudieran vivir, aunque agonizando, hasta el día que la joven nación celebraba sus cincuenta años, muriendo primero Jefferson y pocas horas después Adams. Según cuenta la historia, ya que habitualmente este episodio tan íntimo de la vida de una persona es difícil de verificar, las últimas palabras de John Adams, que no sabía que su amigo había muerto unas horas antes, fueron para Thomas Jefferson, diciendo “aún sobrevive, aún sobrevive”.

Precedido por:

John Adams (2008), el padre olvidado y la independencia (I)

martes, 30 de junio de 2015

John Adams, el padre olvidado y la independencia (I). Por Francesc Marí


“La esencia de nuestra revolución se resume a cuando el Dr. Franklin castigó a la tierra con su varilla eléctrica y aparecieron Washington y Jefferson, y ellos juntos dirigieron la política, las negociaciones y hasta la legislación” (John Adams, Episodio VII. Peacefield).

Sea o no sea verdad esta cita, John Adams ha sido el gran olvidado de la historia de la formación y los primeros años de los Estados Unidos de América. Esta miniserie de siete capítulos y no más de ocho horas, basada en la novela homónima de David McCullogh, pretende ser un tributo y un recuerdo para la posteridad de uno de los padres fundadores, y tal vez uno de los más importantes, que a pesar de no aparecer en los billetes, fue el primer vicepresidente y el segundo Presidente de esta joven nación.

El repaso a la vida de John Adams no es sino una excusa con doble dirección, por una el ya mencionado seguimiento de la vida de este político clave de la historia contemporánea americana, y por la otra el estudio y análisis de la independencia y fundación de los Estados Unidos, viendo todas las etapas y vicisitudes que vivieron desde que protestaron por la llamada “Masacre de Boston”, el 5 de marzo de 1770, hasta la conmemoración del 50 Aniversario de la aprobación de la Declaración de Independencia, el 4 de julio de 1826, que los avatares del destino hicieron coincidir con la muerte de dos de los tres últimos firmantes supervivientes de dicha declaración: John Adams y Thomas Jefferson.

La longevidad de Adams permitió a los realizadores, y permite al espectador, ver en primera persona lo que sucedió durante sesenta años. Cómo unas colonias se independizaron, entablaron relaciones diplomáticas con las principales potencias europeas, incluida su antigua metrópolis, y finalmente se establecieron como una nación libre y soberana.

Cada vez más los medios audiovisuales se están haciendo un lugar entre las fuentes utilizadas para los estudios históricos y científicos en general. Uno de los casos más relevantes es el cine, que a través de sus historias transporta al espectador a épocas lejanas, consiguiendo ser una herramienta mucho más didáctica que una obra literaria. Con ello no quiero decir que todos las películas, o series como la que tenemos entre manos, sean válidas para realizar estudios de cierta profundidad histórica, ya que hay que tener en cuenta la intención y las fuentes que hay detrás del film en cuestión. En el caso que estamos trabajando, la Revolución e Independencia de las colonias norteamericanas, han sido muchas las ocasiones en que el mundo del cine ha cogido sus historias y personajes y los ha convertido en una película, pero no siempre de forma acertada, véase los casos de filmes tan conocidos como The Patriot (Roland Emmerich, 2000) o Revolution (Hugh Hudson, 1985), en que se retrata la época y se pretende dar un mensaje de cierta profundidad histórica, pero sus fundamentos históricos son tan escuetos que resulta ser un fracaso en cuanto nivel histórico, convirtiéndose tan solo en un film bélico de época.

Esta serie, aplaudida por público y crítica, y con numerosos premios a sus espaldas, es todo lo contrario a los filmes anteriormente citados, ya que en base a un profundo estudio tanto de la novela que sirvió como base, como de la época que muestra, consigue convertirse en una fuente histórica de cierta relevancia, que tal vez nunca llegará a sustituir las investigaciones de los historiadores, pero que seguro será un complemento perfecto.

