23 de junio de 2017

Canciones en la filmografía de Sylvester Stallone (II)


Seguimos repasando la carrera de Stallone con la primera de las secuelas de Rocky. El éxito del primer film convertía en segura la continuación de las andanzas de Rocky Balboa. El esperado combate de revancha entre Apollo Creed (Carl Weathers) y "El Potro Italiano" era algo que no se le podía negar al público y así fue como Stallone, mientras trataba de probarse a sí mismo en el género dramático con películas como La Cocina del Infierno (Paradise Alley, 1978) y F.I.S.T. (1978), halló el momento para escribir, dirigir y protagonizar Rocky II, estrenada en junio de 1979. La película se colocó entre las tres cintas más taquilleras del año y, a partir de se momento, Stallone decidió abrazar su futuro en el cine de acción. 

En esta película, Stallone decidió añadir a la banda sonora de Bill Conti un tema original compuesto e interpretado por su hermano Frank, quien ya había realizado un cameo como actor en la primera Rocky. Esta colaboración la veremos reproducida unas cuantas veces más a lo largo de los años. El tema lleva por título "Two Kinds of Love" y podemos ver a Frank Stallone interpretándolo mientras Rocky lleva en brazos a Adrian en su camino a casa después de casarse.


El recorrido continúa ya en los ochenta cuando Stallone trata de seguir obteniendo rendimiento a la franquicia con el estreno de Rocky III (1982). El esquema se mantiene reservándose su triple papel como director, guionista y protagonista. Lo único que cambió fue la fallida de United Artists tras el batacazo de La Puerta del Cielo (Heaven's Gate, 1980). Con este film se dio el punto de partida a la alianza entre lo que quedaba de United Artists y Metro Goldwyn Mayer.

En esta tercera entrega, Stallone debía seguir subiendo la fuerza de la amenaza y decidió colocar a Rocky ante la tesitura de enfrentarse a una bestia humana, egocéntrica y devastadora, llamada James "Clubber" Lang (Mr. T). La derrota ante él, amplificada por la muerte de su veterano entrenador, Mickey Goldmill (Burgess Meredith), conducía al espectador ante un tercer acto en que presenciábamos como el protagonista recuperaba la intensidad y la rabia que le hizo campeón por primera vez de la mano de quien fue su gran nemesis: Apollo Creed. Esa mirada agresiva encontró el mejor acompañamiento posible en la canción "Eye of the Tiger", una pieza que con los años se ha convertido en un himno de referencia a la hora de despertar motivación y fuerza. La canción compuesta por los miembros principales de Survivor, Jim Peterik y Frankie Sullivan, fue nominada al Oscar aunque ese año la victoria se decantó hacia "Up Where We Belong" de la película Oficial y Caballero (An Officer and a Gentleman, 1982). "Eye of the Tiger" sigue siendo una maravilla y no ha perdido ni un ápice de épica. No podemos decir lo mismo de su videoclip.


En la misma película, hay dos temas más compuestos e interpretados por Frank Stallone: "Pushin'" y "Take You Back". Este último tema que puede escucharse cuando Rocky llega al viejo barrio de Apollo en Los Angeles, volvió a aparecer en más películas de la saga, siendo reversionado por otros artistas.

Seguimos en 1982 puesto que en ese año se estrenó un film que precipitaría el nacimiento de la segunda gran franquicia en la carrera de Stallone. Se trata de Acorralado (First Blood, 1982), la primera aparición del boina verde John Rambo en la gran pantalla. La película partía de una novela escrita diez años antes por David Morrell. A lo largo de este tiempo, grandes estrellas masculinas se habían asociado con la película (Steve McQueen, Clint Eastwood, Paul Newman, Al Pacino, Robert de Niro, John Travolta, Nick Nolte, Michael Douglas) pero la llegada de los productores Mario Kassar y Andrew G. Vajna y, sobre todo, la del director Ted Kotcheff condujeron a la contratación de Sylvester Stallone. Todos coincidían en que la película debía ser más testosterónica de lo que sugería el primer guión de Michael Kozoll y William Sackheim. Así fue como el propio Stallone reescribió el libreto y añadió secuencias de más crueldad. El resultado fue claro: 125 millones de recaudación sobre un presupuesto de 15.

La banda sonora fue compuesta por Jerry Goldsmith, uno de los grandes maestros de la música cinematográfica. De su inspiración surgió un tema principal heroico y emotivo que con la entrada de Hal Sharper como letrista se convirtió en "It's a Long Road", una canción finalmente interpretada por Dan Hill. El tema instrumental acompaña el desarrollo de la cinta mientras que la canción irrumpe en los títulos de crédito. Un esposado Rambo avanza hacia un destino incierto escoltado por su antiguo mentor, el coronel Sam Trautman (Richard Crenna).


