9 de diciembre de 2016

Centenario de Kirk Douglas


Hoy se cumple un aniversario que debe reconvertirse ineludiblemente en un gran homenaje. Una leyenda del celuloide como Kirk Douglas cumple cien años y este aniversario es una excusa perfecta para dedicar artículos a la figura de un actor polifacético, visceral como pocos, que fue capaz de construir una carrera que le convirtió en estrella fulgurante del firmamento hollywoodiense.

Kirk y Olivia de Havilland son los últimos representantes vivos de la edad de oro de Hollywood y en ellos podemos encontrar constantes lecciones de vida. Pero centrémonos en hacer de este artículo un atrio de homenaje a este impetuoso intérprete que nació un 9 de diciembre de 1916, en el seno de una familia de inmigrantes judíos originarios de la actual Bielorusia.

Issur Danielovitch Demsky nació en Amsterdam, una pequeña localidad del interior del estado de Nueva York. Desde pequeño vivió la pobreza familiar ya que la familia era muy numerosa (el matrimonio tuvo un hijo y seis hijas) y las dificultades de su padre para encontrar trabajo le acabaron convirtiendo en trapero y chatarrero. Cuando Kirk publicó su autobiografía en 1988 la tituló muy apropiadamente como "The Ragman's Son".


No obstante, el joven Issur se sobrepuso a las penurias del ghetto donde vivían, ayudado también por una mejora de la economía familiar. Gracias a sus grandes dotes como estudiante y deportista, consiguió entrar en la St. Lawrence University donde logró una beca de interpretación que le acabó catapultando a la American Academy of Dramatic Arts. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial irrumpió en su vida y tuvo que dejar su carrera en Broadway para enrolarse en la US Navy. Fue en ese momento cuando decidió adoptar el nombre de Kirk Douglas. En 1944 fue licenciado por heridas de guerra y volvió a Nueva York donde se reunió con su por entonces esposa, Diana Dill. Regresó a los escenarios y grabó anuncios para la radio. Precisamente en 1944 nació su primer hijo, el también reconocido actor y productor Michael Douglas. Dos años después, hizo caso de la recomendación de Lauren Bacall, compañera de clase en la AADA, y acudió a las pruebas que realizaba uno de los grandes productores cinematográficos de la historia del cine, Hal B. Wallis, quien buscaba un nuevo rostro para un papel secundario en The Strange Love of Martha Ivers (1946). Acompañando a Barbara Stanwyck, Van Heflin, Lizabeth Scott y dirigido por Lewis Milestone, Douglas dio el primer paso hacia una carrera de éxito colosal en la que llegaría a intervenir en casi noventa películas, repartidas a lo largo de seis décadas.

Kirk era impetuoso, muy viril, y hacía gala de una visceralidad en la interpretación que precedió a los intérpretes surgidos del Actor's Studio a inicios de los 50. Douglas podría haber sido un galán como Robert Taylor, Gary Cooper o Cary Grant pero se encontraba más cómodo aportando muchos más matices a sus personajes y dotándolos de una furia interna que cautivaba al público, atraído por un carisma arrollador que se adecuaba a todos los géneros.


Tras su debut cinematográfico llegaron grandes títulos que le definieron como una gran estrella del celuloide: Retorno al Pasado (Out of the Past, 1947), Carta a Tres Esposas (Letter to Three Wives, 1949), El Ídolo de Barro (Champion, 1949), El Trompetista (Yung Man with a Horn, 1950), El Zoo de Cristal (The Glass Menagerie, 1950), El Gran Carnaval (Ace in the Hole, 1951), Brigada 21 (Detective Story, 1951), Río de Sangre (The Big Sky, 1952), Cautivos del Mal (The Bad and the Beautiful, 1952), 20.000 Leguas de Viaje Submarino (20,000 Leagues under the Sea, 1954), La Pradera sin Ley (Man without a Star, 1955), El Loco del Pelo Rojo (Lust for Life, 1956), Duelo de Titanes (Gunfight at OK Corral, 1957), Senderos de Gloria (Paths of Glory, 1957), Los Vikingos (The Vikings, 1958), El Último Tren de Gun Hill (Last Train for Gun Hill, 1959), Un Extraño en mi Vida (Strangers When We Meet, 1960), Espartaco (Spartacus, 1960), Dos Semanas en Otra Ciudad (Two Weeks in Another Town, 1962), Los Valientes Andan Solos (Lonely Are the Brave, 1962), Siete Días de Mayo (Seven Days in May, 1964), Los Héroes de Telemark (Heroes of Telemark, 1965), Primera Victoria (In Harm's Way, 1965), Ataque al Carro Blindado (The War Wagon, 1967) y El Día de los Tramposos (There Was a Crooked Man, 1970). 

