5 de octubre de 2016

Medio siglo de un clásico: El Bueno, el Feo y el Malo (1966)

Un artículo de Mike Sanz.


En 2016 se cumplen cincuenta años del estreno de una película, para muchos, fundamental. Este artículo no persigue desvelar detalles, anécdotas y curiosidades acerca del rodaje de El Bueno, el Feo y el Malo (Il Buono, Il Brutto, Il Cattivo), de Sergio Leone. Para ello se han escrito otros mucho más completos. Por el contrario, a través de la visión particular de un espectador, se dan unas pinceladas acerca de la relevancia de este hito cinematográfico.

La primera vez que vi El Bueno, el Feo y el Malo debió de ser una sobremesa de fin de semana, aquellas que dedicaban a emitir westerns en televisión. Me gustó, sobre todo por la música y porque la protagonizaba uno de mis actores preferidos, Clint Eastwood, quien me había marcado por cómo disparaba y mascaba tabaco en El Fuera de la Ley (The Outlaw Josey Wales, 1976). Años después, cuando comencé a cultivar con mayor dedicación la cinefília, busqué la película para volver a verla. Fui a la sección de cine del Oeste de la biblioteca. Al llevar la copia de la película al mostrador, el bibliotecario observó mi carnet, leyó la carátula, sonrió y dijo: «Sabia decisión. El bueno, el feo y… el peor». La rodeaba un aura mágica. Disfruté mucho cuando vi la película, una aventura de tres horas, personajes canallas, pinceladas de la historia de Estados Unidos, paisajes secos, y una música apabullante. Lo que no tardé en descubrir es que, gracias a ella, pude disfrutar más de películas posteriores que bebían de su estética y soluciones visuales, en especial del cine de Quentin Tarantino.

No fue hasta julio de 2014 cuando pude verla en el cine. Hacía unos días, había fallecido el veterano actor Eli Wallach, por lo que la iniciativa de Phenomena, que recupera clásicos para la pantalla grande, decidió aprovechar la ocasión y proyectar la película más querida de Wallach en pantalla grande. Antes de entrar al cine, conocí la Asociación cultural de Sad Hill, quienes han restaurado el cementerio ficticio de Burgos en el que transcurre el tercer acto de la película. Pues bien, ver El Bueno, el Feo y el Malo en el cine fue una experiencia sobrecogedora. Me llevé varias sorpresas. Para empezar, descubrí que Tuco era el verdadero protagonista, un personaje con pliegues, conflictos familiares y morales, mucho más que un simple granuja. La violencia se hacía más palpable y cruda en la oscuridad de la sala de cine, mientras que la emoción del éxtasis del oro, una de las escenas más emblemáticas del filme con la brillante música de Morricone, contagiaba a toda la platea. 

En su prólogo a la primera novela de la saga La Torre Oscura (The Dark Tower), titulado «Sobre tener diecinueve (y algunas cosas más)», Stephen King resume qué significa El bueno, el Feo y el Malo para muchos a través del relato de la primera vez que vio la película. El escritor de terror recuerda con asombro una visión majestuosa del Oeste norteamericano, un desierto apocalíptico y, ante todo, una aventura de dimensiones épicas que rivalizaba con Ben-Hur y la lectura de El Señor de los Anillos. 

Pues bien, medio siglo después de su estreno, la película mantiene su carácter épico, casi mítico, que comprende desde los vastos parajes que transitan los personajes y los cañonazos de un lado al otro del puente que lleva a Sad Hill, al poncho mugriento que viste el pistolero sin nombre, que solo responde al apodo de Rubio (Blondie). La aventura está garantizada.

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