22 de junio de 2017

Canciones en la filmografía de Sylvester Stallone (I)


El cine de acción suele estar en la cola en cuanto a las preferencias de los pomposos y aposentados críticos de ayer y de hoy. Me veo en la necesidad de recordar que, en el momento de su estreno, Depredador (Predator, 1987), fue vilipendiada por esa misma casta endiosada de analistas. No obstante, su influencia no fue determinante y el público se encargó de reivindicar el film en taquilla provocando que, años después, algunos de esos mismos críticos tuvieran que rectificar sus apreciaciones excusándose en el hecho de que habían visto copias no editadas del film de John McTiernan en los pases de prensa. Depredador no tardó en convertirse en un film de referencia dentro del género de acción y ciencia ficción, consiguiendo un reconocimiento unánime que aunque tardío fue absolutamente necesario. Otros clásicos del género corrieron una suerte similar: Acorralado (First Blood, 1982), The Terminator (1984) y La Jungla de Cristal (Die Hard, 1988).

La industria del cine se sustenta en un modelo económico que se ha ido modulando a lo largo del tiempo hasta consolidarse definitivamente con el surgimiento de los blockbusters en los años 70. Los estudios distribuyen cada año una serie de películas que incorporan los atractivos suficientes para convertirse en grandes éxitos de taquilla. El acierto o el fracaso depende de muchos factores y siempre hay varios títulos, en cada curso, que se acaban convirtiendo en sonoros descalabros. No obstante, las majors acostumbran a colocar al menos un título cada una en el top ten de taquillaje. Estas películas, cuya calidad oscila entre el cine palomitero autoconsciente y la excelencia de gran presupuesto, permite que la industria siga funcionando pues genera recursos suficientes para el sostenimiento del sistema audiovisual. Tanto es así, que una parte de las ganancias revierte en las filiales menores que dependen de los grandes estudios, asegurando así la producción del 80% del cine independiente americano.

Una parte significativa de los grandes rendimientos de la industria han procedido tradicionalmente del cine de acción. Actualmente, son las grandes franquicias las que aportan más al sistema pero en el cine de los 70 y 80 la acción ofreció títulos triunfadores que poblaban las carteleras y llenaban las salas. Una figura emblemática de este escenario es Sylvester Stallone. El neoyorkino ejemplificó. una vez más, que la falta de talento puede ser superada por el trabajo duro y la voluntad. Tras varios trabajos residuales en películas de baja repercusión e intervenciones eventuales en series de televisión, Stallone consiguió convencer a los productores Irwin Winkler y Robert Chartoff de que el guión que había escrito sobre un modesto boxeador de Philadelphia a quien se le presenta la oportunidad de luchar por el título mundial, podía ser un film importante.

El estreno de Rocky (1976) cambió el destino de este humilde actor y le encaminó hacia una carrera de éxitos en el cine de acción. El género estaba conectando con el público de forma insólita y generó una bolsa de recursos que era necesario explotar cada año con varios títulos. A lo largo de la década de los 80, ese interés se vio incrementado con el inicio de lo que se denominó el "culto al cuerpo". En la América de Ronald Reagan, el bienestar de las familias de clase media estaba subiendo y la posibilidad de ir a un gimnasio, de forma regular, ya no era algo que perteneciera a las élites. Además, la inseguridad en barrios marginales de las grandes ciudades generó una sensación de pánico que la gente conseguía aliviar viendo como los héroes de la pantalla eran capaces de despachar a los villanos de turno de la forma más aplastante posible.

En este lapso temporal, Stallone se convirtió en el número 1 y ni siquiera la irrupción de Arnold Schwarzenegger, a partir de 1982, consiguió sacarle de esa privilegiada posición durante varios años. La contundencia, la visceralidad y la violencia testosterónica eran elementos cruciales en esta etapa del cine de acción y se ha hablado mucho de ello pero lo que pretendo mostrar, en este artículo, es otro de los elementos que pareció distinguir esta fase del género de acción: las canciones originales.

9 de junio de 2017

Logan (2017)


Somos conscientes que la decrepitud y la muerte forman parte de la vida pero, con demasiada frecuencia, corremos un tupido velo sobre ello y obviamos esta verdad universal para sumergirnos en la ignorancia o más bien en la voluntaria omisión de algo inevitable. La muerte nos rodea pero vamos trivializándolo mientras no toca a nuestro círculo más cercano. Incluso nos hacemos eco constante de la muerte de personajes célebres y colaboramos, de una forma u otra, en la ascensión de esa persona a la categoría de mito.

Pero no conocemos lo que significa de verdad la muerte y las consecuencias desgarradoras que conlleva hasta que uno de nuestros allegados la sufre. Cualquier persona joven no puede llegar a hacerse a la idea de la profunda tristeza y la pena atroz que se apodera de uno cuando alguien sumamente cercano abandona este mundo. De alguna manera, la experiencia de vivir procesos como estos curte a las personas y las hace ser más conscientes de su propia finitud. 

Vivir la muerte cercana o la decrepitud propia supone caer hacia un abismo del que nadie ha vuelto. Al ser humano, por tradición, le cuesta concebir el universo infinito y, por consiguiente, sentimos pánico ante el fin de la existencia. Por todo ello, nos entregamos a la convicción de que existe otra vida, sumida en un entorno absolutamente paranormal. En esencia, se trata de un consuelo ante el mordaz temor que nos embarga al pensar que podemos dejar de existir súbitamente. 