29 de noviembre de 2016

La Llegada (Arrival)


La complejidad de la mente humana ha sido un tema de estudio recurrente en el cine fantástico y de ciencia ficción. A través de innumerables películas, hemos apreciado en pantalla una serie de elementos que nos han permitido únicamente arañar la superficie bajo la cual se ocultan los estudios científicos más rigurosos acerca del órgano que rige nuestras vidas.

El cine se ha encargado de resaltar estas grandes potencialidades que alberga el cerebro humano y ha sacado rédito de ello para plantear apasionantes tramas argumentales que nos han llevado más allá de lo imaginable. El misterio por lo desconocido siempre fascina pero si además esos secretos se ocultan dentro de nosotros mismos, esperando a ser descubiertos o activados, el interés aumenta todavía más. Explorar los presuntos secretos de la mente supone entrar en un terreno críptico, plagado de arenas movedizas, donde todo lo imaginable puede cobrar vida. La creatividad no tiene límites en este terreno y, cuando se añade el factor alienígena a la ecuación, la propuesta incrementa el grado de fascinación porque el ser humano alberga una sed de conocimiento constante y ansía ver otros mundos, otros seres en el universo. Se aferra a esa esperanza porque, en el fondo, no quiere ser una especie solitaria. No concibe que en el espacio infinito no haya nada más; le gusta pensar que existen auténticas civilizaciones pobladas por seres inteligentes. Tal como se decía en la espléndida Contact (1997): "Si solo estamos nosotros, cuanto espacio desaprovechado". Esta frase resume el principio que impera en la conciencia de la mayor parte de la población: la incapacidad de concebir espacios vacíos, inertes, solitarios y no aptos para la vida. Si existe un rincón vacío en nuestras casas no tardamos en llenarlo, si nos sentimos solos tratamos de conectar con otras personas. La humanidad, en su gran mayoría, busca dar pábulo a todo ello y no se rinde a la hora de organizarse entorno a la vida en comunidad.

Por todo ello, siempre que el cine propone una interacción entre humanos y alienígenas, la necesidad de conocer cómo se hilvana una nueva escena de contacto seduce a gran parte del público. Aprovechando esta mezcla entre el estudio de la mente y la llegada de una civilización alienígena a la tierra, el autor Ted Chiang construyó un relato corto cuyo título fue "Story of Your Life". Su planteamiento se construía a partir de la llegada de 12 naves alienígenas en diferentes puntos de la Tierra. Aislando la posibilidad de conflicto, Chiang se centró en el impacto extrasensorial que una civilización de seres avanzados podía tener sobre nosotros y lo centraba entorno a la protagonista principal, la doctora en lingüística avanzada Louise Banks. 

Dicho argumento sobre el cual no descubriré nada más, cautivó al guionista Eric Heisserer quien no cejó en su empeño de convertirlo en largometraje. El destino le acabó juntando con un grupo de compañías productoras que trajeron a Denis Villeneuve para el puesto de director. El realizador canadiense llevaba tiempo interesado en un argumento de ciencia ficción pero no encontraba nada que fuera de su agrado. Tras su impresionante currículum reciente (Incendies, Enemy, Prisoners, Sicario), a Villeneuve le llovían las ofertas pero se acabó decidiendo por el guión de Heisserer pues juzgó que su sensibilidad artística podía fundirse especialmente con el material.

21 de noviembre de 2016

Actrices y actores frente al micro (I)


A lo largo de la historia de Hollywood nos hemos acostumbrado a contemplar a grandes actrices y actores cantando y bailando en musicales y comedias. No obstante, siempre se ha comentado, por parte de generaciones anteriores, que eso ya no es tan habitual en el cine reciente. 

Nada más lejos de la realidad puesto que la tradición de actores polifacéticos se ha mantenido estable aun cuando la producción de musicales sí ha descendido desde la década de los sesenta. Hay intérpretes que han mostrado sus dotes sobre los escenarios teatrales de Londres y Nueva York previamente o en paralelo a su andadura en la pantalla grande. Es el caso de Catherine Zeta-Jones, Hugh Jackman, Meryl Streep, Diane Keaton, Idina Menzel, Kristin Chenoweth, Matthew Broderick, Nathan Lane, Mandy Patinkin, Sarah Jessica Parker, John Travolta, Anna Kendrick, Anne Hathaway, Amanda Seyfried, y Taye Diggs, entre otros.

No obstante, hay otras estrellas que, sin disponer de ese bagaje, probaron suerte en diversas producciones y resolvieron el reto satisfactoriamente.  Hay innumerables ejemplos pero he seleccionado cinco casos que son especialmente interesantes. Empezamos...