Cuando nos ponemos frente a un film, o una serie, de marcado carácter patriótico, del país que sea, la tendencia es a idealizar los personajes y la historia llevándolos a convertirse en casi un mito. Los franceses idealizan a Napoleón y a De Gaulle, los británicos a Cromwell, los americanos a los soldados de la Segunda Guerra Mundial, y así podríamos seguir hasta ver todos los países del mundo, pero últimamente, cuando cada vez estos personajes y sus historias se van alejando de nosotros, parece que el realismo ha llegado al cine, y muchos de estos han pasado de mitos a simples hombres con grandes historias. No es lo mismo el Napoleón de Abel Gance (1927) que el de Yves Simoneau (2002), ni el Cromwell de Ken Hughes (1970) que el de Mike Barker (2003), ni los soldados son los mismos los de Ken Annakin que los de la miniserie Hermanos de Sangre. Las distintas concepciones han ido variando, y esto es justo lo que vemos en John Adams, dirigida por Tom Hooper y estrenada en la HBO en 2008. Nos enseñan una realidad histórica, muy poco idealizada, que nos cuenta lo que sucedió de verdad y no la mitificación que se ha hecho después de ello.

Partiendo de esta base de la no idealización, descubrimos que Benjamin Franklin es duramente criticado, a diferencia de otros filmes en que es la referencia de lo político mientras Washington lo es de lo militar. A la vez este último se convierte en un hombre y no un semidiós, ya que presionado por el ambiente se ve obligado a no volver a presentarse a la elecciones después de dos mandatos.

Si por un lado se critica o se baja del pedestal a ciertos personajes, el que es claramente reivindicado es el protagonista, John Adams (Paul Giamatti), que como el título de este trabajo indica, ha sido siempre el padre fundador olvidado, ya que si el 4 de julio la Declaración de Independencia fue firmada por 56 hombres, tan solo son recordados George Washington, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin, y en menor medida John Adams y John Hancock. Esta serie por la tanto es la reaparición en el imaginario de la gente de estos personajes que olvidados del todo no han sido, pero si que han pasado más discretamente por la historia, y el caso del protagonista es el más alarmante, ya que siendo uno de los redactores de la Declaración, primer Vicepresidente y segundo Presidente de los Estados Unidos de América, se ha visto ensombrecido por las figuras mucho más altas de Franklin, Jefferson y Washington, que no le han dejado ni espacio en los billetes. En ellos solo aparecen George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln, Alexander Hamilton, Andrew Jackson, Ulysses S. Grant y Benjamin Franklin.

La serie, además de la faceta política de la vida de John Adams, también nos muestra su vida privada, como su mujer Abigail (Laura Linney) influenciaba y aconsejaba en sus acciones, como fue siempre el punto de apoyo de su marido. Pero por si un lado con Abigail, a pesar de la distancia y los vaivenes de un matrimonio, era todo una relación afectuosa y de confianza, con sus hijos nos muestra lo contrario, debido a la implicación política de Adams que lo llevó a viajar mucho durante la infancia de sus hijos, la relación que tenia con ellos era más bien tensa. Según la serie, su hija Nabby (Sarah Polley) había crecido separada de la protección de su padre, y esto la había hecho madurar muy temprano; John Quincy (Ebon Moss-Bacrach), quien sería el sexto Presidente de los Estados Unidos, tenía un profundo respeto por su padre, pero que se mezclaba por el resentimiento de haberle permitido viajar a San Petersburgo alejándolo de él; la peor relación la mantenía con Charles (Kevin Trainor), que le culpaba por no haber estado con él cuando era pequeño, llevándolo a discusiones constantes debido a su mal comportamiento como joven y ya como adulto su fracaso económico y vital, que lo llevó a la muerte; con el único que parece que exista una relación auténtica de padre e hijo es con el más pequeño, Thomas (Samuel Barnett), que fue el que vivió con él hasta su muerte en 1826. Lo que podemos ver a lo largo de los capítulos, es que si la vida política, a pesar de las duras críticas siempre recibidas, le brindaba más de una alegría, la familia para Adams, sobretodo en los últimos años de su vida, no era más que una fuente de desdichas.

El papel de Abigail y sus hijos en la serie no se limita tan solo a una simple comparsa familiar, sino que nos muestra la realidad de la gente durante la Revolución. A pesar de que siempre están alejados y no son de los estratos más bajos de la sociedad, es un reflejo de esta, ya que se tienen que enfrentar a la falta de alimentos por el bloqueo marítimo, las batallas durante la guerra son muy cerca de su casa, les acosa la viruela y tienen que hacer frente a ella a pesar de poder morir en el intento. Además, se nos muestra la moral y la forma de vivir de los puritanos americanos, una de las principales partes de la sociedad americana.