La fuerza del amor y cariño que sentimos hacia la persona que se marcha nos ayuda a soportar el duro proceso aunque la ausencia se deja notar en el día a día como un permanente recordatorio de aquello que nunca volverá a ser igual. La crueldad de la vida se hace patente en un instante, alterando y trastocando nuestras convicciones como un auténtico vendaval de emociones sátiras. A partir de ese momento, vemos con más claridad lo que es importante en la vida y qué cosas son superfluas a pesar que les demos una trascendencia exacerbada.

Aunque pueda parecer extraño, esta introducción que bebe de una experiencia directa vivida por el que estas líneas escribe, conecta con la película de la que me he propuesto hablar en este regreso a la escritura cinéfila: Logan.

Logan nos presenta un futuro distópico en el universo Marvel de los mutantes. Corre el año 2029 y la extinción mutante es prácticamente un hecho. Hace más de 25 años que no nacen nuevos mutantes y las autoridades se han encargado de poner fin a la existencia de la mayor parte de ellos. La coexistencia pacífica terminó hace años y las suspicacias y escepticismo entorno a ellos se ha acabado apoderando del pensamiento dominante de la sociedad. Un ajado y achacoso James Howlett (Hugh Jackman), en otro tiempo conocido por los nombres de Logan y Lobezno, vive una existencia clandestina en la frontera entre Mexico y Estados Unidos. En ese páramo desértico, intenta pasar desapercibido mientras trabaja como chófer de limusina. Su objetivo es el de conseguir ingresos suficientes para tomar un barco que le aleje de un continente donde se le considera un objetivo a derribar. Pero Logan no está solo. En una antigua granja del estado de Sonora, se encuentra el que fue considerado como el más poderoso de los mutantes y antiguo líder de los X-Men: el profesor Charles Xavier (Patrick Stewart). 

30 de mayo de 2017

Z, la ciudad perdida (The Lost City of Z)



Un artículo de Mike Sanz.


A principios del siglo XX, Percival Fawcett busca el modo de continuar su carrera militar para ascender en el decadente imperio británico. Es entonces cuando le asignan la misión de viajar a Bolivia para defender una serie de intereses comerciales. Una vez se adentra en el Amazonas, Fawcett descubre los restos de lo que cree que es la ciudad perdida de Z, por lo que dedicará el resto de su vida a buscarla.

Z, la Ciudad Perdida es la nueva película de James Gray, uno de los jóvenes cineastas estadounidenses más interesantes, de los pocos que escriben y dirigen sus propios guiones. Su breve filmografía gira en torno a las presiones del entorno familiar y la tensión y la violencia que este genera, como se vio en las altamente recomendables La Otra Cara del Crimen (The Yards, 2000) y La Noche es Nuestra (We Own the Night, 2007). Su estrecha colaboración con Joaquin Phoenix los unió en otros dos proyectos, que también cuentan con la ciudad de Nueva York como protagonista: Two Lovers (2008) y El Sueño de Ellis (The Immigrant, 2013).


Tanto por temática como por ambientación, Z, la Ciudad Perdida supone un capítulo aparte en la filmografía de Gray, pues se basa en la novela de David Grann y traslada a los espectadores a las primeras dos décadas del siglo XX, la era de descubrimientos como los de Machu Picchu (1911) y la tumba de Tutankamón (1922). Es en este contexto en que se mueve el protagonista, cuya curiosidad científica inicial pronto da paso a la obsesión por adentrarse en lo más oscuro y oculto del alma humana. Los referentes de Gray pronto quedan claros, en especial la novela El Corazón de las Tinieblas, de Joseph Conrad, y el Fitzcarraldo de Herzog. Con ellos de base, Gray construye una película lenta y minuciosa capaz de fascinar y aterrar por igual a los espectadores en el transcurso del viaje del protagonista.

Charlie Hunnam merece una mención especial por el que, sin duda, es su papel más complejo hasta la fecha. Su retrato de Fawcett resulta creíble y el trabajo de caracterización es envidiable. Tampoco desmerece Sienna Miller, que encadena otro papel dramático de altura tras actuar en El Francotirador (American Sniper, 2014) y Foxcatcher (2014). Los secundarios viven a la sombra de la labor de estos dos intérpretes, si bien Robert Pattinson y el joven Tom Holland también aportan su granito de arena y resultan convincentes.


Puede que Z, la Ciudad Perdida pase desapercibida por la época en la que se ha estrenado, si bien hay que reconocer que las películas de Gray se mantienen en los márgenes del circuito comercial y no gozan de fechas de estreno privilegiadas. No obstante, se trata de un ejercicio de cine de corte clásico que retoma las líneas principales de la filmografía de este director, al mismo tiempo que explora otros campos. Nos deja escenas contundentes y una historia acerca de la obsesión y la fascinación por lo oculto. No se la pierdan.