En 2010 se estrenó Country Strong, un drama que orbita alrededor de una estrella ficticia del género musical americano por excelencia. Gwyneth Paltrow debía enfrentarse al reto de interpretar varias canciones a gran nivel. Cierto es que no partía de una total inexperiencia puesto que ya había demostrado sus dotes vocales en el film Duets (2000), donde fue dirigida por su propio padre, Bruce Paltrow. Gwyneth estuvo acompañada en esta película por Garrett Hedlund (que también sorprendió como cantante) y por una auténtica estrella del género como Tim McGraw (quien curiosamente solamente cantaba en los títulos de crédito finales). La joven Leighton Meester completaba el casting principal de una película que dirigió Shana Feste.

He seleccionado la sentida interpretación que realiza esta cantante alcohólica, siempre al borde del precipicio emocional, que suele resarcirse cuando tiene al público delante. Os presento a Gwyneth Paltrow con el tema "Coming Home".



Viajamos hasta finales de los ochenta para referirnos a una actriz a la que no vemos demasiado en los últimos años: Michelle Pfeiffer. Debo reconocer que The Fabulous Baker Boys (1989) es una película por la que siento un cariño especial. El retrato del fracaso y la indolencia que consiguió plasmar en pantalla Steve Kloves, dotó al film de un carácter especial y la ha convertido en un clásico moderno a reivindicar.

Junto a los hermanos Beau y Jeff Bridges, Michelle Pfeiffer sorprendió en el papel de Suzie Diamond, una cantante de repertorio con poca suerte que, sin embargo, es capaz de remontar el rumbo artístico de un dúo de pianistas que no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos. La sala se abre para recibir a Michelle Pfeiffer con el tema "Makin' Whoopee".


16 de noviembre de 2016

Sully (2016), de Clint Eastwood



El 15 de enero de 2009 se vivió el "milagro del Hudson". El impacto de un grupo de pájaros contra un airbus A320 de la compañía US Airways, durante la fase de despegue en el aeropuerto La Guardia, causó una avería mecánica que dejó al aparato sin motores. No obstante, la pericia del capitán Chesley "Sully" Sullenberger marcó la diferencia al ser capaz de aterrizar en el río Hudson y salvar así las vidas de los más de 150 pasajeros. Tras la evacuación completa, el avión se hundió pero poco días después fue extraído del agua y ahora se exhibe en un museo de aviación en Charlotte (North Carolina). La historia de este experimentado piloto ofrece un buen bagaje más allá del acto heroico y así lo vio el productor Frank Marshall cuando se hizo con los derechos de la autobiografía de Sullenberger y encargó su adaptación al guionista Todd Komarnicki. Posteriormente, captó la atención de Clint Eastwood quien decidió convertir a Sully en su nuevo proyecto como director y productor. La última gran pieza del engranaje se completó con la entrada de Tom Hanks para asumir el rol protagonista y una parte de la producción. En suma, este es un proyecto en el que confluyen las productoras Kennedy/ Marshall, Malpaso y Playtone.

La historia de Sully podía abordarse de muy diversas formas y una de ellas sería obviamente la de utilizar el formato convencional telefilmero. No obstante, con Clint Eastwood a los mandos de este avión fílmico, cabía esperar algo más y, en especial, una serie de reivindicaciones que forman parte del carácter y la impronta de este genial cineasta. En primer lugar, Eastwood aprovecha el material para realizar una fuerte defensa del factor humano en un mundo hipertecnológico. Esa es una constante en su cine de las últimas dos décadas pero, en esta película, dispone de cancha para erigir a la figura del piloto en un campeón contra las simulaciones pre-programadas y los cálculos realizados desde un laboratorio lejano. Sully encarnó, con su decisión de mando, una reivindicación contundente del valor de la experiencia en situaciones de crisis. Cuando todos los indicadores recomendaban volver al aeropuerto de La Guardia o al de Teterboro (New Jersey), Sully valoró que eso acabaría en tragedia basándose en sus cuarenta años al frente de un cockpit. La velocidad del avión, la falta de motricidad y la baja altura, sobre un área densamente poblada, fueron factores que el piloto consideró inviables para un aterrizaje de emergencia convencional.

Por contra, en pocos segundos, fue capaz de visualizar una alternativa que podía resultar menos arriesgada pese a la extravagancia que podía suponer: hacer caer al avión en el Hudson, confiando en la flotabilidad y resistencia del aparato.  Fue una decisión de máximo riesgo ya que ni siquiera se puede considerar un amerizaje sino un aterrizaje de emergencia en terreno fluvial. Desde que los pájaros impactaron en los motores hasta que el avión contactó con el río pasaron solo 208 segundos. 208 segundos en los que las vidas de 155 personas estuvieron en vilo.