Un tema patente en la sociedad americana aún hoy, como es la esclavitud y la discriminación racial, es tratado de esquinazo, se hace alguna que otra mención, pero es irrelevante, porque a pesar de que Jefferson siempre tiene en la boca las palabras libertad e igualdad, la necesidad de la Independencia y del acuerdo entre todas las colonias, hace que este tema pase desapercibido tanto para los personajes como para el público.

En definitiva, esta serie es una excelente herramienta para ver y conocer la historia del nacimiento de una nación tan importante ahora en la política mundial como Estados Unidos, ya que los diferentes episodios nos muestran la evolución política de la joven nación junto con los diferentes papeles que tuvo Adams en ella. Es muy importante ver que por una vez se ha dejado de lado la Guerra de Independencia, para centrarse en la Revolución que fue más bien política que no militar.



I. Join or Die

La serie arranca cuando John Adams, de treinta y cinco años, regresa a Boston en pleno invierno después de ejercer su oficio, la abogacía, en otro pueblo. Este joven abogado de cierta fama por ser un fuerte defensor de las leyes, proviene de un origen humilde, hijo de un campesino puritano, descendiente de las primeras familias que llegaron a América, a los dieciséis años su padre lo envió a la Universidad de Harvard, para más tarde convertirse en clérigo, pero sus dudas le llevaron a estudiar derecho, para convertirse con el tiempo en uno de los más respetados abogados de Nueva Inglaterra. Estos orígenes humildes son mencionados en repetidas ocasiones por el mismo Adams, ya que su ideología puritana, recibida ya desde muy pequeño, guió sus pasos a lo largo de toda su vida.

Su primer contacto con la política fue en 1765, cuando pronunció un discurso en contra de la Ley del Timbre impuesta por el Parlamento Británico, pero en la serie este episodio fue eludido en escena, para pasar directamente al papel que tuvo en 1770, después de la “Masacre de Boston”, de la que fue testigo en la Plaza de la Asamblea. Como claro defensor de la ley, decide llevar el caso cuando nadie acepta defender a los soldados que han sido acusados de asesinato, siendo los hombres más odiados de Boston. A pesar de que es consciente de que se trata un juicio por asesinato, él mismo se pregunta: “¿El gobierno del Rey Jorge tiene derecho a cobrar impuestos a los ciudadanos de Boston si se les niega su representación en el parlamento?”, viendo que realmente lo que se juzga es el poder que tiene la metrópolis sobre la colonia. 

Gracias a la victoria de este juicio y su clara defensa de las leyes por encima de cualquier idea política, le conllevan un título de imparcialidad frente a los habitantes de la colonia, tanto los británicos como los rebeldes. Ambos bandos del conflicto le ofrecen cargos, los británicos como representante del Rey en la colonia, y los americanos como representante en la Corte General de Massachusetts ---el órgano de legislación, de origen colonial, del estado de Massachusetts---.

En dicha corte los representantes de la población, entre ellos Adams, tuvieron que luchar contra las imposiciones de la metrópolis, que a cambio de unos impuestos aduaneros de dimensiones desproporcionadas, declaraba que la asamblea de la colonia ya no tendría que pagar los sueldos del gobernador ni de los jueces del tribunal supremo. Adams ejerció un papel vital para la defensa de la posición de los habitantes de Boston, ya que gracias a él se demostró que esta medida estaba fuera del poder del Parlamento Británico. Los poderes de la colonia tan solo respondían ante el Rey.

Durante el Motín del Té, en 1773, acepta los ideales y los derechos que defienden los revelados pero no acepta sus métodos, los considera una cosa propia de bárbaros, y se ve en la obligación de participar en dicho movimiento con la intención de moderar los actos de sus participantes. Además del bloqueo y el excesivo control que se aplica en la colonia, después de las revueltas, se disuelve la Corte General de Massachusetts, pero lo que realmente lo hiere personalmente es que, después de defender a los soldados acusados de la “Masacre de Boston”, se diga, por parte de los representantes británicos, que la justicia de Nueva Inglaterra es completamente parcial.

