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13 de desembre del 2023

Crítica doble: Killers of the Flower Moon (2023). La visión de Juan Pais


Por lo general, el espectador sabe cuando entra en la sala que Los Asesinos de la Luna (Killers of the Flower Moon) dura tres horas y veinte minutos, y posiblemente en la taquilla se lo hayan advertido. No es algo nuevo en el cine de Martin Scorsese, que ofreció un montaje final de El Irlandés (The Irishman, 2019) de una duración muy similar. Los estándares de metraje de las obras ambiciosas artísticamente han cambiado en los últimos años, y es común que superen las dos horas. Es por ello que Los Asesinos de la Luna ha sido concebida como una película que pretende dignificar el cine, alejándose del consumo rápido y la banalidad, exigiendo dedicación al espectador. Y, con sus errores, debe reconocerse que se trata de una película muy notable merecedora de dicha dedicación.

Los Asesinos de la Luna adapta el libro Killers of the Flower Moon: The Osage Murders and the Birth of the FBI (2017), de David Grann, publicado en España como Los Asesinos de la Luna: Petróleo, dinero, homicidio y la creación del FBI. Se trata de un true crime histórico que aborda las extrañas desapariciones y asesinatos sufridos por los miembros de la comunidad de indios Osage, repentinamente enriquecida tiempo atrás por la aparición de petróleo en sus tierras. El libro narra la investigación llevada a cabo por el incipiente FBI para desentrañar el misterio, y en principio ese era el enfoque que habría de llevar la película, para lo que se había previsto que Leonardo DiCaprio diera vida al agente federal Tom White. Sin embargo, dicho enfoque se abandonó y este personaje pasó a ser secundario (lo interpreta Jesse Plemons). Más adelante abordaremos las consecuencias de ese cambio.

Ernest (DiCaprio) regresa de los campos de batalla europeos tras participar en la Primera Guerra Mundial, y es acogido por su tío William Hale (Robert De Niro), un próspero ganadero con excelentes relaciones con los Osage. Ernest comienza a trabajar como chófer, y es así como conoce a la bella y acaudalada Mollie (Lily Gladstone), con la que su tío pretende que Ernest se case. Tal y como se irá descubriendo, Hale no es ningún benefactor de los indios, sino un tipo perverso y anhelante de apoderarse de sus fortunas.


Los Asesinos de la Luna estudia atinadamente la convivencia entre los indígenas y los wasp, que además evidencia una oculta y destructiva pulsión entre la inocencia y la maldad, entre la integridad y la manipulación. Mientras el libro de Grann incide en el misterio y el suspense, la película describe la espiral de violencia generada por la ambición en su forma más inescrupulosa y letal.

Siendo una película abundante en virtudes, Scorsese, no obstante, comete el error de centrar la película en la relación entre Ernest y Mollie, ya que esta no resulta convincente ni emotiva. Él es un personaje demasiado débil y necio al que se ve más confundido que enamorado, mientras que ella transmite dignidad pero escasa pasión. La suya es una historia de amor a la que le cuesta conmover. Es posible que el tratamiento true crime del libro hubiera dado pie a una película más formularia, que a duras penas permitiera el análisis que propone Scorsese. Pero eso entra en el campo de lo hipotético, obviamente.

Con todo, Los Asesinos de la Luna es una obra monumental, una tragedia americana que ahonda en el conflicto racial que desde el nacimiento de Estados Unidos ha emponzoñado la convivencia en ese país, evidenciando cómo la violencia actúa de factor ordenador de su estructura económica. La puesta en escena — bellísima la fotografía de Rodrigo Prieto— ensalza el esplendor de los escenarios, en los que paradójicamente se desata una violencia provocada por la deshumanización y la amoralidad a las que conduce la avaricia. Nuevamente, la perversidad del ser humano destruye el paraíso.


“Detrás de una fortuna, siempre hay un crimen” escribió Honoré de Balzac. Esta cita, recogida por Mario Puzo en El Padrino (The Godfather), también podría ilustrar los hechos que recoge Los Asesinos de la Luna. De hecho, pueden hallarse similitudes entre esta película y la célebre saga de Francis Ford Coppola, especialmente en su elegante solemnidad, en la sabia combinación de lo panorámico y lo íntimo. Sin ir más lejos, ¿acaso no cabe identificar al perverso William Hale con Hyman Roth, el taimado mafioso que ejerce una suerte de padrinazgo — nunca mejor dicho — sobre Michael Corleone cuando en realidad no duda en ordenar su muerte?

Cineasta inicialmente contemporáneo, es a partir de los años 90 cuando Scorsese se propone estudiar los orígenes de la violencia urbana tan certeramente descrita en sus obras. Así crea frescos lúcidos e incisivos como Gangs of New York o El Irlandés, películas que demuestran la corrupción del espíritu americano, provocando que la historia de su país se haya escrito con sangre. Una conclusión, sin duda amarga, a la que se adhiere Los Asesinos de la Luna.