Tras el accidente, Sully (Tom Hanks) y su co-piloto, Jeff Skiles (Aaron Eckhart), sufren de estrés post-traumático y es en este momento cuando la aproximación humana y clasicista que caracteriza a Eastwood como director toma más cuerpo. A través de la siempre solvente interpretación de Hanks, el director consigue trasladarnos la ansiedad y desorientación que sufre una persona que ha tomado una decisión que afecta a un gran número de personas y que, a pesar del éxito final, ha caminado sobre la delgada línea que separa la vida y la muerte durante varios minutos. Nadie puede salir indemne de ello y Eastwood lo aprovecha para someter al espectador a su estado emocional con una serie de visiones en las que Sully cree ver como su avión se estrella en pleno centro de Manhattan, una posibilidad que quizá no habría sido tan descabellada en manos de un piloto menos experto. De nuevo, la huella del 11-S, que ha dejado terribles secuelas en la conciencia colectiva de los estadounidenses, se hace tangible. Esas imágenes nos remiten directamente al pánico que generaron los atentados de 2001 y reflejan que la producción audiovisual norteamericana, a partir de ese momento, ha incorporado un vial nuevo en su ADN caracterizado por un mayor sentido de la vulnerabilidad ante amenazas diversas.

Hablamos pues de reivindicar el factor humano, de experiencia y también de vulnerabilidad. No obstante, todo ello no podría llegar tan nítidamente al espectador sino fuera por una narración de primer nivel. Eastwood cuenta esta historia con un sentido del ritmo excelente, sin caídas ni imposturas, limitando el metraje a poco más de 90 minutos para no saturar y contar lo esencial descartando la fútil retórica. Es consciente que la historia a tratar es corta y aprovecha la película para lanzar su potente mensaje, anteriormente enunciado, intercalando las potentísimas secuencias del accidente con la investigación posterior. Con esta dualidad del relato consigue que la película tenga fluidez y el espectador quede atrapado mientras, sin darse cuenta, va recibiendo los datos necesarios para comprender el suceso. Otros directores habrían optado por un enfoque hiper-detallista que habría roto la conexión con el público. Sin embargo, Eastwood es uno de los grandes narradores de la historia del cine y no necesita extras para construir tensión y conflicto. Si a eso añadimos su habitual rigor y elegancia en la puesta en escena tenemos en Sully una nueva pieza de un mosaico imprescindible para el cine contemporáneo.


Cabe reseñar también el fenomenal trabajo del reparto liderado por un Tom Hanks extraordinariamente cómodo en el rol protagonista. Le vemos resistir, con dificultades pero de forma creíble, los envites de un NTSB (National Transportation Safety Board) empeñado en discernir cuanto hay de pericia y cuanto de temeridad en la decisión operativa del piloto. La posibilidad de perder los beneficios acumulados, tras cuatro décadas en el aire, impregna de tristeza al relato durante su mayor parte y se reafirma en las conversaciones telefónicas que mantiene Sully con su esposa Lorraine, a quien da vida con su habitual veracidad Laura Linney, una de las actrices fetiche de Eastwood (intervino en Absolute Power y Mystic River). También tenemos que destacar la labor de Aaron Eckhart, un actor fiable y eficaz cuyo tinte irónico siempre es de agradecer en sus papeles. Suya es la última frase del film así que emplazo a quien no haya visto la película a comprender el alcance de estas palabras con esa última guinda del guión. Es importante resaltar, además, la labor de otros intérpretes destacados que caracterizan con suma honestidad sus breves roles. Es el caso de Anna Gunn (conocida por su papel de Skyler White en Breaking Bad), Jamey Sheridan, Mike O'Malley, Holt McCallany, Valerie Mahaffey, Sam Huntington, Chris Bauer y Michael Rapaport.

La elegancia de Eastwood se traslada también al epílogo. En cualquier película que recrea hechos reales estamos acostumbrados a unos rótulos convencionales que no por necesarios evitan ser repetitivos. El director opta por una fórmula intermedia en la que da pie a que el propio Chesley "Sully" Sullenberger y los supervivientes del vuelo compartan un momento tremendamente emotivo ante el airbus A320 que ahora se exhibe en Charlotte. Dejar que las palabras del verdadero Sully cierren definitvaente la película mientras nos salpica la emoción y sentimiento del momento no tiene precio. La asepsia no forma parte del territorio Eastwood. Él siempre nos lleva a territorios donde gobierna la agitación y el crepitar del alma. Todos aquellos que no compran la fórmula forman parte de su larga lista de detractores.

Por si fuera poco, la música del film incluye un tema final compuesto en parte por el propio Eastwood e interpretado por The Tierney Sutton Band. El título de la canción es "Flying Home" y su presencia en forma instrumental, a lo largo del film, es un ejemplo del tono que Eastwood insufla a la película: esperanza, melancolía y superación.

Chesley Sullenberger, junto a Eastwood y Hanks.