A pesar de todas estas actuaciones, de marcado carácter independiente, lo que realmente, tal y como nos muestra la serie, será la primera gran entrada de Adams en la historia, al igual que muchos de sus compañeros, es el Congreso Continental, donde fue enviado como delegado por Massachusetts.


domingo, 28 de junio de 2015

Star Wars. Personajes: Padmé Amidala. Por Francesc Marí

«Era muy bella. Gentil, pero triste»

A pesar de que, como he dicho en diversas ocasiones, esta frase que Leia dice a Luke en el Episodio VI, no tiene sentido alguno, ya que es imposible que Leia pueda recordar a Padmé de ese modo, debo admitir que es una descripción muy acertada de la que fuera reina y senadora de Naboo.

En mi humilde opinión, Padmé Amidala, nacida Naberrie —Amidala es un apellido de la realeza de Naboo—, es el personaje más desgraciado de todo el Universo Star Wars. Para empezar, solo cinco meses después de convertirse en reina, la Federación de Comercio bloquea su planeta, liandosela parda y obligándola a intervenir en una guerra abierta como pocas se habían visto en su planeta. Después, ya como senadora, se ve metida de lleno en una Guerra Civil, entre dos bandos con los que no acaba de sentirse identificada —sus ideales políticos se asemejaban más a los de los Separatistas, sin embargo, creía en el sistema de la República—, viéndose involucrada directamente en algunas batallas, como la de Geonosis. Incluso, a pesar de que su matrimonio con Anakin y el posterior embarazo deberían considerarse algo feliz en su vida, su marido es un caldo de cultivo para dolores de cabeza y muere justo de después de dar a luz.

Para colmo, resulta que el senador de su planeta, Palpatine, con el que había colaborado estrechamente y al que apoyó para que se convirtiera en Canciller, acaba convirtiéndose en el mayor hijo de p*** de la Galaxia. Aunque, por suerte, muere antes de ver a su querido Anakin convertido en un malvado Lord Sith. Si es que no gana para disgustos esta pobre chica.

Además de formar parte del triumvirato de personajes principales de las precuelas, junto a Obi-Wan Kenobi y Anakin Skywalker, al igual que estos y muchos otros personajes presentes en los Episodios II y III, se convierte en una de los protagonistas de las series de animación vinculadas a las Guerra Clon. Es en ellas donde descubrimos que Padmé, además de ser una hábil negociadora, una brillante tirado de blaster y una gran sufridora, tiene otras características más relevantes, jugando papeles de espía, diplomática y guerrero. Un todo en uno. En este sentido, el personaje de Padmé esta creado para que todos lo identifiquemos con el de su hija, Leia, por ser una persona muy inteligente, tanto dentro como fuera del campo de batalla, en el que no tiene miedo de intervenir, a pesar de ser una pieza esencial del engranaje de su sociedad, la madre para la Naboo y la República, y la hija para la Alianza Rebelde.

Una de las curiosidades más curiosas —valga la redundancia— de la saga galáctica esta relacionada con el personaje de Padmé y sus ayudantes. Bien es sabido que, como reina de Naboo, en muchas ocasiones Padmé era sustituida por una de sus ayudantes a modo de señuelos, para proteger la vida de la reina. Lo curioso —aunque tampoco os voy a descubrir nada nuevo para los que estéis familiarizados con IMDb— es que, mientras Natalie Portman se hizo cargo del personaje de Padmé, una de las que quedó finalista del cásting para este personaje, acabó siendo el principal señuelo de la reina, Sabé. La escogida para este modesto papel fue una joven actriz que pocos años después interpretaría un personaje similar al de Padmé y Leia, pero en mundo de piratas, Keira Knightley.

Así que, a pesar de ser una mujer de armas tomar, al igual que será su hija, Padmé no tendrá tanta suerte como Leia, ya que vivirá en una época convulsa de la Galaxia, en la que los chicos buenos como su marido y futuro padre de sus hijos, se verán corrompidos por el lado oscuro, haciendo que sucumba a su triste realidad, prefiriendo abandonar este horrible mundo antes de seguir viviendo en él. Puede que una de las escenas más conmovedoras de La venganza de los Sith y de toda la saga, es cuando el pueblo de Naboo al completo —con Gungans incluidos— rinden homenaje a la que fue una de las reinas y personajes más queridos de su planeta, poniendo punto final a la triste historia de Padmé. 

Star Wars. Manual de Supervivencia es un proyecto de LASDAOALPLAY? y El cine de Hollywood.