28 de octubre de 2014

Alarma social en North Carthage: Perdida (Gone Girl)



David Fincher ha conseguido, con su certera trayectoria, definirse claramente como un cineasta autor. Incluso cuando cambia de registro, siempre persiste en su labor un tratamiento elegante, seductor, y profundamente oscuro. Aunque manifieste una destreza especial en el thriller, tiene la facultad de aportar un toque escéptico y desgarrador al material que decide convertir en pieza fílmica. 

En esta ocasión, ha declarado que no concibe Perdida (Gone Girl) como un thriller. La define como un drama criminal entorno a un matrimonio. Su objetivo principal en este film es el de dar una vuelta de tuerca a lo que podría haber sido la crónica de una crisis matrimonial. Y el libro homónimo de Gillian Flynn, que ella misma ha convertido en guión, le ha permitido subir un nuevo peldaño en su carrera.

En mi opinión, creo que estamos ante un relato sombrío, detallista, pausado y tenso. La configuración de los personajes y su estatus social permite una estilización dramática en el que la tensión narrativa se alarga para ofrecernos unos flashback, situados de forma efectista, que completan una historia en la que el background se nos va dando a pequeñas dosis. Hasta aquí no hay nada que no hayamos visto antes. Lo que resulta más interesante es ver la sutil forma en que Fincher crea una transición casi imperceptible entre el último flashback y la primera narración paralela al contexto físico y humano que la película muestra desde el inicio. Esta crónica dual de los hechos, mostrada con tanta eficacia, es uno de los elementos que más valoro de la cinta.

No puedo hablar del argumento. Incluso me parecería una enorme irresponsabilidad incluir una sinopsis introductoria. Esta es una película para disfrutar desde el total desconocimiento previo. Sus ardides, astucias y añagazas (como diría alguien que ocupa un cargo de máxima responsabilidad) deben ser disfrutadas como un espectador virgen, sin contaminaciones previas.

Por consiguiente, creo que lo más relevante es constatar algunos rasgos estilísticos que puedan ser compartidos o no por aquellos que la habéis visto y resulten inofensivos para los que aún no hayáis accedido a la sala. 

No era fácil elegir a la actriz que interpretara a Amy Dunne. Es un papel francamente exigente a todos los niveles pero no se puede afrontar desde la vehemencia sino desde una óptica completamente opuesta. Por tanto, había que buscar a alguien cuyas reacciones emocionales no fueran nada convencionales ni habituales. Esas características atenuadas, gélidas, pero no carentes de respuesta emocional hallan la mejor personificación en Rosamund Pike. La "reina del hielo" que se dio a conocer interpretando a la principal secuaz de Gustav Graves en Muere Otro Día (Die Another Day) se ha forjado una carrera en que la apariencia sencilla se combina con una mirada turbadora. Depende del director sacar mayor o menor partido de ello y queda claro que Fincher se ha situado a la cabeza al sintonizar con un registro oculto de la actriz que, en esta ocasión, expresa con mayor ahínco.

El director también consigue dotar al film de una acertada capa de crónica social. Sin llegar a establecer una denuncia expresa sí que realiza un contundente retrato del tratamiento de ciertas informaciones por parte de los medios de comunicación. La aparición de un circo mediático que va corrompiendo los hechos en base a especulaciones y testimonios parciales, crea un juicio paralelo en el que la presunción de inocencia es un principio que se pervierte en beneficio de lograr un mayor impacto que multiplique los datos de audiencia. Cuando la culpabilidad no está probada, nos encontramos ante un campo abonado a la difamación. Si la culpabilidad se demuestra, los medios se adjudican el triunfo y se reparten medallas de buena conducta profesional. Si la justicia demuestra lo contrario, nadie pide perdón. Y el absuelto deberá asumir daños irreparables en su honorabilidad y proyección pública.

Estamos ante un film que tiene la virtud de mostrarnos muchas de las aristas de este fenómeno de acoso mediático que se manifiesta cuando aún no sabemos el desenlace de los acontecimientos y, por tanto, somos neutrales acerca de la atribución de culpas. Creo que la sociedad occidental debería reflexionar sobre ello y reprender a aquellos que pretenden sobre-informarnos a costa de cargarse la calidad periodística y la contrastación mínimamente exigible.

Gone Girl es una película que busca un impacto de fondo. Sin estar carente de una contundencia, en ocasiones muy gráfica, manifiesta un equilibrio narrativo excelso. En cuanto a la conclusión existe mucha disparidad de opiniones. Algunos creen que no está a la altura del conjunto. Yo creo que es la parte más endeble de la cinta en cuanto a la exposición de hechos pero no cuestiono su mensaje. La vida está llena de efectos grisáceos y en esa tesitura debemos enmarcar la trayectoria del matrimonio Dunne.

3 comentarios:

  1. Como sabes, hace años que aprendí a ser muy prudente a la hora de expresarme sobre los supuestos autores de los crímenes mediáticos. Opino sobre si considero más probable esto o lo otro, pero no juzgo si hay duda razonable (con O. J. Simpson, no la tengo. Con el matrimonio McCann, sí). Inocentes hasta que se demuestre lo contrario es un letrero de neón en mi cerebro. Los programas de televisión que salen en la película son una vergüenza.

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  2. OCTOPUS, tienes razón. Y no sólo por los ejemplos que nos das sino por el hecho de que se tienden ha hacer juicios de valor paralelos a los juicios que se deben hacer por los tribunales y que se llevan a cabo por los medios como si de un Sanedrín se tratase. No se cortan un pelo los medios en cortar, destripar y despedazar a alguna de las partes. Y cuando dices "programas", no son sólo los medios televisivos, es la prensa escrita, programas radiofónicos, artículos de opinión (obviaré poner nombres para no "herir" sensibilidades) que no actúan más que como verdaderos perros de presa del poder de turno.

    La presunción de Inocencia, si, cierto, pero claro hay casos a los que se les puede aplicar. A otros, es tan descarado que, francamente, no importa si ellos se declaran inocentes, se merecen todo el descrédito y el castigo que debería ser y más. Y me refiero a los casos políticos.

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    1. Este vídeo de 2009, con Ben Affleck, demuestra que cierta clase de periodismo debería ser cercenado mediante la fuerza: "Don't Talk To My Kid"

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